La poesía me provoca espanto

Aldair Apodaca comparte, en exclusiva para El Escarabajo,  poemas de sus dos libros y un inédito

Aldair Apodaca | Poeta boliviano




Fragmentos de «el peso de los muertos»


La muerte se lee con el cuerpo
es una lectura física
la muerte.

Graciela Aráoz

mi primer muerto lo cargué a los diecisiete

luego a los veinticuatro
casi sin suspirar
cargué el segundo

¿cuántos caben en mi espalda
antes de apilarse
uno sobre otro?
mis piernas son débiles
debí construir mi cuerpo
pensando en lo que tendría que soportar

¿será que no sé cómo cargarlos?

¿habrá una técnica para que
los muertos no dejen marcas
sobre la extensión de las vértebras?


cuando dos personas comparten una muerte
el lazo que las une
son los fragmentos del muerto
mirándose a la cara

en ese mirar
interminable

hay una pequeña semilla

cuando converso por horas con alguien
pienso
que los muertos que cargamos se están conociendo
¿quién dijo que los muertos no tienen comunidad?

ya no puedo con el peso

ya no puedo ver mi sombra
deformada por los muertos que cargo

la ligereza que uno siente al morir
se debe a la carga que ha soltado

para uno volverse carga


(Un pequeño olvido, 2025)



mi muerte espera

esos días
luego de un largo sueño de
jazmín, de lluvia interminable
donde me siento inmenso con cada aliento
donde mi sangre bombea rítmica y calmadamente
donde la paciencia brilla en mi ojos
siento
que mi muerte espera
como las corrientes de agua esperan
el mar
mientras viajan ciegas
debajo de la tierra

en algún lugar hay un reloj de pie
mohoso, con el barniz deshojándose
que está luchando por mover una vez más
sus manos
y cuando se detengan
cuando al fin la energía de este reloj lejano
se disipe
será mi fin
habré caducado

en estos días donde me siento bruma
brota de mi pecho una bandada
de golondrinas con la alegría de un
río caudaloso

casi puedo sentir en mis latidos
el pulso de aquel reloj

(Un pequeño olvido, 2025)




antes

¿habrá más noches como aquellas?
en donde miremos las sombras esclarecerse
teñirse de celeste
sin tener que pensar en
créditos, hipotecas, horarios laborales ni
la inevitable entropía del modelo económico vigente

dormir con gotas de rocío en los párpados
manejar hacia el fin de la madrugada
solos, sin quien nos rescate o nos imponga
calendario o reglamento alguno

pasar algunas noches
regocijándonos en algo bellamente inútil
entretenidos precisamente por el placer
de no tener que ser productivos
de no estar obligados (aún)
a mostrar iniciativa, rendimiento cuantificable,
proactividad en el puesto de trabajo

luego detenernos
recordar —inútilmente—
la ya distante escuela
sus pasillos fríos
las paredes blancas

las multitudes de insectos que parloteaban
asoleándose en la luz del recreo
que se pegaban a nuestros cuellos y nuestras caras
y que volvían hirviendo, como nosotros, al aula

escuchar voces lánguidas
hasta que la sangre se nos dormía
y nuestra respiración se sincronizaba

las tormentas de cuarto básico
que estremecían los cimientos
que nos hacían creer en dios
los rugidos de la lluvia
las cascadas blancas de los techos
y todos los adultos que corrían de un lado a otro
tapándose, huyendo

nosotros
los que sí creíamos
los que nos reconocíamos en esa furia
caminábamos lento
cerrando los ojos

(La tormenta que dejamos, 2026)





la verdad es que temo

que me rebase, que haga conmigo
lo que nadie pudo
que me posea
se apodere de mis músculos
de mis tejidos tenues

que me obligue a buscar ritmos en las conversaciones de extraños
que las variaciones de la metonimia me lleven al insomnio
que me quede mirando el paisaje y
no deje de pensar en media docena de alegorías para definirlo todo

es que siento que
se me sale del cuerpo
a veces
emana de mí como espuma
como saliva densa
expulsada de mis poros en un olor
de fruta macerada

ebria
se desliza entre mis venas

cada vez que voy a una lectura
me tiemblan los huesos
parpadean polillas grises
en mi boca y
al volver a casa
llego reducido
a refugiarme en sábanas
inevitables

la verdad es que
y no sé muy bien por qué razón

la poesía
me provoca
espanto

(La tormenta que dejamos, 2026)


búsqueda


¿qué materia nos compone?

según masa
somos oxígeno

según la presencia de átomos
somos hidrógeno
y aunque de manera ínfima, casi irrelevante,
somos cobre cobalto selenio molibdeno

¿es esto en el fondo
la razón de nuestros deambular
de nuestros ojos perdidos en el fondo de una taza?

(y por favor no me menciones cadáveres de estrellas
suficientes cadáveres tenemos bajo tierra
como para atribuirnos los astros)

somos tantos tipos de átomos que no
podemos conceptualizar un ‘yo’

según estructura molecular
somos agua

según el tipo de célula
somos glóbulos rojos
¿allí está nuestra respuesta?

podemos decir, somos sangre
y dejar de buscar

(Inédito)

Aldair Apodaca. (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1994). Es poeta. Estudió Escritura Creativa en la UPSA. Publicó su primer poemario Un pequeño olvido (2025), bajo El Ángel Editor de Ecuador. Miembro del taller Llamarada Verde, publicará con este sello su segundo poemario, La tormenta que dejamos (2026). Ha participado en festivales destacados como el Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de los Anillos, la Semana Internacional de la Poesía de Bolivia, el festival Jauría de Palabras y el Encuentro de Poesía Paralelo Cero.

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