Vocablo lanzado desde el sueño

Compartimos un recorrido por la poesía publicada del destacado poeta colombiano Henry Alexander Gómez, una selección exclusiva para El Escarabajo

Henry Alexander Gómez Poeta colombiano

La poesía de Henry Alexander Gómez busca perpetuar, por medio de la palabra, la misma eternidad con que está hecho el tiempo y sus símbolos: la palabra, el polvo ancestral y cósmico que fuimos y somos. Alexander busca la eternidad en las pinturas rupestres del Hombre de Neardental, en la Rosetta o en las calles de Bogotá donde desfilan las sombras de los estudiantes. Se trata, pues, de eternizar el momento para convertirlo en espejo de lo que somos. Sus poemas son fotografías que son flechas de tiempo lanzadas desde el pasado a la página en blanco, y allí está Teyuna (la ciudad perdida), Pompeia o el Machu Picchu o cualquier otra ciudad o cueva. Como el viento que esculpe, el poeta también es escultor. Como las historias en la piel de la cueva, el poeta también es pintor del tiempo, de todo tiempo pasado y del que le ha tocado vivir y sufrir, y por eso también es un fotógrafo que captura la eternidad de lo efímero. La poesía de Henry Alexander Gómez es piedra esculpida, óleo de la historia y fotografía del instante, todo fusionado en la arquitectura de la palabra.

                                               Alfonso Fajardo.



Poemas de El tiempo del ruido (Sílaba, 2024) VIII Premio Nacional de Poesía Tomás Vargas Osorio


Guacheneque

Sobre el río Bogotá y el pez capitán

La niebla es pura y los dioses son sabios. Bachué tomó un hilo de agua de la laguna de Iguaque y un grano azul de maíz sembrado en sus orillas. Ella soltó ese pequeño hilo que serpenteó por la sabana hasta llegar a una cumbre del páramo. Lo mismo hizo el grano de maíz, rodó por la tierra alimentando la montaña. El hilo fue entonces río y el grano azul de maíz fue pez. Una campana de agua emergió del frailejón y su sonido tejió la niebla que abriga la oración de los páramos. Entonces, una palabra con forma de río y pez comenzó a brillar y descendió a tierras bajas. Pero esta palabra sueña la soledad de hombres y mujeres: lo que callan los náufragos, la sabiduría de los ahogados. Por eso el río está solo, por ello el pez está solo.



Segundo Testamento de Emilia Ayarza

Una llave, un viento, una epístola. Mi escritura, como una ciudad huérfana en el pecho



Mecánica popular

El ventilador pide a gritos un poco de agua,
el humo de los automóviles llena las aceras con arrugas
y ríos de combustible
que hacen estremecer a los paseantes.

Escribo en un lugar de la ciudad
donde los hombres viven en el centro de sí mismos.
Hay aquí una playa negra en la que desembocan grietas de polvo
y silvestres sonrisas llagadas por el sol.

Una gota de sudor tiembla sobre la llave inglesa
con la que intento abrir el carburador
de un Renault 12 de puertas amarillas.
“Comió varón”, dice el evangelio
de estos viejos muchachos que cada noche
hacen el amor con sus mujeres
perfumados en aceite y grasas de motor.

No soy hombre, pero intento serlo. Ensayo una y otra vez
este físico lenguaje con el que se repara la carrocería,
las bujías o el cigüeñal,
como quien intenta cientos de veces entrar al corazón
de una mujer que ha roto sus labios por la pureza de los días.

“Algún día haré dinero y abriré mi propio taller”,
pero algo me revela que naufrago en aguas que nunca serán mías.

Por fin, es sábado en la tarde,
el ruido de los exostos se apaga cuando
entramos en la taberna a bañarnos con canciones
que también aceitan las tristezas que oxidan
el motor de la vida.

“Nada es como antes”, dice con soltura
el latonero Poncho González,
“ya no hay repuestos
para las penas de amor”, afirma una vez más
y enciende un bello cigarrillo.

Somos ángeles oscurecidos por las máquinas,
obreros
que bailan en algún rincón de un silencio lleno de fracturas.
El lunes las camisas volverán a ser ceniza.


Antimotines

Esta ciudad

ya no vela a sus muertos,

pero existe

                     un colibrí en su mano.


Del libro Diario para anunciar el fin del mundo (PreTextos, 2025), V Premio Internacional de Poesía Francisco Brines.



Lucy

Tres millones de estrellas atrás
Lucy levanta la pequeña hoja de un árbol
y la extiende sobre las nubes para comparar
las formas familiares. Tal vez intuye
el secreto de las cosas pequeñas,
a lo mejor un guijarro, un insecto, una semilla.
Quizás anuncia sin entender
que sus huesos diminutos de australopithecus
serán las vocales justas para razonar la anatomía,
los homínidos
que mudan de dientes cada generación,
el músculo como un molde del tiempo,
la forma de la pelvis para erguirse
en dos patas y así romper la barrera del sonido.
Dice en su portal National Geographic
que mientras el paleoantropólogo
Donald Johanson celebraba el hallazgo
de los restos óseos, en Hadar, Etiopía,
la radio trinaba la canción “Lucy
in the Sky with Diamonds”, de The Beatles.
El paraíso igual a un salón de espejos
para darle un nombre en voz alta
a la geometría de los fósiles,
la aritmética de la música que no posee espacio
y nos ayuda a descifrar la mirada ubicua
de Scarlett Johansson quien recibe con la punta
de su dedo el cerebro de Lucy, minúsculo y
manso como una pequeña luna;
todo para concebir que los humanos solo somos
una pequeña casa flotando en el océano.


Aguja

Mirar
por
el
ojo
diminuto
de
la
aguja
y
así
tejer
el
mundo
en
su
justa
medida:

Quizás
sea
lo
más
cercano
a
ver
desde
el
ojo
de
Dios.


Homo neanderthalensis

Son los homínidos que más tiempo
han estado sobre la tierra,
mucho antes que los humanos modernos
quienes llegaron con sus inventos
para poblar el océano
con tres millones de toneladas de plástico.
Un neanderthal es un ser de viento,
un humano que nos devuelve la mirada
para asirnos con el terror de vernos
a nosotros mismos.
Estos hombres, paridos de la nieve vertebral
de las montañas,
entendieron las formas cambiantes
de la sombra
desde el aleteo del fuego,
grabaron su respiración
en los muros de las cuevas
con líneas que representan
el vuelo de las libélulas,
el talle de la luz sobre los árboles,
o la geometría inacabada de las placas
en el caparazón de las tortugas.
El hallazgo de polen en la cueva Shanidar,
en Irak, demuestra el uso de flores
para los ritos funerarios:
un atisbo de la noche
que prueba la inmortalidad,
sus alas de ángeles abanicando
los nombres de las conchas marinas,
las garras de las aves de rapiña,
el excremento dejado por los mamuts
sobre las planicies de hielo,
el susurro de un idioma de pasos
hoy vencido por la perplejidad.


Del libro Cadena de custodia (Playa sucia, 2025), VII Premio Internacional de Poesía Vicente Rodríguez Nietzsche.



Efecto mariposa

A los estudiantes caídos

Primero fue el silencio palpitando en los televisores,
la declaración oficial del ministro de defensa
argumentando bajo juramento que la tierra es plana
y que Dios es la patria abofeteada.
Luego fue el miedo, el llanto de la madre
al reconocer el cuerpo del hijo bajo el filo de los hospitales.
Luego fueron los gritos,
hombres y mujeres arrastrando la noche,
tropezando con el vértigo de las ambulancias.
Luego fueron las úlceras de una calle cualquiera,
el animal desvencijado,
una palabra ahogada entre el olor de su propia sangre.
Luego fue la caída, el aliento inmóvil,
el disparo directo a la cabeza. La escopeta calibre 12
midiendo con la lengua una retina hecha de preguntas.
Luego fueron las nubes lacrimógenas
que ascendían al cielo igual que los santos,
purificando las oraciones de rigor.
Luego fue la poesía y sus despedidas,
el vocablo lanzado desde el sueño, los tambores,
niños y niñas caminando sobre el agua,
resucitando el milagro de los puños cerrados.
Luego fue el día buscando sus afanes,
la sed de las alcantarillas,
los periódicos levantando la voz,
un raro aire que recorría la ciudad
de esquina a esquina, de corazón a corazón.
Luego fue el colegio y sus cicatrices,
las conversaciones de pasillo, la primera comunión,
la respiración del sol y el más largo de los viajes.
Luego fueron las canicas mapeando la tierra,
la gravedad del primer llanto,
el sudor de la mujer parturienta,
el amor igual a un hoyo negro devorándolo todo.



Olla comunitaria

A veces, el diablo asciende desde el mismo infierno
y se sienta sobre el asfalto para comer de nuestro plato.
Nunca dice nada, solo fuma un Pielroja
mientras afila su bigote con sus uñas sudorosas.
Cuando estallan las granadas, intenta gritar, sí,
pero un agua salada que desciende de los cielos le tapa la boca.


Velatón

Que los muertos enciendan una luz por cada uno de nosotros.


Henry Alexander Gómez
Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Dirigió el Taller Distrital de Poesía Ciudad de Bogotá en el año 2018 y 2019 y el Taller de Poesía del Ministerio de Cultura, 2021. Ha publicado los libros Memorial del árbol (2013); Diabolus in música (2014; Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía), Tratado del alba (2016; Premio Internacional de Poesía José Verón), La noche apenas respiraba (2018; Mención Honorífica Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz); Georg Trakl en el ocaso (2018), Casa giratoria (2019), Cuentos para hundir un submarino (2021; Premio Internacional de Cuento “Juan Ruiz de Torres”), La torre de los caballos azules (2022; Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández), El tiempo del ruido (2024; Premio Nacional de Poesía Tomás Vargas Osorio), y Diario para anunciar el fin de mundo (2025; Premio Internacional de Poesía Francisco Brines). Igualmente, recibió el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía Vicente Rodríguez Nietzsche por el libro Cadena de custodia. Es cofundador y editor de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com). En la actualidad cursa un doctorado en literatura en la Universidad de los Andes.

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