La otra luz de Ernesto Cardenal

De la serie inédita «Retrato hablado», Carlos Clará recuerda en esta estampa a Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense, Premio Reina Sofía 2021, escultor y sacerdote católico, fallecido en marzo de 2020

Carlos Clará | Poeta y editor salvadoreño.

«¡Lean! Ya escribí sobre Roque Dalton», tronó la voz de Ernesto Cardenal en su despacho del Centro Nicaragüense de Escritores, en Managua. Ni habíamos terminado de hacerle la pregunta, cuando el poeta nos congeló con su respuesta al mismo tiempo que nos daba la espalda. 

Esa mañana de febrero de 2005, luego del baldazo de agua fría, nos miramos a los ojos con William Alfaro sin saber qué hacer. Cinco minutos antes habíamos derrochado en libros de Cardenal todo lo que teníamos. Aunque nuestra «fortuna» no pasaba de unos cuantos córdobas, era suficiente como para pagar malas decisiones para luego tener pocos arrepentimientos. En otras palabras, era oro. 

Probablemente, el «consejo» de leerlo hacía referencia a su artículo «Recuerdo de Roque» publicado en la revista Casa de las Américas número 121, de 1980, o quizás se refería al segundo tomo de sus memorias, publicado hacía tres años: Las ínsulas extrañas. No sé, lo cierto es que nuestra motivación tenía que ver más con la conocida foto de ambos en Cuba, bajo el sol de Varadero, en calzoneta. Después de todo, una buena playa está más allá del bien y del mal. 

Además, si acaso el dato servía de algo en ese momento, pocos días antes habíamos sido invitados al Primer Festival Internacional de Poesía de Granada (Nicaragua). Junto con ochenta poetas de más de treinta países, participamos en esa increíble primera edición, homenaje a Joaquín Pasos (1914-1947) y saludo a los ochenta años de Cardenal. Nos habíamos quedado con William un par de días más en el país para saldar unas deudas del espíritu y visitar, de paso, al poeta cumpleañero.

«No nos deje así», le dijimos, sorprendidos, al sentirnos invisibles frente al revolucionario eterno, místico, teólogo, monje trapense, escultor, ministro de Cultura en la Nicaragua de los ochenta.

Imaginé el grave error que podía significar darles la espalda a dos poetas precarios, hijos de la guerra, fogueados en el bajo mundo de las letras salvadoreñas, que han aprovechado el viaje a tu país para verte y que acabás casi tirándoles la puerta en la cara sin ningún motivo aparente. Pero me dio risa tan solo pensarlo. Una pizca de condimento no caería mal para la futura versión de los hechos. Sonaba mejor que haber salido —como pasó— con el orgullo herido después de haber mascullado una o dos quejas inútiles.

Ya en la calle, como sacudiéndonos la ropa luego de morder el polvo, alcanzamos a decir con alguna dignidad: «Al menos firmó los libros». Reímos y seguimos a pie el camino.

No era la primera vez que saludábamos en la capital al antiguo habitante de Solentiname. Aunque lo habíamos visto fugazmente en la inauguración del III Encuentro Centroamericano de Escritores, cruzamos palabra hasta un día después, el 19 de marzo de 2002, en la galería Pléyades. Era la presentación de 50 años de esculturas, un bello catálogo-memoria.

Existe una fotografía de esa noche: William parece atento a la conversación entre Cardenal y Claribel Alegría, futuros galardonados con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2012 y 2017, respectivamente). Osvaldo Hernández —de camisa negra y bigote— se concentra y mira a la cámara de rollo; también yo. Cardenal tiene un bolígrafo en la mano. Está por firmarnos, muy amablemente, un par de ejemplares suyos. ¡Todos felices! Pero no.

Lo que no sabíamos —alguien que estuvo cerca de ellos nos lo confesó— es que Claribel no solo mediaba por nosotros con el tema de los autógrafos, sino que estuvo pidiéndole a su amigo que por favor no se levantara y que no nos dejara tirados sin decirnos nada. Además, para Claribel —mitad salvadoreña, mitad nicaragüense— éramos «sus salvadoreños», una condición casi mágica que nos abría puertas y corazones donde fuera. Él le habría dicho un par de minutos antes que saldría huyendo porque unos poetas jóvenes, que andaban revoloteando por el lugar, no lo dejaban en paz. En eso llegamos… y clic, la foto.

Pasado el tiempo, en su casa de Los Robles, le pregunté a Claribel sobre ‘la noche de los autógrafos’. Me dijo que no era cierto, que era mentira que hubiese intervenido, y sonrió chiquito anticipando el primer ron. 

De alguna manera, luego del incidente en el Centro Nicaragüense de Escritores, William y yo aprendimos a tomar una sana distancia del sacerdote-poeta; más sana, tal parece, para él que para nosotros. No obstante, me atreví a escribirle en julio de 2005 y lo invité a colaborar en el monográfico de Roque Dalton de la revista Cultura —el mítico número 89—, proyecto complementario del trabajo de Rafael Lara Martínez de reunir la poesía completa de Roque, de la cual también tuve la dicha de ser el editor. Por supuesto que en aquella oportunidad no me identifiqué del todo con el poeta. Me parece que le di el nombre y el apellido que no uso. Me respondió gustoso, amable y de inmediato. Su texto apareció publicado en agosto de aquel año.

Sin embargo, hubo otra ocasión en la que vi al poeta —meses antes del incidente de Managua—, una experiencia impactante que injustamente quedó soterrada en mi memoria por lo que vendría después en su despacho. Entonces no tenía claro que, con el tiempo, acercarme al nicaragüense estaría en mi top ten de las cosas que nunca debía intentar. Pero como si lo supiera, lo vi de lejos. Fue en Rosario, Argentina, la noche del 18 de noviembre de 2004, en un evento paralelo al III Congreso Internacional de la Lengua. Quedé boquiabierto. El nica tenía veinte años de no visitar el país y parecía que toda la ciudad había asistido esa noche al teatro Broadway a escucharlo en el conversatorio-lectura con Jorge Boccanera. 

Reí, lloré, como todos los asistentes. Resonaba la voz del poeta en el gran teatro, y no dejábamos de aplaudir hipnotizados después de cada poema. Era un ‘dios’. La gente se arremolinaba en Rosario para verlo o saludarlo. Si no era un rockstar, era por lo menos un profeta. 

Siempre alejado, en la fila del fondo, cuando todo mundo se puso de pie y gracias al misterio de la poesía, sentí su abrazo. Hoy, en mi memoria, el después ya no importa.

Alfonso Fajardo —uno de los escritores noventeros que más respeto— cree que es mejor conocer a los poetas por sus libros que en persona. Tiene razón. La «otra luz» está en las palabras.

Ernesto Cardenal murió a los 95 años el 1 de marzo de 2020. Pero no creo. Prefiero recordar mi ejemplar de Telescopio en la noche oscura, de su autoría, el mismo libro de la noche de la foto con Claribel, que tiene escrito: «Para Carlos. Con afecto, Cardenal». E imagino su sonrisa en las páginas.

Carlos Clará. (San Salvador, 1974). Poeta y editor. Pertenece a la generación de la posguerra salvadoreña conocida como Lunáticos, por su cercanía a La Luna Casa y Arte. Fundador del extinto taller literario El Cuervo, publicó Montaje invernal (en coautoría con Danilo Villalta, poesía, 1999), y Los pasillos imaginarios (poesía, 2013). Su obra aparece tanto en antologías de Centroamérica y España como también en revistas de istmo, México y Sudamérica. Fue coordinador editorial y editor en la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) del desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, hoy Ministerio de Cultura. Exmiembro del consejo editorial de la revista Cultura. Fue jurado del Premio Nacional de Cultura 2009 y editó por varios años el primer periódico digital de arte y cultura contrACultura (Contrapunto, Grupo Dalton). Fundó Índole Editores y participa en la Fundación Claribel Alegría (FCA). 

Fundador y Coordinador de esta revista.

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