Publicamos, en exclusiva para El Escarabajo, un cuento de la escritora y comunicadora salvadoreña Georgina Vanegas. «Avemaría», una historia que explora el poder social del lenguaje, forma parte de su libro El taxidermista (Índole, 2022)
Georgina Vanegas │ Escritora, speechwriter y experta en comunicaciones y marketing
Uno sabe que cuando alguien estornuda, se le dice: «salud» o «Jesús». Pero ¿qué se le dice a alguien cuando tose? La gente actúa como si no pasara nada. El tipo puede estarse ahogando en plena comida y uno solo puede quedarse mirándolo o ver para otra parte, para darle libertad de que se reponga, y de que escupa en algún lugar que no sea el brillante piso del restaurante, o de que se tape la boca con la mano o con un pañuelo de seda que tenga bordadas las iniciales A.T., si es una delicada dama.
Caí en la cuenta después de que Adela Toledo casi se ahoga con un pedazo de pollo. Era la Adela Toledo de la escuela y con la que, al fin, 7 años después del bachillerato, tenía una cita, y en un restaurante caro.
Habría sido una verdadera tragedia que se muriera justo ahí y en un día tan soleado. Lo peor de todo: frente a tanta gente. Habría tenido que cerrarle los ojos y después ir hasta la casa de sus padres a dar la triste noticia: Adelita había muerto.
Pensaba en todo esto mientras miraba a Adela toser y no podía hacer nada. Supe que algo estaba realmente mal cuando se agarró el cuello con ambas manos y abrió desmesuradamente los ojos. Ahí me levanté del asiento, pero antes de que me le acercara, ya otro le estaba rodeando la cintura y la preparaba para el movimiento violento con que al fin le hizo expulsar la comida.
Resultado: Adela no volvió a aceptarme una salida y se casó con el tipo que le magulló la panza.
Entonces no solo lo pensé, lo decidí: había que decirle algo al que tosía, para que supiera que uno estaba enterado de esa reacción del cuerpo, que no le daba igual, que se estaba al tanto de que esa tos merecía la misma atención que uno pone frente a alguien que estornuda y le dice «salud». Además, tal vez era más importante decirle una palabra equivalente a ese «salud» que solo dar un anónimo procedimiento de primeros auxilios.
La gente se conformaba con eso porque no había más. Por otra parte, hacer notar que uno se enteraba de que el interlocutor estaba dejando el pulmón en cada ataque hasta ayuda a que fluya la conversación. El estornudo tiene esa ventaja. Sirve para que la plática no se corte: «Achuuuuuú» «Salud. Como te decía…».
Lo que no me gustaba era esa ambigüedad de darle dos respuestas al estornudo: «salud» y «Jesús». No es que sea un hombre de mentalidad monocromática, pero ¿qué necesidad había de complicarse tanto? Entonces, me decidí por uno: «Jesús». No por fanatismo, sino porque me era más fácil buscarle un equivalente. La gente con la que me llevaba, predominantemente católica, estaría gustosa de responder como buen cristiano a un ataque de tos.
Entonces me decidí por «María», y luego lo cambié por «avemaría», para que no se fuera a dar el caso de que estuviera con una mujer llamada María y terminara por enfurecerla si en un ataque de tos no hiciera otra cosa más que llamarla por su nombre. Seguramente María se convertiría entonces en una Adela, y no regresaría mis llamadas telefónicas, y tal vez ni siquiera el saludo, si algún día me la encontraba en una plaza o en un centro comercial.
Por eso es mejor «avemaría». Además, da más serenidad y es más armonioso al oído, y eso es lo que necesita el que tose: calma a su alrededor; suficiente tiene con la estertorosa tos que le sale de los pulmones. Ni hablar de los tuberculosos, de los que tienen cáncer de pulmón o de los que se están muriendo dentro de un edificio en llamas.
Comencé a repartir avemarías en la plaza. Estaba con un grupo de amigos, tomando un café, cuando Gerardo comenzó a toser. Sonreí un poco y le di un par de palmaditas en la espalda mientras le decía: «Avemaría, avemaría». Cuando terminó de toser, me preguntó por «esa estupidez de celebrar el ataque de tos con un avemaría». Yo, en actitud de indignación, le dije que era una costumbre muy común en países desarrollados, donde se tenía respuesta para todo. Que era como decirle «Jesús» a alguien que estornudaba. Gerardo sorbió un poco de su café y miró a los demás, que hacían lo mismo. Yo le di la primera mordida a mi dona de chocolate, rellena de leche.
El avemaría pronto se extendió hasta las otras plazas, los barrios y las escuelas aledañas. Probablemente no fue por evocar el nombre de la santa madre de Cristo, sino por las palabras «países desarrollados».
Escuchaba avemarías mientras iba en el autobús, durante el recorrido del trabajo a mi casa. En el parque, una señora se lo decía a su hijo de seis años mientras lo correteaba por el césped con el bote de expectorante en la mano; en el centro comercial no faltaba la pareja que caminaba de la mano y se detenía porque ella tosía de más y él le daba tiernas palmaditas en la espalda y le susurraba «avemaría» en el oído. Y las señoras del vecindario, incluyendo mi madre, se lo decían unas a otras quizás con más convicción de la que ponían en la plegaria.
Pero mi avemaría fue perseguida en las escuelas. Así, cuando una maestra de piernas flacas y enormes anteojos tosió durante la clase de lengua, y los adolescentes le dieron su respectivo avemaría, frunció el ceño y pidió explicaciones. El equipo de maestros hablaba de burda moda, de alienación, y algunas escuelas lo tomaron como falta de buenos modales, pero lo admitieron; otras (las más conservadoras) reglamentaron darle a quien lo decía la misma reprimenda que iba destinada para quien blasfemaba o trataba de ver debajo de las faldas de la profesora.
Pero el clandestino avemaría siguió en las escuelas, escondido detrás de los pilares, debajo de los pupitres y caminando sigiloso por los pasillos.
Tampoco fue bien recibido en la iglesia. El párroco se confundió cuando por primera vez un feligrés le dijo «avemaría» sin más. Después comenzó a notar que se lo decían cada vez que tosía. Entonces se dignó a preguntar: «Hija mía, ¿por qué de las bocas de las gentes sale una evocación a la santa madre de nuestro señor Jesucristo cada vez que este servidor de Dios tose?».
La niña le dijo que, así como se llamaba a Jesús cada vez que a un buen cristiano se le paraba el corazón en un estornudo, de igual forma se llamaba a María cuando se le atascaba el aire en los pulmones y tosía.
El párroco siguió con las bodas, las confirmaciones, las primeras comuniones, los bautizos y las misas de domingo, pero cada vez que el acólito le hacía saber que era consciente de que había tosido y casi le cantaba un «avemaría» con su voz de barítono, sentía una punzada en el estómago y no podía dejar de fruncir un poco el ceño. Después se recomponía y guiaba a la
feligresía: «Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho…».
El avemaría fue creciendo y con él sus partidarios y detractores. Entre los más feroces contras había algunos «hermanos» del párroco. El padre Antonio solía arrojar agua bendita en la cara de quien se atreviera a pronunciar una avemaría «fuera de lugar», como él decía, mientras la misa se oficiaba. El padre Joaquín prohibió la entrada a la iglesia a quienes insistían en responder a una tos con una evocación a la Virgen María.
Las señoras de más edad que habían acogido esa modalidad eran las más afectadas porque eran las más asiduas a la iglesia, incluyendo mi madre.
Una mañana de domingo, mientras iba de camino para asistir a la misa de las ocho, se cruzó con el padre Baldovinos. Precisamente entonces, al padre se le ocurrió toser. No sé si la tos fue sincera o si fue una prueba para mi madre. Como sea, mi pobre mamá ya había dicho «avemaría» antes de alcanzar a morderse la lengua o de taparse la boca.
Trató de enmendarse sacándole un poco de plática a ese hombre de Dios, pero se puso tan nerviosa que comenzó a abanicarse de manera compulsiva. Ya está más allá de los cincuenta y a esa edad las mujeres comienzan a experimentar muchos cambios hormonales que las ponen melancólicas o furiosas y sudan de más. «Ay, padre, estos calores me van a matar», le comentó y sonrió. La sotana negra ambulante le sonrió también antes de responderle: «Hija, los únicos calores capaces de matar son los del infierno». Y aceleró el paso, dejando atrás a mi madre, que se quedó parada sin saber si entrar a misa o sentarse en un banquito de la plaza. Entonces regresó a casa.
Esa fue la primera señal que recibí. No me importaba que la gente se peleara como dos partidos políticos en plena campaña electoral. Pero mi madre comenzaba a sentirse incómoda. Así pasaron algunos meses. Poco a poco me hartaba de la atmósfera y de tanto avemaría en el aire. Me arrepentí de no haberme inventado variantes. Ahora entendía que eso de «salud» y «Jesús» era para hacer más llevadera la rutina.
Ya era muy difícil introducir un nuevo término a estas alturas. La gente lo tomaría como la segunda parte de una película: siempre es mejor la primera, y la segunda termina quedando en el olvido.
Sin embargo, aún guardaba la esperanza de que mi avemaría trajera algún beneficio. Y así fue. Salí con María. También antigua compañera de colegio. No tan bonita como Adela, pero de buen humor. Es de esas mujeres que provoca reírse con ellas, no de ellas. Otra vez en un restaurante caro. Más vale que valiera la pena porque me gastaría toda la quincena en ese almuerzo, si era necesario.
Comíamos carne y bebíamos vino. Las manos entrelazadas. Primero la sonrisa, después la risa. Y después la carne, y el vino que se salía de mi boca. Hacía mucho que no tosía, pero había pasado más tiempo desde que no tosía de esa manera. El avemaría de María, el de la mesa de enfrente, el de la mesa de al lado. Y María sigue con el avemaría, la muy estúpida. No reacciona hasta que me caigo de la silla. Entonces viene la presión en el estómago y la calma, la tan anhelada paz que un avemaría no puede dar. Esa paz que solo puede dar la mesera, que deja el azafate en la mesa y se pone detrás de ti y te clava las manos en la panza y más allá de ella.
Entonces comprendí que era mejor dejar eso del avemaría y casarme con la mesera, que era una mujer bonita, y virgen, hasta hace dos semanas. Es mejor dedicarme a cosas menos peligrosas, como hacer los arreglos monetarios para la boda, que será en un mes. Nora se las entiende con el párroco y con el coro de la iglesia, que estará deseoso de interpretar el «Ave María» de Schubert, que tanto le gusta a ella.

Georgina Vanegas (San Salvador, 1983) Escritora, speechwriter y experta en comunicaciones y marketing. Dirige la agencia de escritura creativa My Speech. Es licenciada en Comunicación Social y MBA, por la UCA, y posee un postgrado en periodismo, por la Fundación Diálogos (España). Su libro El taxidermista ganó la primera mención honorífica del Premio Centroamericano de cuento Francisco Gavidia (2007). Su obra está presente en Memorias de La Casa 12 narradores (Índole, 2012), Historias de dos ciudades (Sagitario Ediciones), REGIÓN Antología de Cuento Político Latinoamericano (Editorial Interzona), Novel of the World (Fundazione Arnoldo e Alberto Mondadori) y Él (Ojo de Cuervo, 2022). www.georginavanegas.com.
