Durante sus años en El Salvador, el escritor guatemalteco Francisco Alejandro Méndez participó en uno de los proyectos literarios de la que, luego, sería su casa editora, Falena Editores. Se trató del libro colectivo que rinde homenaje al mítico futbolista salvadoreño, Jorge Alberto, el Mágico, González. Hoy, que el mundo tiene la mirada puesta en el fútbol, y que recordamos a Francisco, compartimos el relato que incluyó en esa antología
Francisco Alejandro Méndez | Escritor guatemalteco
Las precarias ofertas académicas de mi país me obligaron a buscar oportunidades de estudio en otras naciones. Por lo general, las clases altas y con muchas posibilidades económicas estudian en universidades gringas o españolas, pero los demás buscamos centros de estudios mucho más cercanos y accesibles, es decir, en los países vecinos, que evidentemente poseen mejores niveles en sus universidades públicas.
Por lo anterior es que llego a Costa Rica, a una preciosa universidad en la que curso, durante cinco años, estudios de maestría y doctorado, lo cual fue muy enriquecedor, sobre todo, las vivencias fuera del campus, en donde aprendí a querer más a mi país y a la misma América Central.
No voy a referirme a la vida dentro del campus, sino voy a contar la historia, quizá un poco exagerada, quizá algo minimizada, de una discusión sencilla que se convirtió en casi una batalla campal.
Debo de poner en contexto que los asuntos en el aula siempre fueron conflictivos, debido a que, por haber estudiantes de todos los países centroamericanos, salían a relucir amores patrios y falsos nacionalismos, así que por ser yo de la capital de la Capitanía General de Guatemala venida a menos, pues era bastante duro de enfrentar los acalorados debates, incluso con los puños.
El caso es que tras de que algunos presentáramos nuestros proyectos de tesis doctoral, que, casualmente coincidía con un mundial de fútbol y, además, la venta de al dos por uno de cervezas en la mayoría de bares y menudeo de estupefacientes, asistimos a un famoso bar a presenciar en pantalla grande varios de los encuentros, especialmente en los que jugaban dos países centroamericanos.
Tras varios baldes, ingenioso invento en el que te incluyen, por lo general seis cervezas metidas dentro de una cubeta de metal con hielo y amarrado con un alambre, el destapador, pues poco a poco fuimos acalorándonos junto al fanatismo del público y el de los locutores que narraban los encuentros.
De repente se aproximó un dramaturgo costarricense, compañero nuestro de estudios. Se sentó con nosotros, destapó una Imperial y dice: “Salud por el mejor jugador de toda Centroamérica: Paulo Wanchope, por los siglos de los siglos. Quien jugó en el Manchester City, el Málaga y es uno de los mejores goleadores de la selección nacional”.
Puta, dije yo, vive a una cuadra de mi casa, por allá por Santa Lucía de Barva, sin embargo, al principio, ninguno de los que estábamos en la mesa, brindó con el dramaturgo y aceptó su propuesta.
Pues entonces, brindemos por el más grande de la región. Se puso de pie el hondureño, quien trazó con los brazos la señal de gol y expresó a todo pulmón: “el Rey David, David Suazo”. Segundos después ninguno se volvió a levantar a brindar por ese magistral jugador que militó en varios equipos de Italia. En el famoso Scudetto fue nombrado como el mejor. En sus equipos con el Cagliari o el Milán, por mencionar un par, fue de los mejores en
su historia.
Yo no quise quedarme callado. Mencioné al Carlos, el Pescadito Ruiz, como el más anotador de las eliminatorias mundialistas; uno de los mejores goles de chilena de la historia, entre otros, pero en el momento que otro de mis compañeros de aula, el salvadoreño, un poco trastrabillando por el correr de las cervezas por sus venas, levantó su botella y con enojo señaló: “el único, el más grande es Jorge Alberto, el Mágico González, no hay otro”.
Mientras pensaba en las grandezas de ese jugador, en ese mismo momento respaldé totalmente la propuesta. Dejé los colores patrios para discusiones literarias. Los demás menearon los índices de sus manos para negar y desechar lo que había gritado el salvadoreño. Incluso, el dramaturgo, como en una escena dramática, lanzó la botella al suelo y expresó su malestar y molesto remarcó: “son hijueputas los que respalden. Como Chope, hay dos más, pero igualmente, son ticos”.
Entonces los demás de la mesa respaldaron al dramaturgo y también rompieron botellas al suelo y se remangaron las camisas hasta los codos.
Volteé a ver mi vecino salvadoreño, mientras ambos nos preparamos para una inminente pelea. Por el Mágico, vos, sí por él, vos. Lo cual me recordó por unos momentos al soldado escocés William Wallace en Braveheart:«Luchad, y puede que muráis. Huid y viviréis… un tiempo al menos. Y cuando estéis en vuestro lecho de muerte, ¿no cambiarías todos los días desde aquí hasta entonces por una oportunidad, sólo una oportunidad, de volver aquí y matar a nuestros enemigos? Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán ¡La libertad!».
El público que miraba el partido protagonizado por Francia contra Italia transmitido por la televisión de inmediato se acercó a nosotros, y dejó de ver esos reñidos cuartos de final.
El equipo de Chope estaba sumamente encendido. De verdad tenían ganas de golpearnos o de hacernos entrar en razón de por qué ellos estaban en lo correcto y nosotros equivocados. Mientras que ambos nos aferramos a la grandeza del Mágico, los goles anotados al Real Madrid y el Barcelona con el Cádiz CF, entre otros, nos preparábamos a defender la historia.
De pronto, se escucharon apuestas en contra nuestra, ofrecieron baldazos gratis a quien ganara el enfrentamiento. Todo era motivador y a la vez preocupante, pues debido a que nosotros, los del Mágico éramos dos y los demás, cinco o seis.
Hubo un silencio sepulcral, parecía que solamente faltaba el pitido del árbitro cuando ingresaron al bar cuatro hombres en silencio, con paso firme y como si hubieran estado al pendiente de la próxima batalla. Tras aguzar la vista pude reconocer a uno de ellos, como Chope mi famoso vecino, el otro, sabría después que era el fenomenal Carlos Pavón, lo seguía el mismo Carlos, Pescadito Ruiz, Mauricio Cienfuegos y Blaz Pérez, el legendario delantero panameño.
Las cuatro estrellas centroamericanas pasaron frente a nosotros y nos vieron de reojo. La muchedumbre aplaudió, mientras nosotros nos encontrábamos en tensa calma y contando lo segundos. En la televisión el locutor cantó un gol. Los cuatro hombres, como si fueran más que futbolistas, modelos de pasarela, se despojaron de sus chaquetas de cuero y mostró cada uno, una playera amarilla con el número 11 y por detrás la palabra: Mágico.
Fue entonces que comenzaron a aparecer baldazos frente a nosotros. Hubo muchos aplausos, abrazos y hurras. Un jugador que es capaz de unir a la Centroamérica futbolera y es capaz de volar con una pelota delante y desafiar al mejor de los defensas y al más grande de los arqueros es el Mágico González.
Santa Ana del Mágico, 2024

Francisco Alejandro Méndez Castañeda (Guatemala, 27 de noviembre de 1964 - Guatemala 28 de marzo de 2026). Fue catedrático universitario, periodista y escritor. Graduado de la licenciatura en periodismo en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Magister litterarum en estudios de cultura centroamericana, con mención en literatura, por la Universidad Nacional, UNA, de Costa Rica, en donde obtuvo la distinción Cum Laude por su tesis titulada Hacia un nuevo canon de la vanguardia en América Central. En esa misma universidad cursó un doctorado en estudios centroamericanos de literatura. Su especialización postdoctoral fue en literatura contemporánea estadounidense de la Universidad de Louisville, Kentucky.
Desde el 2001 se dedicó laboralmente a la docencia en diversas universidades de Guatemala y Centroamérica. Anterior a eso, tuvo una distinguida carrera como periodista, que empezó en 1989 y que lo llevó a ser parte de las redacciones de varios medios de comunicación guatemaltecos, como Siglo Veintiuno, la revista Polémica, Revista Domingo, Crónica y el Diario de Centroamérica, del cual fue jefe de redacción.
Recibió numerosos reconocimientos por su labor académica, periodística y literaria. Entre ellos destaca el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias en el 2017. En 1994 y 1997 fue ganador del Premio anual de periodismo cultural Carlos Benjamín Paiz Ayala en el género de entrevista. Y en 2009, le fue dedicada la XXXVIII Feria Municipal del Libro de Guatemala.
Como narrador, exploró, durante los últimos años, el género policíaco. Son parte de sus publicaciones los libros Puede que no sean ángeles (2023);Está de perros (un caso peludo para el comisario Wenceslao Pérez Chanán) (2021); Si Dios me quita la vida (2020); La zona intersticial (2019); Animalicidio (2018); Saga de libélulas (2018); Animalario I y II (2018); Ellas matan, ellas mueren (2017); Chanán, cinco casos peliagudos para el comisario (2015); Narraciones extra/ordinarias (2014); Juego de muñecas (un caso más para Wenceslao Pérez Chanán) (2012); Relatos policíacos (serie Chanán) (2009); Reinventario de ficciones. Catálogo Marginal de Bestias, Crímenes y Peatones (2006); Eclosión de las vanguardias en América Central (2006); Completamente Inmaculada (2002); Ruleta rusa (2002); Crónicas suburbanas (2002); Sobrevivir para contarlo (1999); Manual para desaparecer (1997); Graga y otros cuentos (1991). También fue autor del Diccionario de autores y críticos de Guatemala (2010) y coautor del Diccionario de literatura centroamericana (2008). Como compilador publicó, en 2005, América Central en el ojo de sus propios críticos y, en 2007, la antología centroamericana Tiempo de narrar. Su obra crítica y de creación fue parte de diversas antologías y revistas en Guatemala, España, El Salvador, Nicaragua, México y Costa Rica.
