Eduardo Sacheri (Argentina, 1967), conocido mundialmente por su novela «La pregunta de sus ojos», adaptada al cine en 2009 por Juan José Campanella como «El secreto de sus ojos», nos habla de su última novela «Demasiado lejos» (Alfaguara, 2025), y de la relación que existe entre la historia y la literatura en su trabajo como escritor
Dany Díaz Mejía │ Narrador y politólogo
Este año el festival cultural Centroamérica Cuenta se celebró en Panamá, reuniendo a más de 100 artistas de más de 18 países, para “compartir ideas y celebrar que las palabras cruzan fronteras”. Dany Díaz Mejía, invitado de Honduras al festival, tuvo la oportunidad de entrevistar a Eduardo Sacheri, escritor y guionista argentino. La conversación ha sido condensada por razones de espacio.
Dany Díaz Mejía: Colaboro en la revista literaria El Escarabajo, una de las revistas hispanoamericanas que están editando literatura contemporánea desde Centroamérica. Me interesa mucho saber más sobre tu relación como escritor y como maestro de historia, como académico. ¿Qué rol juegan los temas históricos en tu proceso creativo, por ejemplo en tu última novela Demasiado lejos (Alfaguara, 2025), que aborda un tema histórico, la Guerra de las Malvinas en Argentina? ¿Cómo te metés a esto?
Eduardo Sacheri: Hay puentes diversos entre la historia y la literatura. Uno de esos puentes, no digo el principal, pero sí un puente, es la búsqueda de sentido. Creo que estudiamos historia para entender, para encontrar un sentido entre lo pretérito y lo presente. ¿Por qué estamos acá? ¿Cómo hemos llegado acá? No, ¿cómo hemos llegado aquí? En lo bueno y en lo malo. Creo que la literatura, que tiene un montón de preguntas, una de ellas también es esa, a lo mejor desde un punto de vista más sentimental o más subjetivo. Pero también es, bueno, a ver ¿qué hago acá? ¿Qué hago vivo? ¿Para qué estoy vivo? Creo que es que el arte siempre está rondando entre otras esa pregunta.
Otro puente que veo entre entre historia y literatura son las formas diferentes de interpelar al pasado, una más dura, metódica, rigurosa, específica, científica, y otra más sentimental, evocativa, más vinculada con la memoria. Creo que para cualquier sociedad, la literatura es como otro modo de interrogar el pasado. En particular, a mí me interesan sobre todo los periodos más silenciados de la historia. Creo que hay temas que la sociedad prefiere no hablar. Es como una cosa más de autocensura que de censura. La guerra de Las Malvinas es un buen ejemplo de eso. Es incómoda esa guerra, porque es la combinación de un proyecto, largamente acariciado, sobre la recuperación de esas islas que estaban en manos británicas con un contexto totalmente inapropiado, que es una dictadura militar que encabeza esa recuperación, y sin embargo, la sociedad argentina, en lugar de tomar distancia de esa operación a todas luces aventurada, se sube a ese entusiasmo, a ese patriotismo, a esa euforia.
DDM: ¿Por qué crees que se suben?
ES: Yo creo que hay resortes absolutamente irracionales en todas las sociedades, y a veces se ponen en juego. El nacionalismo es uno de esos resortes porque incluye un nosotros muy atractivo. Toda idea de nosotros es muy atractiva como herramienta de cohesión, como instancia de pertenencia. Entonces uno lo puede aplicar a la guerra de Malvinas de 1982 o a la Primera Guerra Mundial, donde los jóvenes europeos se alistaban en los ejércitos sin que lo llamaran porque la gloria, la patria, la hazaña, la defensa de la tierra de nuestros ancestros.
La Guerra de las Malvinas o el entusiasmo argentino es así de simple. Y casi me atrevería a decir que no me interesa que esté mal. Primero porque hablar las cosas es, por lo menos, sacar a oxigenar los demonios. Los demonios son mucho peores cuanto más enterrados están. Cuando salen a la superficie y a la luz del día no son tan terribles. Cualquier nivel de demonios, tanto los demonios colectivos como también los demonios individuales. Me parece que eso, hablar,escuchar, es una manera de quitarle hierro a las cosas, de quitarle intensidad, quitarle peligrosidad.
Lo no dicho siempre es más siniestro. Cuando lo hablamos lo exteriorizamos, y cuando lo exteriorizamos le damos dimensiones más reales. Creo que nos pasa en todas las sociedades. Hay cosas de las que hablamos mucho y cosas de las que hablamos poco. Hay temas que no hablamos por el horror que incorporan o por la culpa que incorporan, como este caso del que te estoy hablando.
Hay otros temas horribles en la sociedad argentina, como las violaciones a los derechos humanos. De eso sí se ha podido hablar, pero hay una ventaja, ahí la sociedad no se siente culpable, por eso ha podido hablar, porque uno puede, en ese caso, decir “los culpables son los militares de la dictadura, etcétera”. De Malvinas, a veces cuando se habla, se dice lo mismo, pero se sabe en el fondo que es incompleto, porque están las fotos de las multitudes celebrando, y esas fotos nos desmienten. No hay, fortunadamente, celebración multitudinaria de la dictadura per sé.
Te doy otro ejemplo diferente: el Mundial de fútbol de 1978 también es una imagen culposa porque la sociedad argentina también se volcó a las calles a celebrar enfervorizada… fue una locura eso. Y también es una memoria incómoda ese mundial. Es completamente distinta la memoria de los otros mundiales ganados por Argentina, el 86 o el más reciente, y es totalmente diferente el lugar mítico de sus grandes estrellas que los del 78.
DDM: Se habla muy poco de ese mundial. ¿Es otra verdad incómoda?
ES: Absolutamente, el mecanismo que la vuelve incómoda es el mismo: el acompañamiento fervoroso, y luego incómodo.
DDM: Hablando de esos fervores irracionales, ¿qué más los explica?
ES: Es que la Argentina, la sociedad Argentina, la cultura Argentina, el sistema educativo argentino se construyó desde 1930 más o menos. Es decir, 50 años antes de la guerra. La Argentina convierte a Las Islas Malvinas en su Moby Dick. Porque 1930 es un año muy significativo para la Argentina porque se interrumpe una prosperidad asombrosa.
Argentina se pone a producir alimentos para Europa en volúmenes inverosímiles, llegan millones de inmigrantes, llegan capitales europeos. La Argentina se moderniza. Hay un [enorme] crecimiento del producto bruto per cápita. Vos mirás los números de esa Argentina de 1880 a 1930 y son absolutamente asombrosos.
La crisis mundial del 30 es un golpe muy difícil de asumir. Y le queda a la Argentina y a los argentinos como una sensación de pérdida, como que hemos perdido nuestra brújula. ¿Qué pasó con nuestra prosperidad? ¿Cómo volveremos a ser grandes? Y la respuesta fue “cuando seamos íntegros, cuando nuestro territorio recupere su integridad, cuando recuperemos Las Malvinas”. Por eso te digo: nuestro Moby Dick. Eso pasa desde la década de 1930 hasta 1980. Como la Argentina nunca recupera esa senda mítica de grandeza, la utopía se mantiene.
Entonces, cuando en 1982, el gobierno militar desembarca en las islas, los niños, y los padres de los niños, y los abuelos de los niños sienten que hemos llegado al paraíso. No importa que sean los militares los que lo hicieron, lo importante es el paraíso. Conseguimos lo imposible: reconstituir nuestro territorio. Y eso es tan fuerte que, hasta para muchos militares de la dictadura, lo más importante es haberlo logrado, ni siquiera si los beneficiaría políticamente. Y uno dice: «Pero despierten, es ridículo, no van a lograr nada, el gobierno británico va a reaccionar y los van a matar a todos”. Pero es tal el peso de un sueño y el peso de la tradición (porque ya era una tradición y lo sigue siendo). O sea, si vos vas hoy a la Argentina, Las Malvinas, el mapa de Las Malvinas y el eslogan están por todos lados.¿Qué le cambiaría a la Argentina en la realidad la soberanía sobre esas dos islas del Atlántico Sur? No lo sé.
Lo que me importa, es pensar en este impacto sentimental, cultural, en el presente y en el pasado. Por eso la literatura es una buena manera de profundizar en esas personas que se permitieron sentir que su sueño estaba realizado. No para juzgarlas, sino para entenderlas. Algo funcionó durante esos tres meses vertiginosos de 1982. ¿Por qué funcionó? Claro, porque sentían que su sueño se había materializado, que el futuro se abría.
No todos los países tienen un mito así. Algunos lo tienen. Argentina es uno de ellos.
DDM: Pienso que en Centroamérica, el tema de acabar con las pandillas es un tipo de propósito colectivo que todo mundo está proponiendo a cualquier costo, sin importar que haya tortura o que la gente muera en la cárcel. En el caso de El Salvador, pareciera que la gente se ha sumado a ese sueño, y que los demás países lo queremos también, ¿Será un tipo de fervor?
ES: Creo que es importante entender de dónde salen las cosas. Parece que vivimos en una época muy dada a escandalizarnos y quedarnos en el escándalo. Y sí, necesitamos buscar una razón para aquello que nos escandaliza, que viene a ser la monstruosidad ajena. Por supuesto que el ser humano es capaz de alumbrar monstruosidades y actitudes monstruosas. Pero esas actitudes tienen raíces históricas.Hablar de las cosas es un modo de verlas, no como monstruosidades primero, sino con curiosidad. Pues si me limito a escandalizarme todo diálogo es imposible.
Y lo que yo veo en el presente es que todo el mundo se escandaliza recíprocamente. “No concibo cómo este conjunto A piensa Z”. Entonces, como no lo consigo, me quedo hablando con los míos. Nos juntamos a escandalizarnos. Pero no solo vivimos de espaldas al grupo A, sino que esa incomunicación e imposibilidad de negociación se sigue potenciando, porque claro, a los A les pasa lo mismo. Simplemente nos miramos a la distancia.
Creo que estos esencialismos del siglo XXI no conducen a nada. Mejor dicho, conducen a la reproducción de lo mismo: un enemigo monstruoso e irracional con el que no puedo dialogar porque es el mal absoluto.
DDM: Entonces, ¿cómo salir de eso? ¿Qué nos puede decir ahí la literatura?
ES: Mantener vivo el diálogo, me atrevería a decir. Sobre todo, mantener viva una mirada del mundo que incluya, verdaderamente, lo incómodo. Siendo lo incómodo, todos los que no están de acuerdo conmigo. Sí, la vida es incómoda. La vida es un lugar incómodo. La solución no es que estemos todos de acuerdo, porque así no funciona el ser humano. Esa es una utopía totalitaria. Todos los totalitarismos tienen esa meta y les parece el mejor de los mundos. Veo un montón de gente que se siente completamente humanista y completamente moderna y completamente civilizada, pero que en el fondo está buscando un pensamiento único.
Creo que lo que puede hacer la literatura es dudar, plantear mundos diferentes, y plantearlos desde la duda, desde la posibilidad, desde la inseguridad.
DDM: De alguna manera la duda, las preguntas, informan tu proceso creativo.
ES: Te diría que juegan un rol importante en la construcción de mis personajes. Una vez construido del modo más riguroso posible el contexto histórico, la Argentina 1980, por ejemplo, viene ese proceso. Ahora vienen estas personitas minúsculas inventadas que son como cualquiera de nosotros, que se van a equivocar un montón porque los seres humanos no entendemos el presente.Como mucho, nos es dado tratar de entender lo que ya pasó. Entonces, se equivocan, se confunden, cometen crueldades a veces voluntariamente, a veces involuntariamente. Te diría que en la creación de personajes imperfectos está mi visión del mundo, en todo lo que sea. Porque somos eso. Nadie es tan bueno, nadie es tan sagaz, nadie es tan inteligente. Nosotros tampoco. Entonces, no creernos que sí. Ahí es donde esas preguntas se corporizan, a nivel de los personajes.

Dany Díaz Mejía. (Tegucigalpa, 1988). Tiene una licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad John Carroll y una maestría en Políticas Públicas y Gestión de la Universidad Carnegie Mellon. Además, es becario no residente del programa de Equidad Social y Económica del Instituto Internacional de Desigualdades de la London School of Economics. Actualmente trabaja como consultor en temas de desarrollo en Centroamérica. En el ámbito literario, Dany Díaz Mejía ha publicado una colección de cuentos titulada "La Quebrada" (Oblicuas, 2019) y la colección de ensayos personales "Crónicas de lo que dejamos en la orilla"(Flor de Mezcal, 2024). Su trabajo ha sido publicado en medios como Gato Encerrado, Contracorriente y America Magazine.
