Melissa Merlo propone una lectura apasionada y crítica de Clementina Suárez como figura fundacional de la poesía hondureña, explorando cómo su obra construye una imagen de mujer que transita entre la rebeldía, el erotismo, la conciencia colectiva y la afirmación de una voz propia en la literatura centroamericana
Melissa Merlo | Poeta hondureña
¿Qué condición maravillosa puede tener una flor de mayo que nunca se marchita? Sin conocer los secretos balsámicos del viejo Egipto, sin acudir a los misterios de la alquimia, sin escudriñar las esquinas truculentas de una bola de cristal, las palabras de Clementina Suárez trascienden intactas en el tiempo, no menguan, no claudican, no saben cómo envejecer. Clementina Suárez encontró la fuente de la juventud eterna: la poesía. La palabra en Clementina se volvió mariposa, se volvió dulce reclamo, se convirtió en espera, se transformó en renuncia, se volvió solidario sufrimiento, la palabra en Clementina, se proclamó mujer.
La poesía de Clementina Suárez se ha convertido en un referente de la poesía centroamericana. Paradójicamente, ella, Clementina, ha sido estudiada, reflexionada y exaltada por críticos, investigadores y escritores extranjeros, más que por los propios. Honduras está en deuda con esta gran Señora de las letras. Los círculos académicos sostienen en su espalda esta deuda que crece con los años. Se escriben libros, artículos, prólogos, referencias, páginas en los diarios, publicaciones en los sitios web sobre libros hondureños y escritos de dudosa calidad literaria, con los cuales yo haría una fogata fulminante y enterraría las cenizas para que el viento no se empañe, pero no se invierte el suficiente tiempo en hacer investigación literaria sobre personajes históricos como la extraordinaria Clementina Suárez, quien desde hace mucho tiempo, merece como un sublime homenaje a su obra, una cátedra en las carreras universitarias de letras que lleve su nombre.
Gioconda Belli, poeta nicaragüense, hace prevalecer en sus escritos el aporte de la mujer al mundo literario. Belli propone que esta es la época de la mujer, que es un momento fundamental en la existencia, en donde la integridad y la belleza física, coexisten con la sabiduría, el ingenio, la creatividad y la madurez intelectual.
Clementina Suárez fue un referente certero para Gioconda Belli y para otras poetas centroamericanas que vieron en Clementina la catapulta y el espacio preciso para escribir sin ambages, para incursionar en el campo literario con una voz fuerte, denunciante, erótica, amorosa, pero sobre todo, solidaria con el género, siguiendo las bases de Simone de Beauvoir. Pero Clementina no tuvo las oportunidades de internacionalizarse que tuvo Belli, y no fue por la época, fue por la cultura hondureña, que a veces se comporta de forma extraña y egoísta cuando sus mejores hijos quieren brillar con luz propia.
En esta época que nos ocupa, debemos celebrar que la mujer no es solo un mito, es más bien una imagen contemporánea, activa, propositiva, entusiasta, emprendedora, intelectual. Ya la mujer ha ganado sus espacios, tomado los retos que la vida le entrega, aun con la carga que implica la equidad de género, a veces mal comprendida por nosotras mismas. La imagen de mujer que propone Clementina Suárez en su poesía y en su estilo de vida, y que Gioconda Belli replantea años después, es que la mujer actual ya no es solo una canción de serenata en la ventana, o una princesa de vestidos largos y pensamientos cortos, ya no es la mujer una cenicienta sin zapatilla, ni una esclava del hogar. La imagen que Clementina propone y demuestra con su ejemplo de vida, es una mujer evolucionada ante las circunstancias, con características de amazona, de guerrera, de luchadora, de defensora de los derechos, pero sin perder la ternura, la pasión, ni la femineidad.
Clementina Suárez comparte los ideales de liberación intelectual e incursión en las artes de otras mujeres míticas, escritoras, artistas, y luchadoras de la talla de Juana de Arco, Juana de Ibarború, La Madre Teresa de Calcuta, Margarita de Valois, Mata Hari, Frida Kahlo, Alfonsina Storni, Magda Pardal, Virginia Woolf, Isadora Duncan, entre tantas otras, pero no por eso muchas, que representan a la mujer capaz de decidir por sí misma, capaz de ser diosa y musa al mismo tiempo, capaz de crear y demostrar su autodeterminación e independencia. Clementina se presenta en su poesía como una mujer que es al mismo tiempo significado y significante. Ya no es más un estereotipo trillado, sino una nueva imagen de la mujer explícita, abierta, pensante y propositiva, trascendiendo desde su figura individual, desde su yo poético, hasta una mujer colectiva, imagen que nos representa a todas.
Y en la ruta de este conocer a Clementina, lleva la delantera Janet Gold, con el libro Retrato en el espejo, una biografía de Clementina Suárez. Ese libro es el producto de la insistencia literaria, de la curiosidad, de la necesidad de saber lo que Clementina en todas sus dimensiones, provocaba y provoca. Es evidente que Gold, como investigadora de lengua y literatura, sucumbió ante los encantos de la poesía de Suárez, pero más que todo, sucumbió ante la enigmática vida de la autora, quien en sus entrevistas con Gold, contaba hechos reales matizados de ficción y ficciones matizadas de hechos reales. En fin, Clementina hizo con Janet Gold, así como con casi todos los que a sus encantos sucumbían, lo que quiso. Estoy segura que Clementina disfrutó cada momento platicado, cada momento inventado y reinventado para ser contado o intuido por sus interlocutores. Imagino su sonrisa cómplice consigo misma, al darse cuenta de su poder sobre las pobres mentes de los demás, de nosotros, de estos simples mortales a los que ella aun con el paso del tiempo, mantiene enamorados de su poesía y de su particular vida.
En el año 2002, al cumplirse el centenario del nacimiento de la poeta, la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán, desde su Editorial Universitaria, dirigida en aquel momento por el Doctor Víctor Manuel Ramos, desde la publicación llamada Revista de la Universidad, presenta un homenaje a la poeta Suárez. En él recoge de muy buena forma los escritos que presentan las visiones, los pensamientos, las apologías, de varios escritores en torno a la figura literaria de Clementina, y también presenta uno que otro artículo construido con ligereza de pensamiento y otro tanto de desconocimiento, pero que en conjunto, permiten tener un collage policromático sobre la autora.
Pero lo que me guía en este momento no es hacer un listado de lo bueno o lo malo que se ha dicho sobre la autora, sino, encontrar en ella y en su poesía, ese yo poético al que Foucault le atribuye un poder individual que invariablemente llega a convertirse en colectivo en el momento en que el lector visita un poema como cuando uno entra a una casa habitada por seres extraordinarios, o por fantasmas, o por dolores, o por libertades, o por ideas, o por denuncias, o por amores. En ese momento se abre una puerta que jamás se cierra, y queda abierta para cuando nuestra alma necesita un espacio intemporal en donde reposar, llorar o amar. Ese espacio intemporal, inmarcesible, se encuentra en la poesía de Clementina Suárez. No toda la poesía tiene esa virtud. No todos los poetas tienen el sello escarlata en su frente. No todo lo que está escrito en verso, es poesía.
El yo poético, el personaje lírico que me ha guiado dentro de la poesía de Clementina, ha sido su voz de mujer colectiva, aun en la intimidad y la individualidad de un poema de amor, su voz poética se convierte en la voz intemporal de la mujer hondureña, y es en este escenario en donde las imágenes escritas y descritas en sus versos, hablan de la idea que de la mujer y sus extraordinarias dimensiones tiene Clementina Suárez.
El camino que nos llevará por esta búsqueda, es la que se delata en el libro Clementina Suárez, Poesía Completa, uno de mis favoritos, editado en un justo homenaje a Clementina Suárez por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, por medio de su Editorial Universitaria en el año 2012, año académico de esa casa de estudios que llevó el nombre de la poeta. Este libro fue realizado magistralmente por la escritora María Eugenia Ramos.
Escudriñemos entonces esa imagen de mujer que la poeta hace trascender en sus versos. Y en las primeras páginas, en el soneto “De rodillas” surge una fuerte imagen: la mujer que implora a lo divino. Una imagen de mujer que retrata la búsqueda de piedad, de perdón. Una imagen que presenta más que el arrepentimiento, una idea de la mujer, que aun considerándose libre, como era el espíritu de la poeta, siempre se rinde a un amor supremo, al divino, ya sea por tradición, por imposición, o en este caso, según mi opinión, por dejar en manifiesto el grado de sumisión en que la religión mantenía y mantiene a la mujer. Es curioso además que utiliza varias veces en el poema la palabra clemencia, un derivado de su nombre que implica benevolencia, castigo sin rigor. De rodillas, es un poema escrito en un camino de retorno, luego de haber transitado casas, países, cuerpos, libros, sensaciones, pasiones… y el poema dice:
Ábreme tus brazos, derrama tu clemencia
sobre esta vida mía cansada de volar,
se rompieron mis alas en la triste demencia
de irme por el mundo a reír y a cantar.
Olvidé que en la vida lo primero es la pena
y me fui por los senderos sin saber lo que hacía,
se marchitó mi alma de color de azucena
y se apagó en mi vida la luz de la alegría.
Sé que llego tarde a implorar tu clemencia,
pero el dolor es maestro, maestro de esa ciencia
que nos muestra el camino de la dicha y la luz.
Esperaré por años tu palabra divina,
el signo de tu mano, tu mirada prístina,
aquí, de rodillas, al pie de tu cruz.
Siguiendo la ruta de sus poemas, se encuentra uno en donde la imagen de la mujer es la madre, expresada en todas sus dimensiones de amor de madre, de amor de hija. Es un poema extenso, detallado, en donde la poeta no escatimó palabras para demostrar el amor hacia su madre, que puede ser el amor hacia todas las madres, desde las palabras de todas las hijas, que como Clementina, hemos necesitado, hemos tenido, o hemos despreciado, ese amor maravilloso que supera todos los amores, el amor de madre. Veamos un fragmento del poema Madre:
Madre: como un manto de luz mi alma te abraza
en la hora blanca de las recordaciones,
la hora en que tu vida se acompasa
a esta mi vida de perturbaciones.
Bajo la ternura de tus ojos, madre mía,
quiero soñar, como otra vez soñaba,
que venías hacia mí con alegría
y en tus brazos con risas me arrojaba.
Madre: tiéndeme tu mano nuevamente,
recorramos tranquilas la áurea senda
por la cual deshojaste lentamente
las rosas de amor de mi leyenda.
Ven a mis brazos madre amada,
a inundarme de besos como antaño,
ven y posa de nuevo tu mirada
sobre esta soledad que me hace daño.
Lloro por tu suave voz, por tus consejos
que brillan en mi noche cual reflejos
de inolvidables y risueños días.
En esta ruta, y en la búsqueda de la imagen de la mujer en la poesía de Clementina, surgen los poemas directos, sin ambages, sin rima. Haciendo alarde del verso libre, surge la imagen de la mujer erótica, insinuante, provocadora, demandante en el amor. Palabras abiertas y directas que invitan al amado a cabalgar sin riendas, ni silla, ni espuelas. La poesía erótica de Clementina Suárez cuida en todo momento no caer en la explicitez de que hicieran falso alarde en años posteriores una generación de poetas Costarricenses, en donde prevalecía la palabra cruda, la invitación explícita, el acto sexual con nombres y apellidos. La poesía erótica de Clementina es sublime, sugerente, invitadora, apasionada, sin necesidad de llamar las cosas por su nombre, ella nombra las cosas al llamarlas con un lenguaje atrayente, ardiente, sin cruzar la débil línea que existe entre en el lengua erótico y el lenguaje pornográfico, muchas veces confundido por escritores noveles o faltos del manejo de las técnicas literarias y sus amplias dimensiones del lenguaje.
Este poema titulado Mi poema al Mar, suelta las amarras de un amor desbocado, necesitado, ausente. Es una invitación febril al amor físico, al contacto de dos cuerpos sin importar si la consecuencia final pueda ser el desamor, o el desengaño.
¡Bésame!
¡Bésame toda!
Con ideal…
Con poesía…
Con ardor tropical…
Con alma bravía…
Con delicia inmortal…
Acaríciame sublime
¡Bésame!
¡Bésame toda!
Ruge…
Ruge en mí…
Palidece de amor…
Ruge y ama
Y con tu gesto majestuoso
Desdobla el prestigio blanco
De encendida mariposa.
Canta…
Canta en mí…
Improvisa una canción,
¡Embeleso divino!
Agoniza en mi pasión
que soy ilusión,
que soy corazón.
¡Bésame!
¡Bésame toda!
que me hechizas,
que me encantas,
que tus besos son tan dulces,
tan sonoros, que me cantas
con voces inmortales
que duermen los pesares.
¡Este poema encendido, quema! Pero también encontramos en Clementina una poesía erótica, pausada, muy interna, tremendamente sutil, casi para ser susurrada en el oído del amado. Este poema se llama Amor Salvaje.
Amor salvaje.
¡Qué bien estás,
desgarrándome toda!
Amor salvaje.
¡Qué bien estás,
amenazando mi vida!
Amor salvaje.
Qué bien estás,
contenido en lo inexplicable.
Y este siguiente poema, titulado Sexo, uno de los pocos en que la poeta utiliza una palabra explícita, hace alusión a esa época en donde las sensaciones en la piel, en la sangre y en el alma, saltan a la vista, vibran al contacto de otra piel, sucumben al amor en los espacios voluptuosos de la juventud, hablando de la entrega primera del cuerpo y del alma. Y el poema dice:
Sexo,
Encarnada rosa
Flor de lujuria
Por donde salta mi juventud.
Ánfora llena
De sensaciones
Y vibraciones,
Arpa que vibra,
Que llora y gime
Voluptuosidades.
Lirio encendido
En el altar del fuego
De roja estancia…
Desgarrado fuiste
Por su loca furia
En aquella tarde
En que la divina flor
De vida y amor,
En ofrenda a su amor yo di.
Pero yo te bendigo
Gruta maravillosa
Porque la vida me diste
Y porque en esa flor estropeada
Una nueva vida
Yo también di…
La individualidad que la poeta expresa en muchos de sus poemas, se convierte en un sentimiento de identificación al ser leído por otra mujer. Esta facultad innata que tiene Clementina de permitir que el lector sienta que el poema fue escrito para él, es lo que demuestra que el individualismo del poeta, trasciende al yo colectivo de los lectores. El poema que se titula: Yo, reúne varias características interesantes, desnuda el espíritu de Clementina, presenta la imagen que de ella misma tiene, y logra que el lector entre en su mundo de oscuridades y amor por la libertad. Y el poema dice:
Yo
Canción de pena,
lema que nadie descifrar pudiera,
ensueño oscuro,
mente entristecida
en un proceloso mar vivo la vida
bogando sin oriente,
con las alas abiertas
siempre al poniente.
No en vano, Marcos Carías Reyes dice de Clementina: Nunca la gracia suprema había anidado, de tal manera, en el espíritu de una mujer nuestra. La ternura, la pasión, el dolor, nunca se habían convertido en armonías, como en el verbo de esta mujer.
Y es que la imagen del dolor, de la ausencia, son temas recurrentes en la poesía de Clementina Suárez, tal y como lo demuestra en su soneto: No ansíes corazón. Y es que estos temas muestran la imagen de una mujer que vive en una época de restricciones sociales, en donde salirse de los esquemas implica enfrentarse a una sociedad patriarcal que no permite libertades sino que se aferra a un prototipo de mujer de faldas largas y cuellos altos, cubiertas en cuerpo y alma con ropas de sumisión, obediencia y deseos reprimidos. Clementina rompe los esquemas, pero también paga las consecuencias de hacerlo en una sociedad y en una época que para ella resultaron, sino hostiles, incoherentes con su actitud ante la vida y con su visión futurista del papel y de los derechos de la mujer. Este poema dice:
No ansíes, corazón, el hondo anhelo
de volar tras lo pálido y lejano,
deja en el alma un hondo desconsuelo,
sabor de polvo, barro y lodo humano.
No se puede volar, cuando se sueña
con las frágiles alas de ilusión
pues son cual de Ícaro, del sol leña.
En la tierra se queda con frío el corazón.
Los sueños se van como las hojas
que el viento desprendió de los rosales
llenos de las tristezas y congojas:
pero la vida a la ilusión se aferra,
silencia sus dolores y sus males,
ansía el cielo y va sobre la tierra.
Es así que uno de sus principales motivos en la poesía de esta autora, es la rebeldía. En su poesía presenta una imagen de mujer que se rebela contra el sistema de opresión social, que enfrenta la vida con fuerza y valentía. Clementina luchó y escribió contracorriente, no contra personas específicas, aunque las habían, sino contra unos esquemas conservadores, tradicionalistas, dogmáticos, casi enfermizos, ecos de la sumisión en la que mantenían a mujeres de otros continentes, y que nuestra sociedad replicaba en aras de mantener los hogares protegidos del libertinaje femenino, no así del masculino, y de aparentar morales dobles y triples apañadas por la iglesia y por una sociedad moralmente en decadencia. En su poema: Rebeldía, Clementina trasciende a la voz colectiva y habla por todos aquellos, hombres y mujeres, que luchan por una sociedad equitativa. Y en un fragmento de este poema dice:
No he venido al mundo
para llorar. No es con lágrimas
que se obtiene la alta dimensión del hombre.
No es a que me maltraten
ni a que me humillen.
No me arredra la lucha
por más encarnizada que ella sea.
Afianzada tengo el alma
a un rojo encendido de fuerza
que puede maldecir
pero jamás humillarse.
No importa que pretendan negar
la luz de mi destino,
que rompan despiadadamente
el encaje del sueño,
que destruyan el azogue de mi espejo,
que me sumerjan en la noche sin adioses
que con saña me nieguen el pan, la sal y el agua.
No esperen que por ello me doble dócilmente,
aunque la carne sea siempre la carne
mis entrañas ya casi son de acero.
Yo sé que atrás se quedará mi rostro
pero que mi voz estará siempre en el alba,
que no hay tumba para la férvida palabra
y mucho menos para el canto que va de boca en boca.
Que este es un frágil milagro de inescrutables designios,
y una eternidad que se levanta del mismo cadáver
para no morir nunca.
Martín Paz expresa en su artículo Clementina Suárez o la perennidad en la poesía, que “Cuando haya que escudriñarse mañana en la vida literaria de Clementina, habrá que rebuscar en los mil y tantos vericuentos de las frescas tierras olanchanas para encontrar el hilo generador de la efusión que, tiempo después, viniera a convertirse en el torrente lírico de hoy, mensaje suyo legado a las generaciones postreras.” Y yo creo que Paz tiene razón, el legado de Clementina Suárez no tiene muy pocos parangones en la vida literaria hondureña. En uno de sus poemas, denominado: En brazos del nuevo viento, la poeta abraza el futuro, y se libera de las ataduras, y presenta la imagen de una mujer resuelta, que sabe de dónde viene y hacia dónde la lleva la vida, es una mujer que traza su ruta y no depende de nadie para caminar, para avanzar hacia el futuro. Definitivamente su vida en México, como lo dejara entrever Medardo Mejía en su artículo publicado en la revista ya citada, le hizo reforzar su teoría de que en Honduras su futuro literario, y su futuro como mujer nueva, estarían flanqueados por la doble moral y el conservadurismo social y religioso. Este poema fue escrito en México y deja ver su rebeldía, su libertad alcanzada y su deseo de permanecer libre, y el poema dice:
Canción futura, vena desbordada,
cielo de mañana, brisa de ahora mismo.
¡Qué salto tengo que dar
para poder llegar a tiempo!
Norte, sur, este, oeste,
en su solo nuevo giro eterno.
¡Qué trabajo me cuesta romper tanto espejo inútil!
Sombras, sombras no más,
Pero sombras de mí misma.
Las cosas se han dado vuelta
y es crimen hablar de estrellas
cuando hay que limar cadenas.
Ahora, si regresara,
no podría reconocerme.
Adelante voy con todos
buscando la luz redonda.
¡No me duele la carne!
También Francisco Salvador, hablaría de la fuerza que Clementina respiró en México, y la describe, y cito: “Hermosa y deseada. Llena de coquetería, que se me ocurre compararla, en imagen criolla, a Zelda, la muchacha locuaz encontrada por Scott Fizgerald.” Clementina era vista por los círculos hondureños de su época como una afrenta, esa imagen de mujer, que se enfrenta a la sociedad castrante, que se enfrenta a la vida rutinaria, que espera el amor sin pudor ni pecado, está muy bien definida en su libro de prosa poética “De mis sábados el último”. Y es de este libro que ahora les comparto: Dime, espejo.
«Dime espejo, ¿Cómo me queda este vestido de fiesta? Mira que quiero entrar en sus ojos como un rayito de sol… mira que estoy en la ventana esperándole y dentro de un minuto mi cara ha de estar frente a su cara. Dime si me quedan bien estos rizos que caen sobre mis hombros, y estas ojeras amoratadas y mis labios carmesíes… dime, espejo, si estoy tan hermosa como para esperarle a él.»
También en la república de El Salvador, Clementina encuentra una segunda, o mejor dicho, una tercera casa, después de México. Y es aquí, con la vida de entrega hacia el prójimo, hacia el arte, hacia la juventud literaria que la seguía como a una diosa, en donde la imagen de mujer se define como libre y rebelde, y esos conceptos y motivos se convierten en el summum de su esencia de mujer poeta, de mujer solidaria, de mujer libre, de mujer que tiene la opción de declarar su amor, rompiendo con la tradición de la espera a que el amado tome la iniciativa, imagen de mujer que demanda un amor de cuerpo a cuerpo, sin penas pero con urgencias. Esta imagen de mujer libre, se encuentra hermosa y con un despliegue de sensual lenguaje, en el libro Creciendo con la hierba. He aquí el poema Segundo:
Ya ves cómo
mi pecho ilumina
una verdad tremenda.
Los ángeles que pasean por mi sangre
son ángeles rebeldes.
Y me humilla tu rostro atado
y tu corazón cerrado
por un mandato de siervos.
Cuando yo oí me dijeron:
Pequeña: no le niegues al amor tu cara.
Solo así tu flor tendrá polen
y flotará libre,
goteando muchedumbres,
tu cara creciendo con la hierba.
Distintos son los rumbos de la carne
y solo el viento salvará
a tu pie, que en la ceniza
quedó extraviado…
¡Criatura de mi amor!
Solo cuando el fuego
te lleve hasta mi grito,
recuperarás intacta
la espiga que dentro
de tu piel madura.
Fuera necesario morirme y no quererte.
Golpearme la espalda
y atar mi lengua
para no decirte
que están llorando en ti los brotes,
y detenidos los arroyos
porque le niegas al surco
lo que es del surco.
La fuerza que Clementina toma como mujer y como poeta, fruto de los años vividos y de la experiencia única de vida en rebeldía, queda manifiesta en toda su obra, pero con mayor énfasis en los últimos libros. Leticia de Oyuela, cuando habla de la poeta en su artículo “Presencia humana en Clementina Suárez” dice que, y cito “hablar, o pensar, o querer conocer a Clementina Suárez, es buscar conocer la vida misma. La vida con todos sus matices: magnificencias, plenitudes, dolores y decaimientos. Clementina poeta, Clementina promotora, Clementina confidente, Clementina vociferante, y Clementina rebelde. Rebelde como la rebeldía misma. En el poema VIII, de Creciendo con la hierba, la voz poética se vuelve colectiva. Es una invitación a que las mujeres se adueñen de sus vidas y las vivan con amor, con dolor, con esperanza o con angustia, pero plenamente. Y el poema dice:
Antes,
en nuestro día,
era yo solo una.
Ahora,
en nuestra noche,
multiplico en mi carne
dolorida
voces de hembras deshechas,
de madres
con el surco
clavado de puñales
y
de niñas que tienen
las manos con espinas.
Antes,
en nuestra noche,
era un llanto mi voz
y solo un llanto.
Hoy,
ya tan cerca del alba,
traigo despiertos ríos
de mujeres que gritan
como yo,
con el aire oxidado
por la salvada orilla
para la azucena,
el yermo y el amor.
Mis ruegos se dividen
en vida o muerte jubilosa.
Tú puedes apartar mis rosas,
pero no la encendida
corola de mi sueño,
más grande con el ansia
de otros sueños.
¿Y tú, dime,
estás conmigo
en este círculo de mi sangre,
o me sigues buscando
por la huella
de mis pies hundidos?
Y en el arrebato expresivo del amor, del deseo, de la necesidad de compartir el cuerpo y el alma con el amado, la poeta ha creado un cúmulo de versos tan apresurados como eróticos, tan invitadores como urgentes, tan enfáticos que más que una súplica, más que un deseo de la piel, se transforman en un beso cargado de embriaguez. Leo estas líneas como los versos finales de este hermoso cuento que hoy hemos compartido:
Y por qué esa luz en tus ojos me invita inefable a tus caricias.
Por qué tus brazos hacen de mi espalda una voluntaria prisionera.
Cierro mis ojos y presiento el beso urgente.
Abro mis labios y espero. Percibo los tuyos,
Libres, sabios, suaves como piel de una en tiempo de vendimia.
Se entregan a mí en un beso absoluto.
Ya ya no soy yo, soy él, soy sus labios, soy su beso urgente, soy esa luz en sus ojos, soy sus brazos cerrados en mi espalda.
Soy la tinta de sus versos con la que escribo palabras de amor en su piel.
Lo inmarcesible, lo inmarchitable, se convierte en un ícono de la época, es así que Clementina, nuestra Clementina burló, las teorías del tiempo y del espacio, y con su alma libre, amorosa y a veces irreverente, se convirtió en una flor de mayo que nunca se marchita. Se incrustó en nuestras vidas como el jade de los mayas. Se volvió ópalo centellante en las páginas de Honduras. Se volvió palabra, se volvió verso, y se transforma cada día en una flor con pétalos de óleo y acuarela nacida del corazón y el alma de un pintor. Se convierte en mármol urgente de vida en las manos soñadoras de un escultor enamorado. Se traduce en Clementina Inmarcesible en la tinta de otra flor de mayo que una vez se encontró con sus versos de aromas imposibles, y quedó prendada de la luz de su palabra.

Melissa Merlo (Danlí, El Paraíso, 1969). Poeta, narradora y ensayista. Miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Es catedrática en la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán de Honduras. Algunos de sus libros son: Para amarte la palabra (poesía, 2019), Haikus de la montaña (poesía, 2020), Presagios para el siglo (poesía, 2022) Casa de poetas (novela, 2021), El arte de esconderse (cuento, 2016) y Honduras, sendero en resistencia (ensayo, 2010).
