Cuatro fotografías de Sam Shepard

Hoy se cumplen nueve años de la muerte de Sam Shepard: músico, guionista, dramaturgo y poeta norteamericano, a quien Vania Vargas evoca a través de tres de sus libros y la visión amorosa de Patti Smith

Vania Vargas │Escritora guatemalteca

“Es él, algo parecido a él, no es él en absoluto”.
Patti Smith

1. Ballad of a bad boy

La primera imagen que tengo de Sam Shepard me llegó a través de una joven Patti Smith que descubría Nueva York, la escena artística de principios de los años 70, y a sí misma, mientras vivía en una de las habitaciones del Chelsea Hotel. Fue en esa temporada en la que, durante un concierto de rock de la banda The holy modal rounders vio al baterista, a quien describe como un hombre con «belleza, energía y magnetismo animal». Su nombre: Slim Shadow, según se presentó, y a quien poco tiempo después descubriría como Sam Shepard, quien también era un dramaturgo experimental, con una trayectoria que incluía, ya desde entonces, varios premios. El chico «rudo, inteligente e intuitivo» que le compró la primera guitarra con la que compuso, luego, buena parte de sus temas. De quien habló en un poema que incluyó en su primer recital en la iglesia de St. Mark  ―junto a quien seguiría siendo su guitarrista, Lenny Kaye―; el bad boy que se convertiría, desde entonces, en el cómplice perpetuo, al que acompañó hasta el final.

2. El cowboy contemplativo

Quizá, también sea por culpa de Patti Smith que una de las tempranas imágenes que me quedó grabada de Shepard sea la del vaquero. El mismo que se le aparece en un sueño en las primeras páginas de M Train, y que me acompañó a lo largo de Crónicas de motel, un libro escrito por él en 1982, conformado por textos breves, que se mueven por la tierra de nadie que se ubica entre la narrativa y la poesía, y que aparecen fechados y ubicados en un mapa norteamericano. Textos que delatan movimiento. Allí está el camino, las interminables carreteras que cruzan el extenso territorio, los paisajes polvorientos del desierto, por donde se mueve gente que no tiene el objetivo fijo de llegar a ninguna parte. Un nomadismo que no habla de necesidades ni de objetivos, pero sí de la soledad y la memoria. Un agreste escenario exterior para una atmósfera interior.

Las imágenes que crea Shepard delatan el silencio del observador, uno desde donde emergen breves, redondas, totalmente poéticas, como fotogramas de un filme, de un guion, en donde aparece el ser humano sin explicaciones previas. Uno que siempre se está yendo, enfrentado a un camino que termina siendo tránsito exterior e interior. Alguien del que desconocemos el pasado y no alcanzamos a vislumbrar el futuro. En el que hay solo recuerdo sin presente o solo presente sin pasado o solo anhelo sin esperanza o solo evocación. La vida como algo que sucede a la orilla de las carreteras.

3. El cronista sin cronología

Pero volvamos hacia los años 70. Específicamente a 1975, el año en el que Bob Dylan reunió a un grupo de artistas, los subió a un carromato moderno y, como esas compañías de teatro de principios del siglo XX, enfiló por las carreteras y las ciudades del noreste de Estados Unidos, en donde parecía que nada sucedía. Allí iba junto a Joan Baez, el guitarrista T-Bone Burnett, la violinista oscura, Scarlet Rivera, la cantautora Joni Mitchel y el poeta Allen Ginsberg, entre otra decena de músicos, que se unieron a la consigna artística de pedir la libertad para el ex boxeador «Hurricane» Carter, quien permanecía en la cárcel acusado de asesinato.

La idea era ir de ciudad en ciudad, llenar escenarios pequeños, documentarlo todo y armar una película para la que iban a necesitar un guionista. El convocado fue Sam Shepard, quien ya era conocido por sus obras de teatro y sus guiones en películas como Zabriskie point de Antonioni o Me and my brother en donde había trabajado con Robert Frank. Tomó un tren desde California, en donde estaba armando un rancho para hospedar caballos, y se unió a la travesía.

La película no se realizó, y las notas para el guion de Shepard se convirtieron, dos años más tarde, en Rolling Thunder, con Bob Dylan en la carretera, una crónica fragmentada, ilustrada por las fotografías de Ken Regan, y asentada en el desorden y la subjetividad de la memoria. Un libro en el que reinan las visiones, las sensaciones y el espíritu vivo de ese camino recorrido. Tuvieron que pasar casi 40 años para que el material visual fuera revisitado por el cineasta Martin Scorsese, quien finalmente se dio a la tarea de contar esa historia, en retrospectiva, en un documental que todavía se puede ver en Netflix.

4. Shepard por dentro

Unos meses antes de morir, en 2017, apareció Yo por dentro, el último libro de Sam Shepard, prologado por Patti Smith. Con él vuelvo a pensar en la mente ruidosa que está contenida en todos los silencios, y lo veo saltando de un recuerdo a una ensoñación, a la versión de un momento posible, a la angustia y la rabia de la evocación de un asunto pendiente. Todo yendo y viniendo en un desorden aparente, ese que dicta la corriente perpetua del inconsciente, a cuya orilla a veces se sienta el ser humano para soñar, mientras mira fijamente la pared. Una corriente habitada por el niño que fue, por las visiones de su padre muerto, por mujeres ausentes e imaginadas, por el deseo y el rechazo, por las pérdidas, por la vida que pronto iba a llegar a su mar final.

Estas son cuatro fotografías de otras muchas que, sin duda, no alcanzaré a contemplar. A la mano quedan pocos libros, la película triste y hermosa que es Paris, Texas, en la que está presente su estética y su huella. Y otras en las que aparece Shepard jugando a ser alguien más. Queda su nombre junto a un Premio Pulitzer y mucha letra desbordada que, muy probablemente, hasta aquí no llegará.

Hoy, 27 de julio, se cumplen nueve años desde su muerte. Y lo tomo como un buen pretexto para hablar de sus libros, para decir su nombre. Evocar el poder sutil que tiene su poética para colarse en la sensibilidad endurecida, para titilar en medio del polvo y de la noche, para recordarnos nuestra propia fragmentación habitada y contradictoria, para llevarnos a la orilla de su río caudaloso y hacer que reparemos en nuestro cauce.


Vania Vargas
VANIA VARGAS (Guatemala). Poeta, narradora, editora y periodista cultural independiente. Autora de los libros de poesía Cuentos infantiles, Quizá ese día tampoco sea hoy, Los habitantes del aire, y Señas particulares y cicatrices. Libros de los cuales han salido algunas selecciones publicadas en Chiapas, México; Puerto Rico y Montevideo, Uruguay, así como la reunión de poemarios bajo el título Relatos verticales. En narrativa ha publicado Después del fin y Cuarenta noches. Es, además, coordinadora de los libros de ensayo Nuevo Signo: siete poetas para nombrar un país; y Luz: trayecto y estruendo -una aproximación colectiva al legado literario de Luz Méndez de la Vega. Ha sido invitada a las ferias del libro del Zócalo, Panamá y Guadalajara, así como a los departamentos de Español de la Universidad de Stanford, en San Francisco, California, y la Universidad de Copenhague, donde compartió su trabajo. Fue parte de los Festivales Internacionales de Poesía de Granada, Nicaragua; Quetzaltenango, el latinoamericano de poesía, Ciudad de Nueva York; Medellín, y Leiria, Portugal.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.