Eunice Odio y el hermetismo en los cuentos «El rastro de la mariposa» y «Había una vez un hombre»

En su obra, Eunice Odio no dejaba nada al azar, y sus cuentos no son la excepción. En este ensayo, Mía Gallegos profundiza en los distintos simbolismos furtivos que poseen dos cuentos de Odio, escritos en México, a finales de los años sesenta y principios de los setenta

Mía Gallegos  |  Escritora, periodista costarricense

Eunice Odio escribió dos cuentos en la década final de los años sesenta y principios de los setenta cuando vivía en México, durante la etapa final de su vida.  Uno de ellos lleva el título de Había una vez un hombre y el otro, El rastro de la mariposa. Se puede afirmar sin la menor duda que con la escritura y publicación de estas dos ficciones se coloca la escritora en la misma dimensión de las obras concebidas por Julio Cortázar y Jorge Luis Borges.

Conviene aclarar de entrada que ambos cuentos están inscritos dentro del género de lo fantástico, tal y como lo define Todorov en la Introducción a la Literatura Fantástica:

«En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, sílfides, ni vampiros se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos».  (1981: 18,19)

Hace un año aproximadamente escribí un ensayo que titulé: La presencia de lo sagrado en el Tránsito de Fuego de Eunice Odio . En esa ocasión destaqué los elementos sagrados y metafísicos presentes en la obra cumbre de la poeta, así como la presencia de la masonería y otras tradiciones herméticas. Recurrí también a las nociones que plantea la filósofa española, María Zambrano en su libro El Hombre y lo Divino, ya que hallé en el pensamiento de esta filósofa, nociones que ayudan a comprender la obra euniciana.

En los dos cuentos que menciono, no se pierde la dimensión metafísica y particularmente en El rastro de la Mariposa, se pueden percibir las huellas de corrientes herméticas que la escritora conocía ya que perteneció a la orden rosacruz, en la cual obtuvo un grado de importancia. Además de ello, desde muy joven mostró interés en la teosofía y ciertamente sus lecturas de la Biblia las hace desde la dimensión del libre pensamiento.

Para Eunice Odio la escritura de cuentos cobraba un relieve muy particular, tal y como se lo manifiesta al escritor y crítico venezolano, Juan Liscano en una carta. Argumenta Odio lo siguiente:

«Para escribir poemas se necesita hacer algo ultracomprimido, de un objeto que hasta puede ser inmenso como el mundo. Para el cuento y la novela, debemos ejecutar la operación contraria. El poema requiere comprensión: la prosa-cuento o prosa-novela, expansión.  Luego, al final de todo, los resultados son exactamente lo contrario: el poema se expande y la prosa se comprime». (2017:411).

Ciertamente en sus cuentos, la escritura se expande. Ambas historias tienen como eje una mariposa, sin embargo, son muy distintos.  El primero de ellos, Había una vez un hombre, se inicia de manera poco convencional.  Dice así: Había una vez un hombre que será… Y solo al final sabemos la importancia de esta frase introductoria.

El cuento citado produce desde el principio una sensación de extrañamiento. La irrealidad está presente y va penetrando todas las aristas de la ficción que se narra.  Mas es necesario añadir que a la hora de crearla, Odio se basó en un personaje real, un pepenador o recogedor de basura independiente que siempre estaba cerca de su apartamento en la calle Neva 16, en México.

Así se refiere a este trabajador, un indigente de tantos que pueblan las urbes: “Pero este Pedro-sólo él entre todos lo que he visto-, tenía un mirar de niño, los ojos verdes y pelo rojizo; y un alma hermosísima que se veía y sentía al pasar junto a él. Y esto no me lo “imaginaba”. (2017:422)

José Ibarra, que era el verdadero nombre del pepenador, vive una transformación lenta que se va acentuando hasta que una mañana se convierte en mariposa.  El cuento, tal y como se puede observar, está transido por una atmósfera kafkiana.

Carta de Eunice Odio a Juan Liscano, en donde Eunice se refiere al cuento El rastro de la mariposa

Cabe anotar que significado reviste el símbolo de la mariposa. A través de las diferentes culturas esta adquiere un significado particular.  No obstante, se puede deducir que representan la ligereza y la metamorfosis. Esta última acepción apuntada es la que más se acerca al cuento de Eunice Odio. Por lo demás, conviene señalar que es un símbolo del alma.  Dentro del psicoanálisis, por ejemplo, la mariposa es un símbolo de renacimiento.

En ocasiones Pedro empieza a hacer un recuento de lo que le sucede a su cuerpo: 

«¡Eso era, sí! Sus brazos reían sin convulsión; reían como había oído decir que ríen los bienaventurados: sonriendo. Al contrario de las piernas de los pantalones, que parecían haber estirado, las mangas de su “chaleco” (que Pedro no sospechaba que era tal, porque Pedro nunca sospechaba de nada), parecían haber encogido.  Pedro creyó notar que también estaban cambiando de color. ¡Qué aprisa va el tiempo en la ropa de los pobres y ni cuenta se dan -repitió!» (2017:9)

Pese a que se trata de una prosa, Eunice no abandona nunca la hondura poética y mucho menos el carácter metafísico y espiritual que está presente especialmente en su poesía.  Además de ello, llama la atención que nociones que recorren toda su obra como la luz, constituye una verdadera obsesión en el caso de la escritora, y también está presente en este cuento.

Me refiero en particular al diálogo que se da entre Fray Gabriel y Pedro, el pepenador.

Mientras el fray y Pedro se encuentran al descender una cuesta, el pepenador observa un libro que trae el religioso.  Fray Gabriel le dice que se trata de un libro que está escrito en latín y que habla de los coros angélicos.  Le agrega además que trata temas imperecederos.  El repartidor de basura no comprende el significado y pregunta qué manifiestan.

Y a continuación, transcribo lo que dice Fray Gabriel, porque a mi modo de ver, a través de este personaje habla Eunice:

«- ¿Ves el cielo? Ese no perecerá. ¿Ves que está lleno de luz? La luz también es inmortal. Vivirá por siempre, caminará sin tregua y sin mengua. Es una forma de Dios.  No se toca y está aquí, en todas partes.  En estos y otros libros aprenderás lo que no perece. Todos son bellos y dignos de guardarse como los días de fiesta». (2017:10)

Mientras Pedro vivía su transfiguración, su conciencia seguía viva y alerta.   Al final cuando todo el proceso ha concluido el personaje expresa lo siguiente: “Comprendió, entonces, al vendaval vigilante, penetrante y poseedor en sus dominios. Se miró.  Vio sus pies desaparecidos; sus células que se inclinaban brillando en otra dirección. Y comprendió”. (2017: 15)

«Llegó fatigado a lo más alto de la copa, a la última hoja del laurel.  Sentía el cansancio bienhechor experimentado al ejercitar músculos largo tiempo inactivos.  Alzó verticalmente sus alas de Celastrina del verano.
Y se tendió.
Tenía el color de Dios y yacía. Mariposa dormida». (2017:15)

En este cuento llama la atención la mirada de Odio puesta en un ser absolutamente indefenso, al que de un modo u otro define como bienaventurado por su humildad y su simpleza. Me atrevo a decir que es una mirada franciscana. Vale la pena recordar una de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque estos verán a Dios”.

Solo al finalizar el cuento se entiende por qué al inicio empieza diciendo: Había una vez un hombre que será… Será una mariposa. Y, por otra parte, expresa una opinión muy importante: cualquier tema es apropiado en literatura.

En contraste, el otro cuento El rastro de la mariposa es de mayor complejidad.  En él se mezcla el cristianismo, el budismo zen japonés, la alquimia, la ciencia y el pensamiento hermético en general.

En está ficción dos hombres están reunidos.  Hans es un hombre de ciencia engreído y presuntuoso que dice poseer poderes divinos y dar vida a los seres.  Según él, cuenta con la capacidad de crear una mariposa.  El otro hombre es un pintor de nombre Rafael, quien no pretende nada en particular, salvo realizar su obra pictórica.

Al inicio, Hans le da a beber a Rafael un elíxir alquímico, un brebaje de color violeta. Sin embargo, el pintor no lo bebe de inmediato:

«En el fondo del vaso persistía una chispa de plata. Después de algunos instantes se apagó. Entonces apuró el primer sorbo. Conoció de nuevo aquel sabor que parecía deleitar a todas sus células, como si se convirtieran en cuerpos con órganos gustativos, encadenados en una misma atracción sensorial. Paladeaba poco a poco y se embriagaba con una embriaguez que nada tenía en común con la del vino, sí con la que podría llamarse suprema energía de la conciencia». (2017: 17).

Hans le ha expresado que cuenta con los conocimientos para crear vida y señala que antiguos científicos no lo lograron porque utilizaron instrumentos complicados y groseros. Rafael le pregunta si se trata del método de refinamiento alquímico. Hans le contesta afirmativamente.  En realidad, tanto Hans como Rafael son dos figuras arquetípicas.  Hans, por una parte, es un alma vieja, de esas que reencarnan una y otra vez para darle seguimiento a una idea que transcurre durante muy distintas épocas. Rafael también es un alma vieja, pero tiene otra raigambre.

El propio Hans dice lo siguiente: “- ¿Qué es lo que me propongo ahora? …Ahora…jm…ahora. Decir ahora es ignorarlo todo de mí…Pero no tienes la culpa. Yo mismo he vivido tantos siglos…que he olvidado mucho… ¡Ignoro ya tanto de mí! …Sí, no sabes, nunca sabrás cuánto, porque hasta para mí eso tiene ya la categoría del misterio más profundo…” (2017: 18).

Los amigos siguen reunidos y Rafael le dice a Hans que este quiere ser igual a Dios. Hans inquiere si a él no le ocurre lo mismo y el pintor, desde una posición más modesta, le explica que en otra época buscó la iluminación.

Hans contraargumenta y le dice que no hay diferencia entre una y otra pretensión.  No obstante, Rafael es enfático al decir que al científico lo que le apetece es el poder. Luego, en forma posterior, se refieren a la noción del koan. Y estimo que precisamente es aquí desde donde es necesario desentrañar el cuento.

El “koan”pertenece a la tradición del budismo japonés. Los maestros de zen les plantean a sus discípulos “koans” con el propósito de que den un salto del racionalismo lógico a un verdadero despertar de la conciencia o iluminación. Además, es necesario señalar que el “koan” tiene un sentido paradojal, tal y como se manifiesta en esta historia de Eunice.

Mientras están en el laboratorio Rafael observa lo que ocurre y el tema de la irrealidad está presente. Rafael mira una realidad que lo sobrecoge:

«Algo aún más notable le hizo clavar los ojos en un punto: el espejo redondo, vertical, con apariencia líquida, sostenido por dos esferas; y un rayo de luz reflejado dentro del espejo. Hans presionó otro botón y la escena cambió…Iluminada por el rayo surgió una forma geométrica que se movía simétricamente de un punto a otro del espejo, mientras ella, intermitentemente, con ritmo quántico, brotaban descargas de luz blanca azulada». (2017: 23).

Aquí llaman la atención las figuras geométricas, particularmente la esfera y otra que no se especifica a qué forma corresponde.  Como puede mostrarse en esta ficción, lo que concierne a la ciencia viene de muy antigua data, desde los albores de la ciencia como la alquimia y llega hasta nuestros días.  En este cuento Odio posee un notable conocimiento sobre los procesos científicos actuales como, por ejemplo, la molécula maestra DNA y la molécula proteínica RNA. De manera que en un mismo cuento parece recorrer lo que existía en la antigüedad y hasta el presente.  Llama la atención que Hans, el científico dice que va a darle vida a la mariposa a partir de una fosilizada que halló en un glaciar.  Eunice Odio está hablando de la clonación unas décadas antes de que esta fuera una realidad.

Los amigos no logran entenderse: Hans representa el pensamiento lógico racional, Rafael, la intuición. Al rato el pintor abandona el laboratorio del científico y empieza a recorrer la ciudad.  La atmósfera de irrealidad que percibe y el extrañamiento que acompaña todas las visiones son dignas de mencionar:

«Los objetos y los seres se habían sumergido en la irrealidad del más acá. Decidió ir a pie hasta su casa.  Tal vez así hallaría algo a qué asirse…Algo que lo devolviera al mundo bello y simple a que pertenecía; aquel mundo con un velo echado, que no deja ver el misterio.  Era necesario que lo hallara antes de dar vuelta a la llave en la puerta de su casa. Sentía que si se dormía en ese estado de conocimiento de la irrealidad profunda de la realidad, no despertaría siendo el mismo. Torció en dirección contraria a su casa.  Se detuvo frente a la vitrina de un anticuario.  Desde el centro de la vitrina lo miraba un personaje de Bizancio enmarcado en oro; un rey de copas que, con su palma derecha, sostenía un orbe en el centro del cual había un triángulo, dentro del cual miraba un ojo, y que, con su izquierda sostenía otro orbe transparente, dentro del cual fulgía un cetro». (2017: 24)

Al detenerse en la lectura de este fragmento colmado de irrealidad dos autores vienen a la mente: Gustave Mayernik con El Golem y Jorge Luis Borges con su cuento El Aleph. Además, ¿no es cierto que recuerda las obras de la pintora española radicada en México Remedios Varo? Justamente esa aureola de misterio, ese acercamiento a los procesos alquímicos se deja sentir en este cuento.

Además, la mención del orbe con su redondez y la figura del triángulo rememoran lo que plantea el filósofo Timeo en el diálogo platónico sobre la naturaleza. Así se puede observar que la esfera remite a la totalidad de la creación del universo y desde la perspectiva de la geometría sagrada, el triángulo corresponde al número tres y alude al padre, al hijo y al espíritu santo dentro del cristianismo. 

En la tradición judaica corresponde al ojo divino. Para la alquimia representa el pensamiento esotérico y para la cábala, la astrología, y el tarot, el triangulo alude al elemento fuego y al plano espiritual. Platón expone en el Timeo, que el triángulo equilátero simboliza la armonía, la divinidad y la proporción. Y que el hombre se representa con la división en dos de ese equilátero, convirtiéndose en un triángulo rectángulo. Su tarea es recuperar esa parte “perdida” mediante un tránsito de regreso, evolutivo, y restablecer al fin del camino el equilibrio perdido. Además, es necesario señalar que el cetro representa el poder.

El triángulo que contiene un ojo es un símbolo de los masones, que se refiere a la divinidad como símbolo de Dios.  Los masones se refieren al ojo como el que todo lo ve y como símbolo de la Providencia.  En realidad se trata de una alusión hermética y empezó a utilizarse desde el siglo XVIII. El ojo también fue utilizado por los egipcios y representa a Horus.

Pero es necesario evocar otros aspectos del cuento.  Durante las horas en que Rafael deambula por la ciudad llega a un pequeño restaurante que es atendido por una pareja de viejos. Bebe vino caliente y adquiere conciencia de que lleva mucho tiempo sin ingerir alimentos. Lee un periódico y se da cuenta por una noticia que el laboratorio de Hans sufrió una explosión y que nadie sabe dónde está el científico. Lo dan por desaparecido. También observa el vuelo de una mariposa azul, presagio de la transformación del científico.

Sigue caminando hacia su casa y todo cuanto observa se ve lejano. Encuentra a un niño que se comporta de manera asombrosa pues arrastra un hilo pensando que es un caballo.  El caballo, como símbolo remite, según el Diccionario de Símbolos, a la montura, el vehículo, el navío, y su destino es pues, inseparable de lo humano.  Otra definición hallada en este diccionario es la del psicoanálisis que dice lo siguiente: “Así los psicoanalistas ven en el caballo el símbolo del psiquismo inconsciente o de la psique no humana”. 1986: 208).   

Aquí hay una distorsión de la percepción, seguramente producto del elíxir que bebió en la casa de Hans.  “El parque se había alejado.  Allá, en el centro de los lentes, localizó a todos sus habitantes.  Los animales y los vegetales se hallaban en sus ojos simultáneamente, como si estuvieran reunidos en sus pupilas; o como si él se hallara en todo lugar del parque al mismo tiempo”. (2017: 27).  Podríamos decir que se trata de un viaje. En realidad, al colocar los elementos de manera prodigiosa, en la ficción se rememora El Aleph de Jorge Luis Borges.

Cuando finalmente Rafael logra llegar a su casa se dispone a pintar “el resumen de los más hermosos recuerdos de la vida”.  Pintó una flor, y utilizó un color amarillo cristalino que alegró a todos los animales.  Infundió de espíritu al árbol y pintó, asimismo una flauta flamígera.

Y… «de pronto se le aparecieron los cielos en cuerpo y alma. El pincel voló delante de la mano iluminada, la mano voló perseguida por un espíritu que brotaba del aire y del fuego y de la tierra y del agua, y tapizaba los muros de la mariposa y su gran desnudez suspendida». (2017: 28)

Finalmente pinta una mariposa relampagueante. Se va a dormir y al día siguiente descubre que lo pintado no había sido un sueño.  Todo estaba dispuesto en el lienzo: la prístina luz y el árbol. Mas de la mariposa solo quedaba el contorno. ¿No es cierto que en está ausencia se presenta la vacuidad del zen? El pintor se desespera al no hallar su creación y dice: “¡Dios, hazme, algún día, idéntico a uno de mis sueños!”

El cuento termina así:

«El brillo se concentró en un punto irisado y transparente. Fue entonces cuando vio y se inclinó para mirar, con ojos de poseído. Allí estaba sólo eso: una crisálida irisada, transparente, rota hacía unos segundos, todavía húmeda.

Abrió la gran ventana y abatió los ojos, porque supo que no podía mirarla y vivir.
En ese instante, el pintor vio de nuevo su cuerpo.  Él, como el rastro de la elegida, apareció en el mundo». (2017: 29) 

Precisamente cuando Rafael logra darle vida a la mariposa se ilumina, resuelve el koan; Hans también se transforma y vuela.  Así que se trata de dos transformaciones.

Si bien este cuento de Eunice Odio hace alusión a dos o más mundos paradójicos. Es muy importante resaltar el predominio de los sentidos, en especial el gustativo y el visual. Las sensaciones sensoriales son de un riquísimo y amplio registro.  Llama, asimismo la atención la importancia que cobra la naturaleza y especialmente lo corpóreo, lo que se materializa. Precisamente la mariposa adquiere un cuerpo etéreo y asciende.

Cuando Odio se refiere a los cuatro elementos, necesariamente remite al Timeo o de la naturaleza, el diálogo platónico, especialmente cuando este dice: “los cuerpos que nos rodean nacen ciertamente del fuego, la tierra, del agua y del aire; pero el fuego, la tierra, el agua y el aire son a la vez cuerpos compuestos, cuyos elementos es preciso determinar (1972:835)

Conviene resaltar, ya para finalizar que Eunice Odio crea sus cuentos a partir de una estructura.  En sus cuentos no hay ningún aspecto azaroso. Es necesario recordar que la escritora no consideraba que su obra fuera de carácter surrealista como algunos la han intentado definir.

Sin embargo, al leer este último cuento, muy diversos aspectos producen la irrealidad propia del surrealismo, como, por ejemplo, la presencia del niño pregonero que sujeta y lleva atado un hilo y cree que se trata de un caballo. Si Eunice Odio hubiese sido pintora, sin duda los lienzos tendrían dibujos perfectamente trazados. Así trabajaba ella. Corregía al máximo palabra por palabra, línea por línea hasta lograr prosas y poemas acabados.  En muchas ocasiones un texto ya publicado lo volvía a analizar y transformar. Ciertamente, la escritora escogió el sendero que debe prevalecer.

Bibliografía consultada

Platón (1972) Timeo. EDAF, Madrid, España

Todorov, Tzvetan. (1981). Introducción a la literatura fantástica. México 12, D. F.

Von Mayer-Chaves, Peggy (2017) Editora. Obras Completas, tomo III.


Mía Gallegos Domínguez. Nació en Costa Rica en abril de 1953. Es escritora, periodista. Cuenta con una Maestría en Estudios Latinoamericanos de Universidad Nacional de Costa Rica.

Ha publicado libros de poesía, de cuentos y de ensayos. Sus libros de poesía: Golpe de Albas, Los Reductos del Sol, Los Días y los Sueños, El Claustro Elegido, El Umbral de las Horas. Cuentos y prosas poéticas: La Deslumbrada, y un pequeño poemario sobre volcanes de Costa Rica que lleva el título de La Princesa del Rualdo y otros poemas, edición de la Editorial Montemira en el año 2022
Ensayo: Tras la huella de Eunice Odio en el año 2019, bajo el sello editorial de la Universidad Estatal a Distancia. En el campo del ensayo publicó el libro titulado Una mirada decolonial sobre la novela Limón Blues de Anacristina Rossi, este libro fue publicado por la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.

En el año 2020 se publicó una Antología de su poesía en la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. La Editorial Nueva York Poetry Press publicó su poemario Es polvo, es sombra es nada en el año 2022.  Ha recibido numerosos premios y reconocimientos en el campo de la literatura. Ha publicado alrededor de siete poemarios. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués. Sus poemas figuran en antologías latinoamericanas y de España. En 1985 participó en el Programa de Escritores en la ciudad de Iowa en los Estados Unidos. Ha recibido en tres ocasiones el Premio Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía. También fue galardonada con el Premio Joaquín García Monge por el programa de televisión Galería.

En el año 2023, gracias a una beca del Ministerio de Cultura realizó la escritura de 20 guiones de radio sobre mujeres importantes de la historia de Costa Rica.

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