Selección poética de Vladimir Amaya

La rabia, el dolor y la muerte forman parte del tejido de memoria que Vladimir Amaya imprime en cada uno de estos textos. Revista El Escarabajo se complace en presentar el material inédito de una de las voces poéticas más poderosas y prolíficas de las últimas décadas en Centroamérica

Vladimir Amaya  Licenciado en Letras y profesor


Hambre

Ella me decía:
primero es la salsa de tomate y luego la mayonesa;
por último, la mostaza, 
y si el cliente lo pide: picante al gusto. 

A una velocidad prodigiosa envolvía el pan 
y lo daba aún caliente a las manos de los albañiles, 
o a las de los niños que salían de la escuela.

Ella empujaba el carrito destartalado
hasta esas calles relegadas al olvido,
y ahí 
le hacía la guerra al hambre de quienes
nunca conoció nombre ni domicilio,
pero despedía con sonrisa de ajonjolí 
de diecinueve años. 

Una tarde no llegó, usual, a la esquina del suburbio,
y la vida perdió, desde entonces,
su olor a hogaza, a mortadela y a esperanza.

Su sangre debió aderezar las rocas
de aquella quebrada donde la encontraron desnuda 
y sin cabeza. 

Ahora el hambre sigue aferrada en los ojos 
de quienes la buscan a la salida de sus trabajos

y no lo saben, 
y ni se imaginan.


Para que Berta Cáceres* lo lea en voz alta

Berta ya tiene por párpados el cielo.
Su voz (que nos busca) 
descansa en las piedras del río.

Qué puedo decir del odio de los hombres de mi tierra
si muero por amar.

Qué hay en las manos de Berta
si no un lugar tibio donde crece la grama;
una canción de viento al arder los leños lentamente
en la noche cuando nos están matando.

Berta llora todavía
al llover por sobre la sierra y por sobre los campos.

En esa lluvia hay un lamento que limpia corazones,
enciende de ternura las gargantas
y se pronuncian los nombres desde el miedo y desde el olvido.

Su voz sube entre los pájaros.

En los árboles su voz es un fruto:
amarga pulpa como la desolación de las niñas en el barrio.

Dulce carne como los sueños de los niños en la milpa.
Berta en el aire,
en el violín de los rosas, 
en la sed del venado,
en los bosques que se tuercen al paso de la excavadora.

Su voz que nos busca y nos interroga
es el amanecer de nuestra sangre.

Berta en el aire,
Berta en la sangre cuando nos están matando.

Qué puedo decir del odio de los hombres de mi tierra
si no tanto amor.

En la noche que nos están matando,
alguien en la sombra me dice,
y me digo:
“Mi voz”
para que Berta no enmudezca.

*Feminista, activista del medio ambiente y líder indígena lenca hondureña,
asesinada en 2016.


El óbelo

Mala costumbre la del sol
de abrirme los ojos con los suyos aún cerrados.
Me levanta hacia las sombras,
y a la niebla de sus intestinos voy,
mordido, con hambre.

Su desnudez, a pedazos de amarillo,
es la piel de mi frontera
cuando duermo, cuando sangro.

Y yo sigo cayendo, sostenido por mi sombra,
como si mi viejo cuerpo fuera
la dentadura podrida de un dios olvidado.

Mala costumbre la mía:
perder el mar

quedarme en la espuma de mi sed.

Dirás palabras,
pero estamos sordos.

Mala costumbre la de la sordera:
usar un solo vestido —la sombra de un labio—.

Debí masticar el latido de esos perros de tu media calle,
pese a las voces de mi antiguo sembradío de palomas muertas.
Pero esta herida es la mala costumbre
de un país lleno de veteranos de guerra
que en sueños buscan sus piernas mutiladas.

Mala costumbre la mía:
soñar con una selva y una sopa instantánea al mismo tiempo.
Escupir hacia el pasado para tropezar en el futuro.
Mala costumbre.
Y cien calaveras en mi costado,
cien mil sombras en mis tripas
que vienen y van como hielo de antorchas.

Y estos ladridos que me deja el tiempo
son los besos sucios que hice
de una antología demasiado tarde.

Quiero terminar el poema,
pero tengo la mala costumbre
de inventarme nombres,
lugares,
y orar hacia ninguna parte.

Los poetas incendiaron sus ciudades.
Yo, en cambio, me oriné en sus cervezas.

Mala costumbre la de la tumba:
tragarse también los secretos.

Mala costumbre la de la violencia:
dejar viva la sangre.

Mala costumbre del anochecer:
vestirse de mañana.

Mala costumbre la mía:
no dejar de ser
al no estar conmigo.

Sinapsis Posmortem 

Dios crea la semilla.
El hombre planta el árbol, 
pero quien hace madurar la fruta
es el diablo cuando canta

Vladimir Amaya. (San Salvador, 1985) Licenciado en Letras y profesor escalafonado de Educación Media. Ha publicado nueve poemarios y medio, entre los que se mencionan: Los ángeles anémicos (2010), Tufo (2014), Este quemarse de sangres entre lágrimas y excrementos (2017), Pura guasa (2020), Abominación (2021). Fue miembro fundador del taller literario El Perro Muerto. Ha publicado varias antologías de poesía y cuento salvadoreño, así como sus propios libros educativos de acuerdo con los programas de estudio del Ministerio de Educación, los cuales utiliza con sus alumnos. Fue director de la revista Cultura (2016-2019).

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