Eunice Odio y Claudia Lars o el rescoldo de la poesía

Eunice Odio y Claudia Lars, dos de las grandes poetas de Centroamérica en el siglo XX, tuvieron una amistad cercana. Denise León, a partir de las huellas que ambas dejaron en términos de correspondencia y coincidencias, reconstruye un fragmento específico de «las redes de religación femeninas en América Latina a partir de las figuras, los vínculos y las trayectorias errantes» de ambas poetas. El presente trabajo fue publicado anteriormente en Revista Istmo.

Denise León | Poeta y ensayista argentina

Resumen: A partir de las huellas dispersas en la correspondencia y los ensayos de Eunice Odio (1919-1974) se puede atisbar el vínculo entre ella y Claudia Lars (1899-1974). Ambas poetas compartieron una estrecha amistad, criterios estéticos, admiración mutua, solidaridad y un intercambio de correspondencia que hasta el momento permanece inaccesible o extraviado más allá́ de un fragmento conservado en la correspondencia que Odio le dirigió́ a Juan Liscano. A partir de estas huellas, el presente ensayo reconstruye e ilumina un fragmento específico de las redes de religación femeninas en América Latina a partir de las figuras, los vínculos y las trayectorias errantes de Odio y Lars. El objetivo de la propuesta consistirá́ en investigar los modos en los que ellas se relacionaron, se construyeron y fueron construidas como figuras públicas en un contexto de deliberado silenciamiento de las prácticas y los lazos culturales femeninos.

Palabras clave: poesía centroamericana, misticismo, redes de religación, Eunice Odio, Claudia Lars

Recibido: octubre de 2023; aceptado: julio de 2024.

Cómo citar: León, Denise. “Eunice Odio y Claudia Lars o el rescoldo de la poesía”. Istmo. Revista

virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos 47 (2023): 36-54. Web.

El rescoldo de la poesía

En Informe sobre ectoplasma animal el escritor argentino Jorge Larraquy imagina una ciencia, una máquina –y también textos, claro– destinados a hacer ver esos espectros que permanecen en lo real y que, de alguna manera, lo perturban y lo interrumpen. Esta ciencia de los espectros, vinculada desde sus orígenes a la ficción, se instala en una línea de oblicuidad desde donde interpela eso que llamamos presente pero también reorganiza el terreno de la escritura, la literatura y la relación con el pasado. El Informe de Larraquy, como anota Gabriel Giorgi, es un “informe sobre un saber que no fue pero que pudo haber sido” (14), un texto que trabaja con elementos que permanecen virtuales y que necesitan de un umbral como la palabra o la literatura para poder emerger. Esta ciencia que imagina Larraquy funciona como un saber de y sobre los espectros y sobre los umbrales de los mundos que se conjugan en torno a ellos.

Traigo a este ensayo la idea de una ciencia espectral que persigue un saber posible sobre la supervivencia de los restos o de los sedimentos que impactan en el tejido de lo vivo para llevar adelante mi hipótesis: esta consistirá en iluminar un fragmento específico de las redes de religación en Centroamérica a partir de las figuras, los vínculos, los afectos y las trayectorias errantes que tejieron las poetas Eunice Odio (Costa Rica, 1919-1974) y Claudia Lars (El Salvador, 1899-1974). Tal como han señalado Ana Pizarro en La literatura latinoamericana como proceso o Susana Zanetti en Modernidad y religación: una perspectiva continental (1880-1916) –textos fundamentales para el corpus crítico contemporáneo– entre los posibles hilos conductores para el estudio de la literatura latinoamericana, el de los fenómenos de religación es uno de los más productivos. Los fenómenos de religación consistirían, desde esta perspectiva, en los múltiples vínculos que las productoras y los productores culturales establecen entre sí, más allá de las fronteras nacionales, tales como encuentros, lecturas, correspondencia, red de envíos, generando un entramado sutil que sostiene al objeto que solemos llamar literatura.

Pero, si la categoría de religación funciona como una matriz teórica clave que cifra “los múltiples contactos y vínculos que hicieron, que hacen, del modernismo una propuesta continental, un emergente privilegiado para examinar un peculiar momento de intensidad y expansión de la literatura latinoamericana” (Basile 253) es posible advertir que, aún hoy, el relato que la crítica construye y difunde en torno a los mencionados fenómenos de religación en América

Latina y el Caribe, se ha empeñado demasiadas veces en ignorar o dejar fuera las trayectorias, las obras, los vínculos y los lazos entre mujeres poetas y escritoras, sometiéndolos a un deliberado silenciamiento o a una condición más bien espectral.

En este sentido, es posible afirmar que la obra de la poeta costarricense Eunice Odio está hecha también de su nada. Esta afirmación es legítima no sólo porque parte de sus papeles personales, correspondencia o textos se encuentran perdidos o dispersos y fuera de los canales de circulación simbólica a pesar de los esfuerzos de Jorge Chen Sham, Rima de Vallbona, Peggy von Mayer, Asunción Lazcorreta, Juan Liscano, Tania Pleitez Vela –entre muchos otros–, sino también porque los textos y poemas que sí se han conservado insisten en lo que Felipe Cussen llama “poéticas negativas”, es decir, materiales que dan cuenta de una serie de experiencias que se sitúan en los límites del lenguaje, lo exceden, lo interrumpen o lo deshacen, tal como han señalado místicos y místicas de distintas confesiones. Las poéticas negativas “van en contra del lenguaje, lo violentan permanentemente tratando de extraer de él, justamente, lo indecible” (Cussen 21).

Asimismo, tal como señalan Mónica Albizúrez Gil y Tania Pleitez Vela en su introducción al dossier Mujeres centroamericanas: autorías y escrituras dispersas en lo global (1890-1980), la construcción autorial de las mujeres centroamericanas en muchos casos está ligada a la dispersión y a los desplazamientos geográficos, dentro y fuera del istmo. Esta necesidad de cartografiar materiales dispersos resulta particularmente adecuada si se atiende a las trayectorias literarias y vitales de Odio y Lars y sus “vectores de movimiento”. Si bien nació en Costa Rica y vivió allí durante su juventud, Eunice Odio se nacionalizó guatemalteca en 1948 luego de haber ganado el Concurso Centroamericano de Poesía “15 de septiembre”, con Los elementos terrestres, siguiendo una trayectoria similar a la de su amiga Yolanda Oreamuno. Vivió allí al menos hasta 1952, año en el que se desplazó a El Salvador, pero también época en la que realizó viajes a Nicaragua, Honduras y Cuba. A partir de 1955, se instaló en México, un camino también común para otras artistas y escritoras centroamericanas, como apuntan Albizúrez Gil y Pleitez Vela, hasta su muerte en 1974, excepto por un interludio entre 1959 y 1962 en el que residió en Estados Unidos vinculándose a algunos de los representantes de la generación beat. En cuanto a la trayectoria de Claudia Lars, varios años mayor que Odio, también existieron desplazamientos significativos. Como señala Carmen González Huguet en el cuidadoso estudio que precede a su poesía completa, nacida en El Salvador, Lars viajó en su juventud a Estados Unidos donde vivió la mayor parte de la década de 1920 y conoció a su primer esposo. En 1927, regresaron a El Salvador y luego, entre 1929 y 1934, se establecieron en Costa Risa donde Lars publicó su primer libro Estrellas en el pozo. Ya separada, Lars regresó a El Salvador con su hijo. Se estableció en México entre 1943 y 1947 y trabajó adaptando historietas de Disney. Entre 1947 y 1949, vivió con su hijo en San Francisco y se vinculó con Gabriela Mistral. En 1949, contrajo matrimonio nuevamente y se mudó a Guatemala donde se desempeñó como agregada cultural. Hacia 1955, trabajó en el incipiente Departamento Editorial de El Salvador, país en el que se estableció definitivamente a partir de 1965.

Fotografía de la poeta salvadoreña Claudia Lars

Este breve recuento de las trayectorias de ambas poetas permite poner de relieve su condición nomádica y transnacional no solo como una curiosidad biográfica, sino para reforzar la importancia de las conexiones que estas y otras escritoras centroamericanas establecieron durante el siglo XX y que en el presente artículo es eje central bajo el nombre de redes de religación femeninas. Pleitez Vela y Albizurez Gil se refieren a ellas como “autorías centroamericanas dispersas” también teniendo en cuenta de que muchas escritoras centroamericanas producen y publican sus obras en países que no coinciden con sus lugares de origen. Estas itinerancias también le dan relevancia adicional al papel e importancia que tuvo la correspondencia entre ellas no solo para comunicarse sino para establecer y mantener las redes ya mencionadas.

Se sabe que la correspondencia de Eunice Odio conocida hasta el momento fue recogida en los tomos III y IV de sus Obras Completas, publicadas en Costa Rica en 1996 y luego reeditadas en 2017. En el tomo III, al cuidado de Peggy von Mayer, junto a su obra en prosa se incluye un apartado final titulado “Epistolario” que recoge cartas de la poeta dirigidas a Carlos Pellicer, Juan Liscano, Alfonso Chase e Ítalo López Vallecillos. Entre la correspondencia al escritor venezolano Juan Liscano se incluye, además, un fragmento de una carta que Eunice Odio dirigió a su colega y amiga la poeta Claudia Lars. Es la única pieza que se conserva de una correspondencia que, se supone, fue nutrida y se extendió en el tiempo. A partir de una lectura cuidadosa del texto es posible atisbar algo acerca del vínculo que ambas poetas construyeron a lo largo de los años: una estrecha amistad, criterios estéticos compartidos, admiración, solidaridad y un intercambio de correspondencia que hasta el momento permanece inaccesible o extraviado más allá del fragmento citado.

Considero, además, que es posible situar la producción poética de ambas escritoras como parte de una floración de la mística salvaje en el panorama de la poesía latinoamericana contemporánea escrita por mujeres. El concepto de mística salvaje o silvestre pertenece al filósofo francés Michel Hulin y, propuesto para estudiar aquellas experiencias y manifestaciones artísticas contemporáneas que, sin adscribirse a ninguna tradición religiosa particular, parecen merecer la condición de místicas, me permitirá sostener que tanto Odio como Lars reciben o roban el lenguaje de la mística judeocristiana y lo ponen a hablar en sus poemas en una versión libre, salvaje o silvestre. Si bien no es posible catalogar la variedad de la producción poética de ambas autoras, tal como nos recuerda Patricio Peñalver, “cierta mística podría o tendría que enlazarse, aunque esto parezca un salto anacrónico, con la filosofía contemporánea: con la filosofía que ha pensado –desde Kierkegaard, desde Nietzsche– los límites de la razón” (14). Así, no toda poesía mística es de cumplimiento amoroso, sino que en muchos casos se trata de poesía del destierro, donde un Dios que hiere y se sustrae es buscado apasionadamente por sus criaturas que lo imprecan desde la angustia y la sensación de incompletitud. Dentro de los círculos intelectuales latinoamericanos en los que ambas poetas se movieron con fluidez así́ como otras escritoras y artistas latinoamericanas de su generación, Odio y Lars no fueron las únicas en interesarse por el “éxtasis ascendente de las religiones”, tal como lo definió años más tarde Néstor Perlongher en una entrevista con Carlos Ulanovsky (333) y hacer sus propios recorridos por estas sendas que muchos suponían perdidas.

Trabajando entonces a partir de huellas y restos, de lo que podríamos llamar el rescoldo de la poesía, es decir, cierto fulgor que se desprende cuando el poema se apaga o se aleja, el presente ensayo se propone reconstruir e iluminar un fragmento específico de las redes de religación en América Latina a partir de las figuras, los vínculos y las trayectorias errantes de las poetas Eunice Odio y Claudia Lars. El objetivo de la propuesta es investigar los modos en los que ellas se relacionaron, se construyeron y fueron construidas como figuras públicas en un contexto de deliberado silenciamiento de las prácticas y los lazos culturales femeninos. De ahí la imagen evocadora de una ciencia de lo espectral con la que abrí el recorrido del presente ensayo: un encuadre que deshace un discurso preexistente para lanzar otro, a partir de la insistencia en una ciencia de la posibilidad que recoja y reconstruya lo que podríamos llamar una supervivencia, una sombra potencial de lazos, afectos y palabras entre dos artistas mujeres que fueron colegas y amigas, cuyas obras dialogaron el en tiempo y en el espacio. Una ciencia frágil, sin duda, hipotética y paradójica, que acompaña eso que llamamos literatura centroamericana de vanguardia escrita por mujeres.

Un archivo agujereado

Como se mencionó anteriormente, la correspondencia de Eunice Odio que se conoce hasta el momento fue reunida en los tomos III y IV de sus Obras Completas publicadas en Costa Rica en 1996 y luego reeditadas en 2017. El tomo III, al cuidado de Peggy von Mayer, recoge –entre otros materiales– versiones de las cartas que Odio envió a su amigo Juan Liscano, escritor y editor venezolano de la famosa revista Zona Franca, en las que se concentrará el presente ensayo. Es importante insistir en que estos materiales, tal como Liscano los publicó poco tiempo después de la muerte de Odio en el volumen titulado Antología: Rescate de una gran poeta, luego reproducidos con su autorización en las Obras completas, consisten en versiones de las cartas que Odio envió originalmente a su amigo y colega. El mismo Liscano se ocupa de aclarar en una “nota informativa” incluida en la segunda parte de su antología –titulada curiosamente “Eunice Odio por ella misma. Selección epistolar”– que él intervino los textos al menos en dos sentidos. En primer lugar, señala que “Eunice Odio no fechaba sus cartas” (69) y que por lo tanto él las ordenó en una cronología aproximativa. Y, en segundo lugar, menciona que ha omitido deliberadamente fragmentos y que ha escogido sólo aquellas confesiones que la enaltecen. En palabras de Liscano:

Eunice tenía una naturaleza apasionada, extrema, no desprovista sin embargo de lucidez, y por eso excluí de esta correspondencia juicios políticos suyos saturados de vehemencia tras el desencanto sufrido en la militancia ideológica, así como opiniones agresivas contra personas, entre ellos artistas y escritores. En nada la perjudicarán esas omisiones. En cambio, el material epistolar escogido ofrece a los lectores confesiones que la enaltecen; apreciaciones críticas válidas, anécdotas que ponen en evidencia su sensibilidad humana; su don de ternura, y también su sentido del humor y su gracia de narrar íntimamente; informaciones conmovedoras sobre su penuria económica; recuerdos de infancia cada vez más intensos a medida que se acercaba su fin; y lo más importante para ahondar en este poeta sin tribuna y sin auditorio: su depurada pasión por la poesía. (Liscano 69-70)

Me permito citar in extenso la nota aclaratoria de Liscano ya que la considero fundamental para apreciar el modo en el que muchas de las escritoras del período fueron leídas y cómo tanto sus obras como sus trayectorias y sus personas fueron intervenidas o seleccionadas por sujetos masculinos o intereses ajenos a ellas mismas. Si seguimos la lógica expuesta en el fragmento es posible apreciar que el modo de lidiar con “la naturaleza apasionada, extrema, no desprovista sin embargo de lucidez” (69), fue censurarla. Se sabe que, tal como señala oportunamente Nora Bouvet en La escritura epistolar, la práctica de desplazar cartas privadas al dominio de lo público implica siempre procesos de recopilación, selección y edición. La publicación no sólo “transgrede la  privacidad, rompe el secreto de la correspondencia, hace del objeto individual objetos serializados” (Bouvet 112). También reintroduce la correspondencia en un nuevo circuito comunicativo donde “el autor se desdobla en las figuras ambiguas del autor, el que escribe las cartas que se publican y el editor, el que las publica y con ello se convierte en autor de la publicación (selección, compilación, antología o recopilación)” (113). Evidentemente, algo de esto ocurre con la correspondencia publicada por Liscano quien se ocupa de intervenir los textos, ordenando, acotando o suprimiendo lo que considera oportuno, llenando algunas lagunas y huecos pero al mismo tiempo creando otros nuevos, construyendo una imagen de Eunice Odio desde su propia mirada y desde donde él considera que debe ser leída. Incluso sobre la tapa del volumen se insiste con letras rojas en la idea de antología y se aclara que tanto la selección como el orden de los textos pertenecen al antologador.

Debido a que no se cuenta hasta el momento con las versiones completas de las cartas ni con las respuestas que el propio Liscano le envió a Odio –ya que el editor de Zona Franca decidió no incluirlas en el volumen– resulta difícil saber hasta qué punto la versión que nos ofrece de la poeta ha sido intervenida o alterada. Sin embargo, tenemos algunas pistas en esa dirección. En el epílogo de su ensayo Eunice Odio y su sensual mundo poético, Anthony Robb refiere que tuvo la oportunidad de visitar Venezuela y contactarse con la viuda de Liscano quien le indicó que la correspondencia de Liscano “se había legado a dos bibliotecas” (164). En la Biblioteca Nacional de Venezuela Robb da con la única carta inédita de Eunice Odio a Liscano de la que se tiene noticia hasta el momento y cuyo contenido constituye para Robb “el discurso odiano más franco aunque incendiario” (164). Este material mecanografiado por la misma Eunice –al que también he podido tener acceso ya que aún permanece en la Biblioteca Nacional de Venezuela– permite atisbar que las versiones de Liscano omiten información importante y, al mismo tiempo, perpetúan también la censura que se ejerció sobre la palabra de Odio mientras vivía.

A esta altura se sabe ya que lo propio del archivo es su naturaleza agujereada y que, como afirmó Kafka en sus cartas a Milena, las cartas siempre engañan. Sin embargo, no deja de ser relevante aquí mencionar que el precario conocimiento acerca de la red de vínculos y la labor de las escritoras latinoamericanas hasta entrado el siglo XX ha dependido de testimonios sesgados, escritos en la mayoría por hombres, que construyeron relatos por momentos estereotipados y más ocupados en sus propios prejuicios que en dejar hablar a las escritoras por sí mismas. Es decir, al mismo tiempo que el fragmento de la carta dirigida a Claudia Lars en la que se concentra este ensayo gira en torno a lo que no puede decirse, es decir, a experiencias que interrumpen o deshacen el discurso y que apenas se consigue sugerir o representar desde el tartamudeo o la duda, también existe una condición de pérdida o de silencio en la correspondencia entre ambas mujeres en la medida en que esta no fue pensada para ser difundida, que se extravió, se dañó, fue intervenida o apropiada como parece haber sido el caso de Liscano aun suponiendo que este hubiera tenido las mejores intenciones.

A pesar de lo explicitado más arriba, o quizás justamente por eso, considero que es importante intentar reconstruir a partir de ciertas huellas en el fragmento de la carta dirigida por Odio a Claudia Lars –que Liscano selecciona, reproduce, numera como carta quince según su edición y fecha en abril de 1966– algo sobre los lazos afectivos y estéticos que ambas escritoras establecieron a lo largo de los años. Me interesa específicamente detenerme o hilar sobre tres cuestiones: en primer lugar, subrayar cómo a partir de su correspondencia, Odio busca construir un sentimiento de pertenencia, de vinculación, construyendo su propia familia metafísica, como veremos al adentrarnos en el análisis. Esta estrategia le permitió lograr algún tipo de inserción en un medio cultural y literario que le era francamente hostil. En segundo lugar, me interesa reconstruir la historia del vínculo entre Lars y Odio, probablemente iniciado durante el período en el que ambas coincidieron en Guatemala, a partir de 1947 cuando Odio obtuvo el Premio Centroamericano y luego se nacionalizó guatemalteca para residir allí durante varios años. Cualquiera sea el modo en que se establezca la cronología del vínculo entre las poetas, entiendo que no se ha insistido lo suficiente en la importancia del vínculo entre Odio y Lars para contextualizar la publicación de la que se considera la obra cumbre de Odio: El tránsito de fuego. Esta obra no casualmente vio la luz en El Salvador en 1957 gracias a la Dirección de Publicaciones e Impresos a la que se encontraba profundamente vinculada Claudia Lars.

Carta de Eunice Odio a Claudia Lars, tomado del Tomo III de las Obras Completas de Eunice Odio, editadas por Peggy von Mayer, UCR, 2017.

En diversos textos críticos se repite una curiosa anécdota atribuida a Peggy von Mayer en la primera edición de las Obras completas de Odio:

Odio envió el manuscrito por correo postal desde México para participar en el Certamen de Cultura de ese país. Al parecer, los encargados no retiraron el envío a tiempo y, por lo tanto, no fue considerado en la premiación. Sin embargo, debido al gran valor del poema, se consideró que era imprescindible publicarlo. Así, en diciembre de 1957, el libro salió impreso con el sello del Ministerio de Cultura de El Salvador y, además, se le otorgó a su autora el equivalente a la mitad del segundo premio. (Pleitez Vela, “Eunice Odio” s.p.)

Quizás sea momento de pensar también qué rol pudo haber jugado Lars, “excelsa poetisa salvadoreña contemporánea e íntima amiga de Eunice Odio” (20) según los testimonios que Mario Esquivel recoge en su ensayo Eunice Odio en Guatemala. Recordemos también que Hugo Lindo, primer editor de la Dirección de Publicaciones e Impresos, fue amigo cercano tanto de Lars como de Odio. Asimismo, no es descabellado pensar que algunos de los miembros del jurado del Certamen Nacional de Cultura de El Salvador pueden haber sido conocidos por Lars y aceptado la posibilidad de considerar el texto de Odio incluso fuera de término y de apoyar su publicación. Finalmente, me interesa enfocarme en los argumentos a partir de los cuales Odio se niega a que Lars publique (posiblemente en la revista Cultura que Lars dirigió entre 1962 y 1970) el relato de “los extraños hechos relacionados con el Arcángel Miguel” (Obras completas 417) que la poeta experimentó y relató a través de cartas a algunos de sus amigos más íntimos y también a quien fuera su segundo marido, el pintor Rodolfo Zanabria. Considero que los argumentos esgrimidos por Odio nos dicen algo acerca de los peligros que acechan a una mujer que a mediados del siglo XX elige una tradición humillada como la de la mística para dar cuenta de su experiencia sobre el mundo y sobre sí misma.

La familia metafísica

Consciente de desenvolverse en un canon masculino y de ser marginada por sus opiniones políticas en contra del comunismo y también por lo peculiar de su estética, es posible afirmar que Eunice Odio desarrolló sus propias “tretas”. El concepto de “tretas del débil” fue propuesto por Josefina Ludmer para pensar los modos en los que los sujetos subalternos intentaron lidiar y polemizar con los espacios establecidos del saber durante el período colonial en América Latina (Ludmer s.p.). La escritura de Eunice, como la de Sor Juana según Ludmer, funciona como una “máquina transformadora” que se sirve de ciertos elementos que tiene a la mano para ser considerada por sus pares y sentirse parte de un colectivo dentro de la cultura vanguardista centroamericana. Sostendré aquí que, una de esas tretas, consistió en la deliberada fabricación a lo largo de los años de una especie de “hermandad artística” a través de su correspondencia y también de sus ensayos donde ejerció la crítica también como una forma de la autobiografía. Como mencioné al comienzo del ensayo de momento sólo se encuentra disponible una pequeña parte de la correspondencia que Eunice escribió a lo largo de su vida, pero se supone, a partir de testimonios de amigos y colegas, que Odio envió cartas en grandes cantidades a diferentes personalidades del mundo artístico e intelectual.

El tipo de vínculo al que apela Odio cuando se dirige a sus interlocutores es el de la hermandad. Por ello, no es casual que en la misiva dirigida a Lars que Liscano reproduce se refiere a ella como “Hermanita del alma” (Odio, Obras completas. Tomo III 416) y luego vuelve sobre la idea de hermandad a medida que el texto avanza: “eres la mejor hermana que no parió mi madre” (416), “conocerte es un espectáculo maravilloso; tenerte por amiga un privilegio que sé apreciar” (416). Este vínculo, además de referirse al vínculo biológico entre hermanos o hermanas hijos de una misma madre o un mismo padre, juega con la idea de una cofradía, es decir de un conjunto de personas reunidas en torno a una devoción religiosa como sucede con las distintas órdenes bajo las cuales se agruparon beguinas y monjas y también para distintos grupos vinculados con  la masonería y el ocultismo que fueron prácticas que interesaron a la poeta a lo  largo de toda su vida. En su ensayo “Cuatro poetas salvadoreños”, publicado en 1964 en Cultura, la revista dirigida por Lars, Odio se refiere a su amiga como “una de las pocas monjas de la poesía” (146), mientras que en el fragmento reproducido por Liscano dice de Lars que “perteneces al cielo” (Obras completas. Tomo III 416), y que “lo único que he envidiado es ese modo de ser tuyo, tan más allá de la terrenalidad” (416).

Justamente, esta familia construida por Odio a lo largo de los años es, según ella misma refiere en su primera carta a Alfonso Chase, su “familia poética, la menos abundante de toda la poesía y la menos comprendida: la familia de los poetas metafísicos; es decir de los que no buscan en el exterior de las cosas sino su internidad misteriosa y, sobre todo, la profundidad del SER” (Obras completas. Tomo III 474). Resulta evidente que la construcción de linajes y espacios imaginarios funciona como un elemento central en el tejido de las redes de religación. Cada autor o autora elige a sus precursores, entabla relaciones con sus pares, se acerca o se aleja de sus contemporáneos, en fin, se posiciona como heredero o renovador para legitimar su propio proyecto. En el caso de Odio, la poeta estableció una vinculación entre su carrera literaria y su aproximación personal a Dios o lo divino que se imbrica en sus cartas, sus ensayos o sus comentarios profesionales. Desde la perspectiva de Odio, como desde la de muchos escritores románticos, el poeta es un puente, un sacerdote entre la noche sagrada de los dioses y el mundo de los hombres. De ahí la idea de la familiaridad con los poetas metafísicos.

Es posible encontrar fragmentos dispersos de esa conversación que Eunice estableció con la divinidad a lo largo de toda su correspondencia y sus ensayos críticos. Me refiero, por ejemplo, a la idea del poeta como “un buscador de Dios” al que solo encuentra “en el fondo de todos los hombres” (Odio, Obras completas. Tomo III 373), desarrollada en la carta que Liscano numera como 3, o la bellísima teoría resumida en la posdata de la carta numerada como 5, donde refiere la idea de un Dios músico que “nos está cantando una balada continua; y lo que sucede es que nosotros no la oímos” (383) –teoría que inevitablemente nos remite a una idea similar propuesta siglos atrás por Hidelgarda de Bingen, la sibila del Rhin–. Por razones de extensión, pero también pensando en el vínculo que Odio estableció con Lars, objeto de estudio del presente ensayo, me interesa concentrarme en esta oportunidad en el modo en el que la poeta construye un origen posible para esa familia metafísica de la que siente parte en las notas preliminares que escribió para el ensayo “Cuatro poetas salvadoreños”, publicado en 1964, en el número 33 de la Revista Cultura, dirigida, como ya dijimos, por Claudia Lars.

En este texto breve, que es posible leer como una “breve antología personal”, Odio trama un linaje posible para los poetas salvadoreños seleccionados, pero también para sí misma. Así, desde el comienzo de la pieza, establece una distinción entre dos líneas posibles para el romanticismo hispanoamericano: por un lado el que “se nutrió particularmente de España, país adonde llegó tardíamente y los poetas, con excepciones rarísimas, se atuvieron a la retórica más que a la esencia, a la letra más que al espíritu del romanticismo” (“Cuatro poetas” 145), y que para Odio es un “romanticismo exterior o intrascendente” incluso “alejado de las fuentes genuinas”(145); y por otro, “el romanticismo alemán que toma elementos del irracionalismo y el misticismo tradicionales” (146) que es “la esencia misma del romanticismo” (146) y se vincula con “el pensamiento y la acción mágicos”, “la metafísica y su resultado más común, la mística” (146).

Odio sitúa a los poetas seleccionados en esta segunda línea insistiendo sobre el final en que “no existe una contradicción entre cuanto dice su producción literaria y lo que hacen en la vida. No se trata, ni por asomo, de una ‘posición retórica’. Viven, ejemplarmente, de acuerdo con su sensibilidad poética” (146). Es un vivir “trascendentalmente”, insiste y, sin titubear, sitúa a los poetas seleccionados en la esfera de un pensamiento romántico atemporal: “Los poetas que presentamos se entroncan vivamente con los románticos de todos los tiempos en general y, en particular, con el romanticismo alemán que toma sus elementos del irracionalismo y el misticismo tradicionales” (145-146).

La onda expansiva de este prólogo alcanza rápidamente a la misma Odio  cuya producción bien podría ser calificada como un fruto extraño del Romanticismo, ya que hizo de la poesía un absoluto, una especie de religión, una forma de estar en el mundo persiguiendo el rastro de los dioses huidos, ligada a la magia y lo sobrenatural. Si bien la poeta no nombra de manera explícita a Hölderlin entre los maestros románticos a los que menciona en el ensayo, muchas de sus ideas sobre los poetas como los encargados de tomar el rayo donde alguna vez alumbró la palabra inicial para entregarlo al mundo en forma de poemas o cantos, o la idea del poeta como una especie de mediador entre hombres y dioses –tarea que lo deja prácticamente en la intemperie– son de evidente raigambre hölderliniana. Baste citar el último párrafo de la carta que Juan Liscano numera como 3:

El poeta tiene el secreto del ser del hombre y le dice al hombre cómo Es él y cómo Es Dios. Pero sólo tiene ese secreto cuando, literalmente, entra en el hombre, vaya, cuando llega a poseerlo, cuando es el más VERDADERO y amante prójimo –o próximo–, del hombre. Y cuando eres dueño de esos secretos es que estás en Dios. Y se acabó. Si el Nirvana está en el camino de la poesía, el poeta lo halla sin buscarlo. (Odio, Obras completas. Tomo III 374)

En el fragmento citado es posible percibir el trabajo con las mayúsculas para remarcar los distintos planos de la realidad tal como la concibe la poeta, quiero decir, el plano divino, el verdadero, el ligado al ser con mayúsculas, y el plano de lo terrenal o no elevado con minúsculas. Nótese también la combinación de elementos que provienen de distintas búsquedas espirituales como las de las religiones orientales con la idea de la divinidad judeo cristiana. En este sentido, no pocos escritores románticos combinaron el anhelo de disolución búdico panteísta con la idea del sacrificio crístico y la ausencia de Dios. También será fundamental para la conformación de la familia metafísica, otra idea de raigambre romántica: la marginalidad incluso sacrificial y la falta de reconocimiento a los poetas. Odio insistió sobre esta idea en repetidas ocasiones pero la desarrolló  en detalle en la carta numerada por Liscano como 7 bajo la denominación de “inidentificación metafísica” (Odio, Obras completas. Tomo III 389).

Fotografía del escritor venezolano Juan Liscano

Tal como lo entiende Odio, el poema es un diálogo desesperado en la medida en que, tal como le pasó al profeta Elías o al mismo Cristo, “ellos no fueron vistos por lo que son” (389), no fueron reconocidos. “El creador extraordinario, el arquetípico, es el más inidentificado de todos –a mayor poesía, mayor luz; por lo tanto, mayor deslumbramiento y ceguera general–. Nadie cree que es lo que es y, por lo mismo, la identificación es imposible” (390). Y, continúa  la poeta unos párrafos más abajo, “como a Elías, el profeta, al poeta lo tienen ‘en nada’ y lo hacen padecer. Y, muchas veces, como a Cristo, lo matan” (390). Justamente porque se siente parte de un conjunto poco abundante y comprendido, ninguneado y maltratado hasta la muerte, es que Odio experimenta la necesidad de crear lazos, de crear comunidad, de tejer redes que la sostengan a ella y a su obra. Al mismo tiempo que comparten intereses estéticos comunes, los sujetos que Odio incluye en su familia parecen tener en común también una posición de exclusión y discriminación en el ambiente literario. Es esta comunidad, de la que ciertamente Lars forma parte, la que permite soportar la noche del mundo y la que, en tiempos de indigencia, debe contener y preservar las divinas palabras.

Historia de un vínculo

En la carta numerada como 14 por Liscano, Odio le anuncia que adjuntará su respuesta ante un pedido similar que le ha hecho Claudia Lars como un modo de responderles a ambos, pero también incluye un breve párrafo donde de algún modo la presenta y describe su relación:

Claudia Lars se llama Carmen y sus amigos íntimos la llamamos “Camencha”. Es una criatura tan luminosamente buena y sabia, que me parece un milagro que haya vivido tantos años. Nos profesamos un enorme y mutuo afecto, desde hace cien mil estrellas y, como te digo, considero que tenerla por amiga es una gracia divina. ¿Nunca le has pedido poemas? Y antes que vuelva a olvidarlo: te podría mandar una lista nueva de personas que se interesan en Zona Franca. (Odio, Obras completas. Tomo III 413)

En el fragmento citado, Odio da cuenta de lo íntimo y de lo antiguo de su vínculo con Lars. Si, de acuerdo con la cronología que establece Liscano, esta carta fue escrita en abril de 1966, es posible remontar el vínculo entre ambas poetas al menos hasta 1947-1948 cuando, según apunta Mario Esquivel en Eunice Odio en Guatemala, “luego de su triunfo literario, se dedica a dar recitales y charlas” (17) en distintos países como Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Con “triunfo literario”, Esquivel se refiere por supuesto al premio centroamericano “15 de septiembre”, otorgado por el gobierno guatemalteco en el año 1947 y que significó la consagración de Eunice Odio en el medio centroamericano con su primer libro de poemas Los elementos terrestres. En la “Biografía de Eunice Odio” que Peggy von Mayer incluye en el Tomo IV de las Obras completas dedicado a su poesía, la estudiosa indica que Odio conoció a Lars en El Salvador en 1948, seguramente como parte de ese viaje de difusión de su poesía que generó la estela del premio. Es importante mencionar aquí que, en su crónica de los hechos, Esquivel señala que el premio otorgado a Odio fue compartido con Hugo Lindo, poeta salvadoreño amigo y colega de Claudia Lars.

Además, gracias al estudio llevado adelante por Carmen González Huguet que se mencionó con anterioridad, sabemos que en 1949 Lars fue nombrada Agregada Cultural en Guatemala y que rápidamente se integró a la vida cultural de ese país. Fue también durante este período que conoció al escritor guatemalteco Carlos Samayoa Chinchilla, quien fuera su segundo marido. Es decir, que cuando, gracias a las gestiones de Yolanda Oreamuno, Eunice Odio se nacionalizó como guatemalteca y se estableció en el país hasta 1953, ambas escritoras coincidieron y formaron parte del medio intelectual y cultural guatemalteco. Ambas coincidieron también en las páginas de la prestigiosa revista Repertorio Americano, bajo la dirección del escritor y gestor costarricense Joaquín García Monge. Si bien es cierto que Lars era varios años mayor que Odio y que comenzó a colaborar con la revista en 1921, lo hizo hasta 1948 cuando ya la poeta costarricense publicaba también en la revista. Considero que no se trata de un detalle menor ya que el número de mujeres poetas cuyas publicaciones se incluían en la revista era lo suficientemente pequeño como para llamar la atención las unas de las otras.

Respecto de algunos datos concretos del vínculo entre Lars y Odio resulta interesante destacar un artículo de Luis Canizalez titulado “Dos mujeres contra la pena de muerte”. El artículo, centrado en el caso de un reo, Amadeo Sánchez Quezada, condenado al patíbulo en El Salvador y en el debate en torno a la pena de muerte, en el apartado “Muertes, muertes, muertes”, señala que en 1953 Eunice Odio se encontraba en El Salvador donde “tenía buenos amigos pero sobre todo una enorme hermandad con Claudia Lars” (Canizalez s.p.) y que, conmovida por el caso de Sánchez Quesada, escribió un reportaje titulado “La ley quiere que muera” generando reacciones adversas en algunos intelectuales salvadoreños como Luis Gallego Valdés. El artículo señala que, en cambio, Lars defendió la tesis de su amiga citando un texto cuya procedencia no se aclara:

El reportaje que Eunice Odio publicó en edición de este diario, con motivo de la visita que la conocida poetisa y escritora hizo a Amadeo Sánchez Quezada en su celda de condenado a muerte, fue como una terrible acusación a la sociedad salvadoreña, como una urgente llamada a la conciencia de todos nosotros. Fuera de su magnífica y novedosa calidad periodística –tan de Eunice– para encontrar y dar vida a todo un cuadro; fuera de los matices del caso tristísimo, presentados al lector con piedad, vergüenza y ternura; fuera de todo eso, tan digno de elogio, está la culta esencia del escrito… Eunice critica el Código Penal de El Salvador –¡y qué bien lo critica!– y ataca con su pluma de mujer fuerte a mucha gente que debe atacar. (Canizalez s.p.)

A partir del fragmento citado por Canizalez, cuya procedencia, como se mencionó, no se establece, pero seguramente forma parte de la investigación llevada adelante por el periodista y que se publicó en 2022 bajo el título El rastro de la memoria: Eunice Odio en El Salvador, es posible confirmar algo sobre los lenguajes y gestos de solidaridad a los que debieron recurrir las escritoras desde tiempo antiguos para ser escuchadas. Una poeta se atreve a criticar el código penal de un país, un código que remite a las leyes, a leyes hechas por hombres y otra poeta la defiende. La reconoce. Escucha lo que dice su pluma y le atribuye fortaleza. Reconoce que es tierna pero también que es culta, que su escrito tiene calidad y que su reclamo es válido. Rebeldes y disidentes, ambas poetas insisten en el derecho a hablar y a ser escuchadas. Sin el apoyo de otras mujeres capaces de tejer nuevos espacios, esto no hubiera sido posible.

Bajo esta luz cobra otro sentido el hecho de que la edición princeps de El tránsito de fuego haya sido salvadoreña a pesar de “el clima intelectual centroamericano” que “se mostraba poco inclinado al estudio riguroso de la filosofía y la reflexión sobre la lengua” (Pleitez Vela, “Ion euniciano” 14). De hecho, Peggy von Mayer, editora de las obras completas de Odio, no encuentra ningún rastro en los periódicos nacionales que recoja la repercusión o alguna reseña acerca del volumen. Sin embargo, sabemos que El tránsito de fuego se concibió entre viajes y en diferentes países, que probablemente se terminó entre México y Guatemala, pero que como mencionábamos al comienzo del ensayo, se publicó en El Salvador gracias a las gestiones de Lars, quien trabajaba en ese momento en la Dirección de Publicaciones e Impresos. La relación de Lars con el texto queda plasmada también en algunos fragmentos de la carta que Liscano reproduce y en la que Odio le consulta sobre los ejemplares restantes, así como sobre la posibilidad de una segunda edición:

En tu breve carta no me contestaste nada de lo que te pregunté acerca de los ejemplares de El Tránsito de Fuego. Repito ahora: en México son prácticamente una legión los que desean tenerlo. Varios de los “anhelosos” (sin exageración), me han pedido reiteradamente, que yo lo pida “en grandes cantidades” y que lo venda a ellos […]

No sé si te dije en mi carta, que probablemente vaya al sur de América: Chile y Venezuela. Si el viaje se lograra, no dudes de que pasaría por El Salvador. Pero lo que quiero saber es si hay ejemplares de El Tránsito, porque temo que esté agotado. ¿Qué hay de eso? Además de la demanda en México, hay otras personas a quienes querría regalar el libro. Por ejemplo: a Juan Liscano, el director de ZONA FRANCA. Y no puedo materialmente. Si fuera al sur, me imagino que allá habrá algunas pocas personas que también querrían el libro. Necesito que me digas de cuántos ejemplares podría disponer y si la edición está en trance de agotarse. Parece que aquí hay interesados en una 2a edición. (Odio, Obras completas. Tomo III 416)

En el fragmento citado, escrito según la cronología establecida por Liscano, nueve años después de la publicación de El tránsito de fuego, resulta claro el papel que Lars ha tenido en la publicación del texto. Odio se dirige a ella como editora o albacea de esa primera edición y le consulta acerca de los ejemplares restantes de la misma, también por aquellos ejemplares de los que podría disponer en caso de concretarse su viaje al sur, y también es a ella a quien le insinúa la posibilidad de una segunda edición del texto lo que implica que algo ha tenido que ver con la primera.

Preferiría no hacerlo

En la carta a Liscano en la que, como se vio, Odio presenta a Lars como su amiga íntima para luego adjuntar su doble negativa (a Liscano y a Lars) a publicar sus experiencias sobrenaturales, aparece una mención donde se vincula a Lars con la luz. Es una criatura, dice, “luminosamente buena” y vinculada con “la gracia divina” (Odio, Obras completas. Tomo III 413). La luz fue una preocupación estética y existencial en el universo odiano. Escribió relatos y ensayos sobre la luz en la obra de diferentes artistas como Rufino Tamayo (“Tamayo y el reino de la luz” [ 1962]), Rodolfo Zanabria (“El tiempo luminoso de Rodolfo Zanabria” [1964]) o los surrealistas mexicanos. Asimismo, el universo visionario de la poeta, descripto en sus cartas, estuvo vinculado a la luz. Es posible el acceso a las cartas que Odio le escribió a Liscano y también a Rodolfo Zanabria describiéndoles las visiones intempestivas de pequeños corpúsculos de luz, pero, aunque sabemos por la antología de Liscano que Odio también le escribió a Lars una carta “relatando los extraños hechos relacionados con el Arcángel Miguel” (Odio, Obras completas. Tomo III 417), ese material se encuentra, de momento, perdido. Sólo contamos con los argumentos que ofrece Odio a Lars (y a través de ella a Liscano) para negarse a hacer públicas sus experiencias. Cito in extenso:

No se pueden publicar fragmentos de mi carta relatando los extraños hechos relaciona dos con el Arcángel Miguel. Y te voy a dar razones.

  1. Tú sabes que esas cosas no son comunes. Por lo tanto, la mayoría de la gente no cree en ellas. Antes que tú, me pidió lo mismo Juan Liscano. También él quiso publicar lo mismo que tú. Tú y Juan creen que cada uno de nosotros somos una isla, rodeada de Dios o El Gran Misterio. Pero ¿no te das cuenta de que ustedes dos y yo, formamos parte de un mínimo porcentaje de creyentes? Cuando una cosa así se publicara, la mayoría creería que me he vuelto loca; o que he llegado a chochear antes de ser anciana, o que soy esquizoparanoide. […] Y a mí no me gusta, Camencha, ser interesante y fenomenal. Eso bien lo sabes porque tenemos años luz de conocernos. Creo que lo único interesante de mí –si es que lo es– es mi poesía. Pero yo no. ¿Yo por qué? Detesto las biografías.
  2. No sólo no me gusta, sino que hasta me hace sufrir, ver mi intimidad en letras de molde. Los asuntos de mi vida privada son privadísimos y, por lo general, no los sabe nadie excepto yo. Pero si los que se podrían llamar asuntos de la vida privada, los ignora la mayor cantidad de gente, los que se podrían llamar asuntos de la vida secreta, tienen que ser todavía más secretos que los otros. Pero es que, además de secretos, considero sagrados estos asuntos. Por lo tanto, ¿cómo podrían andar en brazos, ojos, lengua de todo el mundo? […] Estas cosas las sabe muy poca gente, porque evito hablar de ellas. Cuando lo hago, es con motivos fundados. A Juan Liscano le conté los extraordinarios hechos, porque lo veía –y me lo dijo así–, en crisis de fe. A ti, te lo referí todo, porque sabes mucho de lo oculto, y creí que podrías darme alguna luz. (Odio, Obras completas. Tomo III 416-417)

Los argumentos que ofrece Odio para negarse a la publicación sugerida por sus amigos son interesantes en muchos sentidos. Si, como señala Victoria Cirlot en su ensayo sobre Juliana de Norwich Visión en rojo, durante la Edad Media la principal limitación que encontraron las mujeres para dar cuenta de sus experiencias místicas era la posible procedencia demoníaca como fuente de esas imágenes, en un momento histórico de mayor desacralización como el que compartieron Lars y Odio, los peligros que acechan a las visionarias son otros: ser acusada de locura, de “chocheo” o demencia senil, de ser esquizoparanoide o, peor aún, ser catalogada como “interesante y fenomenal”. Odio teme ser ridiculizada por sus contemporáneos o acusada de locura. Es sabido que el estigma de la locura cayó innumerables veces sobre las mujeres y lo femenino vinculadas por las sociedades patriarcales a lo ilimitado, la oscuridad, la maldad, la brujería, etc. La poeta, que se sabe rechazada por la mayor parte de los círculos intelectuales latinoamericanos de la época, simpatizantes del pensamiento de izquierda y la revolución cubana, anhela ser juzgada por su obra, por su poesía y no por sus experiencias vitales que, de todos modos, no serían comprendidas por quienes no forman parte “del mínimo porcentaje de creyentes” (Odio, Obras completas. Tomo III 417).

En cuanto a la segunda razón que ofrece para negarse, esta tiene que ver con la condición de secreto que rodea a todo hecho místico. Tal como señala Michel de Certeau en La fábula mística lo oculto organiza toda una red social. El secreto atrae o ata a una serie de interlocutores, esos “creyentes” a los que se refiere Odio y con los que ella intercambia estos “asuntos”, estos “extraordinarios hechos” que, de algún modo, son sagrados, es decir que no pueden ser mirados, hablados o tocados por personas no iniciadas o profanos. El secreto es una estrategia de protección. Además de la cualidad inefable del hecho místico, señalada tanto por estudiosos como iluminados, es decir, que se trata de hechos literalmente indescriptibles e intransferibles a quienes no los hayan experimentado, otra de las características de estos hechos tiene que ver con el secreto que rodea a todo misterio.

Esta confrontación entre un querer saber y un querer ocultar que implica todo secreto, aparece tramada también en el vínculo que Odio establece con Lars: confía en ella ya que tienen una amistad de muchos años como se explicitó anteriormente pero también reconoce en su colega a alguien “que sabe mucho de lo oculto” y puede ayudarla a entender sus experiencias. También es posible mencionar que, además de la selección que Odio toma del volumen Sobre el ángel y el hombre, la poeta salvadoreña había obtenido el segundo lugar de los Juegos Florales de la Feria Novembrina en Guatemala con sus “Sonetos del arcángel” que, en 1942 se publicarían en Repertorio Americano con claras connotaciones místicas y devoción ante la figura del arcángel. En los distintos sonetos, numerados del I al VII, se proyectan elementos de lo que, remitiéndome a Felipe Cussen, es posible mencionar como “poéticas negativas” o materiales que dan cuenta de una serie de experiencias que se sitúan en los límites del lenguaje, lo exceden, lo interrumpen o lo deshacen, y que conforman algunas de las líneas de contacto que es posible establecer entre las obras y los intereses de Lars y Odio.

En el segundo apartado de su estudio preliminar de la Poesía completa de Claudia Lars, Carmen González Huguet señala:

No tenemos elementos de juicio para dilucidar cuáles eran las prácticas religiosas de  Claudia Lars en su edad adulta. Pero, si acaso no era una cristiana practicante, de lo que no tenemos pruebas concluyentes, repito; en cambio es evidente que sí era creyente. La concepción teológica de la autora, que no es, ciertamente, elaborada desde presupuestos más o menos académicos; es, sin embargo, curiosamente heterodoxa. Y esto, en forma análoga al cristianismo de Gabriela Mistral, para quien Buda y Cristo están más cerca de lo que quisieran las jerarquías recalcitrantes. En la poesía de Claudia Lars está presente, aunque de una manera más bien sutil, y entre otros rasgos, la idea de la reencarnación, tan cara a los místicos indostánicos. Sería interesante objeto de trabajos especializados el estudiar su concepción teológica y su relación con corrientes de pensamiento, hasta cierto punto exóticas, que arribaron a estas tierras a principios del siglo XX, como la Teosofía y, concretamente, las teorías de Madame Blavatsky. (González Huguet, “2. Primera lectura” 69)

Es sabido que el padre de Lars, Peter Patrick Brannon, fue el fundador de la primera Logia Masónica de San Salvador y que tuvo contactos con la famosa Mme Blavatsky. Asimismo, se han estudiado las relaciones que otros escritores salvadoreños que formaron parte del círculo de Claudia Lars establecieron con la Teosofía como Salvador Salazar Arrué (Salarrué) o Vicente Alberto Masferrer, pero, como señala González Huguet, no se ha explorado lo suficiente sobre esta veta heterodoxa de Lars así como su interés en la mística indostánica. Este silencio bien puede atribuirse a la domesticación que sufrió la producción de escritoras mujeres en manos de colegas y críticos hombres que se ocuparon de destacar aquellos valores que consideraban femeninos como la pureza, la dulzura, la belleza o la maternidad, o también a las exclusiones generadas por la vanguardia tal como apunta George Yúdice en un artículo fundamental: “Sencillamente la crítica literaria suponía que la mujer poco tenía que ver con la ruptura, de ahí que se construyera una historia literaria en la cual las escritoras de esta época eran relegadas a una categoría fundada en criterios que dan relieve a la experiencia íntima y privada” (184).

Algunas conclusiones

A partir del recorrido propuesto en este ensayo, que se inició evocando la idea de una ciencia espectral, he intentado ponerme a la escucha de los vínculos y las redes que construyeron dos poetas centroamericanas contemporáneas: Eunice Odio y Claudia Lars. El hecho de trabajar con poetas mujeres que vivieron y publicaron durante la primera mitad del siglo XX requiere reconstruir su historia a partir de análisis detallados de paratextos, soportes y modos de circulación y difusión de los textos que conforman el corpus. Estos datos, que podrían ser irrelevantes en caso de otros textos, resultan ineludibles para comprender, precisamente, el sentido de la producción y las relaciones que establecieron poetas mujeres en un medio hostil. Odio y Lars –como otras escritoras del mismo período– se rebelaron en contra de una sociedad que tendía a relegarlas al espacio doméstico y en la que los hombres concentraban la mayor parte de las oportunidades pero también “contra un mercado cultural que era no solo diminuto, conservador, prejuicioso y limitado, sino extraordinariamente marginal en el contexto de Centroamérica: por eso todas partieron en búsqueda de horizontes más amplios” (Molina Jiménez VIII).

Recuperando huellas conservadas en textos intervenidos como la correspondencia de Odio editada por Juan Liscano o referencias respecto del vínculo entre ambas escritoras en testimonios y textos críticos como los de Peggy von Mayer, Mario Esquivel o Luis Canizalez la propuesta se concentró específicamente en tres cuestiones. En primer lugar, expuse a cerca de la necesidad de construir una comunidad o familia para insertarse en el medio literario pero también en una tradición mayoritariamente masculina. Esta actividad puede concebirse también como una forma de militancia y activismo social en escritoras que fueron condenadas a la esfera de lo íntimo por su condición de mujeres pero que, a pesar de las dificultades, militaron en diversas causas sociales y estéticas y se solidarizaron entre sí. En segundo lugar, se propuso historizar el vínculo estético y amistoso, las redes de religación que Odio y Lars construyeron a lo largo de los años. Una relación que generó no sólo un intercambio epistolar (del que apenas se conservan fragmentos) sino la reafirmación de la subjetividad de quienes se comunicaban en búsqueda de apoyo dentro del ambiente literario y cultural de la época, el diálogo diferido y también el apoyo material para comentarse, difundirse y publicarse en un medio definitivamente hostil. Finalmente, a partir de los argumentos que Odio esgrime para negarse a que, tanto Lars como Liscano, publiquen sus explosivas y misteriosas experiencias con lo sobrenatural, fue posible leer el temor al rechazo y la estigmatización de un medio dentro del cual se han deshecho los valores que la poeta considera esenciales. Tal como señala Michel de Certeau,

desde que la teología se profesionaliza, los espirituales y los místicos responden al desafío de la palabra. Por este motivo son deportados a la región de la fábula. Se solidarizan con todas las lenguas que todavía hablan, marcadas en sus discursos por la asimilación al niño, a la mujer, a los analfabetos, a la locura, a los ángeles o al cuerpo. Insinúan siempre algo extraordinario. (23)

El conocimiento acerca de los lazos, la correspondencia, la red de vínculos y la labor que escritoras como Odio y Lars tejieron a lo largo de sus vidas continúa siendo difuso, precario. Sus papeles personales, correspondencias y publicaciones en diversos soportes parecen compartir un destino trágico: la mayor parte de ese material se ha extraviado o fue destruido. Sin embargo, gracias a las citas o menciones de esos materiales hechos por distintas personas que las conocieron, o gracias a la intervención de amigos o estudiosos que pudieron rescatar o reproducir algunas fotografías y ciertos documentos –que por cierto funcionan al modo de la ectografía de Larraquy– es posible conocer algo acerca de su relación. Es decir, recuperando y capturando pistas o saberes de aquello que ya no está, pero tenemos noticias de que alguna vez estuvo, algo acerca de sus vínculos y los modos en que imaginaron el mundo ha llegado hasta nosotros. Es esa otra memoria, la que viene con la huella de materiales cuya existencia se asume pero que no tenemos en las manos, con la que este ensayo se propone trabajar. Trabajar con eso que se obstina y permanece, aunque los cuerpos y los papeles se hayan perdido. Y, en ese sentido, hemos tenido algo de suerte.

Pero, tal como afirma Mariana Gardella Hueso respecto de las poetas griegas, al trabajar con los materiales de Odio y Lars –pero también con los de otras escritoras del período– muchas veces tenemos la sensación de que “solo nos han llegado poemas incompletos, puñados de versos sueltos gravemente mutilados, que forman islas de palabras rodeadas de una falta que calla cada vez que se la interroga” (s.p.).

Obras citadas

Albizúrez Gil, Mónica, y Tania Pleitez Vela. “Introducción”. Lectora. Revista de dones y textua

litat 27 (2021): 19-45. Web.

Basile, Teresa. “Reseña sobre Las cenizas de la huella. Linajes y figuras de artistas en torno al

modernismo, de Zanetti Susana y otros”. Revista Orbis Tertius 3.6 (1998): 253-256. Impreso.

Bouvet, Nora. La escritura epistolar. Buenos Aires: Eudeba, 2006. Impreso.

Canizalez, Luis. “Dos mujeres contra la pena de muerte”. Elementos. Periodismo de profundidad

4 de noviembre de 2021. Web.

Cirlot, Victoria. Visión en rojo. Madrid: Siruela, 2019. Impreso.

Cussen, Felipe. La oficina de la nada. Poéticas negativas contemporáneas. Madrid: Siruela,

2022. Impreso.

De Certeau, Michel. La fábula mística (siglo XI-XVII). Madrid: Ediciones Siruela, 2006. Impreso.

Esquivel, Mario. Eunice Odio en Guatemala. San José: Ministerio de Juventud, Cultura y Depor

tes, 1983. Impreso.

Gardella Hueso, Mariana. “Nosis de Locri, ave tejedora”. Periódico de poesía 9 de enero 2023.

Web.

Giorgi, Gabriel. “Lo real contiene todos sus pasados. Informe sobre espectros”. Estudios de teoría

literaria. Revista digital: artes, letras y humanidades 4.8 (2015): 13-22. Impreso.

González Huguet, Carmen. “1. Vida y contexto social e histórico”. Claudia Lars. Poesía comple

ta. San Salvador: CONCULTURA, 1999. 17-57. Impreso.

González Huguet, Carmen. “2. Primera lectura de su obra”. Claudia Lars. Poesía completa. San

Salvador: CONCULTURA, 1999. 63-102. Impreso.

Hulin, Michel. La mística salvaje. En las antípodas del espíritu. Madrid: Siruela, 2007. Impreso.

Larraquy, Jorge. Informe sobre ectoplasma animal. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2014. Im

preso.

Liscano, Juan. Eunice Odio. Antología. Rescate de una gran poeta. Caracas: Monte Ávila Edi

ciones, 1975. Impreso.

Ludmer, Josefina. “Las tretas del débil”. La sartén por el mango. Puerto Rico: Ediciones El Hu

racán, 1985. s.p. Web.

Molina Jiménez, Iván. Yolanda Oreamuno: del mundo elegante costarricense a la república inter

nacional de las letras (1916-1956). San José: EUNED, 2020. Impreso.

Odio, Eunice. “Cuatro poetas salvadoreños”. Cultura. Revista del Ministerio de Educación 33

(1964): 144-156. Impreso.

Odio, Eunice. Obras completas. Tomo III. Comp. Peggy von Mayer. San José: EUCR, 2017.

Impreso

Odio, Eunice. Obras completas. Tomo IV. Comp. Peggy von Mayer. San José: EUCR, 2017. Im

preso.

Peñalver, Patricio. La mística española (siglos XVI y XVII). Madrid: Akal, 1997. Impreso.

Perlonguer, Néstor. Papeles insumisos. Buenos Aires: Santiago Arcos, 2004. Impreso.

Pizarro, Ana, coord. La literatura latinoamericana como proceso. Buenos Aires: Centro Editor de

América Latina, 1985. Impreso.

Pleitez Vela, Tania. “Eunice Odio y El tránsito de fuego”. Agulla. Revista de Cultura (2016): s.p.

Web.

Pleitez Vela, Tania. “Ion euniciano: Extranjero nací desde mi tumba”. Eunice Odio. El tránsito de

fuego. Barcelona: Ediciones sin fin, 2019. 13-41. Impreso.

54

Denise León. Eunice Odio y Claudia Lars

Von Mayer, Peggy. “Biografía de Eunice Odio”. Eunice Odio. Obras completas. Tomo IV. San

José: Editorial UCR, 2017. XXXI- XXXVI. Impreso.

Yúdice, George. “La vanguardia y sus exclusiones”. Carnal Knowledge. Essays on the Flesh,

Sex, Sexuality in Hispanic Letters and Films. Ed. Pamela Bacarisse. Pittsburgh: Ediciones tres

ríos, 1996. 183-197. Impreso.

Zanetti, Susana. “Modernidad y religación: una perspectiva continental (1880-1916)”. América

Latina: Palabra, Literatura e Cultura. Volume 2: Emancipaçao do Discurso. Ed. Ana Pizarro.

São Paulo: Memorial da America Latina/Unicamp, 1994. 489-534. Impreso

[1] El trabajo de investigación para desarrollar este ensayo fue realizado con el apoyo de la Beca Greenleaf de la Biblioteca Latinoamericana de Tulane. Un agradecimiento especial a Carmen González Huguet por su generosidad y su maravilloso trabajo sobre la obra de Claudia Lars.


Denise León nació en Tucumán, Argentina, en 1974, nieta de inmigrantes sefaradíes. Es poeta y ensayista. Se doctoró en Literatura Latinoamericana en la UNT. Ha publicado Poemas de Estambul (Alción, 2008), El trayecto de la herida (Alción, 2011), El saco de Douglas (Paradiso, 2011), Templo de pescadores (Alción, 2013), Sala de espera (elCRUCEcartonero, 2013), Poemas de Middlebury (Huesos de Jibia, 2014), Mesa de pájaros (Bajo la luna, 2019), Árbol que tiembla (La Ballesta Magnífica, 2022) y Nostalgias del Imbat. Poesía Reunida (EDUNT, 2023. Poemas suyos han sido incluidos en diversas antologías como Por mi boka (Lumen, 2013) y Penúltimos. 33 poetas de Argentina 1965-1985 (UNAM 2015), y traducidos al inglés y al portugués. Recibió, entre otros, el Segundo Premio en poesía del Fondo Nacional de las Artes, la beca Fulbright-Conicet y la Beca de Investigación del DAAD. Es Profesora Asociada de Literatura Latinoamericana en la UNSa e Investigadora del CONICET.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.