El pasado 25 de marzo de 2026, el escritor salvadoreño Luis Alvarenga donó a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), a través de Acervos Históricos y del CRAI Florentino Idoate, S.J., la documentación epistolar del reconocido escritor salvadoreño Álvaro Menéndez Leal. Este es el discurso de Luis Alvarenga en dicho acto
Luis Alvarenga | Escritor salvadoreño
Discurso de Luis Alvarenga en el acto de donación de la correspondencia de Álvaro Menéndez Leal a la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), el 25 de marzo de 2026
Excelentísimo señor Rector, padre Mario Cornejo, s.j.
Muy estimada amiga, Cecilia Salaverría, viuda de Menén Desleal
Honorable señora Vicerrectora de Investigación e Innovación, Esmeralda Valdivieso
Honorable directora del Centro de Recursos y Apoyo a la Investigación, Jacqueline Morales
Estimado poeta Álvaro Darío Lara
Amigas y amigos que nos acompañan:
Hablar de Álvaro Menéndez Leal (O Menén Desleal, como él mismo se hizo llamar) es hablar de un extraordinario escritor, dueño de una vida intensa en la que lo mismo gozaba y padecía. Él decía: “A veces toca abrir el chorro de oro y a veces toca cerrarlo”. Cuando el chorro de oro de la fortuna estaba abierto, creó un noticiero televisivo cuando aquí no existían, tuvo un auto deportivo, viajó por el mundo y portaba un anillo cardenalicio. Cuando el caprichoso chorro de oro de la Dama Fortuna estaba cerrado casi herméticamente, cerró las empresas que creaba, boxeaba muy joven para ganarse la vida, padecía las privaciones del exiliado. “Era la hora de masticar la piedra”, como dice en uno de sus poemas. Álvaro intenso, que cruzó cartas con el expresidente Fidel Sánchez Hernández, el controversial padre Mario Casariego y el excanciller Fidel Chávez Mena; Álvaro entrañable, que se escribía con Roque Dalton cuando este vivía en Praga y Cuba (pero antes había conocido en la Facultad de Humanidades de la UES y le había enseñado a manejar y habían viajado juntos a Chile) y con Ítalo López Vallecillos, que era su gran amigo y confidente, así como con Waldo Chávez Velasco, una amistad entreverada por afectos, malas jugadas, “pandeadas” y abrazos, como cuando fue Waldo el amigo que lo asistió en sus últimos días. Álvaro era muchos mundos. Era y sigue siendo fácil odiarlo o quererlo sin reservas. Para ambos afectos dio motivos de sobra. Lo difícil es ver los claroscuros de su personalidad y, al margen de ello, justipreciar su obra. Esa obra magnífica, entre cuentos de ciencia ficción, narraciones situadas en una China literaria, la inapagable Luz Negra, su bello tratado poético de urbanismo, Ciudad, casa de todos, todo eso prevalece más allá del hombre intenso, con sus claroscuros que lo conforman.
Pero ese hombre que fue Álvaro Menéndez Leal sale en las cartas que forman parte del archivo epistolar que ahora pasa a la custodia de la universidad. Como en una selva de letras, aparece su voz junto a la de amigos como Manuel Hasbún, Ítalo López Vallecillos, Waldo Chávez Velasco, Roque Dalton; pero también con amigos entrañables con los que las diferencias se hicieron insalvables, como Roberto Cea y Roberto Armijo. Está también el Álvaro enamorado, el Álvaro que menciona un perfume hecho de agua de rosas a su traductora al rumano; el Álvaro de amores dolorosos y amores imposibles; el Álvaro de proyectos fantásticos como el de comprar una pequeña aldea en España; el que tocó las puertas de grandes editoriales, convencido acertadamente del valor de su obra; puertas que no siempre se le abrieron; el Álvaro, autor de Luz Negra, que se cartea con directores de teatro de El Salvador, Alemania y otros países en ocasión de la puesta en escena de su obra.
En el baúl en el que estaban estos documentos que había custodiado Cecilia, entrañable amiga y viuda de Álvaro, me encontré con un bosque documental de más de 1,400 piezas, entre cartas, postales, recortes, donde está cristalizada parte de la vida de nuestro estimado Inmortal, donde están escritos a mano o con tinta de máquina de escribir los vestigios de “los vicios de papá”. Son cartas que van desde 1957 (con el padre Mario Casariego) hasta 1999 (con el narrador panameño Enrique Jaramillo Levi). Por estas páginas aparecen nombres como Claudia Lars, Manuel Scorza, Seymour Menton, Ricardo Lindo, el entonces alcalde José Napoleón Duarte, Mario Hernández Aguirre, Juan Bosch, entre otros. Destinados para algo más que para languidecer en una colección personal, estos documentos son patrimonio del país que detestaba por su pequeñez, su provincianismo, pero que amaba con esa misma intensidad.
Elegí a la universidad como el lugar para depositar este archivo tan importante para nuestra historia literaria, no sólo por ser el lugar donde me formé, ni por la historia y los afectos que me unen a ella y a su gente, sino sobre todo por el cuidado y el profesionalismo que han dado a otras colecciones de clásicos de nuestra literatura y pensamiento. El que esta correspondencia esté depositada en la UCA asegura que se encuentre con las mejores condiciones de almacenamiento y que esté disponible para la comunidad investigadora y literaria, que creo que ese hubiera sido el deseo de nuestro amigo. Agradezco a la universidad, en la persona del padre rector, por su disposición por cuidar esta correspondencia que desde ahora se abre al país. Muchas gracias.

LUIS ALVARENGA (El Salvador, 1969). Poeta, narrador, ensayista, docente, investigador del Departamento de Filosofía de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas». Es doctor en filosofía iberoamericana por la UCA de San Salvador. Ha publicado en poesía: Otras guerras (1990); Libro del sábado (2000); Dante (2012); Hotel Central (2013) y Las florecidas arboledas del mar (2013). Entre su obra de investigación literaria y filosófica figuran El ciervo perseguido. Vida y obra de Roque Dalton (2002 y una segunda edición, corregida y aumentada, 2017); y Roque Dalton: la radicalización de las vanguardias (2010). Es autor de dos libros sobre los medios de comunicación de la guerrilla salvadoreña: Tiempos de audacia: Los mass-media de una guerrilla; y La gramática de la pólvora: los debates en la prensa revolucionaria salvadoreña, 1971-1979. Es el compilador de la antología poética Esto soy, de Claribel Alegría, y de la Obra escogida de Roberto Armijo. Es el autor del estudio introductorio y la cronología del volumen Poesía escogida, de Roque Dalton, publicado por la Colección Biblioteca Ayacucho, en Caracas. Dirigió la revista Cultura y el «Suplemento Literario Tres Mil». Es coeditor de los Cursos universitarios, de Ignacio Ellacuría, junto a Héctor Samour, y del volumen Ignacio Ellacuría: Utopía y teoría crítica, con Juan José Tamayo.
