El ojo que no aprende a morir

Un relato inédito de uno de los finalistas del Premio Monteforte Toledo de Cuento del 2024, Carlos Meza

Carlos Meza | Escritor y músico guatemalteco

—Vienes por lo que falta —dijo la vieja, con esa voz raspada que dejaba polvo en el aire.

La escopeta pesaba, aunque las manos siguieron aferradas al metal. En la cerca estaba el cuervo de siempre —el de ese patio y de todos los patios—. Quieto. Blanco. Tenía un solo ojo que taladraba; del otro lado del cráneo hundido parecía guardarse un resto de tarde que prefería quedarse sin nombre.

Las cucharas eran baratas y cabezonas, pero insistimos hasta doblarlas. Teníamos quince años y una prisa clavada en los hombros. Éramos tres y creíamos en la excavación: si la tierra cedía, algo nos escucharía mejor desde abajo. Hablábamos poco; gastar saliva era debilitar el pulso.

El ave llegó cuando el cielo perdió su última hebra de color. Subió a los cables. Esperó. Ningún sobresalto; esa calma fue lo extraño. Como si obedeciera a un libreto escrito antes por nosotras. Trazamos el círculo con sal. La tierra negra, apretada en una bolsa arrugada, dejó olor a óxido en los dedos. Queríamos suerte. Un poco de belleza. Una puerta que no señalara la salida de siempre.

Trajimos a otra con la excusa de la tarea escolar. Llegó con los cuadernos doblados, sueño en la cara, medias con pelusa. El cuchillo tenía filo escaso; por eso dolió distinto. Hubo un tropiezo, rodilla raspada, un golpe seco contra el cemento —ese sonido que se mete en los huesos—. La sangre siguió la pendiente del patio y eligió el drenaje. Arriba, el cuervo de un ojo ladeó el cuello, atento a algo que no era el cuerpo.

A la mañana siguiente, titulares con dientes blanqueados: «ritual», «secta», «brujería». Palabras enormes para pantallas chicas. Lloramos: susto mezclado con cálculo e improvisación. Después vinieron formularios flojos, manos que se lavan, policías torpes, cajones que tragan objetos. La ciudad hizo lo suyo: cubrir el bulto y seguir andando.

Llegaron los premios. Un concurso de belleza para una que la llevó a Europa. La segunda fue becada. Nunca aplicó, pero terminó graduada de ingeniera química. Para mí, una casa, sin rastro en archivos. Nada con recibo, que pude vender y vivir de eso mi vejez. Guardamos todo en el fondo del armario, detrás de la ropa de otra estación; cosas que arden si les da la luz.

Más tarde empezaron los desajustes. Un choque absurdo que retuerce a alguien. Un niño con la mirada vacía. Un vecino amanecido rígido en la cama. Siempre el ave en alguna cornisa, en el tejado, en los cables; paciencia de contable, sumando fechas con parpadeos largos e infinitos.

Pasaron años. La historia se gastó en documentales sin brillo y foros de madrugada. Quedé yo. Me fui lejos, donde el bus apenas se detiene. Preferí dormir siempre con una escopeta junto a la puerta y unas botas al lado de la cama. Tuve sobresaltos como costumbre. La edad avanzó rápido, salvo en el ojo izquierdo: brillo joven, fuera de lugar, una chispa que el espejo devolvía con ironía.

Hoy regresó. Se posó en la cerca con la calma antigua de su especie. Reconocí el arma por los tendones. Volvió también el olor: metal húmedo, agua estancada, ese patio que jamás ventiló.

—Vienes por lo que falta.

Disparé. El cuerpo albino cayó y sembró plumas. Me acerqué. El ojo se abrió otra vez. Del lado hundido del cráneo salió algo espeso y tibio, una respiración prestada. No quería sangre. Se quedó delante, sin oferta ni amenaza, apenas presencia.

Solté el arma. Finalmente, cedí.

Entró por la boca: frío que quema, desierto sobre lengua y paladar. Las rodillas tocaron tierra; luego el costado encontró descanso.

Me hallaron al amanecer. El patio seguía oliendo a hierro y moho. A un lado, plumas aún húmedas. Arriba, en los cables, el cuervo: blanco y con su ojo vigilante; detrás de su cabeza: abierto, fresco, cicatrizando, listo para quien todavía crea que el tiempo puede tocarse sin pagar.


Carlos Meza. (Guatemala, 1985). Poeta y narrador. Ha publicado los libros Frank (poemas), por la Editorial Catafixia;y Los mares ignotos, por laEditorial Cultura. Sus textos han sido divulgados en la antología de poesía El futuro empezó ayer, y Mis manos son tu superficie (antología de narrativa guatemalteca) en República Dominicana.

Tiene maestría en Literatura Hispanoamericana del Siglo XX, por la Universidad Rafael Landívar, y Licenciatura en Música, por la Universidad del Valle de Guatemala. Actualmente, es bajista en proyectos de música propia como Matea Santa. También es mánager e integrante de la banda de covers Last Breakfast y Feedback Cover Band. Es docente universitario de cursos sobre teoría musical, Filosofía, Sociología, entre otros. Ha grabado y publicado más de 75 canciones para proyectos personales y de otros artistas

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