Publicamos, en exclusiva, un relato del escritor peruano Salvador Luis Raggio Miranda, narrador y director de la revista de ficción insólita Cósmica Calavera. «Thriller» es una historia de desasosiego y vulnerabilidad publicada en el último libro de relatos del autor, Tercer cofrecillo, editado por Casatomada en 2025
Salvador Luis Raggio Miranda | Narrador y editor
La miras e instantáneamente sientes una ola de trepidaciones recorriendo tu piel. Ella ni se inmuta. Inhala y exhala. Es un presagio. Empiezas a cavilar, que si esto, lo anterior, aquello. Para llegar a la salida debes cruzar forzosamente por su costado. El miedo se apodera de ti, porque comprendes que ella, sí—la del nombre impronunciable—, ha llegado a tus confines disfrazada de oveja, emperifollada en una falsa apariencia, solo para sorprenderte por la retaguardia y…
Das un sorbo al vodka tonic. No hace calor, pero tienes la garganta seca. Te parte el alma, su aspereza te está… Ahora das un sorbo más largo, larguísimo. Humedeces tu ropa interior, literalmente. Por distraído parte del sorbo se derrama, escapa del vaso y te empapa la camisa, los pantalones. Tu hombría se oculta, está frígida. Saltas del asiento como un cordero al encontrarse frente a su peor fobia. La miras de reojo; la vigilas, porque debes estar al tanto de cada uno de sus movimientos, sus muecas, sus malditas muecas.
La mesera te alcanza una servilleta. Le dices que no se preocupe, que tú puedes solo. Entonces un niño te señala. ¿Qué hace aquí?, piensas. ¿Acaso no le enseñaron que en lugares públicos…? Ella también se burla, solapadamente; enciende otro cigarrillo y finge estar distraída, pero tú sabes bien que por dentro se ríe sin discreción. Bandida, a ti no te engatusa con sus artimañas; la conoces. Entiendes que apenas se presente la oportunidad vendrá y preguntará si esperas a alguien. Querrá que le ofrezcas una copa, que le cuentes a qué te dedicas. No tardará en pedirte que la invites a casa y que… ¡Gracias a Dios! Ya se va. Paga la cuenta y toma su bolso. Sus formas repulsivas desaparecen.
Abandonas el establecimiento en el que te refugiabas y caminas hasta donde tu automóvil reposa. Desactivas la alarma y abres la puerta cautelosamente. En la maraña nocturna cualquier persona u objeto es invisible, piensas, lo piensas más de una vez. Observas, como si fueras una circunspecta lechuza, cada punto que te rodea, una, dos, tres… cinco veces. Te das cuenta de que nadie te acecha y respiras más sereno. Ingresas a tu vehículo, enciendes el motor, luego las luces, pisas el embrague y sales del estacionamiento con gran estrépito después de realizar un rápido movimiento en la caja de cambios.
Conduces por una avenida que suele ser muy transitada pero que a esa hora se arrebuja en soledad. Algo te preocupa. Ves el semáforo cambiar de color. Algo te impacienta. Ves a un ebrio cayendo de bruces. Continúas cercado por el desasosiego. El semáforo en luz verde. Avanzas, avanzas por la pista. Llegas a la intersección que te intranquiliza desde hace un buen rato. El dilema, piensas; el dilema. No sabes a dónde dirigirte. ¿A casa?, meditas. No, estarías cavando tu propia tumba. Un convertible te toca la bocina, exige que avances más rápido. Tus poros evacúan grandes cantidades de transpiración. Crees que deberías recorrer la ciudad, ir de distrito en distrito. Tus poros secretan. Doblas a la derecha y no a la izquierda. Escapas…
Conduces zigzagueando. Percibes que a mil por hora la noche, el asfalto, los otros conductores, el alumbrado público, las fases de la luna, se transforman en millones de puntos indescriptibles, reflejos de luz que no significan nada. La adrenalina fluye por tu sistema, únicamente piensas en salvar el pellejo, en correr lo más rápido posible. Recuerdas que un amigo vive muy cerca de donde te encuentras ahora; circulas lo más rápido posible; calculas que a la velocidad a la que vas puedes llegar en menos de cinco minutos a su puerta; circulas lo más rápido posible. No lo meditas más y te pones en marcha; lo más rápido posible; ves cómo el tacómetro de tu vehículo se esfuerza en demasía; lo más rápido posible; sientes cómo tus manos y el timón se han convertido en una misma entidad; lo más rápido posible; incendias las llantas de tu automóvil y, después de correr como un paranoico, llegas a tu destino.
Bajas del auto con premura; alzas la pierna derecha, apoyas el pie, alzas tu pierna izquierda, apoyas, repites la acción, raudamente, repites la acción. Llamas al portal de tu amigo, una, dos… tres veces. No hay nadie, supones. ¿Dónde está?, te preguntas. ¡Ábreme! Observas que una luz se enciende; escuchas los pasos de una persona acercándose al portal. Te reconforta saber que tu amigo acude a tu llamado, que por fin viene a auxiliarte. Percibes cómo retira el pestillo; tu respiración se apacigua; cómo inserta la llave en el cerrojo y le da una vuelta; tu corazón se aquieta; cómo ella, finalmente, y no él, abre el portal y te acuchilla con la mirada…
¡PEGAS UN LAMENTO AL CIELO! Alzas la pierna derecha; apoyas el pie; tropiezas; volteas para mirarla; ella se acerca, rápidamente; buscas las llaves del auto; te das cuenta de que no las llevas contigo; ella se acerca, ves las llaves dentro del automóvil; ella te acosa; entras en el vehículo y enciendes el motor; te toma de un brazo, te lastima, sus muecas, sus uñas, te acuchilla con la mirada; arrancas: el caucho, la pista, fricción, palpitaciones, raudamente. El velocímetro se esfuerza en demasía; a mil por hora los puntos en el horizonte se convierten en fuego fatuo; donde quiera que vayas, do quiera que vayas, los reflejos de luz no significan nada en absoluto; avanzas; avanzas por la pista; no sabes a dónde dirigirte; conduces zigzagueando; el dilema. ¿A casa?, crees que no; el dilema, piensas. ¿Y si llamas a la policía? Ves a un ebrio tambaleándose; circulas lo más rápido posible; sientes cómo el timón y tus manos se han fusionado convirtiéndose en una misma entidad; no sabes a dónde dirigirte; la adrenalina fluye por tu sistema; tus poros secretan grandes cantidades de transpiración; el ebrio; circulas lo más rápido posible; y ves cómo su cuerpo vuela por los aires y cae de bruces sobre el pavimento; detienes el automóvil e instantáneamente sientes una ola de trepidaciones recorriendo tu piel.
Sales del auto; caminas hasta el lugar donde yace el cuerpo del ebrio, lentamente, paso a paso; te transportas atrapado por el desasosiego, paulatinamente; te acercas hasta donde el ebrio cayó de bruces y quedó tendido. Suavemente te arrodillas a su costado; delante de ti observas una laguna, un líquido rojo y candente rodea el cuerpo del hombre formando un círculo casi perfecto; lo tocas y tus pantalones se tiñen en esa sustancia; tus manos se bañan en esa sustancia, y recuerdas, rememoras, que solo hace instantes ese cuerpo, de carne y hueso, daba tumbos en el cruce; y recuerdas y rememoras que venías circulando lo más rápido posible, a 1000 por hora por la autopista; y recuerdas y rememoras que ese ebrio volaba por los aires, que tú lo hiciste volar por los aires, que caía de bruces, que tú lo hiciste caer de bruces; y mientras rememoras y recuerdas, recuerdas y rememoras, tus pies y tus manos se bañan en el líquido bermejo que mana del cuerpo tendido; tu abdomen y tus brazos, que mana del cuerpo tendido; tu cuello y tus orejas, que mana del cuerpo tendido; tu nariz y tus pulmones, que mana del cuerpo tendido; tu glande y tus labios, que mana del cuerpo tendido; la próstata, el apéndice, el riñón izquierdo, que mana del cuerpo tendido; la faringe, la arteria aorta, el duodeno… en esa sustancia que mana del cuerpo.
Recoges al ebrio que daba tumbos, lo arrastras hasta la maletera de tu automóvil; cargas el cuerpo ensangrentado; lo acomodas dentro de aquel espacio reducido, cuidadosamente, en posición fetal, delicadamente. Hasta que percibes una luz, los faros de un vehículo, apuntándote, los faros de un vehículo, disparándote; y volteas, patitieso, encandilado; un convertible; el convertible, te toca la bocina; tus poros evacúan grandes cantidades de transpiración; alzas la pierna derecha; apoyas el pie; alzas la pierna izquierda, te tropiezas; repites la acción, raudamente, volteas para mirarla; ella se acerca; te incorporas; te pisa los talones; el convertible; aumentas la velocidad; su persecución es dolorosa; te acuchilla con la mirada; aceleras: la pista, fricción, chillido, palpitaciones, raudamente. Tu velocímetro se esfuerza en demasía; a mil por hora los nódulos que componen el tejido de la ciudad no guardan coherencia; donde quiera que vayas, do quiera que vayas, los reflejos de luz no significan nada en absoluto; avanzas; avanzas por la calle; no sabes a dónde dirigirte; aumentas las revoluciones; corres zigzagueando; el dilema. ¿Adónde?, crees que no; el dilema, piensas: estarías cavando tu propia tumba. Circulas lo más rápido posible; el puente sobre el malecón; sientes cómo el timón y tus manos se han fusionado convergiendo en una sola entidad; aumentas las revoluciones; la adrenalina fluye por tu sistema; el puente sobre el malecón; tus poros secretan grandes cantidades de impaciencia; el puente sobre el malecón; alzas la pierna derecha; apoyas el pie izquierdo; ella se aproxima; tropiezas; el puente; el tacómetro de tu organismo se cuartea; un espantoso olor te sofoca; y sientes de forma instantánea el embate de las trepidaciones tocando tu piel: el rostro de tu madre, tu primera enfermedad, el rostro de Alejandra, aquel último beso, miles de fisonomías, claras y difusas. Se desborda pródigamente el horror y se hace visible la soledad venidera.

Tomado del libro Tercer cofrecillo (Ed. Casatomada, 2025)
Salvador Luis Raggio Miranda. (Lima, 1978). Se licenció en dirección de cine y literatura y es doctor en Lenguas Romances (University of Miami). Ha publicado ensayos académicos en diversas revistas especializadas y el libro de teoría cultural Sobre lo mutante (2020). También es autor de nouvelles comoZeppelin (2009), Prontuario de los pies y de los zapatos (2012), Díptico de la oruga (2020) y A quien oiga esta voz (2024), y de las colecciones de cuentos Shogun inflamable (2014) y Otras cavidades (2017). En su faceta de antólogo ha preparado varias selecciones de relato iberoamericano para editoriales de España y América Latina. Actualmente se desempeña como catedrático de humanidades en los Estados Unidos y dirige la revista de ficción insólita Cósmica Calavera.
