Una reseña de Erick Aguirre Aragón sobre la obra de Humberto Avilés Bermúdez. Una aproximación a una poética atravesada por el silencio, la memoria y la tensión con el lenguaje
Erick Aguirre Aragón | Escritor
Cuando Humberto Avilés Bermúdez (Granada, Nicaragua, 1953) publicó un libro de poesía por primera vez, pensé que era tal vez el fruto de un «poeta tardío», como algunos suelen llamar a quienes, casi en edad otoñal, descubren sus dones literarios y emprenden la agria, aunque eventualmente feliz tarea de «escribir en serio». Pero cuando tuve ocasión, tiempo después, de ocuparme en la lectura del libro, pude percatarme de que estaba equivocado. El poemario Perfil del olvido (2013), es en realidad una antología personal de los poemas escritos por Avilés entre 1976 y 2012, es decir, desde que tenía 23 años hasta casi la fecha de publicación del libro.
En tal caso, Avilés sería, asumiendo el sentido lúdico de cierta jerga carlosmartiniana, un «publicador tardío». Ya sabemos que para Carlos todos, menos él, éramos o somos «publicadores de libros», y se reservaba el caprichoso derecho de determinar a quién ungir o no como poeta en legítimo derecho. Pero, apartando las boutades del huraño mimado de nuestra tribu, debo decir que en la poesía de Avilés encontré la voz singular de un poeta indiscutible y solitario. Probablemente no del todo «insurrecto» pero sí enfrascado en una lucha solitaria contra su propia tradición.
Lo comprobé después, cuando me obsequió otros libros suyos que siguieron a Perfil del olvido, luego del cual, según he corroborado ahora, ha publicado Estigmas de silencio (poemas escritos entre 1971 y 1976, lo cual indica que escribe poesía desde los 19 años), Poética de la simpleza (2014), Escritos de la sirena (2016), Antología mínima (2018), Color de luz (2019), Otredades (2022) y El corazón de mis palabras busca un nombre (2023).
Recien el pasado año, la editorial hondureña Cisne Negro le ha publicado una amplia Antología personal (2025), que contiene muestras importantes de todos esos libros, incluyendo además una sección titulada «Aire que posa», con poemas escritos entre 2016 y 2018, y otra con poemas hasta entonces inéditos o aún no convocados en libro. Se trata de una bien cuidada y sobria edición, que me ha hecho ocuparme otra vez en la lectura de la poesía de Avilés, y me ha llevado también a pensar en el valor radical que el silencio, o los silencios, adquieren en ella.
Cuando en el título de esta nota hablo de una poética de silencios, me refiero no sólo a los largos períodos en los que Avilés permaneció escribiendo sin publicar (lo cual forjó a la larga un sentido singular y una coherencia persistente en casi toda su obra poética), sino también a que el silencio mismo, o sus silencios constantes, constituyen un eje vertebral en su obra. Vista a través de las muestras de cada libro o periodo seleccionadas para esta antología, es posible vislumbrar en ellas el mapa de su propia conciencia poética; una poética en permanente tensión con el lenguaje, la memoria y su identidad.
Desde sus primeros poemas hasta los más recientes, la poesía de Avilés revela una constante: la lucha por nombrar lo indecible, por convertir el silencio en materia verbal. Esa tensión lo sitúa en una tradición con la que al parecer intenta dialogar, imbuido de lo que Harold Bloom denomina «la ansiedad de la influencia», es decir, el combate del poeta con sus precursores y consigo mismo. Pero en la poesía de Avilés ese combate no sólo se manifiesta como rivalidad textual, sino como una especie de ontología del lenguaje. En realidad, Avilés no pretende superar a sus antecesores, sino fundar su propia condición de ser en la palabra; y el silencio, o los silencios, han sido al mismo tiempo origen y destino de su poesía.
Es claro, pues, que uno de los ejes estructurales (quizás el más importante) de la poesía de Avilés es el silencio, entendido no como ausencia, sino como materia germinal del poema. Desde los textos iniciales de Estigmas de silencio (1971 ‐ 1976), el hablante declara: «Tengo un silencio anclado entre mi sombra y tu sombra». Este silencio, más que vacío, es más bien expresión de cierta densidad significativa. Se trata de un silencio «hablantín», paradójico, que encierra una tensión expresiva latente. Aquí Avilés anticipa una de las claves de su poética: sus poemas no surgen de la plenitud del lenguaje, sino de su fractura. En términos bloomianos, este gesto podría leerse como una forma de kenosis, una de las «relaciones revisionarias» descritas por el crítico del canon, en la que el poeta se vacía deliberadamente para reconstituirse en una nueva voz. El silencio, entonces, sería en este caso una estrategia de desposesión que permite la reinvención.
Por otra parte, en sus primeros ciclos poéticos, gracias a una conjugación dialéctica entre eros, muerte y lenguaje, el amor aparece estrechamente vinculado a la muerte y al desgarro existencial. Poemas como «Estás» o «Alma de goma» construyen una imaginería donde el cuerpo y la ausencia se entrelazan. El cuerpo amado es a la vez presencia y herida. El deseo es simultáneamente afirmación y disolución del yo. El lenguaje intenta fijar lo efímero, pero sólo logra intensificar su pérdida. Este conflicto nos lleva de nuevo a la noción bloomiana de que todo poema fuerte es una respuesta a la mortalidad. Escribir es resistir la desaparición. Pero en Avilés esta resistencia no es heroica, sino íntima, casi susurrada. No hay un sentido impuesto, sino una búsqueda entre grietas.
Uno de los aspectos más notables de la muestra poética de esta antología es su diálogo con la tradición literaria nicaragüense. En textos como «Serigrafías» o «Machadiana», Avilés establece una red de referencias que incluye figuras como Rubén Darío, Ernesto Mejía Sánchez y otros poetas nacionales; un gesto que puede interpretarse como una forma de eso que Bloom denomina tessera , es decir que el poeta completa y a la vez enmienda a sus precursores. No los niega, pero tampoco se somete a ellos. En lugar de reproducir la tradición, la reescribe desde su experiencia.
Particularmente interesante es la manera en que Avilés asume la herencia dariana. Mientras Darío, sabemos, fundó una estética de esplendor verbal, Avilés parece desplazarse hacia una estética de la sobriedad o la contención. El desborde modernista se transforma en una búsqueda de esencialidad o de simpleza. De ahí que el tránsito hacia la sección «Poética de la simpleza (2010–2013)», marque, en mi opinión, un punto de inflexión en la obra poética de Avilés. A partir de este libro su lenguaje se vuelve más contenido, más reflexivo, casi aforístico. En el poema «Oficios» el hablante declara: «¡La palabra es el hombre!». Tal afirmación condensa toda una ética poética. La palabra ya no es ornamento ni desahogo emocional: es el lugar donde se constituye el ser. Este momento podría entenderse como una fase de lo que Bloom llama askesis: una autolimitación deliberada. El poeta renuncia a ciertas expansiones retóricas para alcanzar intensidad. La simpleza no precisamente como pobreza expresiva, sino como concentración.
En sus libros más recientes, Avilés adopta formas breves, fragmentarias, cercanas al haiku o al aforismo. Esta evolución puede ser que responda a una sensibilidad contemporánea en la que el poema ya no busca totalizar la experiencia, sino capturar destellos. Ejemplos: «El poema / se escribe ahí, / donde duele / el silencio.» Aquí la economía verbal produce una particular intensidad. Cada palabra está cargada de resonancias. Este tipo de escritura se alinea con lo que Bloom identifica como la persistencia de lo lírico en la modernidad: aunque cambien las formas, el impulso poético sigue siendo una confrontación con lo absoluto.
Otro eje fundamental en la poesía de Avilés parece ser la exploración de la otredad y al mismo tiempo, como dije, la propia identidad. En poemas como «Causal» u «Ontológica», por ejemplo, el yo se disuelve en múltiples identidades: «Otra realidad / me persigue, / hasta hacer plural / su nombre.». Esta pluralidad del sujeto refleja una concepción del lenguaje como espacio de transformación. El yo no es fijo, sino que se construye en el acto de decir. Desde Bloom, esto podría interpretarse como una forma de daemonization, en la que el poeta invoca una fuerza externa –una «otredad»– que lo excede. En Avilés, esa fuerza es el lenguaje, que actúa como mediador entre el ser y su disolución.
En los textos finales de esta antología, como símbolo quizás de reconciliación y trascendencia, la luz adquiere centralidad. No es sólo elemento físico, sino metáfora de conocimiento o de revelación poética: «Color de luz / que brilla / es el poema.» Este simbolismo sugiere una reconciliación: después del conflicto entre silencio y palabra, entre eros y muerte, el poema se presenta como iluminación. En esta última etapa de su obra, la luz reemplaza al silencio como imagen dominante; pero no lo niega: lo ilumina. No es claridad absoluta, sino una especie de revelación momentánea. Sin resolver el misterio, el poema lo puede hacer visible.
Apreciada desde la selección preparada para esta antología, la trayectoria poética de Avilés muestra un movimiento que va desde el silencio hasta el conflicto; del vaciamiento a la condensación y la iluminación. Leída desde una perspectiva bloomiana, su obra encarna el proceso de un poeta que ha logrado liberarse progresivamente no sólo de sus silencios, sino también del ruido de otras influencias; y no lo ha hecho mediante rupturas violentas, sino a través de una transformación sostenida de su lenguaje. Su originalidad no reside en la invención de un estilo, digamos, espectacular, sino en algo tal vez más arduo: la construcción de una voz que ha aprendido a callar, para luego intentar decir mejor.
Managua, marzo de 2026.

Agradezco a El Escarabajo-Revista digital la oportunidad que nos brinda para reseñar mi obra desde y, con la pluma de Erick Aguirre Aragón. El Escarabajo es desde hace tiempo un sitio indispensable para la literatura centroamericana en particular, con amplia difusión en el panorama cultural latinoamericano. Un abrazo a su Consejo Editorial.