Nostalgia es una palabra sin «S»

A inicios de 2018, la escritora nicaragüense, Fátima Villalta, formaba parte de una organización estudiantil independiente que salió a las calles para protestar contra la dictadura de Daniel Ortega. Solo durante esos meses, la dictadura asesinó a más de 350 personas. En agosto se llevó a cabo una redada masiva en la que se llevaron a muchos de sus compañeros de organización. Fue entonces cuando decidió salir y, junto a otros activistas, hicieron una gira por medios y universidades de México para denunciar lo que estaba sucediendo en Nicaragua. Eventualmente, pensaron que iban a regresar, pero las cosas solo fueron empeorando. Esta es su crónica de la nostalgia

Fátima Villalta │ Escritora nicaragüense

En septiembre cumpliré 8 años fuera de Nicaragua, desde entonces no he regresado, ni siquiera de visita, no porque no quiera, sino porque no puedo, al igual que miles de nicaragüenses. Cuando hago un recorrido mental por este tiempo fuera del país, pienso que, sin duda, el año más duro fue el primero. En ese entonces contaba las semanas, los meses y observaba con ansiedad el calendario esperando que se detuviera en un día cualquiera hasta que yo pudiera volver a casa; solo cuando ya estuviera de regreso viendo la televisión junto a mi abuela, le permitiría a los días seguir su curso.

Durante ese primer año a veces me topaba con nicaragüenses que ya llevaban 15 o 30 años fuera del país, eran personas que ya habían hecho una vida en México y que no ansiaban volver. Para varios, el proceso fue similar: dijeron que se quedarían por un tiempo corto que se convirtió en una vida entera. Al escuchar sus historias, el pánico se apoderaba de mí, no quería que mi estancia se extendiera por un período tan largo, pero ahora estoy mucho más cerca de la primera década que del día en que llegué.

Al igual que ellos, el tiempo para mí transcurrió en un parpadeo. En estos años me he mudado seis veces, he vivido en dos ciudades, estudié una maestría, publiqué un libro, tuve una relación larga que terminó, compré muebles que regalé, y me hice de libros que regalé también. Para impedir que la nostalgia me consumiera, dejé de extrañar, dejé de anhelar la comida, los lugares, los amigos que ya se habían ido. Sustituí todo por nuevos platillos en un país donde la comida es su sentido de existir, probé nuevas bebidas y caminé nuevas calles, que a diferencia de las de Managua, sí pueden ser transitadas.

Me recordé muchas veces todas las cosas que odiaba del lugar que había dejado: su arquitectura hostil, la ausencia de museos, la imposibilidad de tener vida privada y los tristes años que viví en cuartos de mala muerte en la capital, años en los que no podía permitirme nada en un país que es mezquino y cruel con quienes no tienen dinero. Cuando mis amigos caían en la añoranza, hablaban de cuánto extrañaban pasar los fines de semana tirados en la arena, yo escuchaba sus historias con recelo porque apenas conocí dos o tres playas en todos mis años en Nicaragua. Los lugares que no disfruté, los sustituí por las playas en México, cambié el pescado a la Tipitapa por aguachiles y el sonido de la salsa o el reguetón por la banda en vivo a la orilla del mar.

En algún momento llegué a pensar que había ganado la batalla y que había hecho de este lugar mi nuevo hogar, pero entonces, cuando salgo fuera de mis círculos, en la vida diaria, una persona ajena me escucha hablar y me pregunta “¿De dónde eres?”. Yo respondo a eso con una sonrisa nerviosa y contrarresto con un “¿Por qué me lo pregunta?” “Por tu acento, es extraño”, me dicen. Es en esos momentos que la realidad se vuelve evidente: no soy de este lugar y pese al tiempo transcurrido, no pretendo sonar como una persona local.

Cada vez que me sucede, tomo consciencia de que mi acento extraño es lo único que queda de mi hogar y lo único que no pueden quitarme, si consideramos que hay personas a las que han despojado de algo tan básico como su nacionalidad. Ahora que desarrollé la habilidad para dejar de extrañar con tanto ímpetu los lugares, la comida o las personas, me doy cuenta de que la única nostalgia que no he podido sacarme es el anhelo de escuchar esa forma específica de hablar español que tienen las personas de mi país. Esa mezcla de voseo con la imposibilidad de pronunciar la “S” en la mayoría de las palabras, da como resultado un acento costeño difícil de trazar. Más de alguna vez un venezolano me ha dicho convencido que pertenezco a la zona de Maracay, mientras que los mexicanos solo alcanzan a suponer que debo ser de alguna parte del sur de América, quizás de la zona que Simón Bolívar soñó como la Gran Colombia.

En estos años he aprendido a identificar el acento nicaragüense bajo cualquier circunstancia y en los lugares más inesperados. Mi oído funciona como el de un perro, está entrenado para aún a lo lejos, reconocer la aspiración profunda de la “S” que a veces se traduce en un silencio de microsegundos o que es sustituida por una “J” leve y apenas perceptible. En este tiempo me he especializado en identificar frases, refranes y sonidos guturales. Cuando algo me suena conocido, no dudo en girar la cabeza para escuchar con atención y saber si tengo razón o no. La mayoría del tiempo no me equivoco, pero no tengo cómo comprobarlo, jamás me animé a preguntar para estar segura. Hace unas semanas en el mercado de Coyoacán mientras observaba el menú de un comedor, escuché a una mujer decir “¿Nos podés traer la cuenta?” o más bien “¿Noj podé’ traer la cuenta?” De inmediato dejé de preocuparme por lo que iba a comer, dejé de sentir hambre incluso, para prestar atención a ese fraseo que me parece inconfundible y que me recuerda cuánto extraño escucharlo.

Cuando escribo ficción lo hago pensando en ese acento, porque en mi cabeza, las calles y los lugares de Nicaragua se han convertido en escenas borrosas de las que solo me quedan sensaciones y recuerdos vagos. Mis amigos me dicen que conservar el acento es un privilegio, entiendo de qué hablan, sé que tienen razón y agradezco poder ejercer esa ventaja. Se refieren a los casos de cientos de centroamericanos que en su paso por México deben hacerse pasar por locales para no ser extorsionados, para conseguir un empleo o para no enfrentarse a la incómoda pregunta: ¿De dónde eres?, que muy fácilmente puede pasar de ser una pregunta amable a convertirse en un cuestionamiento intimidatorio. Incluso hay una canción de Los Tigres del Norte que lo explica.

Ahora que estoy en territorio mexicano

debo cuidar hasta de mi forma de hablar

Si se dan cuenta que soy centroamericano

también de México me van a deportar

Yo, en cambio, he tenido la fortuna de transitar espacios donde ese acento no es un problema, o al menos no todo el tiempo. Hace 11 años estudié en la Universidad de Veracruz por un semestre. En una de mis clases tuve que dar un taller, cuya temática no recuerdo, para estudiantes de secundaria en las afueras de Xalapa. Antes de entrar al salón, mi compañera de equipo me detuvo para advertirme: “Para hablar con los estudiantes vas a tener que hacerlo sin acento porque sí no, no van a entenderte.” En ese momento no supe qué decir y desde entonces no he dejado de pensar en las posibles respuestas que debí haber dado a ese comentario. Llena de terror entré al aula ese primer día y pasó lo inevitable, hablé como hablo porque no conozco otra manera; además, con un aviso dado con dos minutos de antelación, no tuve el tiempo para aprender a conjugar verbos bajo el pronombre “Tú”. Recibí preguntas sobre mi origen, un par de comentarios sobre hablar “chistoso”, pero no pasó a más. Estuve ahí por varias semanas en las que, si un estudiante no entendió lo que yo decía, al parecer lo disimuló muy bien.

En un nuevo capítulo sobre mi vínculo con este acento extraño, comencé una relación con alguien de mi país, no suena a un evento transgresor de mi realidad, pero lo fue. Caí en cuenta que desde hace años no me relacionaba en términos afectivos con ese acento y ese nuevo vínculo me hizo descubrir cuánto extrañaba escuchar una forma específica de nombrar las cosas. Comencé a recordar lugares que había olvidado, reviví palabras que solo había escuchado de la boca de mi madre o de mi abuela, y he presenciado de cerca cómo vive el anhelo del hogar otro ser que no soy yo. También descubrí, de golpe, que ya no soy la misma persona, que ya no sé pelear en nicaragüense, y que las palabras que antes me resultaban inocuas ahora me parecen dolorosas. “Me he mexicanizado”, le digo a mis amigas, cuando confieso que algo de esa amabilidad mexicana, que a veces puede resultar tan abrumadora o excesiva, se terminó colando en mi lenguaje de forma tan sutil que no tuve cómo advertirlo. También concluí que no es algo que quiera sacarme de encima, porque en realidad, me gusta haber limado esas formas ásperas e incluso rudas bajo las que crecí.

Estar con un nicaragüense que está fuera de su país significa escuchar una diatriba sobre la superioridad del frijol rojo a diferencia del negro al momento de hacer gallo pinto. Es pedirle que baje la voz cuando se emociona al contar algo porque la gente nos observa, es preguntar en algún momento de la fiesta “¿A vos te gustaría regresar?” “No, no de vacaciones, regresar a vivir”. Estar fuera es prestar atención a lo que antes era imperceptible, es escuchar el sonido de las palabras mal pronunciadas pero bien recibidas por los oídos correctos, los oídos de la no’talgia.


Fátima Villalta (Nicaragua, 1994). Ganadora del Certamen para la publicación de obras literarias del Centro Nicaragüense de Escritores, en 2011, con la novela Danzaré sobre su tumba. Es autora del libro de relatos Breve historia del fracaso (F&G Editores, 2024). Residente del International Writing Program de la Universidad de Iowa en 2022 y de Yaddo Corporation en 2024. Becaria del programa Jóvenes Creadores de la Secretaría de Cultura de México en 2024.

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