El tour de la jeringa

La escritora y periodista guatemalteca, Lucía Escobar, emprendió un recorrido por la Ciudad de México, en la que se movió la Generación beat. Y nos presenta un testimonio del paso del tiempo, la gentrificación y el olvido

Lucía Escobar │Escritora guatemalteca

Los beats en México no es lo mismo que México en los beats

La Ciudad de México me gustó desde el primer día que llegué. En 1949 era un lugar barato para vivir, con una gran colonia extranjera, burdeles y restaurantes fabulosos, riñas de gallos, corridas y todas las diversiones imaginables. Un soltero podía vivir bien por dos dólares al día. William S. Burroughs

Nos reunimos un sábado frente a un edificio negro de departamentos. Una lámina tapa la entrada y unas lonas blancas avisan que el permiso de construcción está vigente. El tour empieza en una calle que antes se llamó Cerrada de Medellín. Sí, como el blues que Jack Kerouac escribió acá. Pero hoy es José Alvarado 35 y ha perdido la poesía de su nombre y de su historia.

Julio llega en bicicleta. Más o menos puntuales aparecen los organizadores: Javier, de @Revenge of the Nerd, y J. M. Servín, cronista reconocido de la urbe, que nos recibe con una jeringa de heroína para arrancar el tour en onda. Es broma. Una broma de cronista que nos saca la carcajada y, de entradita, nos deja más interesados en sus palabras que en cualquier otra cosa: la colonia Roma fue la principal guarida de los beats, escritores estadounidenses que huían de su América de posguerra, un país con una política cada vez más prohibicionista. Buscaban la libertad que México les ofrecía: precios bajos, acceso fácil a todo tipo de drogas y permisividad sexual.

La Roma había sido colonia aristócrata y de “buenas costumbres”, pero para cuando llegaron los escritores ya estaba en plena decadencia romántica. Hoy no podemos saber cómo era la casa donde vivió William Burroughs con su esposa, Joan Vollmer, después de huir de Estados Unidos por un cargo de posesión de drogas. El número 37, que también fue el primer hogar de Kerouac y de Neal Cassady (Dean Moriarty en En el camino) a su llegada a México, está en pleno proceso de gentrificación.

Mientras platicamos frente al edificio nuevo, que nada guarda de aquella época, un albañil se une a la conversación. Dice que enfrente vive una señora que asegura haber conocido a los beats. Todos dudamos que sea cierto, pero dejamos que el señor alucine como ChatGPT.

Ya pasó casi un siglo desde que los beats hicieron de las suyas en lo que entonces se llamaba Distrito Federal. Hoy son otros gringos los que han tomado las calles de la Roma. No cargan libros, sino laptops ultraligeras; no buscan drogas baratas, sino sintéticas. Gentrifican los barrios, encarecen la vida, llenan los cafés, hacen fila por tacos. Y casi ninguno lee a los beats.

¿Hay algo más decadente que matar a tu esposa jugando?

Seguimos caminando por calles llenas de motos, coches y gringos, muchos gringos. Llegamos al Krikás, una cafetería bastante gris con un par de fotos y pósters desvalidos de Kerouac. Este lugar pasó a la historia en los libros de Burroughs como el Chop Suey; ahora se llama Bounty’s Bar. Hacemos un ejercicio de imaginación: traer de vuelta a los expatriados bebiendo hasta el amanecer, recitando poemas, improvisando, buscando amores de pago.

Para J. M. Servín, los beatniks eran: hipsters que venían a México como una especie de protospringbreakers: al reventón pesado, aprovechando la permisividad e indolencia de un país cuya historia está marcada por ser el paraíso de toda clase de bandoleros y buscavidas, siempre y cuando traigan lana.

También nos cuenta que fueron los primeros gentrificadores, que no buscaban conocer a los intelectuales mexicanos de esa época, ni juntarse con Frida Khalo o Carlos Fuentes. Querían drogarse, escribir y pasarla bien.

El bar queda en Monterrey 122, justo abajo del departamento donde vivía Burroughs cuando, una tarde de septiembre de 1951, se puso a jugar a Guillermo Tell con Joan Vollmer. Un vaso de vodka en lugar de manzana, una pistola en lugar de arco y flecha. La bala le dio a Vollmer en el centro de la frente.

Burroughs pasó por un proceso legal y una depresión. Lo llevaron a la famosa cárcel de Lecumberri, acusado de homicidio imprudencial. Estuvo solo 13 días: su familia adinerada movió las influencias y lo sacó bajo fianza, en efectivo. Años después reconocería que, sin ese incidente, nunca se habría convertido en escritor. Hay confesiones más honestas que otras, pero pocas tan incómodas. Así que, a la sangre derramada de Joan debemos las letras de Burroughs. Y a los beats, llamados después despectivamente beatniks, les debemos la lectura en voz alta convertida en happening, que sonaba como el jazz. Y la literatura salió de las aulas y la academia para devolvérsela a la gente en un formato más digerible. Y la espiritualidad multiforme; la mirada puesta en la belleza urbana y en lo decadente y lo que se oxida; las visiones alucinatorias; la sexualidad sin pedir permiso.

Orizaba 210 Blues

Esta dirección también quedó inmortalizada. Al lado, en el 212, sigue en pie una casa porfiriana. Ahí cerca, Kerouac escribió el fragmento de Tristessa en el que describe la calle y sus alrededores: Llego a la encantadora calle de Orizaba (después de pasar por unos anchos y lodosos parques cerca del Cine México y por la triste calle del tranvía llamada General Obregón, en plena noche lluviosa, con rosas en los cabellos de su madre). En la calle de Orizaba hay un parque verde en forma de glorieta con una maravillosa fuente en el centro rodeada de espléndidas residencias construidas de piedra, vitrales, antiguas rejas y adorables y majestuosas volutas garigoleadas, que al verlas a la luz de la luna se mezclan con la magia de la arquitectura, diseñadas para pasar noches maravillosas en casa. Pretenden ser andaluzas. A las dos de la mañana la fuente no arroja agua, pero es como si lo hiciera debido a la lluvia torrencial que cae.

Kerouac llegó en mayo de 1952. Burroughs ya se había mudado a la cercana calle de Orizaba, y desde ahí Kerouac le escribió a Allen Ginsberg: Bill y yo tardamos diez días en encontrar esta magnífica máquina de escribir y la cinta, y hace muy poco hemos vuelto a trabajar en nuestros libros. […] Bill es grande. Más grande que nunca. Echa mucho de menos a Joan. Joan lo hizo grande, sigue viviendo en él locamente, vibrando….

Aquel departamento se volvió la comunidad creativa y el punto de reunión más importante de los beats fuera de Estados Unidos. Además de Kerouac y Burroughs, pasaron por ahí Ginsberg y Gregory Corso.

El edificio original ya no existe: se derrumbó en el terremoto de 1985. En su lugar hay un edificio de ladrillos rojos, moderno, feo. Y gente que entra y sale sin saber que ahí, en un cuarto de la azotea, Kerouac escribió partes de Mexico City Blues (1959) También escribió un buen número de cartas a Ginsberg, que pueden leerse en el libro Cartas. Burroughs, por su parte, trabajó aquí en Yonqui y Queer, dos de sus obras más célebres.

Caminamos ahora a La Plaza Luis Cabrera, hoy es un lugar tranquilo, rodeado de cafés de especialidad y extranjeros en chanclas. Los beats la frecuentaban para experimentar con lo que hubiera: tabaco, mariguana, alcohol, heroína, peyote. Aquí Kerouac se dejó bañar por la lluvia mientras se inspiraba para Tristessa, la novela que narra su amor por una prostituta de la Roma, adicta a la morfina y devota de la Virgen de Guadalupe y de la Santa Muerte.

En el recorrido nos muestran una foto de grupo en blanco y negro de aquellos años, fue tomada en noviembre de 1956.  Cinco jóvenes posan abrazados. Entre ellos está Jack Kerouac, el escritor que convirtió el viaje y la carretera en una forma de vida; Allen Ginsberg, el poeta que había sacudido a Estados Unidos con Aullido; Peter Orlovsky, también poeta y compañero sentimental de Ginsberg; Gregory Corso, el más joven de los grandes poetas beat, irreverente y provocador; y Lafcadio Orlovsky, hermano de Peter.  Detrás de ellos, la plaza parece un escenario cualquiera de la ciudad, ajena todavía al lugar que aquel grupo de escritores irreverentes ocuparía en la historia de la literatura estadounidense.

La Roma ya no es para hipsters

Salimos de la Roma rumbo a la cantina Tío Pepe en el Centro Histórico, una de las más antiguas y tradicionales de la ciudad. Se dice que Burroughs la frecuentaba y que la menciona en Yonqui. Las puertas se empujan como en el viejo oeste y el tiempo se detienen en la barra y el ambiente.

Varios libros de la generación beat, como Aúllido, de Ginsberg (1956), y El almuerzo desnudo, de Burroughs (1959), fueron llevados a juicio por obscenidad. Esos procesos terminaron por liberalizar la publicación en Estados Unidos y se volvieron un punto de inflexión para la libertad de expresión: al defender el valor literario de descripciones crudas sobre el consumo de drogas y la homosexualidad, los tribunales determinaron que una obra no podía ser censurada si tenía un valor social redentor.

Muchos de esos libros nacieron primero como cartas entre ellos. Yonqui, Queer, El almuerzo desnudo: correspondencia con ambiciones. Ginsberg, en The Mexican Night (1970), dejó su propio diario poético de estas calles. Burroughs, en cambio, se fue odiando México.

Entonces, ¿qué dejaron además de sus dólares y algunas jeringas usadas? Alguien en el tour se arriesga a opinar que la Onda, que los infrarrealistas, que toda una literatura que vino después. Pero la pregunta se me queda dando vueltas el resto del fin de semana.

Los libros que no están

El domingo fui a la Cineteca a ver Queer. Para ver Tristessa en el teatro no logré entradas.

Hacía tiempo que había perdido mis ejemplares de Yonqui y de Tristessa, así que me propuse recuperarlos. Descubrí que casi no hay nada de ellos en las librerías. Pasé una tarde entera caminando de local en local, preguntando en las librerías de viejo, revisando estantes que huelen a humedad y a tiempo.

Hasta que un librero me soltó, sin levantar la vista del mostrador: Acá ellos casi no se leen. Nadie los pide.

México los marcó, pero ellos no lograron dejar huella en México.


Lucía Escobar (Guatemala, 1975) es periodista, escritora y gestora cultural. Durante 20 años escribió la columna Lucha Libre en elPeriódico, abordando con humor e irreverencia temas como género, ecología, derechos indígenas y libertad de expresión. Fundó y codirigió Revista y Radio Ati en el lago de Atitlán. Actualmente, vive en el exilio en México, continúa su labor como gestora cultural, escritora y periodista. Es comunicadora en Ediciones del Pensativo. Publica en diversos medios. Ha sido voluntaria en varios proyectos sociales. 

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