Abril es el mes del libro, y es alrededor de algunas de las facetas de ese objeto extraño que hoy escribe el artista guatemalteco Héctor Véliz
Héctor Véliz | Poeta y artista visual guatemalteco
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Disección:
LIBRO:
Del lat. liber, libri.
- m. Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen.
Sin.: volumen, tomo, ejemplar.
OBJETO:
Del lat. obiectus.
- m. Todo lo que puede ser materia de conocimiento o sensibilidad de parte del sujeto, incluso este mismo.
ARMA:
Del lat. arma, -ōrum ‘armas’.
1. f. Instrumento, medio o máquina destinados a atacar o a defenderse.
Sin.: herramienta.
DECORACIÓN:
Del lat. decoratio, -ōnis.
- f. Acción y efecto de decorar.
Sin.: adorno, ornamentación, ornamento.
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El libro antes de Gutenberg:

Los primeros escribas se instalaban en su scriptorium, con pluma y tinta. Tardaban meses e incluso años en duplicar un manuscrito. Para otorgarle un carácter distinto, incorporaban ilustraciones en miniatura y diversos pigmentos de color; en ocasiones, las decoraciones se realizaban incluso con oro. Esto confería al libro un valor extraordinario: no solo por los materiales empleados, sino por el tiempo de trabajo y la dedicación que implicaba una tarea tan monumental.
Antes del siglo XV, los escribas eran escasos. En gran medida, se trataba de monjes y religiosos que servían a la Iglesia o a la Corona, consagrando su vida a estos encargos y asumiendo la labor de producir un libro que, por su naturaleza artesanal, resultaba único e irrepetible.
Antes de la aparición del libro tal como hoy lo conocemos, una de las formas de transmitir el conocimiento entre generaciones era la iconografía simbólica, presente en prácticamente todas las civilizaciones del mundo. Ejemplos claros de ello son los jeroglíficos egipcios, los glifos y códices mayas —visible también en sus estelas de piedra—, así como las pinturas rupestres que se encuentran en diversas regiones de Europa y África.
La imagen como símbolo, la naturaleza como soporte y la imaginación como decodificador convierten al mundo en un gran lienzo en blanco donde se escribe la sabiduría humana. En ese vasto registro nos incluimos también nosotros, como parte de un gran libro-objeto que es, al mismo tiempo, materia y conocimiento.
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El Manifiesto comunista, Paine, Salinger, Orwell; Hitler, Kaczynski y sus dispositivos ideológicos:
El Manifiesto comunista constituye quizá uno de los ejemplos más contundentes del libro como arma: un texto capaz de impactar a una sociedad entera, movilizar levantamientos colectivos y redefinir la noción de clase social. Se trata de un documento de tal elaboración conceptual que, pese al paso de los años, a sus múltiples traducciones y a las diversas ediciones publicadas, continúa —y probablemente continuará— vigente para las siguientes generaciones.
Thomas Paine, con Sentido común, conduce a una comunidad indignada hacia un levantamiento incluso contra su propia gente —ingleses contra ingleses—, en un proceso de repudio mutuo alimentado por la urgencia política de la época. Desde una serie de publicaciones periódicas, Paine envía mensajes breves que posteriormente recopila, gesto editorial que se convierte en uno de los primeros impulsos intelectuales hacia la revolución en el naciente «gran país americano». No se trata de un texto que incite directamente a las armas, sino a algo más elemental: al sentido común humano de ser libres.
El guardián en el centeno representa, en cambio, un fenómeno distinto: el dispositivo ideológico en primera persona. En esta obra, Salinger narra la sensibilidad de una juventud marcada por el desencanto. Aquello que ciertos estructuralistas sociales podrían denominar «la sistematización de la sociedad del hastío» encuentra en el relato una forma de expresión colectiva. La novela se convierte así en la voz de una generación de posguerra, donde el sentimiento de repulsión hacia el orden social vigente alcanza resonancia pública. No existe necesariamente una influencia directa del libro en actos concretos; sin embargo, sus palabras funcionan como un despertar de la conciencia que, en ciertos casos, puede derivar en reacciones extremas dentro de la sociedad.

En 1984, George Orwell propone una inquietante premisa: nada de lo que creemos nos pertenece por completo. La manipulación de las masas se revela como el arma de destrucción más poderosa. A través de su ficción, Orwell describe el modo en que las sociedades pueden caer en una histeria colectiva, sostenida por una ilusión de libertad difundida por las grandes estructuras industriales y sus medios de comunicación. Los mass media manipulan, una y otra vez, el pensamiento crítico. El libro, entonces, actúa como un gesto de revelación: retira la venda de los ojos para mostrar la disección de la conciencia colectiva; pero también sugiere que, frente a esa visión, muchos prefieren volver a cubrirse los ojos, pues resulta más sencillo ser ciego, sordo y mudo en una guerra que ya parece perdida.
La Segunda Guerra Mundial, aunque no fue provocada directamente por un libro, sí encontró parte de su sustento ideológico en la figura de uno de los personajes más emblemáticos —y tiránicos— del siglo XX: A. Hitler. Su obra Mi lucha operó como un dispositivo ideológico que contribuyó a consolidar un aparato político de represión extendido por varios países y responsable de la muerte de muchas personas.
«¿Era necesario matar gente para esto?»
«Sí, era necesario dar un mensaje contundente».
Con estas palabras Kaczynski concluye una entrevista realizada en prisión. Antes de su captura, había denunciado haber sido sometido, durante su juventud, a experimentos psicológicos que —según su testimonio— buscaron desacreditar su pensamiento. Su manifiesto, La sociedad industrial y su futuro, fue publicado en uno de los periódicos más influyentes de Estados Unidos tras una serie de atentados con bombas que lo hicieron conocido como el Unabomber. Kaczynski, un matemático prodigio que ingresó a Harvard a los dieciséis años, puso en tensión a todo un sistema político y tecnológico. Con la difusión de su manifiesto no solo evidenció el poder del texto como herramienta discursiva, sino también su capacidad de operar como máquina ideológica, capaz de intervenir en la conciencia humana.
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La librera de casa: pasos para decorar la biblioteca
#1 No leas
#2 Ve a las librerías y busca un libro grande, de pasta dura.
#3 Busca portadas de colores pastel, con tipografías «llamativas».
#4 Busca los clásicos universales.
#5 Guglea los best sellers del momento.
#6 Evita las ediciones de bolsillo.
#7 Paga con tu tarjeta de crédito.
#8 Tómate una foto en la librería con tus nuevos libros.
#9 Publica las fotos en tus «redes sociales».
#10 Coloca los libros nuevos en la estantería de casa y repite el paso #1 ∞.

Héctor Veliz. (Ciudad de Guatemala, 1992). Poeta Visual. Exposiciones colectivas: MailArt: “Canto E Aus-ncia” - Galería Arcimboldo, Buenos aires, Argentina (2025). Obra libro: “Poesía Invisible” - Museo Galería Ex-convento del Carmen, Guadalajara, México (2025). Exposición individual: Obra libro - instalación: “Poesía Invisible” - Galería Proyecto Poporopo, Ciudad de Guatemala (2026). Libros objeto-artesanales: “Epifanía de un lago sin agua”, Ciudad de Guatemala (2021). “Cicatrices Urbanas”, Ciudad de Guatemala (2023). “Hipótesis de una ausencia”, Ciudad de Guatemala (2025). “Flores muertas”, Ciudad de Guatemala (2025). Tirajes breves e independientes. Ha participado en la antología: “Post – Devastación” Antología Bizarra, Ciudad de Guatemala (2023). Actualmente vive y trabaja en la ciudad de Guatemala.
