Juan Bertis: el decano de los humanistas salvadoreños (segunda parte)

En esta segunda entrega, Bilal Portillo recoge la impronta que Juan Bertis dejó en la intelectualidad salvadoreña. Francisco Gavidia, Juan Felipe Toruño, Napoleón Rodríguez Ruiz y Fray Lázaro Lamadrid valoraron en su momento el estilo, el rigor tomista y el magisterio de su obra. A manera de epílogo se incluyen dos artículos del padre Bertis

Bilal Portillo | Escritor salvadoreño

Estampilla alusiva a Juan Bertis, emitida por Correos de El Salvador en 1947. https://www.sellosmundo.com/America/El_Salvador/sello_597534.htm

3. Apreciaciones sobre la obra del padre Bertis

En este punto es preciso decir que buena parte de los que comentaron la obra de Bertis lo hicieron desde la admiración, dejando poco espacio para juicios realmente críticos. Pese a ello, vale la pena citar algunas de estas opiniones para tener una idea del impacto de Bertis en parte de lo más granado de la intelectualidad salvadoreña. Francisco Gavidia, al recordar al humanista, narra:

Al tratar de la obra literaria del Padre Bertis, debemos recordar que fue el primer profesor, en la primera tentativa para fundar la cátedra de Literatura de esta Universidad. Sé de sus alumnos, en cuya cultura literaria permanecen las huellas de su trato en la Cátedra y de sus estudios en la prensa,— que daba la forma de una conversación á sus lecciones que hacía alternar el análisis de un discurso de Cicerón ó de un capítulo de Cervantes, con la filosofía benévola de una anécdota ó de una historia. En estas lecciones en la cátedra y en sus escritos de nuestras desaparecidas revistas, está su obra literaria. La filosofía en literatura, se esconde siempre bajo la forma, y para conocer al Profesor Literato que se llamó el Padre Juan Bertis, necesitamos tener en cuenta su calidad de sacerdote, su espíritu analítico adicto á las ciencias, y su exquisita sensibilidad ó sea cierta aptitud de artista y poeta en prosa que trasciende en todas las páginas de sus escritos.[1]

El historiador español radicado en Guatemala Fray Lázaro Lamadrid, rememora los escritos del autor nacional con cariño y admiración, pasados más de cuarenta años de su muerte en una reseña publicada originalmente en un diario de Guatemala y reproducida en el Diccionario-histórico-enciclopédico de la República de El Salvador:

Si atendemos al mérito e importancia de la obra literaria y científica de Bertis en los trabajos compilados, tal vez se pudiera objetar su categoría de pequeños ensayos y artículos de divulgación literaria, jurídica, psicológica y científica; pero esta objeción no vale en países democráticos que alardean de una más completa difusión de la cultura entre las clases proletarias, y a poco que se examinen esos mismos estudios se verá claro que aún los eruditos y cultos pueden encontrar en ellos senderos muy firmes y seguros en crítica literaria y filosófica que es el fuerte de Bertis, por la orientación profesional y de lo que son valiosas muestras los trataditos: La Bella Literatura, Schiller. Escuelas Dominantes, La Filosofía escolástica, si bien en este último atiende solamente atiende a la dialéctica y sus ensayos de crítica y exposición de discursos básicos.[2]

Entre los críticos del circuito local tenemos a Juan Felipe Toruño, quien le dedicó algunas palabras en su ya clásica obra Desarrollo literario de El Salvador:

Su humanismo resentía de lo que no estuviese en el ámbito de sus ideas y creencias. En sus estudios sobre filosofía fue tomista. Y aunque expurgó las ciencias exactas conducía el pensamiento a los sostenes teológicos, glosando al obispo de Hipona y a los magnates de la iglesia romana. El doctor y presbítero Juan Felipe Bertis fue el fundador de la cátedra de literatura en la Universidad Nacional el año 1899, la que después tomó don Francisco Gavidia. En este punto es el instaurador del estudio de las letras, mediante un plan, en El Salvador. Comentador de Cicerón, de Demóstenes, en su arenga por la paz, de Schiller, de Bossuet, de Jovellanos, hizo estudios sobre metodología, sobre numismática y sobre los principios en el saber. Una preciosa inteligencia ornada de especiales dotes que realzan su figura en las letras salvadoreñas.[3]

De la misma manera, el novelista Napoleón Rodríguez Ruiz al hablar de la calidad literaria de Bertis, expresa:

Aquí no se sabe qué admirar más en él: si el casticismo puritano del estilo o la exactitud y fidelidad de las glosas que hace de las producciones de los grandes maestros. Es extraordinaria la difícil sencillez de la exposición. Es sugestiva la arquitectura de la frase, ni incompleta ni ripiosa: justamente expresando lo que se quiere decir, con las palabras necesarias y adecuadas. Gravedad sin desnudez, y ele gancia sin amaneramiento, son las características de su estilo.[4]

Otras figuras importantes de nuestras letras que reseñan al padre Bertis son: Víctor Jerez, Alfredo Betancourt, Luis Gallegos Valdés y María Membreño.

Epílogo: dos artículos del padre Bertis
CLASICISMO

Hay palabras que por sí mismas representan una revolución, una época, una historia entera, y tal sucede con esta palabra clásico. Por muchos siglos, significó ella en literatura “la reunión de todas las cualidades que forman á un escritor de primer orden en su género.” Autor clásico valía tanto, como escritor antiguo, aprobado, y constituia una especie de autoridad en la materia. Homero, Aristóteles, Platon, Sofocles, Demóstenes, &, entre los griegos; Virgilio, Horacio, Catulo, Tibulo, Ovidio, Juvenal, Persio, Marcial, Plauto, Terencio, Claudio, Petronio, Tito Livio, Tacito &, entre los latinos, fueron autores comprendidos en la designación de clásicos; porque se reputaban modelos en los géneros que cultivaron, y pasaron á la posteridad como dechados perfectos de bien decir y fuentes puras de los respectivos idiomas en que escribieron. Desde la antigüedad fué ya una cosa recibida entre los literatos este concepto, y Horacio lo manifiesta claramente cuando encarga a los Pisones que nunca dejen de las manos, noche y día, los escritos inmortales de los poetas griegos. Los modernos transfirieron y observaron esta máxima por diez y siete siglos, y es un hecho que la literatura griega y latina son las literaturas madres, las que produjeron, impulsaron y condujeron á la mayor elevación, la literatura europea. Demóstenes y Cicerón tienen una línea tradicional en los Padres de la Iglesia y oradores cristianos; línea que puede reconocer fácilmente quien haya leído algo á San Juan Crisóstomo, San Agustín y Bossuet. Homero fue reproducido por Fenelon; Teocrito y Virgilio, por Gesner y Garcilaso; Esopo y Fedro por Lafontaine y Samaniego; Horacio por Boileau, Peres-Camino y Martinez de la Rosa. — Cornaille, Racine y Moliere no nos permiten olvidar á Sofocles y Eurípides, á Plauto y á Terencio. Abrimos la historia de Rollin y volvemos una mirada para encontrar á sus maestros en Tácito y Tito Livio. En sumo, casi no podemos abrir una producción de los siglos modernos hasta el XVII, sin encontrar huellas, recuerdos de la literatura antigua. Por esta razón los antiguos llevaron el nombre de clásicos y granjearon también este título aquellos escritores modernos que supieron elevarse á la perfección de sus modelos, tales como Milton, Pope, Klopstork, Alfieri, Dante, los dos Corneilles, los dos Rosines, Moliere, Crebillon, &&. Mas en el XVIII empezó a difundirse una idea poco favorable á la conservación de esta autoridad tradicional: se tuvo á poco la reproducción de los antiguos cuadros: llegó á creerse que era mengua del genio conservar por mas tiempo este respeto inviolable á los escritores de primer orden. He aquí el principio encubierto de una revolución literaria que mas tarde había de poner en acción a todos los espíritus. Creyóse llegada la hora de emancipar el ingenio y la literatura moderna, y á pocos pasos pesaron como yugos tiránicos la Poética de Aristóteles y la Epístola de Horacio á que posteriormente se ha llamado también arte poética. Como llevaban el nombre de clásicos los escritores de primer orden en todos géneros, se buscó una denominación particular para la nueva literatura que había de aparecer como una soberbia rival de la literatura antigua: se le llamó pues romántica. De aquí el origen del clasicismo y romanticismo. La lucha entre ambos estuvo sostenida primero por el espíritu de novedad, después por el espíritu de secta y mas tarde por la falta de talentos y de genio unida con el empeño de brillar, creándose una boga momentánea. Apenas iniciada la revolución literaria que nos ocupa, se dió el nombre de románticos á todos los escritores que, abandonando las huellas de los antiguos y hasta sus preceptos literarios, se lanzaron en la carrera de las novedades; y se reservó el de clásicos para los escritores que no participaban de estas innovaciones literarias improvisadas con osadía por los partidarios de la escuela romántica. Trabóse entre ambos una guerra inmoral que, comenzando en las ideas, acabó en las pasiones, é iniciándose con argumentos, regeneró en diatribas. Sin atenerse á principios fijos y de común aceptados, cosa indispensable para regularizar la contienda, cada escuela lo explicaba todo en el sentido de su programa; cada escuela se atribuía lo mas ilustre que contaba la literatura. Los mismos románticos, que hacían cierto alarde de despreciar á los antiguos, no tuvieron embarazo de calificar de romántico lo mas admirable de la antigüedad clásica. Todo lo que hay de bello y verdadero en las literaturas antigua y moderna, es romántico decían unos; la Iliada y el Edipo, La Eneida de Virgilio y las Odas de Horacio, el Cid, Cina, y Atalía no eran menos románticos que el Paraíso Perdido de Milton, la Mesiada de Klopstock, el Hambleb de Shakspiare; y el Guillermo Tell de Schiller. Véase pues como en esta primera época del debate los románticos, eliminándolo todo y analizándolo todo, llegaron á esta idea: “lo que es bello es romántico: lo que es deforme es clásico.”

No era fácil que subsistiera semejante concepto ni aun en la misma escuela que lo propalaba: quien todo lo quiere, todo lo pierde; y los románticos estuvieron en la alternativa de transigir, ó espirar en su cuna. Dióse pues otro paso: se hizo figurar la cuestión bajo una forma muy diferente, abandonando la perfección y marchando á la originalidad. Los románticos no disputaron á los clásicos la primera, pero quisieron hacerse dueños exclusivos de la segunda; y su tema polémico fue ya desde entonces el siguiente: “Todo lo que es original es romántico; todo lo que es copia ó imitación es clásico.” Podía pasar con cierta boga esta división en el entusiasmo de la novedad que tan vehementemente agitaba á las nuevas escuelas; pero no se necesitaba sino de hacer algún lugar al frio y severo raciocinio, para que apareciese la futilidad y aun el ridículo de semejante concepto. La invención y la imitación son cosas tan antiguas como la literatura: en todos tiempos han aparecido genios de primer orden que sorprenden al mundo con sus conceptos originales, y talentos de alto rango que, sin aspirar al mérito de una novedad absoluta, se han contentado con imitar y embellecer sus copias. Homero y Virgilio, Píndaro y Horacio son una prueba histórica de lo vago, trivial y falso de aquellas definiciones. Como sucede en todas las cosas, llegó al romanticismo su época de filosofía y de crítica, sucediéndose la observación al entusiasmo. Empezóse á ver la cuestión bajo un aspecto más positivo con el objeto de obtener resultados más fijos y preparar aplicaciones más interesantes. Débese a Madama de Stael el homenaje de reconocerla como la primera que introdujo una idea entre la inmensa palabrería de que el romanticismo al nacer, ya estaba lleno. En su libro titulado “De la Alemania” que fué, como observa Deschamps, el precursor y el primer órgano de la nueva literatura, pronunció dos palabras que más tarde representaron dos partidos. Según ellas lo que distingue lo clásico de lo romántico, es que “en el primero domina la Suerte; en el segundo la Providencia.” Esta frase contiene implícitamente un gran concepto: podría traducirse del modo siguiente: “La literatura romántica es la literatura del cristianismo, mientras que la clásica es la del paganismo.” En ésta la Suerte, el Destino, la Fatalidad, eran divinidades que presidían á las acciones humanas, que las preveían en el gran libro del destino, y cuya realización en la tierra ordenaban irrevocablemente los Hados. Mas en el cristianismo la Providencia provee las acciones de los hombres sin destruir su libertad; vela incesantemente sobre ellos, y nunca deja de proteger la virtud, castigando tarde ó temprano los vicios y los crímenes que algunas veces aparecen triunfantes.

A ejemplo de madama de Stael, aunque no en el mismo sentido, Cárlos Nordier suministró nuevas observaciones á este propósito, aunque no por esto dió un carácter definitivo y enteramente determinado á las ideas de ambas literaturas. Oigámosle á él mismo: “Clásico y romántico son expresiones enteramente idénticas con estas otras, antiguo y moderno. Hay una literatura de la antigüedad, la bella literatura de los griegos, la de los hermosos días de Roma; hay una literatura moderna, la de los Schiller y Klopstock, la de los Milton y Shakespeare, de los Camoes y Lope de Vega, de los Tarsos y Petrarcos.”

Esta división, poco precisa sin embargo, conviene á todos los partidos: veamos ahora como Nordier desciende á las aplicaciones de su teoría, comprendiendo en ellas las cuestiones pendientes. Según él, la imitación pierde á la literatura, y toda literatura que imita la antigüedad, no es una literatura propiamente dicha. Así es que al cabo de dos siglos los franceses no tienen una literatura, según el autor citado: porque Racine tradujo la antigüedad, Corneille imitó la antigüedad, Voltaire continuamente ha remedado la antigüedad; Juan Bautista Rousseau copió la antigüedad, y Juan Santiago mismo ha tenido siempre á la vista los ejemplos de la antigüedad.

Siguiendo el curso de esta idea, Nordier critica muy acremente la educación literaria de su país; y para él los griegos y romanos hicieron morir en el espíritu francés sus instintos monárquicos y religiosos, y prepararon para el siglo XVIII la gran catástrofe que inmoló al mismo tiempo el trono, el altar y las costumbres.

San Salvador, junio de 1884

Juan Bertis

Publicado originalmente en el periódico La Caridad, año I, número 17, San Salvador, edición del 22 de junio de 1884.

LA LIRA

Con sumo agrado hemos leído los discursos pronunciados últimamente por jóvenes apreciables é inteligentes; ellos nos han impulsado á escribir estas líneas.

La Lira, según se dice, fué inventada por Mercurio ó por Apolo ó por Orfeo. es más bien, habiendo Mercurio regalado su lira á Apolo, le fué consagrada á éste, y se le dió su nombre. Al principio no tuvo más que tres cuerdas, después llegó hasta siete y se tocaba ó con el plectro ó con los dedos.

Seu chelin digitis, et eburneo

berebere pulsas.

La Lira antigua inventada por Mercurio se componía de una concha de tortuga, que este Dios halló por casualidad y sobre cuya boca extendió una piel muy delgada, levantando de sus lados dos brazos, en cuya extremidad había un travesaño, y sobre la piel que cubría la concha, una media caña de carrizo en que se ataban siete cuerdas, que desde allí se extendían hasta el travesaño. Tal era la antigua CHELYS ó Lira de Mercurio, que fué colocada entre las constelaciones y representada bajo una figura semejante á la de tortuga. De esta máquina informe vino según se asegura, la lira que se ve en los mármoles y medallas antiguas en manos de Apolo, Hércules, Arión, etc., etc. Se compone de dos piezas ó dos SS unidas por sus extremidades.

La Lira se tocaba con plectro ó hiriendo las cuerdas con los dedos. Homero da plectro á Apolo que la toca. De Hércules se dice que con él mató á Lino que le enseñaba á tocarla. La Lira en sus principios no tuvo más que tres cuerdas, después se le pusieron cuatro, y finalmente se fijó en siete. Timoteo, que vino á Lacedemonia casi seiscientos años antes de Jesucristo le añadió dos; pero los Eforos ó magistrados de Esparta le multaron, le obligaron á cortar en una numerosa reunión popular las cuerdas que había añadido, colgaron su lira en un lugar público y la desterraron de Esparta. Son notables las palabras del decreto que contra él pronunciaron: “Por cuanto Timoteo de Mileto, viniendo á nuestra ciudad, menospreció la antigua costumbre de cantar con acompañamiento de instrumentos músicos, y el uso recibido de la Lira de siete cuerdas, introduciendo un número mayor, corrompiendo los oídos de los jóvenes con esta novedad, mudando la forma y la naturaleza de la música haciéndola de sencilla y grave, muy variada y cortada; habiendo además divulgado una doctrina perniciosa en los juegos de Ceres Eleusina, y representado indecorosamente el parto de Semele; por tanto, ha parecido al rey y á los Éforos condenar á Timoteo á que corte las restantes cuerdas de su lira, dejándole solamente siete, para que con el ejemplo de este castigo, entiendan los jóvenes que no deben introducir en Lacedemonia ninguna mala costumbre, y á los juegos se les conserve su honor. Plutarco, Libro 2.º Cap. 27.”

Casi el mismo trato dieron á los tocadores Terpandro y Frímides, por cuyo motivo los Lacedemonios se lisonjan de haber salvado la música tres ocasiones: tal era la severidad de aquel pueblo. Y su afecto á los antiguos usos. Píndaro da siempre siete cuerdas á la Lira, lo mismo que Horacio.

Tu que, testudo, resonare

septem Callida servis.

Se dice que Simonides fué quien le añadió por fin la octava y Timoteo la prima. Por lo demás no era la ignorancia la que impulsaba á los antiguos á no admitir mayor número de cuerdas en sus instrumentos; tenían gusto y oído, y sabían muy bien lo que era bueno y armonioso. Según afirma Plutarco querían ellos una música varonil, grave y capaz de inspirar amor á la virtud, y respeto á la religión. Todo lo dicho se refiere á la música de los griegos. En las antiguas medallas acuñadas en tiempo del sumo sacerdote Simón, se ve muy bien señalada una Lira de la misma forma que la que se pone en las manos de Apolo.

San Salvador, Enero de 1891.

Juan Bertis

Publicado enla Revista La Juventud Salvadoreña, tomo III, número 4, San Salvador, edición del 20 de enero (1891): 75-76.

[1] Francisco Gavidia, “Estudio sobre la obra literaria del Presbítero Dr. Juan Bertis”, Biblioteca Económica, número 33, Juan Bertis, estudios críticos, Francisco A. Gamboa(editor), (Tipografía La Luz, 1899), 65-66
[2] Miguel Ángel García, Diccionario histórico-enciclopédico de la República de El Salvador, tomo octavo (Imprenta Nacional, 1947), 60.
[3] Juan Felipe Toruño, Desarrollo literario de El Salvador, 161.
[4] Napoleón Rodríguez Ruiz, “Glosario clásico de Bertis”, revista Humanidades, Universidad Nacional de El Salvador, número 1, enero (1956): 56.

Bibliografía

Periódicos

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El Católico, año VI, tomo VI, serie XXII, 260, San Salvador, edición del 19 de septiembre de 1886.

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La Gaceta Oficial, tomo 10, número 9, San Salvador, edición del 13 de noviembre de 1861.

Periódico La Caridad, año I, número 17, San Salvador, edición del 22 de junio de 1884.

Diario Oficial, tomo 47, número 202, San Salvador, edición del 26 de agosto de1899.

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El Constitucional, tomo 1, número 98, San Salvador, edición del 31 de agosto de 1865.

El Constitucional, tomo 2, número 16, San Salvador, edición del 1 de febrero de 1866.

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Revistas y tesis

Biblioteca Económica, número 33, Juan Bertis, estudios críticos, Francisco A. Gamboa(editor), San Salvador, Tipografía La Luz, 1899.

Revista Ateneo de El Salvador, número 189, enero-febrero-marzo, San Salvador, 1951.

Revista Ateneo de El Salvador, tercera época, año XXX, número 51, agosto, San Salvador, 1941.

Revista Ateneo de El Salvador, número 190, año XXXVIII, abril-mayo-junio, 1951.

Revista Cultura, número 71, enero-diciembre, San Salvador, 1981.

El Fígaro, tomo II, número 12, San Salvador, edición del 30 de junio de 1895.

Revista Humanidades, Universidad Nacional de El Salvador, número 1, enero, San Salvador, 1956.

Revista La Juventud Salvadoreña, tomo III, número 4, San Salvador, edición del 20 de enero 1891.

Revista La Universidad, serie 7, número 6, San Salvador, 1897.

Alfaro Díaz, Edwin Alfredo. “Las prácticas políticas en El Salvador a mediados del siglo XIX: las redes sociales de Francisco Dueñas y Gerardo Barrios, 1854-1865”. Informe para optar al grado de licenciado en historia, Universidad de El Salvador.

Libros

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Durán, Miguel Ángel. Historia de la Universidad de El Salvador, San Salvador, (Editorial Universitaria, 1975).

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Gallegos Valdés, Luis. Panorama de la literatura salvadoreña, San Salvador, 4ª edición (UCA editores, 1996).

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Melgar Brizuela, José. Liberalismo y conservadurismo en El Salvador durante la segunda mitad del siglo XIX, San Salvador,(Editorial Delgado, 2004).

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Recursos de Internet

Molina y Morales, Roberto. Apuntes Históricos del Seminario Salvadoreño. Documento en PDF. https://www.researchgate.net/publication/408229188_Apuntes_historicos_del_Seminario_SalvadorenoHistorical_Notes_on_the_Salvadoran_Seminary

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Luis Portillo, también conocido como Bilal Portillo, es gestor cultural, articulista y ensayista. Fundador y director de la Asociación Cultural Islámica Shiita de El Salvador, editor de la Revista Biblioteca Islámica (primera revista de estudios islámicos de Centroamérica). Sus artículos y ensayos han sido publicados en suplementos culturales, revistas y periódicos (físicos y digitales) de El Salvador, Nicaragua, Irán, España y Argentina. Entre sus distinciones están: Premio Nacional de Ensayo “Matilde Elena López” en tres ocasiones (2022, 2023, 2025), asimismo ha recibido dos veces (2006 y 2014) la beca de fomento cultural por parte de la Universidad Internacional Al-Mustafa de Irán. Ha publicado los libros Gavidia y el Oriente y Alberto Masferrer, catador de lo místico.

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