Renacimiento y Barroco: el Siglo de Oro español. Resurgimiento de la tragedia

El escritor nicaragüense Roberto Carlos Pérez hace un recorrido histórico y literario desde la Edad Media hasta el Renacimiento y el Barroco en el Siglo de Oro, para demostrar de que la tragedia se transformó con obras como «La Celestina» o «Don Quijote de la Mancha», en este nuevo ensayo de su libro

Roberto Carlos Pérez  | Escritor nicaragüense

Hemos olvidado que la literatura se divide en tres géneros: lírica, épica y drama. De este último se desprende la tragedia que envuelve a los primeros, faculta el brote de las emociones intensas y permite narrar las hazañas de un ser en desgracia.

Aristóteles vislumbró que el héroe trágico era siempre un noble. Sin embargo, con el crepúsculo de la Edad Media y la llegada del Renacimiento el mundo sufrió un profundo desgarro. Los saberes se tambalearon. Cristóbal Colón (¿1451? – 1506) pisó suelo en el Nuevo Mundo (1492); la tierra no era plana y tampoco el centro del universo tal como los dirigentes reformistas le habían hecho creer al vulgo; Tomás Moro (1478 – 1535) escribió el libro filosófico Utopía (1516) de cara a la visión católica del ser «puro» (el indígena), libre de ambiciones e intocado por los vicios de la civilización; Martín Lutero (1483 – 1546), guiado por el Nominalismo, movió los cimientos de la cristiandad y justificaría el genocidio de ciento treinta mil campesinos sublevados a los reformistas en su libro Contra los campesinos asaltantes y asesinos (1525) en la actual Alemania.

Reencrespadas las aguas, las nuevas sociedades clamaban por el grito de Dioniso. En oposición a la Patrística y a la Escolástica, la «racionalidad» luterana y la Revolución Científica no tenían como fin explicar a Dios sino ubicar al hombre en un mundo libre de mitos, es decir, metafísicamente desarraigado.

La reacción de buena parte del pensamiento humanista fue traer al presente los vagidos escuchados más de dos mil años atrás en los ritos mistéricos o dionisíacos de los que participaban bacantes (adoradoras de Dioniso) y elegidos.

Si los misterios eleusinos habían salido de la sociedad rural para afincarse en el anfiteatro de la polis, en el siglo XVI los gritos de la tragedia se escucharon de nuevo en las ciudades-Estados renacentistas. Las polis de los siglos XV y XVI eran una amenaza para los seres humanos que ansiaban regresar a la cosmogonía, es decir, al entendimiento del origen y evolución del universo a través de fuerzas divinas, pues ni siquiera podían retornar a la naturaleza. La civilización los estaba devorando.

La pirámide invertida, el espacio grande que se achica –patria, campo, casa, habitación, tumba, encontrado, por ejemplo, en el soneto de Francisco de Quevedo (1580 – 1645) «Miré los muros de la patria mía» (1613)–, propio del pensamiento de los Siglos de Oro, se trastocó en la nueva tragedia. La pirámide invertida era ahora un círculo en expansión.

En 1585 Miguel de Cervantes (1547 – 1616) compuso la tragedia Numancia, también conocida como El cerco de Numancia, que en cuatro actos narra la última guerra Púnica o guerra entre romanos y cartagineses (antiguos fenicios), liderada por el militar y político Escipión (185 a. C. – 129 a. C.) contra el pueblo celtíbero de Numancia, ubicado en la actual España.

El último reducto del mundo conocido aún no dominado por Roma era aquella aldea de campesinos. En vez de nobles los héroes de Numancia eran los numantinos rasos y las figuras alegóricas que encarnaban a España y al río Duero, y que habían predicho la caída de Numancia. Siendo el vulgo el héroe trágico en Numancia, el principio de individuación se abría a la colectividad. Dicho mejor: a la humanidad. A partir de entonces el coro era el mundo que acogía en sus penurias a una nación.  

Una nueva Poética o manera de explicar la poesía a través de la tragedia, como nos enseñó Aristóteles, había nacido pero dentro del mismo teatro. Numancia fijó las nuevas reglas del género trágico. Gracias a Cervantes y a su obra sabemos que la vida y supervivencia de la tragedia radican en su capacidad de transformarse.

La hybris desapareció en Numancia. No hay en ella trágico error; tampoco soberbia. Los numantinos no son víctimas de la hamartia o falla moral que conduce a su caída. Tampoco hay catarsis pues no existe culpa en sus héroes que purgar, menos en la audiencia. Tampoco hay aprendizaje, inseparable de la catarsis, que el público deba recibir a fin de no perpetuar el yerro moral. Lo que se sobrepone es el horror y la heroicidad de las mujeres ante la inacción de los numantinos y su inminente «derrota». Ellas instan al pueblo a inmolarse para no darles el triunfo a los romanos y tampoco sufrir los ultrajes de Escipión.

A diferencia de Las troyanas (415 a. C.), tragedia compuesta por Eurípides (c. 484/480 a. C. – 406 a C.) en la que las huestes de Odiseo esclavizan sexualmente a las mujeres vencidas y éste mata al hijo de Héctor al lanzarlo desde la parte más alta de la ciudad, Numancia es una ciudad atestada de cadáveres.

La tragedia de Cervantes es la primera gran subversión del género y el germen de la tragedia moderna que abriría puertas a otras tragedias como El caballero de Olmedo (entre 1620 y 1625) de Lope de Vega (1562 – 1635), El burlador de Sevilla o convidado de piedra (1630) de Tirso de Molina (1579 – 1648) y El médico de su honra (hacia 1637) de Pedro Calderón de la Barca (1600 – 1681).

Sin la alteración de la tragedia en Numancia sería difícil entender que obras como La Celestina (c. 1500), atribuida a Fernando de Rojas (1465 – 1541), o el mismo Quijote (1605, 1615) y muchas novelas posteriores como Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez (1927 – 2014) son, en realidad, tragedias.


Roberto Carlos Pérez
Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua). Músico, narrador y ensayista. Es autor de catorce libros de ensayos, cuentos, novelas y ediciones críticas, y de más de un centenar de artículos y ensayos. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, alemán y rumano. Estudió música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en música clásica por Howard University. En la Universidad de Maryland estudió una maestría en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro. En 2026 le fue otorgado el doctorado _honoris causa_ en letras por Fundación Cultural Alkimia (El Salvador). Es miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua (ANL), miembro correspondiente de la Real Academia Española (RAE) y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). También es miembro honorario de Ateneo de El Salvador. Roberto Carlos Pérez es profesor de lengua española en Howard University.

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