Fresno verde, arce rojo, gomero negro y otros poemas

Una muestra de Poemas ascendentes, de Michael Waters, en traducción de Frances Simán

Michael Waters | Poeta estadounidense

El misterio de las cuevas

No recuerdo el nombre de la historia,
pero el héroe, un chico, se perdió
mientras vagaba por un laberinto de cavernas
con el agua subiendo de nivel.

Me preguntaba qué podría suceder:
¿Flotaría hacia la luz?
¿O daría volteretas para siempre
dentro del negro río subterráneo?

No podía dejar de leer el libro
porque tenía que saber la respuesta,
porque mi madre se marchaba de nuevo –
la puerta del maletero abierta,

las blusas arrancadas de sus perchas,
los gritos locos entre las habitaciones.
Al chico le resultaba imposible ver
qué camino lo conducía a lo seguro.

El dedo amarillo de la llama
vacilaba en su última cerilla.
Había un vaho de perfume –
Mi madre rompía botellas en miniatura,

luego mi padre la sujetaba,
la sujetaba fuerte, de ambos brazos.
El chico no podía respirar.
Creo que él quería mi ayuda,

pero yo era pequeño, y ya era tarde.
Ahora mi madre sollozaba,
ya sin maldecir su vida,
mientras repetía el nombre de mi padre

entre relucientes islas de faldas
que bordeaban la cama.
No puedo recordar toda la historia,
que pasó al final…

A veces me preocupa que el chico
todavía busque bajo la tierra
un delgado lápiz de luz,
casi puedo escucharlo

a través de grandes volúmenes de agua,
a través de siglos de piedra,
mientras grita mi nombre entre peces ciegos,
deseando tanto volver a casa.

Fresno verde, arce rojo, gomero negro

Cuántas veces me consolaron los nombres de los árboles,
cómo repetía para mí mismo fresno verde
mientras el matrimonio se consumía en el no-hablarse,
arce rojo cuando la ternura era cualquier cosa menos eso,
luego gomero negro, gomero negro mientras yacía junto a ti
en el no-dormir, en el no-hacer-el-amor.

Esos días recorría el pantano de la reserva,
antiguos fresnos dibujaban sombras sobre los charcos,
las pocas almas invernales que merodeaban por los muelles abandonados.

En mi cuaderno copiaba inscripciones
fijadas en la corteza de los árboles, dibujando la escisión de los troncos,
un Audubon menor que cargaba la soledad como una mochila.

¿Y los árboles asumieron un hondo silencio?
¿Su gravedad y nudo y siglos de vieja paciencia
dignificaron este país, nuestra pena?

Así que mientras yacía allí, el techo repleto de ramas invisibles,
la oscuridad duplicándose en su sombra,
las acusaciones convirtiéndose en verdades en el no-amar,
fresno verde, arce rojo, gomero negro, rezaba yo,
en el nunca-he-sido-fiel, en el no-me-toques,
en el ya-no-lo-soporto-más,
gomero negro, gomero negro, gomero negro.

Monopolio

La soledad de dos personas
juntas, lanzando dados
como si su suerte pudiera cambiar,
llega con la brisa

de polillas que asedian la pantalla de una lámpara,
casualmente, sin voz –
así la radio sigue su recital de
esas sílabas con el corazón partido

que caen por la ventana
abierta sobre la calle mojada.
Cuando alzo la mirada, puedo ver
a la mujer bailando, sola,

mientras su esposo intercambia propiedades,
dirige una miniatura,
un carro plateado de carreras por Boardwalk
o, peor aún, arrastra un zapato viejo

hacia la avenida Baltic, pasando a ver
espectáculos donde las parejas simulan sexo
en pantallas salpicadas de mugre.
A ella este juego le parece una locura

ya que solo reprime el aburrimiento
unos pocos minutos, porque
nadie puede poseer la noche.
Su esposo piensa que ella es ridícula,

así que doblan el tablero,
el dinero se apila por colores,
y el agua corre en la ducha
durante mucho tiempo. Pero, en la cama,

se acercan el uno al otro,
¿y por qué no? – cada uno arrastra
al otro como bulto de basura,
esperando convertirse en algo más

valioso, no en bancarrota,
antes de la lenta ironía del amanecer,
antes de la próxima fase lunar.
Juntos, en su habitación amarilla,

ponen al día sus cuentas:
un pequeño movimiento que podría parecer
un viaje, un abrumador
deseo de ganar sin tener suerte.

[1]  Boardwalk y la avenida Baltic son propiedades en el juego de Monopolio (N. de la T.)


Los libros de poesía de Michael Waters incluyen Pagan Sky: New & Selected Poems 2000-2025 (2026), Sinnerman (2023), Caw (2020), The Dean of Discipline (2018), Darling Vulgarity (2006, finalista del Premio del Libro del Los Angeles Times), y Parthenopi: New & Selected Poems (2001, finalista del Premio de Poesía Paterson). Es autor de un libro de ensayos, The Bicycle and the Soul (2024), y ha coeditado varias antologías, como Border Lines: Poems of Migration (2020) y Contemporary American Poetry (2006). También ha recibido becas de la Fundación Guggenheim, del Fondo Nacional para las Artes de Estados Unidos y de la Fundación Fulbright. Vive sin teléfono móvil en Ocean, Nueva Jersey.

La traducción es de Frances Simán.

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