Palabras sobre Clementina Suárez

En este texto, Claudia Lars reconoce en Clementina Suárez y en «Creciendo con la hierba» una voz poética renovadora, cuya fuerza lírica, conciencia colectiva y afirmación femenina expandieron el horizonte de la literatura centroamericana

Claudia Lars | Poeta salvadoreña

Con palabra sencilla, con palabra que no tiene otro mérito que la emoción y el entusiasmo ante lo bello, quiero referirme al poema de Clementina Suárez, que van a oír dentro de breves momentos y que se titula: Creciendo con la Hierba.

La lírica de Clementina Suárez alcanza en este poema una nueva altura y se hace dueña de un espacio nuevo. En Veleros, Clementina se revela como la primer poetisa centroamericana que adquiere del trágico momento del mundo, y que está ya suficientemente experimentada para asumir su responsabilidad de artista sin angustiosas vacilaciones.

Mientras nosotras (sus hermanas del arte) no abandonábamos aún los gastados y ruidosos temas del mundo que se acaba, Clementina vivía valientemente la verdad de su sueño y de su sangre, pisoteaba prejuicios, desgarraba máscaras engañosas y se mezclaba al clamor de los humildes miserables.

Clementina ha pasado por muchos estados de poesía, como ha pasado también por muchas pruebas en la vida: el ojo que conoce al colibrí y al dragón; el pie que camina entre tréboles y zarzas; la mano que se ha cansado en el trabajo, pero que sabe peinar los rizos de las hijas… Para ella, el cielo tiene, a ratos, nostalgia del abismo, y en el abismo sin fondo encuentra siempre la ayuda del ángel.

Por eso su poesía es fuerte y extendida hacia el dolor de los otros. Pudo haber sido una poesía amarga y ácida, como la gruta del desengaño. Pero la salvó de esa amargura la certidumbre de que se acerca el tiempo deseado; el tiempo de la justicia entre los hombres.

Debo a Clementina Suárez la primera llamada, en mi arte, hacia lo colectivo. La primera sacudida a mi sopor egoísta. El primer abrir de mis ventanas interiores.

Y no llegó con voz de mando, ni con discursos fastidiosos o pedantes. Vino con paso de hermana, con cariño de compañera, y me dijo sencillamente:

—Sal de este rincón y no le temas a los gritos. Deja tu soledad y camina en el peligro.

Y yo salí un poco aturdida y un poco ciega, pero con la voluntad de ser distinta.

Encuentro ahora a Clementina con un nuevo poema en la mano: un poema de amor, de profundo amor de mujer. De amor terrestre y humano. De amor de compañero a compañera. Pero este amor trae rostro distinto y además desconocido. Es nuevo en el aliento y nuevo en el ansia. Es el grito de la sangre libre y del espíritu en cadenas, de la personalidad que se afirma en algo más alto.

En este poema, la mujer pide al hombre los dones que aún no le ha dado. Le sacude de su letargo. Le exige otra actitud y otro embeleso.

Quiere al compañero liberado. Al hombre nuevo del mundo nuevo que se inicia. Por eso Clementina exclama:

—Los ángeles que pasean por mi sangre son ángeles rebeldes.

Y más adelante:

—Me humilla tu rostro atado y tu corazón cerrado por un mandato de siervos.

Para casi llorar esta última estrofa:

—Y tú dime, ¿estás conmigo en este círculo de mi sangre, o me sigues buscando por la huella de mis pies hundidos?

Y es que la artista quiere que la busquen en la exacta verdad de su canto y de su esfuerzo y no en huella que todos dejamos sobre el lodo.


Claudia Lars (Armenia, El Salvador, 1899 – San Salvador, 1974) fue una destacada poeta salvadoreña y una de las voces más importantes de la lírica centroamericana del siglo XX. Su obra, de tono íntimo y depurado, explora el amor, la maternidad y la condición humana. Entre sus libros más representativos se encuentran Estrellas en el pozo (1934) y Romances de norte y sur (1946). Además de poeta, desempeñó labores diplomáticas y culturales

Deja una respuesta

Your email address will not be published.