La última esquina de un corazón: una visita a Pedro Lemebel

La artista guatemalteca Ana Lucía Galicia salió en la búsqueda de la tumba del escritor chileno Pedro Lemebel, y se encontró con su historia, el recuerdo de su obra y su presencia aún viva

Ana Lucía Galicia Artista guatemalteca

Abecedario es probablemente el último performance de Pedro Lemebel del que se tenga registro público. Se realizó un 29 de junio del 2014 sobre la pasarela peatonal que permite atravesar toda la autopista para llegar al Cementerio Metropolitano. En el registro del performance se ve a un Lemebel vestido completamente de negro, con gorro, y acompañado de sus tacones negros de aguja que fueron su caballo de batalla, y con los que le gustaba agujerear el asfalto. La acción consistió en escribir con neopreno un abecedario sobre la pasarela. Cada letra, de la A a la Z, iba siendo escrita y encendida con un mechero a cada paso que daba Lemebel. Ordenadas unas al lado de otras, como en una plana, marcaban un trayecto. Cada letra dejaba una huella carbonizada sobre el pavimento.  

Hay tanto simbolismo en esta acción, que puede derivar en distintas interpretaciones. Lemebel quemaba su escritura, sí, pero por la ubicación en la que decide realizarla y la caligrafía en carta de las letras, que pueden simular los inicios de la escritura en la infancia, quiero asumir que este performance está dedicado, en parte, a Violeta, su mamá. Violeta Lemebel nació un 20 de junio de 1929, habría tenido 85 años recién cumplidos en el momento en que Pedro escribía con neopren. A lo largo de su vida, Lemebel construyó una relación amorosa y cercana con su mamá. Basta revisar y escuchar algunas de sus entrevistas para cerciorarse que esa relación cubre toda una escritura y un proceso creativo. Tanto en su escritura como en su oralidad hace referencias a ella, declarando que el inicio de su escritura fue en su vientre, cuando escuchaba su voz acunándolo. Esas fueron sus primeras letras sonoras. Ella fue el gran amor de su vida, después de que ella murió supo que nunca iba a tener un amor más grande. Violeta falleció en mayo de 2001. Pedro habitó catorce años más en este mundo sin su compañía.

A unos metros de esa misma pasarela nos dejó, a N y a mí, el bus número 428. El invierno recién comenzaba en Chile, y esa mañana teníamos un plan en concreto. Caminar hasta la estación República, tomar un metro con dirección a Los dominicos, bajar en estación Héroes, y hacer combinación en la línea 2,  que prometía llevarnos hasta estación La cisterna. Allí, luego de un trayecto en metro de treinta minutos, tomaríamos el bus que nos dejaría cerca del cementerio. Eran casi cerca de las once de la mañana cuando terminamos de comprar un ramo de crisantemos amarillos, y la entrada del cementerio se vislumbraba con sus rejas abiertas y algunos puestos con globos, flores plásticas y manualidades de papel foamy, con dedicatorias genéricas, que amortiguan el dolor que representa este lugar.

Al cruzar la entrada nos encontramos con la oficina de información en donde nos atrevimos a preguntar por la tumba. Los dos señores, que se resguardaban del frío en ese espacio, nos saludaron de vuelta y nos veían expectantes a que diéramos el nombre de la persona fallecida, listos para ingresarlo en el sistema que, seguro, les arrojaría un resultado. Pedro Lemebel, dije casi sin pensarlo. Nos sonrieron. Pedro Mardones, me corrigió uno de ellos, el más lector según el compañero. Pedro, para evitar confusiones por llevar el mismo nombre y apellido que su padre, había decidido usar solamente el apellido de su mamá: Lemebel. Esta decisión fue tomada por distintas situaciones, una de ellas era la necesidad de despegarse del peso de esa próstata que, para él, representaba el apellido paterno y masculino. Olga, su abuela materna, joven y fugada de su casa, se inventó el Lemebel porque no hay otro en Chile. Como su mamá era hija natural y tenía el apellido de su abuela, le pareció interesante lograr una heredad de mujeres que concluya con ese apellido. Al morir ella, el único Lemebel que quedaba era él, reivindicando. Para él en su éxito literario y artístico también brillaba el apellido de su mamá, el que se puso como un homenaje a ella y a esa abuela que fue madre soltera. Un homenaje a toda su herencia materna. 

Nos indicaron el número de tumba, y con N comenzamos la búsqueda. No teníamos expectativas de lo que encontraríamos. Reconocimos un sentimiento de admiración y de amor que nos hizo movernos. Era un invierno con frío seco y el primer día del viaje que nos encontramos bajo un sol intenso. Tuvimos una caminata tranquila en la que procuramos la sombra, tomando agua a ratos, sin perder la atención de lo que indicaban los carteles en cada esquina, guiándonos. Mientras seguíamos las coordenadas notamos la diferencia del orden en este cementerio. Unos días antes visitamos el Cementerio Católico Recoleta y el antiguo Cementerio General donde llegamos a la tumba de Víctor Jara. En ese mismo cementerio intentamos conocer la plazoleta conmemorativa donde descansan los restos de Violeta Parra, pero se encontraba en remodelación. N fue el primero en notar y compartir este contraste que se nos hizo más evidente en la falta de grandes mausoleos que reproducen columnas y frisos griegos, templos y pirámides al lado de estatuas y figuras ostentosas con hileras que daban la sensación de ser interminables. En éste todo era homogéneo, dividido por manzanas y con tumbas numeradas, además de que cada tumba tiene las mismas medidas.

Al llegar a la intersección de la manzana B4 y H2 comenzamos a guiarnos por el correlativo. La 560 era la quinta tumba de esa hilera. Lo primero que noté fue la fotografía y un juguete pequeño de tractor rosado. Un recorrido rápido nos indicaba que la tendencia de tener una fotografía no era en todas las tumbas. La de él era única, incluso en la posición y el enmarcado. Su imagen estaba rodeada de flores contenidas en floreros hechos de cemento y plástico. Por la cantidad, asumimos que es una tumba concurrida, visitada y amada. En la cabecera del panteón se visualiza: Violeta Lemebel y familia. Sobre la lápida se inicia leyendo el nombre de Olga Lemebel Vasquez, seguido por Violeta Lemebel Lemebel y Pedro Mardones Paredes. Con Violeta, Olga y Pedro; con mamá, abuela y padre estaba Pedro hijo, como siempre lo deseó hasta en los sueños en que aparecían sus padres y les pedía que lo llevarán con ellos. En la losa inferior, después de los nombres, casi invisible está su epitafio: Aquí me quedaré por siempre atado a tus despojos, mamá. De ella heredó su sentir y su mirada sobre la injusticia. Todas esas condiciones básicas para ser un digno ser en esta América, declaró en una entrevista. Notamos que era la única tumba que tenía un epitafio marcado directamente en el mármol. Todo en él era único.

Su retrato me atrajo de nuevo al presente. Ese pañuelo rojo con estrellas negras, sus manos, su mirada severa, ajustando su rostro y su cuerpo entero a una pose desafiante que se mezcla con la dulzura y la melancolía con la que siempre militó. Esa icónica fotografía fue tomada por Andrés Canepa. Tantas otras cámaras capturaron su mirada y su ser que son parte del imaginario visual chileno y latinoamericano. Antes de llegar a Chile habíamos escuchado sobre la exposición LMBL ícono, en el Centro Cultural Gabriela Mistral, y estuvo en nuestra lista de lugares por visitar. En esta exposición encontramos el archivo fotográfico del chileno Pedro Marinello, quien durante más de 30 años registró las acciones performáticas de Pedro Lemebel. Conocimos más de 20 obras que incluían fotografías individuales, que fueron portadas en algunas publicaciones de libros con la editorial Seix Barral y series emblemáticas de las Yeguas del Apocalipsis como Las dos fridas y la serie Instalamos pajaritos como palomas en alambritos.

En una de las salas estaba expuesta la documentación de Abecedario, le hacía compañía la secuencia de fotografías de la acción que realizó Pedro unos meses antes: Desnudo bajando la escalera. En ellas se ve un Lemebel desnudo que entra en un saco marinero para arrojarse por las escaleras del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Las escaleras fueron previamente encendidas con neopreno. Su cuerpo arde cuando rueda, veloz, hasta detenerse y ser, entonces, apagado. Esa intersección entre archivo, su propio cuerpo enfermo y el fuego fueron elementos que persistieron hasta en esas últimas acciones antes de su muerte. ¡Cómo es la vida!, yo arrancando del sida y me agarra el cáncer. Esa frase célebre en la que insiste en la enfermedad como circunstancia implacable, como destino inexorable, confirma que Pedro Lemebel siempre se sobrepuso a la muerte.   

N, preguntando en dónde quería colocar los crisantemos, me sacó de ese ensimismamiento que estar allí me provocaba.  Después de colocarlos en un florero al lado izquierdo de su retrato no hablamos por un rato. El viento trató de decirnos algo. Él lo describe como un momento solemne. Y quizá entre la solemnidad y la nostalgia navegó nuestra visita.  Antes de despedirnos, noté otro nombre en la lápida, Rodrigo Felipe Mardones Caro, que murió a los 39 años de edad, sobrino de Pedro e hijo de Jorge Mardones Lemebel, su único hermano. El nombre de Jorge no se visualizaba en el listado de la lápida, lo que me pareció extraño. Después, ya de vuelta en la cotidianidad, leería que el lugar de entierro de Jorge, que murió en 2021, no se conoce públicamente.

Al salir del cementerio, volviendo por la pasarela, ya de las letras escritas y quemadas no quedaba un rastro más que el de la memoria y el del archivo visual. Atamos cabos y, aunque la pasarela ha tenido cambios mínimos, imaginamos a Pedro haciendo este mismo recorrido en cada visita a su mamá hasta el último día que el cáncer de laringe y la movilidad le permitieron. Atravesamos la pasarela para buscar la estación de bus más cercana.

Volvimos a la comuna de Providencia, el día aún no terminaba y el sol que nos acompañó durante la mañana ya solo era un recuerdo. En la televisión del restaurante se visualizaba un segundo tiempo del partido entre Costa de Marfil y Noruega. En unos minutos, Noruega ganará el partido y nosotros estaremos visitando distintas librerías del sector hasta llegar a la librería Takk, en donde el dueño, un librero español, nos relatará su estrecha relación con Lemebel. De lo fácil que era toparse con él en las calles de Santiago. De las ocasiones en que lo llevó hasta su casa después de alguna presentación de un libro.

Al salir de la librería supimos que cada paso que diéramos en esta ciudad, sin importar la dirección, nos recordaría la imagen viva de Pedro Lemebel.

Referencias bibliográficas
Guerrero, Javier. 2022. Escribir después de morir. El archivo y el más allá. Santiago de Chile: Ediciones Metales Pesados.
Lemebel, Pedro. 2021. No tengo amigos, tengo amores. Extractos de entrevistas. Santiago de Chile: Alquimia Ediciones.
—. 2003. Zanjón de la Aguada. Santiago de Chile: Seix Barral.


Ana Lucía Galicia (Guatemala, 1996) Estudió una Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Rafael Landívar. Es librera y co-fundadora de la librería Libros del centro, especializada en literatura latinoamericana. Su investigación literaria se enfoca en temas sobre memoria y familia, migración, identidad y perspectiva de género, principalmente en obras escritas por mujeres.

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