Las circunstancias sociales y políticas de la región centroamericana han obligado a muchos periodistas a abandonar sus países en busca de resguardar sus vidas. Este es el caso de Lucía Escobar, una periodista guatemalteca, radicada en México desde hace tres años. Esta es la historia de su exilio
Lucía Escobar | Periodista guatemalteca
Soy un fantasma en mi país, un rastro de las navidades pasadas. De mí queda una pinta en una banqueta de La Antigua Guatemala que dice «Que viva la Lucha»; mi colección de revistas y afiches en CIRMA; una amiga que se niega a olvidarme; mis columnas en la hemeroteca; y mis pertenencias más preciadas regadas en casas ajenas.
Mi viaje comenzó el 15 de octubre de 2023, frente a la Iglesia La Merced en la Antigua Guatemala, después de grabar 37 segundos de un video en que el odio es el protagonista. Un mafioso custodiado por la policía, y repudiado por el pueblo, recibe un poco de justicia social. Como en un cuento, en el cielo la luna pasaba entre la tierra y el sol, eclipsando mi vida y expulsándome a otra realidad.
En menos de 24 horas recibí llamadas, consejos, avisos y advertencias de que debía irme de Guatemala para evitar la furia y venganza de Miguel Martínez, un tipo incluído en la Lista Engel de actores corruptos, quien aseguraba que soy culpable de crimen organizado e incitación al odio, tan solo por documentar su vil huída. No me quedé a probar mi inocencia. Vi lo que le hicieron a José Ruben Zamora, conozco el caso de Anastasia Mejía, escribí sobre Stef Arreaga, las Ixchíu, Julia Corado. Sé lo que significa alzar la voz en la finca. A mí, grabar ese video, me costó la vida tal como la conocía.
Salí de madrugada al aeropuerto con una maleta, una mochila, miedo y mucha incertidumbre. En los primeros días del 2024, fuimos junto a mis dos hijos a la COMAR, Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados. Hicimos fila con cubanos, venezolanos y haitianos que también buscaban regularizar su situación migratoria. Cinco meses después nos reconocieron refugiados y nos dieron la residencia permanente. Con un único requisito: no podemos regresar a Guatemala.
El primer año fue el más difícil. Aprendí a vivir en departamentos, me mudé seis veces en un año. Volví a fumar. Le dije adiós a mi ciclo reproductivo. Perdí mi último huevo. Busqué trabajo y no encontré. Viví de becas y subsidios. Me deprimí. Engordé.
El síndrome de la impostora me persiguió hasta acá. Me pregunté si merezco el título de exiliada. Alguien dudó de mis razones. Me cuestionaron. Quizá soy solo una cobarde. Me nombré de muchas maneras: desterrada, desarraigada, asilada, migrante. Ninguna de las palabras me queda tan bien como aquellos pantalones rojos de Todos Santos que usé durante casi veinte años. Ninguna palabra termina de alcanzarme.
Mi hermana me aconsejó que pensara que mi casa se quemó. Así no desearía volver. No me cuesta imaginarlo, sobran ejemplos en mis libretas periodísticas. Como cuando durante la tormenta tropical Agatha vi cómo el Río San Francisco se llevó decenas de casas; o los desaparecidos de Panabaj en el Stan; o la furia del Volcán de fuego quemando la aldea El Rodeo; o el deslave de Cambray II; o la inundación de Campur durante Eta y Iota. Eso sin contar los cientos de historias de tierra arrasada que escuché cuando documenté la postguerra. Mi supuesta casa quemada es una más entre tantas historias de guatemaltecos que han tenido que empezar una y otra vez de cero. ¿Cuántas veces tendré que volver a levantar las paredes de mi casa? Antes ya había perdido una vida en Atitlán durante mi primer exilio en el 2012. Arranqué a mis hijos del colegio, el pueblo y el lago. Fui criminalizada.
Habitar el limbo
No logro sentirme del todo en México, pero tampoco estoy en Guatemala. Llevo la patria en el celular, en el acento y en el vos. Platico con mis amigos por Meet, celebro cumpleaños por Zoom, me río y cuento chismes por WhatsApp, leo noticias de allá. Mi teléfono es 502. Mis afectos también tienen ese código. No miro La mañanera.
Trato de no pensar en mis libros, en mi cocina, en mis cuadros, en todo lo que dejé allá. Me repito que son sólo cosas. Pero lo que duele no son las cosas. Son los almuerzos familiares de los domingos, las piscinas de agua fría, no haberme despedido de mi madre ni de Luis Aceituno. Los muertos que no enterré. La casa que ya no habité, las actividades que ya no hice, los abrazos que no di, los volcanes que ya no subí.
Tengo miedo de no encontrarme aquí. De no poder sostener a mis hijos. De haberlos traído a un lugar donde también tendrán que empezar de cero. Pero el miedo no me detiene, me mueve.
Sabor a Guate
Se me antoja una tira de pan francés con frijol. Una amiga mexicana me regaña: «habiendo tanto pan bueno en México y tu extrañando ese». No entendió el punto, la nostalgia no tiene nada que ver con la calidad de la comida o con el sabor. Mi anhelo por un queso de hoja de Chichicastenango, una tortilla con limón y sal, los chicharrones o el chirmol que no pica, no es un antojo de alta gastronomía. Es la comida con la que fui feliz.
Le pido café guatemalteco a las visitas con más empeño del que migración pone al pedir las cartas de invitación.
El país se me vuelve añoranza gastronómica. Extraño hasta las latas de frijol Ducal, la pepitoria y las tortillas empacadas al vacío del Comalote. Intento soportar el chile. Y entiendo que la salsa acá es picante.
Pienso en el olor a Guate; una combinación entre tortilla sobre comal, limón exprimido, fruta, cafecito de olla, hierbas del temazcal, pino, copal, carne asada y pólvora.
La otra vez me puse triste al pensar en la biblioteca que abrirán en La Antigua, en la casa donde estaba mi oficina. Estuve a punto de llorar. Pero no lloré. Me fui a la Biblioteca de México, una antigua base militar que también fue cárcel y que ahora es un antro de la cultura. Me prometo disfrutar lo que hay y no lo que me hace falta.
Haciendo limonadas
Luego de varios meses como alma en pena, un día decidí dejar de victimizarme, de ver hacía atrás. Comencé a soltar cosas, me salí del Chat Cultural que fundé, busqué nuevos administradores para la página de Guatejalón, y quien se quedara con mi venta de chiles cobaneros. Me alegré de que el profe Juan Josué ya no me necesita para conseguir las becas ni para buscar aportes para las excursiones de sus alumnos de Chajul.
Asumí mi nueva vida. Me hipnoticé para dejar de fumar.
Ver mucho hacia atrás da depresión, y ver muy adelante, ansiedad. Respiro y trato de vivir el momento y de agradecer. Hablo en presente.
Visito cada semana un museo nuevo. Me refugio en la Cineteca. Me pierdo en Chapultepec. Acá me transformo, reconstruyo mi vida. Colecciono fanzines y calcomanías. Dibujo, bordo, bailo, tomo mezcal. Hago un pódcast de centroamericanos viviendo en México con Lucía y Carlos. Escribo mi diario a diario, aplico a becas, busco proyectos. Consulto a la sicóloga en línea. Camino y camino mucho.
Acá en México me he reconocido centroamericana, como una nueva categoría para mí.
Soy parte de una nueva oleada de exiliados guatemaltecos que buscamos en este gran país un espacio para florear. Somos muchos; operadores de justicia (muchos ex FECI y ex CICIG), estudiantes que defendieron la USAC, activistas ambientales, autoridades indígenas y periodistas. Hemos salido por culpa de las persecuciones que el Ministerio Público, liderado por Consuelo Porras y Rafael Curruchiche, emprendieron contra muchos de nosotros. Y aunque recién cambiaron las autoridades, la podredumbre será difícil de detener. ¿Volver es una opción real?
Antes de nosotros, ahí por el 2018, fueron los nicaragüenses los que salieron despavoridos de su país, a muchos les quitaron la nacionalidad, sus cuentas, cerraron las universidades donde estudiaban, se quedaron sin pruebas de sus vidas ahí. En los últimos meses, decenas salvadoreños también se han exiliado por la dictadura de Nayib Bukele. Aquí nos hemos encontrado centroamericanos, mesoamericanos, perdedores en la gran rifa de las democracias que no funcionan.
Otra vez volví a fumar. Voy más despacio, voy soltando la que fui.
Me enfoco en hacerme un lugar aquí, empapelo algunas calles de la CDMX con poemas de Luis de Lión para las Jornadas de Memoria. Organizo el concierto de niños de la marimba Brisa del Hunahpú y tocan en el Museo de Antropología, en la Embajada de Guatemala en México. Disfruto de las visitas de amigos que me traen pedacitos de mi vida anterior. Y empiezo a abrirme a nuevas amistades.
Consulto a la siquiatra. Dejo el gimnasio.
En el metro camino siempre viendo hacia abajo. Me muevo sobre fósiles marinos cristalizados con 65 millones de años. Amo ser parte de la marea humana que transita este gran país: Godínez, emos, punks, góticos, trans y deportistas. Todos vamos con prisa. Aunque yo no sé hacía dónde voy.
Soy anónima y diminuta en esta gran ciudad. Lo agradezco.
Entendí que no iba a volver a Guate, al menos por ahora, el día que adoptamos a Momo, un gato de Morelos. Una mascota no es temporal. Estoy construyendo algo nuevo. Mis hijos miran hacia adelante. Yo todavía miro mucho hacia atrás. Pero, a veces, logramos mirar en la misma dirección. Hago limonadas con los limones que me da la vida.
La sombra de la Ceiba custodia mi pasado, el futuro se lo encargo al Ahuehuete. En mi altar a Maximón hay un espacio para Tonantzín. Entiendo que esta tierra también es mía. Me siento con derecho a habitar este territorio. Me planto ante los nuevos Dioses con reverencia.

Lucía Escobar (Guatemala, 1975) es periodista, escritora y gestora cultural. Durante 20 años escribió la columna Lucha Libre en elPeriódico, abordando con humor e irreverencia temas como género, ecología, derechos indígenas y libertad de expresión. Fundó y codirigió Revista y Radio Ati en el lago de Atitlán. Actualmente, vive en el exilio en México, continúa su labor como gestora cultural, escritora y periodista. Es comunicadora en Ediciones del Pensativo. Publica en diversos medios. Ha sido voluntaria en varios proyectos sociales.
