La destacada escritora, académica y especialista en literatura hondureña Perla Lusete Rivera Núñez (Ajuterique, Comayagua) presenta una selección poética de una profunda e intensa carga lírica. A través de piezas fundamentales como «Ensayo sobre la ternura», «Nostalgia», «A Emily» y «Fuego y jazz», explora las aristas de la maternidad, el legado ancestral femenino y la búsqueda de la voz propia
Ensayo sobre la ternura
Todas las rutas que diseñé en mi memoria trascendieron el sitio donde existo.
He trazado en mi cuerpo un mapa
y en cada página del calendario dibujé armas distintas adaptadas a cada golpe.
Aprendí de memoria este juego de laberintos en el que se niegan las madrugadas
y se esconden debajo de la almohada los picaportes de las ventanas
junto al permiso para concebir la sensualidad.
La única estrategia dominada
fue colocar una pared, soltar la mano, y cubrirme lo vulnerable.
Reconozco que me he rendido a todas las vértices.
Cuatro en punto y se sonroja la madrugada.
Estallido que abastece nuestras venas
y crece como el río al que le sobra impulso. Ni una sola brisa ha guardado el secreto.
El obsequio es cada partícula del tiempo al que volvemos cada tarde
en que marcamos la hora con nuestros nombres y seudónimos.
Me fui bebiendo la imagen de aquella niña que tenía miedo al espejo
que pretendía negar el fuego
que su cuerpo cóncavo no era capaz de arrullar todas tus tormentas.
La realidad ahora es nueva.
Hay matices en nuestros lienzos
y he descubierto que siempre hay color hasta para las cerraduras de la muerte.
La realidad nos está mordiendo el rosado de las mejillas.
Nostalgia
Abrimos los ojos cada mañana sin importar los abismos del cuerpo.
La lluvia es vacía en mi ventana y el eco de un susurro antiguo resuena como péndulo.
Se ofrece siempre el corazón, las manos, los brazos o el alma.
Yo solo puedo prometer las piernas, las puntas de mis cabellos, las uñas y los espejos que germinan desde mis ojos,
pues crecí descalza y sé la dimensión de unos pasos seguros. Sé asirme con las uñas a todo cuanto pueda ampararme.
Mis ojos parecen espejos que rasgan la angustia
y heme aquí recogiendo las plumas de mi conciencia para decorar mi escudo.
Anne Sexton
Me arrodillo nuevamente, en caso de que la misericordia llegue en el último minuto.
A. Sexton
La casa amaneció húmeda, Anne ha dejado un cauce en mi casa. Lleva un río escurriendo desde el cuello, desde esa foto que se asoma en las páginas de su último libro. Me cuenta de las mariposas que se zurcen las medias, de la danza posterior a la tormenta. No sé cómo decirle que soy el muro del jardín, que es una etapa difícil, que la poesía y las flores no me son suficientes. Que su poema de la página 24 ha cobrado sentido. El color se ha privatizado y los ojos de mi madre murmuran un lenguaje líquido.
A veces quisiéramos meter el sol en una maleta y colgarlo como lámpara en el techo de nuestra casa.
Mamá
Había en casa una hoguera, un atril de sílabas y notas. Pese a la incertidumbre estaba ella,
como la partitura de la resurrección de los Petirrojos,
aquella risa que se esparcía como el viento y rompía cualquier prisión. Su canto aún descansa en la casa huérfana.
El recuerdo se sacude en las antiguas paredes,
la imagino buscando en la cesta de la comida el sonido del mar.
Hay una mujer de pie sobre mis huellas.
A Emily
Te regalo mis piernas, senderos de ríos que llegarán a alguna parte. Te obsequio mis ojos, recipientes de luz heridos por el horizonte.
Arrulla mis plegarias de madre cuando el secreto de las flores te sea revelado.
Todo esto te lo digo porque conozco tu canto, tu algarabía de pájaro rebelde que devora el cielo.
No te quiero triste, pues desde que acudiste a nuestra cita, he visto juntarse el amanecer entre las comisuras de tus labios.
Cuando el sol se niegue a iluminar tu senda, y yo solo sea una plegaria entre tus manos juntas, regresaré contra todo pronóstico, aún desde el territorio de la muerte y llenaré de banderitas, cometas y oraciones cada sitio por donde pases como un oasis que alivie cualquier aridez.
Y te suplico que mientras la música exista, mientras el mar sea el santuario de los caracoles, no dejes nunca de cantar.
Fuego y jazz
Poco puede hacer una mujer sin voz
quizás dibujar caminos en el polvo de los objetos de su casa u observar sus actos como descripciones apócrifas.
Poco podía hacer esta mujer sin un grito dentro, confieso que me he encontrado.
Mi abuela contaba que mis antepasados cruzaron el océano, la travesía histórica por el estrecho de Bering.
Mujeres misteriosas con cabelleras encendidas
y con una cruz de sacrificios envuelta en sus pañuelos cuadriculados.
Les colgaban de su ropa mapas y brújulas
y tenían en sus trenzas grillos que cantaban jazz o algo parecido.
Todavía se asoman sus caras en mis gestos,
son los Nenúfares azules en mis amadas fotos de Matisse.
Con todo el sentido común me iniciaron en el arte de la premonición me heredaron velitas blancas y estrellas de mar
y les debo cada letra de mi atormentado vocabulario.
Mi voz es ahora una llamarada que en algún momento sonará como el
jazz.

Perla Lusete Rivera Núñez, Ajuterique, Comayagua, Honduras. Docente, especialista en Literatura por la UPNFM, Máster en Literatura centroamericana UNAH.
Ha publicado libros de poesía: Sueños de origami, Nudo, Antologia Personale, Adversa, He sido un pájaro, Vértices, Arde en mi vientre, Cementerio de plumas, El abecedario del frío, y el libro de minificción: La memoria cuelga dentro de mí.
Publicada en Antologías y revistas de poesía y narrativa en América Latina y Europa. Traducida a varios idiomas incluido el inglés y el italiano.
