El escritor y educador salvadoreño Manrique Valdez explora la raíz de un recurrente enfrentamiento familiar en su relato «No lo hagás». Este material forma parte de la Antología Narrativa de Oriente publicada por S&R Editores
Manrique Valdez | Licenciado en educación
—¡Siempre lo mismo! ¡Cada vez la misma excusa! Por simple lógica alguien que dice tener tan fuertes y constantes deseos de matarse ya lo habría hecho. ¿Qué diablos esperás, pues?
Él guardó silencio y, agachando la mirada, buscó el lugar que consideraba su hogar desde hacía muchos meses: el suelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo contener un par que cayeron con gracia y estruendo. Alzó la vista. Cargado de desprecio, tomó el poco de honor y rabia que le quedaban para arremeter una última vez, por los viejos tiempos.
—Eso te haría feliz, ¿verdad?, encontrarme colgado, destrozado en un accidente, lanzando espuma por la boca o bajo la ducha con mis muñecas cortadas. ¿Así te sentirías feliz?
—Si con verte de alguna de esas formas se arreglaran las cosas, yo mismo te pasaría el lazo, te diera mi carro, te metería las pastillas en la boca o te cortaría las venas, ¡pero eso no me serviría ni mierda! ¿Con matarte pagarás los préstamos o las deudas del hospital? ¡Te juro por Dios que si con eso se arreglara todo con gusto cargara el revólver de tu abuelo y te volaría los sesos!
—¿De verdad pensás así?
Podría decirse que las palabras de su padre le rompieron el corazón; pero sería faltar a la verdad, hacía tiempo que guardaba los trozos que aún le quedaban en una caja detrás de sus libros.
–¿Me querés muerto? — preguntó, con una voz cargada de desprecio.
El silencio flotó denso y dejó escuchar con tal claridad los grillos del patio que cualquiera habría creído que habían invadido la sala. Era domingo, un día largo, pesado y cansino. La discusión que había empezado el jueves no hacía más que alargarse con nuevos insultos, quejas y amenazas. En la noche, él depuso las armas. Una claridad cegadora surgió de su ser; alguien diría que un bombillo se encendió en su cabeza; pero lo más justo sería decir que emergió una silueta roja cargada de una luz mortal desde lo más profundo de su mente.
—¡Lo voy a hacer! Quedate tranquilo, el préstamo está a mi nombre, las deudas están en mis tarjetas. Si yo me muero las deudas se van conmigo.
Entonces vio en él algo que jamás creyó que volvería a ver: esa mirada de asombro cuando, por fin, su hijo le proponía una solución. Él no había sido más que una carga los últimos meses, apenas llegaba a fin de mes y daba su parte para los pagos fijos, se sacrificaba saltándose comidas, viajando en autobús, usando los mismos zapatos desgastados y vendiendo de a poco la colección de libros viejos que tenía. Hacía dos años que había llegado a su tope salarial. Ya no había forma de ganar más en su empleo de conductor de ambulancia. Intentó sin éxito hacer negocios con las funerarias que daban una comisión cuando les avisaban, antes que a Medicina Legal, sobre algún fallecido en accidente de tránsito o enfrentamiento armado; pero la primera vez que recibió esos billetes los sintió sucios, y no le dio el estómago para hacerlo nuevamente. Había escalado lo máximo que un hombre de pocos talentos y ningún contacto en el poder podía aspirar. El dinero que entraba ahora sería el mismo que entraría en los años por venir.
—Igual me cobrarían a mí todo eso. ¿Creés que los bancos pierden?
—Lo he leído en los contratos y lo consulté en internet. El préstamo está a mi nombre, la escritura de la casa está a tu nombre, no hay forma de demostrar que ese dinero del banco se usó para pagar la casa. Las tarjetas sólo pueden cobrarse al portador. Si muero, las deudas se mueren conmigo.
—O sea que el dinero en las tarjetas, ¿podría sacarlo y no tendría que pagarse?
—Pagarse, pagarse literalmente no; metafóricamente lo pagaría con mi muerte.
—No creo que sea momento para lucir tu acervo lingüístico. Desde pequeño decís que querés matarte. No ha habido crisis que no te haya llevado a decir “Me voy a matar”. Pues bueno, acá está el momento. Veamos si es cierto ese deseo de pegarte un tiro.
En cualquier otra situación, se hubiese sentido utilizado y menospreciado; pero, llegado acá, la calma de haberse liberado de todas las cadenas que acarreaban su existencia lo hizo sentirse liviano, como flotando, casi vivo.
—Si me muero, de la Cooperativa te darían dinero, dudo que más de dos mil dólares, pero de algo servirá. Sumando el saldo que queda en las cuatro tarjetas, creería que podrías sacar otros mil. En mi cuenta no tengo más de sesenta dólares. Pero, al menos, el préstamo no tendrías que pagarlo más. Serían casi trescientos dólares al mes que te ahorrarías.
—¿Y si sacás un seguro de vida? ¿O si refinanciás? Podrían darte más dinero, otros treinta mil, ¿verdad?
—Tendrían que aprobarlo. No estoy seguro. Mi muerte sería muy sospechosa, y al final quizá ni te dieran nada, es más, podrían investigar y arremeter que fue homicidio cometido por vos y no un suicidio. Lo seguro es lo que queda en las tarjetas y el seguro del trabajo, nada más.
—¿Estás dispuesto?
—Si con eso te genero calma o una salida financiera, sí. Estoy atrapado, no tengo opciones ni fuerza para buscar o crear una. Ya me cansé de la vida, del trabajo, de este país de mierda, de mis colegas, de vos… me cansé hasta de mí. ¡A la mierda todo! Iré al cajero, sacaré el dinero, te lo traigo y luego todo se habrá acabado.
—¿Cómo y dónde lo vas a hacer? No puede ser acá, van a creer que yo te maté.
—Me iré en el carro, compraré unas cervezas en la gasolinera, tomaré un par y las otras las voy a vaciar en la carretera. Creerán que iba borracho. Si te preguntan, vas a decir que había estado tomando y que salí porque quería más, vos intentaste detenerme, pero no pudiste. Me estrellaré contra una rastra o un muro, lo que encuentre primero.
Su padre sentenció el plan con un esperanzador hagámoslo. Él no tardó ni una hora en volver del cajero con el dinero de las tarjetas y se lo entregó en sus manos. Algo del orgullo que un día perdió, volvió a él cuando le daba todos esos billetes. Algo del respeto que él, en una época lejana sintió por su hijo, se recobró cuando lo vio como siempre quiso verlo: decidido y dispuesto a conseguir lo que quería.
—Sin despedidas ni nada. Sin disculpas ni arrepentimiento. Yo fui una basura. Si puedo redimirme un poco con esto, pues se hace y ya.
—Sin remordimientos.
No hubo abrazo, ni apretón de manos, ni una última mirada antes de que dejara la casa. No lo escuchó llorar ni lamentarse. Quizá era mejor así. Tomó el volante y vio por última vez aquella casa donde siempre se sintió extranjero. Una nostalgia indecible lo golpeó al ver las rosas y hortensias que tanto trabajo le habían costado mantener vivas. Sacó su teléfono, buscó su álbum favorito de siempre y lo reprodujo a volumen medio, para sentir cada nota, cada palabra, cada rasgueo de guitarra, el llanto del violín y el poderío de aquel piano que sus oídos no escucharían otra vez. La voz de Julian Casablancas lo arropó y le brindó algo de calor en aquella fría escena. Sintió suyas, más suyas de lo que jamás fue nada en este mundo, aquellas palabras, y cantó con el hilo de voz que le quedaba: I’m gonna say what’s on my mind, Then I’ll walk out, then I’ll feel fine. Lloró sin pausas y sin gemidos, derramando lágrimas por la vida que tuvo, pero sobre todo, por la vida que nunca pudo tener. Cuando encendió el motor de su vehículo su teléfono vibró, y con manos temblorosas leyó con un último tajo de esperanza: No lo hagás, regresate.
Sería deshonesto decir que no sintió alivio. Si bien sus deseos de quitarse la vida eran inmensos, el contemplarse solo en aquella situación, le hacía añicos la poca autoestima que le sobrevivía. Una luz de calma, muy parecida a la felicidad, iluminó su interior por un instante. Apagó el motor. Salió del carro y, mientras caminaba hacia la puerta, se imaginó una mejor vida, no quería algo perfecto, sino algo más sencillo.
Su padre lo recibió bajo el umbral. Su rostro era de preocupación. Sintió de nuevo algo similar al cariño; como si la sombra de la muerte dejara ese rostro del hombre que un día respetó. No, definitivamente no era necesaria una vida perfecta. Ni siquiera una excelente. Él se conformaría con una vida modesta si podía contemplar aquellos ojos del padre orgulloso, si podía estrechar con fuerza aquella mano que lo había salvado y que empuñaba con fuerza algo que no podía ver con claridad. Cuando se acercó, él le entregó algo envuelto en un pañuelo. Era pesado y frío.
—Un tiro, es mejor un tiro en la boca. En el accidente podrías quedar vivo, parapléjico o algo peor. Un disparo. Eso sería más certero.

Manrique Osmar Valdez. (Usulután, 1995). Profesor y Licenciado en Educación con especialidad en Lenguaje y Literatura en la Universidad de El Salvador. Es docente en las áreas de Educación Básica y Media desde el 2020. Versos en las paredes (2024) es el primero de sus textos en ser publicado en la antología de educadores salvadoreños Cuentos indispensables Vol. III (Pantógrafo Editores, 2024).
