Microficciones

El escritor guatemalteco, Gyan Zetina, fue el ganador del Premio Carátula de 2026, y hoy nos comparte una selección de su narrativa breve

Gyan Zetina Escritor guatemalteco

Siguiente cumpleaños

Después de un largo tiempo y muchas complicaciones estomacales, el caracol había terminado de saborear el último trozo de su pastel de cumpleaños. Se dirigió hacia el calendario lo más rápido que pudo, porque la gastroenteritis lo había hecho perder la noción del tiempo. La fecha no había cambiado. Un poco más tranquilo, se arrastró hacia la sala para relajarse y ver un documental en la televisión.

En la sala, cubiertos bajo amarillentas hojas otoñales, sus amigos lo esperaban con gorros cónicos y serpentinas.

«Sorpresa», gritaron.

¿De nuevo?, pensó angustiado el caracol.

Locura en el Congreso

Atentos, enfundados en sus tacuches de diseñador, esperan los congresistas al canciller para el inicio de la sesión. La sala está sumida en la oscuridad, como siempre que se da lectura a las nuevas leyes; el único rincón iluminado corresponde al estrado, ha subido el canciller.

Con el dedo índice golpea la rejilla del micrófono y expira una tosecita por la garganta antes de hablar. Un gemido de angustia de los congresistas se superpone a sus primeras palabras. Atormentados, se tapan los rostros con las manos, como si fueran a derretirse, debido al baño de luz que entra desde la ventana lateral ¡Un loco ha entrado a la sala y ha abierto las persianas!

El loco corre por la sala gritando con voz de profeta:

¡Ustedes son los locos!

¡Locos en su autoinfligida oscuridad!

Por fortuna, los guardias actúan con suficiente agilidad para restablecer la oscuridad en la sala. En un par de movimientos inmovilizan al loco y lo colocan a disposición de la autoridad.

El canciller lo obliga a llenar una retractación escrita. Pide al loco un imposible. La locura siempre es honesta.

La cárcel

Para transmitir un mensaje a la población cuerda, el loco fue trasladado al centro penitenciario. Pasaba sus días memorizando las protuberancias de la pared y conversando con el único compañero de celda, un caracol que había estado allí desde el primer día.

Cuando su madre lo visitaba, la plática se tornaba tensa.

«Estamos haciendo todo lo posible para sacarte rápido de este sitio. Los abogados trabajan de sol a sol», decía la madre.

«No te preocupes», contestaba el loco. «Se vive de buen grado».

«¿Y qué me dices del trabajo forzado?», preguntaba ella angustiada.

«No es forzado si yo no me opongo».

«¿Y la camisa de fuerzas?»

«Yo le llamo camisa del descanso».

La madre se tiraba de los pelos.

«La cárcel es un lugar peligrosísimo», decía. «Además, es un suplicio estar encerrado».

«Los dos estamos encerrados, solo que del otro lado».

El loco se preocupaba por pronunciar esta sentencia justo antes de que el guardia anunciara el fin de la visita. Entonces cada quien volvía a su celda.

El juez

El juez era un tipo admirado y respetado por la comunidad. Tenía muchos aduladores, que lo rodeaban continuamente y celebraban sus hazañas leguleyas.

Gustaba de organizar fiestas en su imponente mansión colonial. Los invitados llegaban a raudales y lo escuchaban contar anécdotas sobre su práctica y sus viajes.

Las fiestas duraban varios días, pero, como en todos los eventos, en algún punto los invitados se iban. Sin nadie alrededor, no se veía como un juez con una admirable carrera, sino un hombre gordo con alopecia, lleno de gases y las orejas penetradas por molestos vellos imposibles de erradicar.

Aquella ambivalencia lo hacía sentir deshonesto. Si quería una existencia consistente y digna, pensaba, debía ser juez incluso cuando nadie lo veía, o bien, aquel hombre gordo indigno de admiración al estar en compañía de otros.

El problema era que tenía que decidirse por una de las dos personas. Organizaría un juicio enfrentando a sus partes para decidir cuál predominaría. El segundo problema sería determinar si el juez del litigio sería él en soledad, él como juez, o una nueva persona totalmente imparcial surgida desde sus entrañas. Pero esto traería un tercer, cuarto y quinto problema.

El banquete

Un congresista había organizado una cena de gala con ocasión del año nuevo. Rememorando un texto filosófico cuyo título y autor olvidaba, propuso que los presentes en la mesa definieran el amor por turnos, sucediéndose en el sentido de las agujas del reloj.

Inició el caracol.

«El amor es un sentimiento».

Continuó un señor de bigote.

«El amor es un deseo consumado».

«Nada de eso. El amor es dar lo que no se tiene», dijo el juez.

«Hay que completar», intervino el psicoanalista. «El amor es ser quien no se es».

¿Qué opina usted? —Preguntó al loco, a quien consideraba de noble opinión.

«Se equivocan», dijo también el loco. «El amor…

«El amor es no ser».

El grupo lo vio con descrédito, exigiendo una explicación.

«Si no soy, solo quedan ustedes, o más bien, nosotros. En ausencia de la barrera que nos separaba, nace el amor».

La mesa completa aplaudió. Por supuesto, sin haber entendido las palabras del elocuente loco.

El vagabundo

El granjero lloraba, apoyado en un silo. La lluvia había arruinado las cosechas. Un vagabundo lo vio mientras caminaba por los alrededores y se acercó para preguntar qué sucedía.

«Lluvia – No hay cosecha – No hay trigo – No hay ingresos– Deudas».

«Entiendo», contestó el vagabundo. «Y, ¿qué piensa hacer?»

«Nada, imbécil», contestó el granjero. «¿Qué puedo hacer?»

«Si no puede hacer nada, entonces no haga nada».

«¿Y luego qué?»

«Luego hará lo que tenga que hacer», dijo el vagabundo.

«Para usted es fácil decirlo, porque no tiene nada de qué preocuparse», increpó el granjero, pero el vagabundo justo había recostado la espalda en un manzano, y se había dormido en posición erguida.

Memoria

Los cambios de estación obligaban a la golondrina a viajar todos los años. Debía tomar extenuantes travesías hacia el norte y regresar meses después. Entonces se encontraba con los océanos abiertos, que son el cielo visto desde el cielo; con el agua sobajeando las costas y con las crestas montañosas apenas salpicadas de granizo. En cierto sentido, cada vez que salía de su hogar, efectuaba un regreso; le placía el momento del retorno, fuera en el norte o fuera en el sur. Viajaba para regresar; su origen era su destino.

El viaje

Tres congresistas planeaban un viaje de vacaciones. Como estaría financiado con fondos públicos, no escatimarían en gastos. Aún no decidían el destino porque cada uno quería mostrar al resto el lugar de alguna de sus anteriores expediciones. El primero deseaba ir a las costas asiáticas y recostarse en las blancas arenas bebiendo agua de un coco; el segundo abogaba por los museos europeos, donde podrían evaluar productos artísticos e históricos de valor incalculable; el tercero, que nunca había salido del país, no sabía a qué país dar su voto, pues no tenía idea de qué cosas podían esperarle en el extranjero. Para hacerse la vida fácil, optaron por decidir el destino a dedo en el mapa.

Durante el viaje, el primer congresista pasó buscando cocos, pero no había palmeras en aquel país helado; el segundo se ensañó contra la costa, el aire cortaba la piel y el sol arropado por las nubes no se dejaba sentir; el tercero tuvo las mejores vacaciones de su vida. La nieve y los colores del paisaje eran de una belleza hasta entonces desconocida para él. Lamentablemente el idilio no duró lo suficiente, pues en su próximo viaje, no encontró nada de eso. Las peleas de bolas de arena eran un auténtico suplicio.

La primera impresión

El loco hacía fila para entrar a un concierto. El pianista era admirado por el público; un talento joven con una cabellera tan envidiable como sus composiciones musicales.

Una muchacha en la fila sostenía en sus manos la foto del pianista y le acariciaba una mejilla con su dedo índice, mientras le susurraba frases muy bellas. El loco, extrañado con este comportamiento, que además parecía contagioso, decidió apartarse y regalar su entrada.

Terminado el concierto, el loco vio de nuevo a la muchacha. Lloraba. Se acercó y preguntó qué sucedía.

«Fui a buscar al pianista a su camerino», contestó ella, «los guardaespaldas me han echado a patadas, pues él dice que está muy cansado para recibir visitas. Ahora voy a hacer trizas su foto.»

El loco, una vez más extrañado, explicó con calma que la imagen no era el pianista y que era posible apreciar la imagen y sentir aversión al pianista.

«Eres muy inteligente», le dijo la muchacha.

«Eso no es más que una imagen», contestó el loco. Luego, la pellizcó en el antebrazo y huyó.

Impostor

Los ajedrecistas jugaban la final del torneo de la Ciudad. Se les notaba concentrados, estáticos, petrificados hasta que acercaban la mano a la pieza y terminaban el turno somatando el reloj. Uno de los ajedrecistas, apodado el inmatable, dominaba la partida. Sus dos caballos merodeaban al rey y un molesto peón bloqueaba el tránsito de las piezas de su oponente.

«Jaque», dijo con malicia y escupió al piso.

El otro, apodado el inmutable, procedió a burlarse de los atributos físicos de la esposa del inmatable. El público rugió. Oooooooooooh. Aprovechando la bulla,protegió a su rey y en sucesivos turnos reacomodó la defensa.

El inmatable intentaba mantener la compostura; estaba cerca de la victoria. Pero los cuchicheos del rival lo sacaron de quicio. En algún punto de la partida, sintió el calcetín del oponente deslizándose entre sus pantalones, cosquilleándole cerca de la corva. Aunque todos sus esfuerzos se concentraban en dar el jaque mate, las provocaciones volvían el tablero cada vez más grande. Su mente se perdía en escenarios en los que violentaba al inmutable.

Cuando el inmatable volvió en sí, el árbitro dio el anuncio.

 «Tablas».

La decepción del inmatable era inmensa. No quedó todo ahí; hasta hoy no se ha resuelto su denuncia a la federación. Solicita reiniciar el encuentro desde la primera distracción, porque desde ese instante «dejó de ser él».

Coalición

Antes de las elecciones, los partidos políticos del país se reunieron para examinar sus respectivos planes de gobierno. El plan de los libertarios tenía como fin último abolir el Estado. En una sala contigua, los comunistas discutían su plan, que también tenía como fin último desaparecer el Estado. Algunos disidentes de ambos partidos formaron uno nuevo, el partido anarquista, cuyo fin supremo era el mismo, pero de una forma más bien inmediata. Si llegasen a ser electos, revocarían la constitución, la autoridad estatal y renunciarían a sus cargos.

Los debates subsiguientes estuvieron cargados de polémica. El nuevo partido decía que, si el Estado debía abolirse, mejor hacerlo de una vez por todas. Pero los otros contestaban que la apropiada desaparición del Estado dependía del Estado mismo y que para eso se necesitaba asegurar su presencia en el Estado.

El partido anarquista ganaría por mayoría absoluta según las encuestas preliminares. A decir verdad, a los otros dos partidos no les preocupaba mucho. Si el Estado desaparecía, inevitablemente habría que formarlo de nuevo. Ese sería su momento fulgente.


Gyan Zetina (Guatemala, 1994). Publicó en 2023 la colección de narrativa de microficción Contemplación de un ovillo enredado. Ganador del Premio Centroamericano de Cuento Carátula y segundo lugar del Certamen de Relato Corto Frida Kahlo. Financia la creación literaria sobreviviendo inundaciones de hojas de cálculo, todos los días, de ocho a seis.

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