Kenia Cano nos comparte, en exclusiva para El escarabajo, poemas varios de su libro Poemas incómodos (fragmentos)
Kenia Cano | Escritora y pintora mexicana
EL MIEDO DEL ELEFANTE DE LA IGNORANCIA
Ignoro qué escondes en la parte posterior del corazón. Ignoro lo que siente mi padre al ver un tronco arrugado, las palabras que le dan aliento. Ignoro cómo se siente debajo la piel de un crustáceo. Cómo y de dónde surge el ajonjolí. No sé, no conozco, nunca he visto un río deslavar una montaña. No sé cómo pueden vaciarse las ideas equivocadas. Cómo puede uno levantarse de la cama con tan pocas certezas. Cómo se genera el hambre. En qué momento las palabras de mis vecinos germinan en mi boca. Por qué hay edificios tan resistentes. Ignoro la naturaleza proporcional de las secuencias y en qué momento llegas a tocar el nudo. Cómo ata una soga aquél que desea ahorcarse. Desconozco las voluntades inversas.
Adherirse a lo que uno no sabe, sería inmenso y cansado.
Ignoro cómo operan ciertos milagros. En qué momento el agua dispersa se junta en el cauce del mismo río, cómo los animales se retiran antes de que ocurra la desgracia, cómo una imagen bien proporcionada puede abrir la corona imperial. Ignoro cómo la repetición de sonidos puede fortalecer el empeño. Cómo un aroma puede alinear tu entendimiento. Cómo dos seres se corresponden desde lo que sus mentes aún no alcanzan a ver. Ignoro cómo se manifiestan ciertas bendiciones: Todo crece sano en el huerto. Lo que planeamos se cumple a través del trabajo. La intuición y la desnudez germinan en palabras que abren el camino. Algo nos acerca a esa órbita abierta donde todo se regenera, se reconoce, se imagina de vuelta.
EL MIEDO DE LA SERPIENTE DE LA ENVIDIA
La envidia es una serpiente amarilla e incómoda. Envidias ver a unos padres que se aman eternamente en la foto, no sentir el confort de su equilibrio gracias a una muerte temprana. Envidias el escritorio arreglado de tu compañero de oficina, la invitación de bodas que te ofreció tu amiga. El sueldo de tu colega. La obra cotizada de tu compañero de generación. La casa nuevecita y con muebles exóticos que compró tu primo. El tercer hijo de tu prima, el baberito nuevo que adquirirá. Envidias que le dieron a ella el noticiero después de un largo casting. El jardín zen en que tu terapeuta se pasea y con orgullo dice que vas bien. Envidias que aún el hombre mayor que tú tenga más condición física, treinta minutos más en la caminadora. Sientes un cosquilleo amarillo cuando tu amiga sabe exactamente qué tinte de cabello usar y nadie sospecha de sus canas. Envidias el número que se marcó en su báscula, la frecuencia con la que visita el continente europeo, lo bien que dialoga con sus exmaridos. La destreza con la que se dirige a sus alumnos y los deja a todos con la boca abierta. Tienes miedo de reptar, de soltar un amargor amarillo y de que nadie te ame más.
El poema desnudo, no el que desvistes.
No el que tira la ropa en medio del cuarto.
No el que obliga a los niños a entrecerrar los ojos.
No el desnudo en un lienzo de Tiziano.
Un desnudo más crudo en Freud.
Ninguna idea nueva sobre el cuerpo.
Un desnudo que no se entretiene
en mirar las várices sobre las piernas de tu amiga.
No su edad desnuda entre la línea de sus senos fláccidos.
El torso del Buda esculpido en mármol
y el silencio.
La desnudez de un hueso de mango,
un talón parecido a una piedra,
la disposición de tu garganta
ávido remolino azul.
¿Cuál desnudez entera de la vida?
La vida con sus prendas menores,
con calzoncitos ajustados, tan vestidita la…
¿Por qué vestir incluso a los muertos?
¿En qué versión va tu poema?
¿Cuántas veces planeas desnudarlo?
Descubrirle el hueso…
Ahí con sus organitos bien expuestos,
el poema encuerado.
Que no alarme
pero que tampoco aparezca soleado y redondo
en una revista para hombres.
¿Nombres?
Sí, desnudos como un vaso de leche.
DE DIARIO DE POEMAS INCÓMODOS (FRAGMENTOS)
23/02
Pienso en el abrazo de piedra de los primeros amantes, el lecho nupcial de Elam. Un abrazo primordial que no corrompe, no debe nada. En mi sueño dijo: No te guardes palabras que puedan alegrar.
Cuando se pintan el cabello se ven lindas, a mí me gusta ver caballos en la sombra. Ellas se sienten bien después de un masaje, a mí me gustan las figuras de masa que pone mi tía budista en el altar. Aprecio sus esbeltas alpargatas, pero prefiero andar a gatas por tu habitación y que te vengas.
No me gusta multiplicar las dependencias, detesto los escritorios hermoseados del gobierno, los vasos llenos de fruta recién cortada. Prefiero acariciar tus pies y dar un paseo nocturno. Observar el silencio de las panaderías y pensar en el sueño de las abejas.
13/01
Un jardín poco cuidado en la garganta. Intenso brillo de buganvilias. Conversaciones que han transparentado de más esta casa. Vacío. La boca de un ganso amenazante. Su lengua un órgano parecido a una serpiente. Secreta un flujo amarillento. Engañas sobre tu propia excitación. Salidas fáciles para escribir alrededor del poema. Jamás debes fijar esa turbulencia. El tubérculo enmarañando de tu boca. Ese niño se masturbaba con un hígado fresco que su madre le mandaba comprar a la menudería. Al ganso también lo alimentaban para que le creciera el órgano.
A mí me gustan las avellanas sin pelar. Me gusta su piel rayada. Aquí no hay enfermedad, sólo dolor. Hay que dejar que eyacule, que se venga. Quisiera preguntar cómo, de qué forma se tuercen en el orgasmo. Torsión, energía liberada en la garganta. Verborrea blancuzca. Nadie debe condenar esta torcedura. Mis tobillos a veces aguantan la crítica, pero verte con esa cara… Curva sobre tu cintura, estremecimiento. Nervadura de un cimiento tácito. Nacimiento y reiteración. Coloco este órgano frío en mi entrepierna. No estoy para nada pendiente de la muerte. Del ofrecimiento de este gran animal. El deseo tiene tamaños distintos. Pero qué asco, date la vuelta, guarda tu intimidad.
Vibra la lengua del ganso amenazante.
Lo que trae consigo: su única posible defensa. ¿Por qué secretas eso? ¿Pudiste hundir tu mano sin vacilar? Protuberancia errante, secular. Nuestro espíritu preso en la carne. Qué formas tan extrañas de arrastrarnos. Nuestra circunstancia obra de tales modos. Qué tallas tan apretadas. (Debo amar el cuerpo de mi madre). Hay que ajustar la ropa del texto al cuerpo de este espíritu incómodo. Decía el I Ching: un examen estricto y continuo de tu persona:
No soy un ganso doméstico.
No tengo buenas costumbres, pero así me amo.

Kenia Cano nació en la Ciudad de México y actualmente radica en Cuernavaca. Algunos de sus libros de poemas son Oración de Pájaros (2005), poesía y pintura de la autora, Las Aves de Este Día (2009) con una carpeta visual dedicada a Rodin y Audobon, Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer, Autorretrato con Animales (2013), Un Animal para los Ojos (2016), Diario de Poemas Incómodos (2017), poemas en prosa junto con un diario intervenido y Parcela Blanca (2023). Forma parte de varias antologías nacionales e internacionales. Poemas suyos han sido traducidos al francés, al inglés y al italiano. Ha expuesto obra pictórica en México, Francia y Estados Unidos. Ha sido becaria del Sistema Nacional de Creadores de Conaculta. Imparte talleres de Correspondencia entre las Artes.
