Una muestra de poemas de Mihaela Moscaliuc en traducción de Frances Simán
Mihaela Moscaliuc | Poeta estadounidense
Olvídate de los cerezos en flor
Así es como vivo: construyo un andamio,
recibo el caos, veo colapsar el andamio,
veo las estrellas, lo hago de nuevo.
Atribuyo a mi caos la sangre
que salpica a destiempo,
la sagrada unidad del día.
De vez en cuando apaciguo el tiempo con carne cruda,
crímenes deliciosos.
En Edimburgo, despertaba cada mañana
hambrienta de cerezos, cosechaba el campus
directamente con mi boca. Esquivé los museos,
el afamado festival, y solo entré a filosofía,
literatura, psicología para usar sus baños
cuando el jugo resbalaba espeso
en los dedos y en la boca y me convertía
en el motivo de cada abeja.
Amiga, si te encuentras ahí
clava los dientes impasible
en esas bellezas cargadas de espera.
Rama por rama, haz tuya la carne
sin sentir culpa por los hambrientos,
como si siempre hubieras pertenecido a cada bocado.
Deja que los transeúntes y los guardias te crean loca,
déjalos chocar y maldecir
mientras contemplan tu barbilla
rojo sangre, tus labios incendiarios
y más dulces que los de cualquier chica o chico.
Del Libro de la sal
“Sazonarás con sal toda ofrenda que presentes”.
-Levítico 2:13
El redactor de Time nos informa
que los animales marcaban senderos hacia los depósitos de sal.
Los hombres fueron detrás; con el tiempo, esos senderos dieron lugar a caminos
y, a su alrededor, los primeros asentamientos.
Cuando el menú cambió de la caza al cereal,
la necesidad surgió, la escasez convirtió el mineral
en un preciado bien de intercambio.
En el subsahara del siglo VI, los mercaderes moros comerciaban una onza
de sal por una onza de oro.
De regreso de Catay en 1295, Marco Polo encantó al dux
con cuentos de monedas de sal con el sello del Khan.
La sal recorrió el globo: del desierto libio a Marruecos
a Tombuctú, de Egipto a Grecia, al otro lado del Mediterráneo
a través de los siglos por la entrada de tus muslos
de la que cobro mi parte
mientras te sacudes el abrazo del Atlántico
y, extasiado bajo la caricia del sol caribeño,
vuelves brevemente a mi boca.
Como ritual purificador, los romanos colocaban un bocado
en los labios de un bebé de ocho días.
La mayor parte la usaban para comprar esclavos.
Y el redactor dice que la historia del mundo
según la sal es simple –
Saborea también la opulencia de Venecia, a base de sal,
prueba el pan sin sal de Florencia, el impuesto
que provocó la Revolución Francesa,
el salero volcado de Da Vinci
presagiando traición en La última cena.
La Via Salaria de Roma toma su nombre de la sal
arrastrada en carretas de bueyes desde Ostia,
salario de la paga de un soldado, despedido si “no vale su sal”.
El autoexilio es lo que obtengo al confiar recetas a la memoria.
Una pizca aquí, una pizca allá.
Prueba esto —
dedos partidos al partir,
el tartar coronado con hojas de perejil.
Ensalada tiene sus raíces en la costumbre de salar las verduras.
Como sola, imperturbable por la pintura desprendiendo
las aureolas de los apóstoles. Yo no hablo su idioma.
Conozco la sal por su ausencia. Yo como
con la lengua de otro.
Sobre lava
Nea Kameni, Thera/Santorini
El guía nos pide arrodillarnos y bajar las manos
en agujeros que exhalan calor. Los educados mojan rápido un dedo;
otros introducen las palmas y antebrazos aumentando media pulgada.
Los adolescentes se agachan, uno por uno, para soplar aire caliente
para selfis. De pie otra vez, han sucumbido
a tuits e Instagram, así que para recuperar algo de terreno
el guía evoca a Prometeo, la Atlántida y los minoicos
engullidos por terremotos y erupciones.
¡Imagina, imagina, estás en el corazón de la caldera!
nos suplica y luego escudriña la multitud en busca de ojos
que confirmen que esto es espectacular,
esta belleza que no alcanzamos a reconocer.
No sé qué sentido tiene extrañarte aquí
en la absoluta extravagancia de esta cúpula de roca fundida,
que bajo la rudeza de este sol campesino te extrañe,
tan extravagante.
Este nuevo territorio, ni tuyo ni mío,
perfectamente activo, hasta cierto punto dormido.
Si eres quien creo que eres, reposando descalzo
en el barco turístico, escaneas cada ola que rompe
y, mientras esperas, tomas esta añoranza como viene:
salpicada con rastrojos de obsidiana, obscena en su capricho.

Mihaela Moscaliuc nació y creció en Rumania. Ha publicado los poemarios Heartmoor (2026), Cemetery Ink (2021), Immigrant Model (2015) y Father Dirt (2010); tradujo Clay and Star de Liliana Ursu (2019) y The Hiss of the Viper de Carmelia Leonte (2014); es la editora de Insane Devotion: On the Writing of Gerald Stern (2016), y coeditora de Border Lines: Poems of Migration (2020). Recibió la beca Guggenheim y el premio Pushcart; además, ha recibido becas de residencia otorgadas por la Hawthornden Foundation (Italia), Chateau de Lavigny (Suiza), el Virginia Center for the Creative Arts, y la organización MacDowell, así como dos becas de artista individual del Consejo de Estado de Nueva Jersey en las Artes y una beca Fulbright. Actualmente dirige el Programa de Maestría en Inglés en la Universidad de Monmouth (Nueva Jersey), donde enseña escritura creativa y literatura.
La traducción es de Frances Simán.
