Una estación del alba

El reconocido poeta, editor y diseñador gráfico panameño Pablo Menacho (Chitré, 1960) comparte una selecta muestra de su obra lírica, donde el mar, el tiempo y la nostalgia configuran la geografía de la memoria. A través de composiciones como «Las noches de Gandía», «Reinvención del territorio» y la emblemática «1501: El día del asombro», Menacho transita con madurez expresiva entre la crónica histórica del istmo y el diálogo íntimo con la infancia perdida, consolidándose como una de las voces fundamentales de la poesía panameña contemporánea

Pablo Menacho | Escritor panameño

Las noches de Gandía

1.

No estará la luz aquí
como un cardumen que se dispersa
en medio de las turbulencias,
o un aluvión de pájaros
que sigue estrellándose, afuera, en las ventanas.

Pues ya no tienes nombre
y el que llevas sólo es el silencio
de otros nombres ya innombrables.

Sólo permanece la tarde y sus orillas,
la nube es otra hora y otra nueva soledad.

2.

Y tú,
que sigues los pasos de la lluvia,
transfiguras la mirada
en el regocijo de una ola que no es nuestra.

Y navegas, cara al viento,
aguardando a la luz de los relojes
que amanezca
otra estación del mundo y la palabra.

3.

Tú, que sigues buscando señales en las olas
y eres ya reflejo de otras horas y gaviotas,
estarás ahí:
donde el universo
marcaba su estallido
y la puerta, abierta al fin,
nos dejaba perplejos e indecisos.

(Ya volverás —lo sé—
con las postales de Taboga).

Reinvención del territorio

1

Los días eran espejos transparentes
sobre tus ojos siderales,
escrituras en una piel concebida
para todos los sentidos
donde el poema cobraba formas nuevas
y espesuras.
Sembradíos del nombre
que la pasión acogía sobre el tálamo
dispuesto al banquete de los nuevos desposados.

Los días eran resguardo de malos presagios
y buenas providencias,
el cuchillo de la tarde sobre el mantel del agua
tiñendo de un silencio amargo y gris
las voces de los desvelados,
dibujando los paisajes y sequías
en el reciente vecindario,
el duro signo de la soledad sobre la mirada
del ausente.

(Las noches, tu cuerpo cobraba brillos
nunca vistos y colores.
Era la hora que llegaba
para el festín que anunciaban
los otros espejismos).

1501: El día del asombro

Una mañana,
lo verde trazó la frágil línea que divide
a la mar del firmamento,
se desbordó abruptamente en nuestros ojos
como un espejismo más que nos tendía el horizonte
y los hombres,
llenos aún de aprehensión y asombro,
sucumbieron al deslumbre de estas costas.

Era un color que alucinaba
en los destellos de la luz del alba,
el mismo que trajeron las noticias
de aquellos viajeros primigenios
que descubrieron tu nombre
tallado en el follaje de aquel primer amanecer
tendido a tu costado:
el vuelo de las mariposas azules y amarillas
que siempre emigran en agosto,
el cardumen que festeja en la frescura de las aguas
y la contemplación
de este azul y de su transparencia,
tejida entonces con el mar
y la luz de un aire respirable.

Todo era nuevo, ciertamente.
El verde infinito dibujado por la costa,
los sonidos de las aves silvestres
vestidas de festivos colores y alegrías
que se mezclaban ardientes en sus alas.

La tierra tenía ya la redondez de los duraznos
y así apareciste en los mapas iniciales,
en las cartas
que a la navegación se hicieron más propicias,
para encontrarte siempre y luego hacerte el centro
de este paraíso terrenal y sus riquezas.

Aún no sabíamos cómo era tu cintura
o si más allá habrían otros mares
y otras guerras de conquista.

Fue aquí donde arreamos nuestras velas,
tierra de la promisión y del espanto.

Donde algún día
se tejerán las emboscadas más temibles.
Donde el fuego devorará a la ciudad más noble
y el cimarronaje asediará
las interminables caravanas
que atraviesan apresuradas por la selva.

Aquí trazaremos el largo camino de tu historia
sincronizando los relojes
con los vientos y las corrientes del océano.
La ruta de un tránsito perpetuo
por donde habrá de pasar la bonanza
hacia otras tierras
muy lejanas de estas tierras.

Mientras tanto,
atrás quedaba la mar océano:
un enorme dragón de agua
que desata sus implacables tempestades.

Aquí,
donde nuestra voz aún se multiplica
mientras recuperamos el aliento,
esperamos nuevamente
que el viento hinche nuestras velas.

La rosa negra

No cabe en ti la rosa negra de la tristeza,
ni la navaja de cristal de los crepúsculos,
ni los símbolos con los que se enmascara
una noche sin lunas
donde se deshacen los suspiros.

Eres una estación del alba
acompañada por la música de los pájaros,
la luz que irradia el día que nace sobre el horizonte,
el dulce rumor del agua que baja del río,
diáfana como la transparencia del espacio.

Te prefiero así,
en la roja intensidad de la vida y de su alquimia,
en el ávido color de las cerezas,
en el instante centelleante que captura una fotografia,
en la sonrisa que destella alumbrando los latidos
o en la alegría encendida de tus pupilas,

como una gaviota que vuela hacia la mar
y se hace luz llevada por el viento y las mareas.

Te pintaré un cordero

Te pintaré pequeños sueños
que puedan caber dentro de una caja,
en los destellos de la imaginación
y en aquel extraño mar —ahora perdido—
en el que navegó la infancia.

Te pintaré un mundo recóndito e inexplorado
donde toda explicación aún es posible
y se disipen las nubladas visiones que inundan mis ojos,
esos ojos con los que miraste las arenas
cuando fui aquel niño que eras antes de ser yo.

Te pintaré un cordero que puedas sacar de tu bolsillo
para recobrar los años que se contaminaron
con las mareas de la incertidumbre,
con las largas noches de una guerra interminable,
con la desazón de estos días que transitan
las corrientes despeinadas de una insurrección
en las planicies de la nada.

Te pintaré un cordero,
un pequeño arcángel para ocupar los días
que logró alcanzar la primavera,
los bellísimos celajes de una tarde que declina,
la débil luz de un asteroide
que perdió el rumbo una mañana de diciembre.

Será un pequeño trazo en la arboladura de los años,
algo para que me recuerdes algún día,
cuando deje de ser tú…


Pablo Menacho
Pablo Menacho. Nació en Chitré, provincia de Herrera, Panamá, en 1960. Editor, diseñador
gráfico y escritor. Ha obtenido varios premios literarios y participado en diversos talleres, festivales y encuentros sobre literatura. Ha publicado poemas y textos en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Algunos de sus poemas se encuentran en diversas páginas de Internet. También, aparece en varias antologías y volúmenes colectivos. Ha publicado: Futuros ejércitos del mundo (1980), Voces en la lluvia (1983), La sola mar (1989), Serenas estaciones y otros poemas (México, 2001), Canción sin nombre y otros poemas (2001), Re/incidencias (2001), Carta a Edmond Bertrand (2004) y Rito de mares y sombras (2008).

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