Presentamos en exclusiva para «El Escarabajo», el texto que el poeta costarricense Alfredo Trejos leyó como presentación del libro «Textos reunidos», del fallecido poeta Felipe Granados, presentación que tuvo lugar el 28 de agosto de 2025 en el Museo de Jade, San José. En esta edición también encontrarás, en este enlace, una breve selección de su poesía, presentada por la escritora guatemalteca Vania Vargas
Alfredo Trejos | Poeta costarricense
Quisiera pensar que en esta noche cuando recibimos TEXTOS REUNIDOS de FELIPE GRANADOS no hay aquí una persona más feliz que yo, pero no puedo reservar solo para mí tal fortuna del corazón. La familia de Felipe, tantos otros amigos que quisieron y leyeron a Felipe, tantos otros que fueron duraderamente impactados por su trabajo y su presencia, comparten hoy conmigo esta alegría, esta satisfacción. Pero si he de limitarme a mi experiencia personal, íntima, esta noche es una de las más importantes –y difíciles– desde que me decidí por escribir hace más de veinticinco años, desde que voy por esta ruta, no siempre iluminada, no siempre propicia. Hoy por fin tenemos en nuestras manos la palabra recolectada de un poeta que emergió en el momento justo, en las circunstancias mejor definidas para una voz que consiguió, en muy poco tiempo, resolver muchos vacíos y abrir muchos canales de respuesta en el entorno poético costarricense. Felipe no fue un fenómeno en el sentido más técnico y frío. Si hoy dijera que lo fue me arriesgo a verlo más tarde en sueños, con esa tierna mirada de desaprobación, profiriendo un reclamo entre desentendido y disgustado. No. Felipe Granados fue un hombre profundamente real cuyas necesidades como poeta fueron pocas, pero intensas: reconocerse y declarar su posición, su visión y su ánimo con un puñado de palabras precisas siempre para todo. Insisto: solo un puñado de palabras. Se tratase del amor, de la convivencia, del absurdo, de la crueldad, de la incertidumbre, del equívoco o de la alegría, Felipe siempre opuso a todo, una especie de ofrenda de esas que caben en la palma de la mano. Recuerdo nuestras conversaciones después de las lecturas, de los talleres: lo común era que termináramos acordando una suerte de método, quizás de credo, en el que lo sencillo y lo modesto eran ideas capitales. En 2004 Fabio Morábito visitó el país y le dio bastante sentido a aquellas ideas: fue entonces cuando nos decidimos por “los hermanos menores del verso” –como Fabio llama a gran parte de su trabajo poético– por aquella poesía que solo sucede, que no parece provenir de una gruta mística o santificada sino del instante. Nos decidimos entonces por aquellos poemas que no demandan peregrinación sino, a fin de cuentas, solo un par de minutos a mitad de los hechos, a mitad del día. Felipe, un lector atento, inquisitivo y un atisbador nato –un vigía– se decidió por una ruta precisamente referenciada. Siempre supo incluir su mundo personal, su inmediatez, sus fijaciones en cada poema, pero nunca los enturbió con esos materiales inestables. Nunca contaminó un poema con señalización gratuita. Aún me pregunto cómo desarrolló esa habilidad, cómo fue capaz de aglomerar sencillez y referencia, masa y sombra. Y cómo logró sostener algunas palabras, algunas cosas –la vida misma– con frágiles huesecillos, con los restos de un animal simbólico que quizás encontró una noche en una esquina y del que no le habló a nadie. Ni siquiera a mí.

Felipe Granados y yo fuimos más que cercanos. Si una noche de plática y problemas ya no le era posible regresar a su casa, a veces se quedaba en la mía. Era difícil que se callara, que se controlara. Más de una vez quise tirar por la ventana ese maldito walkman de Felipe con el cassette del Dark Side of the Moon adentro. No paraba de describir para mí lo que escuchaba en ese aparato. No podía parar nunca. El último libro que me prestó fue uno de Ken Kesey; yo se lo devolví en un plazo razonable. El último libro que yo le presté fue Mujeres, de Bukowski. Un libro que jamás volví a ver: Felipe, a su vez, se lo obsequió a una mujer que entonces le interesaba. “Flaco, ese libro ya no está” –me dijo con su mueca característica. Luego de una atropellada explicación de su parte, ¿qué podía hacer yo? Entenderlo. Si no podía y nunca podré condenar a mi amigo por las veces en que realmente se excedió, por los disgustos de verdad, por los vacíos irreconciliables, entonces no puedo condenarlo por ligerezas de ese tipo…y hubo muchas. Pocas veces lo vi tan obsesionado como cuando descubrió al poeta colombiano Raúl Gómez Jattin, quien pronto se convirtió en una especie de mártir del poema para él. Supongo que Felipe vio en Raúl una intemperie y un lenguaje comunes, llenos de dolor y de orfandad, pero también de alguna rabia con la que es imposible negociar. “Gómez Jattin es un santo y ni de los santos ni de los muertos se habla” –decía. Pocas veces lo vi tan feliz como cuando supo que sería padre por primera vez, una felicidad idéntica a aquella que lo embargó al enterarse que volvería a ser papá. Ahora Juan Andrés y Lucía ya crecieron y confío en que atesoren y protejan lo mejor de Felipe para siempre y que conserven de él un elevado concepto como escritor y como ser humano. Como dije, fuimos muy cercanos, lo conocí a la perfección y sé que Felipe quizás tuvo tratos desiguales con la ausencia, pero nunca tuvo mayor prioridad que el amor hacia Juan Andrés y Lucía.
Créanme que escribir estas pocas palabras ha sido muy difícil para mí. Si tuviera que elegir entre tener este libro en mis manos y a mi amigo a mi lado, es evidente que quisiera ver a Felipe vivo, incómodo, inconforme como siempre y como siempre dispuesto a romper con poses, protocolos y estructuras. A ser quien objeta y se sacude ante la palabra descolocada y superficial. Pero él ya no está y, por fortuna, tenemos una exhaustiva y digna compilación de su trabajo. Siempre destacaré en Felipe Granados el hecho de que nunca buscó ser un poeta sacerdotal, un elegido, un predestinado. Despreciaba la oficialidad y jamás quiso acumular méritos para ser –como dije– un fenómeno burocratizado, un entretenedor. Nunca quiso figurar: quiso decir. A la hora de definir por qué Felipe escribía me veo en un túnel en ruinas. Quisiera pensar que sus razones fueron las mismas que las mías, pero tiene que haber algo más. Mucho más. Felipe escribía porque vio las entrañas del mundo y se horrorizó. Porque tan dado a la ironía como era, aquella visión le planteó un desafío y lo aceptó con humildad, entre náuseas, carcajeándose…convencido de que así aprovechaba bien su vida. Esto, para mí, cuando él y yo viajábamos juntos en un autobús atestado, era suficiente. Hoy lo sigue siendo. Hoy Felipe sigue siendo el mismo.
Agosto, 2025.

Alfredo Trejos. (San José, en 1977). Hizo estudios en Antropología y Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Antologado y traducido en numerosas obras tanto en el país como en el extranjero, a la fecha ha publicado once poemarios y dos antologías personales, siendo Los nombres propios (Editorial Costa Rica, 2024) su libro más reciente. Además, ha ganado el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía en dos ocasiones, en 2011 y 2017.
Por años ha mantenido su espacio de creación y apreciación poética llamado “Tráfico de Influencias/Taller-Laboratorio” y su labor como consultor literario, desde la que ha participado en la corrección y edición de numerosos libros de otros autores costarricenses.
