Las carreteras de lo visible

Una obra, una investigación o una idea no llegan al público únicamente por su valor. Entre la producción y la visibilidad operan instituciones, recursos, tecnologías, criterios de selección y condiciones económicas que determinan qué consigue circular, quién puede acceder y qué voces permanecen fuera

Claudia Reneé Meyer   Académica y escritora salvadoreña

Suele creerse que una idea, una obra o una investigación terminarán, de alguna manera, encontrando su camino: el libro encontrará lectores, la investigación será citada, la obra llegará a una galería y una voz nueva terminará siendo escuchada. Sin embargo, nada circula por sí solo. Entre aquello que se produce y aquello que finalmente llega a ser conocido existe una extensa red de mediaciones: editoriales, revistas, librerías, universidades, museos, festivales, repositorios, medios de comunicación, plataformas digitales, algoritmos, premios, críticos y gestores culturales, entre otros. Todos participan, de distintas formas, en algo que pocas veces resulta visible: la construcción de la visibilidad.

Para el campo científico, investigar y producir conocimiento no garantiza que este encuentre lectores. Un artículo debe ingresar en determinados circuitos, superar procesos de evaluación, adecuarse a formatos, publicarse y alcanzar alguna forma de visibilidad. Como ha estudiado Beigel (2013; 2018), la circulación internacional del conocimiento dista de producirse en condiciones equivalentes: existen centros, periferias y circuitos con capacidades diferenciadas para otorgar reconocimiento. De ahí que la calidad de una contribución no pueda considerarse de manera completamente separada de las condiciones que posibilitan su circulación.

El problema no pertenece exclusivamente a la ciencia. Aquello que una sociedad ve, lee, escucha o conserva también ha sido previamente seleccionado. Para el caso de los libros, ¿por qué ciertos escritores llegan a ser conocidos y otros no?, ¿por qué algunas obras permanecen disponibles durante décadas mientras otras desaparecen?, ¿por qué determinados autores ingresan al canon, a los programas educativos o a las antologías? Algo semejante ocurre con las artes visuales, el cine o la música: entre la creación y el público existen instituciones y personas que seleccionan, legitiman, recomiendan, financian, exhiben, publican y preservan.

Bourdieu (2003) utilizó la noción de «campo» para explicar que la producción cultural y científica se desarrolla dentro de espacios sociales estructurados por relaciones entre agentes e instituciones, en los que se disputan distintas formas de reconocimiento, legitimidad y autoridad. No basta, por ende, con producir una obra o una idea; intervienen también las condiciones que permiten que esta sea reconocida como valiosa. Esto no supone afirmar que detrás de cada libro leído o de cada investigación citada exista una suerte de operación deliberada para decidir qué debe ser conocido. La situación es más cotidiana y, quizá por ello, menos visible: la circulación se encuentra mediada.

Sobre ello, Martín-Barbero (1991) indica que la comunicación no puede comprenderse como una simple transmisión entre un emisor y un receptor, en tanto entre ambos existen mediaciones que transforman aquello que circula. Una obra cambia cuando atraviesa una editorial; un texto adquiere otras posibilidades de lectura cuando entra en una antología; una investigación se modifica después de una evaluación por pares; una canción puede adquirir una vida inesperada décadas después porque una plataforma vuelve a colocarla ante millones de personas. Es así como aquello que llega a los públicos posee también una historia, y no todos los actores parten del mismo lugar ni cuentan con iguales posibilidades para ingresar en esos circuitos.

En la ciencia, por ejemplo, pesan la institución a la que pertenece una persona investigadora, el acceso a bases de datos, las redes internacionales, el financiamiento disponible, el idioma en que se escribe e incluso la posibilidad de cubrir determinados costos de publicación. En el mundo cultural pueden reconocerse mecanismos semejantes: no dispone de las mismas posibilidades un escritor respaldado por una gran editorial que quien publica desde un circuito independiente; un artista vinculado con galerías internacionales que otro que trabaja desde un territorio periférico; una producción realizada en inglés que otra creada en una lengua con menor presencia global.

Al respecto, de Sousa Santos (2009) ha advertido sobre la invisibilización de saberes que no encajan dentro de los marcos dominantes. La consecuencia no consiste únicamente en que ciertas personas reciban menor reconocimiento; también se reduce la diversidad de aquello que una sociedad puede conocer, discutir e imaginar. Una obra invisible no es necesariamente una mala obra, como una investigación poco citada no es necesariamente irrelevante. En ocasiones, sencillamente, no ha encontrado las mismas carreteras para circular.

Se pensó que la cultura digital podría ampliar esas rutas y, en buena medida, lo ha hecho. Nunca habían existido tantas posibilidades de publicar, compartir y acceder a contenidos. Una persona investigadora puede depositar su trabajo en un repositorio abierto; un escritor puede encontrar lectores sin transitar necesariamente por una editorial tradicional; un músico puede poner su obra al alcance de públicos situados a miles de kilómetros. Sin embargo, la abundancia ha introducido una nueva dificultad: cuando casi todo parece estar disponible, ¿qué consigue hacerse visible?

En el campo científico existen índices, rankings y métricas que organizan buena parte del reconocimiento. Estos instrumentos no se limitan a contabilizar lo producido; terminan influyendo en qué revistas se consideran prestigiosas, qué investigadores obtienen reconocimiento y, en ocasiones, hasta qué temas parece conveniente investigar. Las métricas, como han advertido Hicks et al. (2015), pueden convertirse en sustitutos demasiado simples para valorar contribuciones mucho más complejas. Es decir, un mecanismo creado para orientar o medir puede terminar interviniendo en aquello mismo que pretende observar.

Fuera de la academia se han naturalizado mecanismos semejantes: número de seguidores, reproducciones, tendencias, ventas, premios o posiciones en listas. Se necesitan criterios para orientarse entre cantidades inmensas de información; el problema comienza cuando lo más visible termina confundiéndose con lo más valioso.

En medio de estas desigualdades apareció una respuesta que ha transformado la manera de pensar la circulación científica: el acceso abierto. Su principio básico parece sencillo: procurar que una investigación pueda ser leída sin que una suscripción o la capacidad económica para pagar determine quién entra y quién queda fuera. Los repositorios institucionales y las políticas de acceso abierto han ampliado considerablemente esas posibilidades (Suber, 2012). Ahora bien, el acceso abierto forma parte de una transformación de mayor alcance: la ciencia abierta. Ya no se trata únicamente de permitir que una persona lea gratuitamente el artículo, sino de revisar cuánto del propio proceso científico puede abrirse para hacerlo más transparente, accesible y reutilizable, incluyendo publicaciones, datos, metodologías y otros productos derivados de la investigación.

En este contexto adquieren relevancia los principios FAIR, que proponen que los datos de investigación sean localizables (Findable), accesibles (Accessible), interoperables (Interoperable) y reutilizables (Reusable) (Wilkinson et al., 2016). Más que colocar información en Internet, estos principios buscan generar las condiciones para que los datos puedan ser encontrados, comprendidos, relacionados y reutilizados, tanto por personas como por sistemas informáticos. La diferencia es importante: disponibilidad no equivale necesariamente a accesibilidad, como accesibilidad tampoco implica por sí misma posibilidad de reutilización. Digitalizar un archivo no garantiza que alguien pueda encontrarlo; colocar una colección en línea no implica que sus materiales estén adecuadamente descritos; preservar una obra tampoco equivale a hacerla circular. La apertura necesita infraestructura, organización, criterios de descripción y, sobre todo, una voluntad de conectar aquello que se conserva con quienes podrían utilizarlo.

Acceso y circulación no son exactamente lo mismo. Una biblioteca puede conservar miles de libros que nadie consulta; un archivo digital puede albergar documentos extraordinarios que ningún buscador recupera; una revista puede ofrecer gratuitamente todos sus contenidos y, aun así, no alcanzar a los públicos que podrían aprovecharlos. Para el caso, comunicar también forma parte del problema.

También resulta necesario distinguir entre distintas formas de apertura. Existen modelos comerciales en los que el acceso abierto se financia mediante cargos a quien publica; modelos híbridos que combinan suscripciones con opciones de publicación abierta; repositorios que permiten poner determinados trabajos a disposición pública; y experiencias de acceso abierto diamante, en las que ni el lector paga por acceder ni el autor paga por publicar. Detrás de cada modalidad, ¿quién sostiene económicamente la circulación del conocimiento?

Por ende, la ciencia abierta no puede reducirse a una etiqueta colocada sobre una publicación. También demanda preguntarse por las condiciones materiales que hacen posible la apertura y por las desigualdades que pueden reproducirse incluso dentro de ella. Si eliminar el pago para leer significa retirar una barrera, trasladar costos elevados hacia quien investiga puede levantar otra. La apertura, entonces, no puede valorarse únicamente por el punto de llegada del contenido, sino también por las condiciones bajo las cuales fue posible producirlo, publicarlo, preservarlo y hacerlo circular.

Ahora bien, hablar de acceso, apertura y ampliación de los circuitos de circulación no significa asumir que la producción científica y cultural deba ser gratuita ni que quienes participan de ella puedan prescindir de condiciones materiales para desarrollar su trabajo. Investigar supone salarios, infraestructura, tiempo y financiamiento; de igual forma, escribir, crear, interpretar, editar, producir o preservar son formas de trabajo que requieren ser reconocidas y remuneradas. Los artistas no viven del aplauso, como tampoco la ciencia puede sostenerse únicamente sobre la voluntad de quienes investigan. La discusión no debería reducirse a quién paga o deja de pagar por acceder, sino ampliarse hacia quién financia la producción y la circulación, bajo qué condiciones lo hace, cómo se distribuyen esos costos y quiénes reciben una compensación justa por el trabajo realizado. La apertura no elimina la dimensión económica de la cultura y el conocimiento; deriva, más bien, a hacerla visible y a preguntarse por modelos capaces de conciliar acceso, sostenibilidad y remuneración digna.

En este escenario irrumpe además la inteligencia artificial, modificando las maneras de buscar información, escribir, producir imágenes y acceder al conocimiento. Bajo nuevas condiciones reaparece una vieja pregunta: ¿qué logra aparecer y qué permanece oculto? Los sistemas de inteligencia artificial trabajan sobre enormes cantidades de información, pero no todo el conocimiento se encuentra igualmente representado ni todas las personas disponen de las mismas herramientas para acceder a él. Incluso comienza a configurarse una nueva diferencia entre quienes pueden pagar versiones con mayores prestaciones y quienes acceden únicamente a herramientas más limitadas. La ampliación tecnológica del acceso no elimina las desigualdades previas; en determinados casos puede reorganizarlas o producir otras.

Adicionalmente, una referencia puede presentar una apariencia perfectamente académica y, sin embargo, no existir; un texto puede resultar convincente y contener errores. La trazabilidad (entendida como la posibilidad de conocer de dónde proviene una afirmación y contrastarla) adquiere relevancia mayor en un entorno donde producir apariencia de conocimiento resulta cada vez más sencillo.

Frente a una obra, un artículo, un libro o una idea que aparece repetidamente ante determinados públicos, además de preguntarse qué dice, convendría interrogarse sobre cómo llegó hasta allí: quién pudo producirla, quién financió su producción y bajo qué condiciones, quién asumió los costos de hacerla circular y quién fue remunerado por ese trabajo, quién la publicó, quién la recomendó, qué institución la respaldó, qué plataforma la hizo visible, qué idioma favoreció su circulación y quién pudo acceder a ella. Y también, inevitablemente, ¿quiénes no pudieron producir o hacer circular su trabajo por carecer de esas condiciones y qué otras voces quedaron fuera de ese recorrido?

Preguntarse por estas condiciones no disminuye el valor de aquello que se conoce. Al contrario, permite comprender de mejor forma cómo ese valor llega también a construirse socialmente y devuelve cierto margen de acción a quienes participan de dichos circuitos. Las instituciones pueden decidir qué preservan y qué ponen en acceso abierto; las editoriales pueden ampliar las voces que publican; los medios culturales pueden recuperar aquello que permanece fuera de los grandes circuitos; las personas investigadoras pueden preguntarse no solamente dónde obtendrán mayor reconocimiento por publicar, sino quiénes podrán leer aquello que producen.

Son decisiones aparentemente pequeñas frente a estructuras de gran dimensión. Sin embargo, esas estructuras también se sostienen mediante decisiones acumuladas.

Al final, quizá la cuestión de fondo se encuentre precisamente allí. Una época con una capacidad inédita para producir y almacenar contenidos no necesariamente produce, por ello, una mayor diversidad de aquello que una sociedad conoce, conserva y reconoce como valioso. Entre la abundancia y el conocimiento siguen operando decisiones, recursos, instituciones y tecnologías que ordenan esa disponibilidad. Hacer visibles esas mediaciones no supone negar el mérito de lo que consigue llegar, sino comprender que también existe una responsabilidad en aquello a lo que se abre camino. Tal vez ampliar el conocimiento compartido implique, entonces, no solo producir más, sino procurar que existan más caminos para llegar a él.

Referencias

Beigel, M. F. (2013). Centros y periferias en la circulación internacional del conocimiento. Nueva Sociedad, 245, pp. 110–123. https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/1232  

Beigel, F. (2018, noviembre 27). A world of circuits: The shift from impact to circulation. AmeliCA Open Knowledge. https://amelica.org/index.php/en/2018/11/27/a-world-of-circuits-the-shift-from-impact-to-circulation/  

Bourdieu, P. (2003). Los usos sociales de la ciencia. Nueva Visión. https://suriweb.com.ar/wp/wp-content/uploads/2019/05/Los-usos-sociales-de-la-ciencia-Bourdieu.pdf  

de Sousa Santos, B. (2009). Una epistemología del Sur. CLACSO. https://libreria.clacso.org/publicacion.php?p=3&c=1  

Hicks, D., Wouters, P., Waltman, L., de Rijcke, S. y Rafols, I. (2015). Bibliometrics: The Leiden Manifesto for research metrics. Nature, 520, pp. 429–431. https://doi.org/10.1038/520429a  

Martín-Barbero, J. (1991). De los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía. Ediciones G. Gili, S.A. de C.V. https://perio.unlp.edu.ar/catedras/wp-content/uploads/sites/135/2020/05/de_los_medios_a_las_mediaciones.pdf   

Suber, P. (2012). Open access. MIT Press. https://doi.org/10.7551/mitpress/9286.001.0001  

Wilkinson, M. D., Dumontier, M., Aalbersberg, I. J., Appleton, G., Axton, M., Baak, A., Blomberg, N., Boiten, J.-W., Bonino da Silva Santos, L., Bourne, P. E., Bouwman, J., Brookes, A. J., Clark, T., Crosas, M., Dillo, I., Dumon, O., Edmunds, S., Evelo, C. T., Finkers, R., … Mons, B. (2016). The FAIR Guiding Principles for scientific data management and stewardship. Scientific Data, 3, Article 160018. https://doi.org/10.1038/sdata.2016.18


Claudia Reneé Meyer
Claudia Reneé Meyer (El Salvador, 1980)
Máster en Gestión Estratégica de la Comunicación y mercadóloga, además de Gran Maestre en Poesía (2011). Poeta, narradora y articulista con publicaciones nacionales y regionales. Autora de Estación del frío (2021; 2015) y participante en antologías como Jardín de sangre (2020), Mujeres al centro. Relatos y ficciones de mujeres centroamericanas (2019), Tierra breve. Antología centroamericana de mini ficción (2017) y La poesía del siglo XX en El Salvador (2012), entre otras publicaciones. Ha sido jurado en certámenes literarios como los Juegos Florales del Ministerio de Cultura de El Salvador (2015–2018) y el Premio Hispanoamericano de Poesía de la Alcaldía de San Salvador (2017, 2019). Su producción académica versa sobre economía creativa, arte y cultura, desde la publicación de artículos científicos y ensayos, además de ponencias y conferencias presentadas en diversos foros especializados y espacios académicos de prestigio. A la fecha, labora como coordinadora de UFG Editores en la Universidad Francisco Gavidia. 
https://orcid.org/0000-0003-0386-9441

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