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Arrestos flashback

El narrador salvadoreño Walter Meléndez nos comparte el cuento Arrestos flahsback, material que forma parte de la antología Daños Colaterales: antología narrativa (Abrojo editores, 2024)

Walter Meléndez / Lector y narrador

La puerta cayó al suelo con gran estruendo, y el hombre, aturdido y en la oscuridad, con los calzoncillos al revés, levantó las manos, enceguecido por la luz de las linternas que le iluminaban la cara. 

—¡Quedás arrestado maldito! —dijo el cabo Valladares apuntando al hombre con un arma.

—No me arreste jefe —dijo el hombre—. Ya me arrestó una vez ¿No se acuerda?

El cabo Valladares recordó aquella noche: la lluvia caía en gruesos chorros brillantes del tejado de láminas metálicas, un perro ladraba en alguna parte de la casa, y él había permanecido estático frente a la puerta de gruesos barrotes de hierro, tanteando, en el aire ligero de la noche, una pesada almágana para derribarla; atrás, sus hombres, ateridos de frio, con los uniformes pegados al cuerpo, empapados de agua y sudor; eran como perros de presa, expectantes y rabiosos, impacientes por despedazar a su víctima. Esa vez, la puerta fue derribada tras varios y decisivos golpes, y Valladares había encontrado al hombre intentando huir por una ventana, lo había halado por los calzoncillos y después de hartarse de darle de patadas le había dicho:

—¡Hoy si estás arrestado hijo de perra!

El hombre, sangrando, escupiendo con un rictus de dolor sus últimas muelas, entrecortado y temblando, le había dicho: 

—No me lleve jefe, por favor, ya me llevó el otro día ¿Es que no se acuerda?

Era cierto. La lluvia descendía lenta y constante, la noche era oscura y fría, y Valladares, solitario, con el amargo regusto a cerveza subiéndole por la garganta, se habría enfrentado a la loca idea de acción, de halar el gatillo de su arma, de escuchar gritos, de sentir que tenía el poder de dar y quitar: “El señor dio y el señor quitó”, pensó, midiendo el alcance de sus pensamientos, de la infranqueable puerta frente a él. Después de tocar, suavemente, con los nudillos callosos de su mano húmeda y temblorosa de resacas infinitas; alguien abrió la puerta con el cuidado de dejar un resquicio para observar desde la seguridad del interior de la casa. Un rostro, apenas perfilado en la alargada oscuridad de la apertura, lo habría observado con curiosidad, habría visto más allá del desastre de sus recuerdos, del irremediable desgano y la desidia de aquel ser borrascoso y alcoholizado que osaba con perturbar el sueño irreparable de los malvados. 

—¿Qué quiere? —dijo el rostro.

—Soy la policía. Vengo a llevarte maldito cerdo delincuente.

—¿Otra vez? —dijo el rostro—. ¿A qué estamos jugando aquí? No puede llevarme cada vez que se le dé la gana. Tengo derechos. Ya me los dijo el otro día.

Ese día, había estacionado el viejo Pick Up bajo la luz mugrienta de la calle. Un muro de bloques pintado con grafitis rodeaba la cuadra, y los perros, a esa hora de la noche, vagaban de acera en acera, rebuscando entre la basura podrida de las cunetas. Una escalera, con una balaustrada que se caía a pedazos, conducía a una puerta con barrotes forjados en intrincados motivos florales. Valladares, pesado y sudoroso, subió arrastrando sus botas calientes entre las macetas resecas colocadas escalón de por medio en la escalera. Tocó la puerta, el frío del metal le recorrió todos sus huesos, y un hombre abrió, de par en par, vestido con lencería transparente, cabello rubio descansando en sus hombros opulentos como el de un ángel pintado por algún maestro del renacimiento, le sonrío amablemente, estirando, con una mueca de felicidad, la sombra rasposa de la barba; una mata de pelos le brotaba del pecho y, la osatura de sus brazos simiescos, llenaban el rectángulo de la puerta. 

—¡Ay! —dijo el hombre en un brusco gesto de ternura. —Pase mi cabo, lo estaba esperando. Rodeó a Valladares, amable, con un brazo huesudo y potente, y lo empujó suavemente al interior de la casa entre el olor picante de sus axilas. 

Valladares entró. Una bombilla estallaba una luz amarillenta sobre un sofá donde se amontonaba algo de ropa. Un cigarrillo se quemaba lentamente en un cenicero sobre la pequeña mesa del centro, y el humo, subía ondulante, hasta desaparecer entre la nube de insectos que volaban en círculos alrededor de la bombilla. Valladares, se vio, de pronto, sentado junto a aquel hombre que le sonreía con una vieja lastima, manoteando en el aire los insectos que se estrellaban en su cara. 

—Vienes tarde querido —le dijo el hombre—. Llevo esperándote desde esta mañana. Hay albóndigas en el refrigerador, o prefieres algo más…

—¿Más… qué?

—Más fuerte.

—Nada de cosas fuertes —dijo Valladares—. He venido a decirte que estás bajo arresto. Vas a tener que acompañarme.

—No hable de ese modo. Me da miedo.

Valladares se llevó una mano a la espalda, rebuscó entre el cinturón y el pantalón y sacó unas brillantes esposas. Aturdido, con las manos temblorosas, comenzó a interactuar burdamente con el mecanismo, mientras repetía como en un monólogo:

—Estás bajo arresto maldito leproso, arrestado… arrestado. 

El hombre, paciente, mirándolo, en una tentativa conciliatoria, se recompuso a gusto en el sillón, inclinándose lentamente hacia adelante; un tirante del babydoll se deslizó por su hombro calvo y brillante; y descubrió, por unos segundos, su torso velludo y musculoso. En un gesto, natural, se subió el tirante, sin dejar la dibujada sonrisa de unos dientes manchados de tabaco.   

¿No me va a decir mis derechos? —le dijo, mientras le pasaba el dedo por las rodillas y lo subía de a poco hasta la entrepierna. Valladares se escabulló, se refugió en una esquina del sofá, se arrecostándose en el enorme posa brazos.      

—Yo por usted, mi Cabo —continuó el hombre insinuante—. Voy hasta el fin del mundo.  

—El fin del mundo se te va a quedar corto con lo que te espera.

—Llévame contigo —insistió el hombre—. La soledad es una cosa muy mala.

Valladares se puso de pie, atento, retrocedió un par de pasos, calculando la distancia precisa para sentirse a salvo. El hombre, se estiró, horizontal, en el sofá, y sonrió; el babydoll se le arremangó en la estrecha cadera y dejó al descubierto una piel blanca que contrastaba con la línea bronceada de sus piernas. 

—Total —dijo sonriendo—. No será la primera vez que me lleves contigo. Ya en otras vidas, en otros tiempos, otros días, bajo la lluvia, me has llevado contigo.  

Uno de esos días en los que las nubes están altas en el cielo claro del mediodía, y se escuchan los cláxones de los automóviles mezclados con el intermitente chirrido de las cigarras; un charco de agua se explayaba por el patio y los niños, chapaleando en la piscina inflable, se atacaban unos a otros con coloridas y futuristas pistolas de agua. Un olor a clorofila, a hoja machacada y jabón, flotaba en el aire tibio y húmedo. 

Valladares caminó adivinando mentalmente sus pasos para no mojarse las botas en el charco, vio a los niños de reojo, previniéndose de ser considerado un objetivo de sus armas hídricas. La puerta estaba abierta y el interior iluminado por una claridad azul; una mesa en el centro de la estancia parecía estar a punto de ser servida. Un hombre bajó caminando por una escalera enrollada:

—Cabo Valladares —dijo—. Lo estábamos esperando. Pasé adelante, estamos a punto de servir la cena. 

—¿La cena? —dijo Valladares—. Pero si es mediodía. Se dio la vuelta y señaló el exterior:  una oscuridad, negra, abismal, lo inundaba todo. Sintió que un extraño escalofrío le recorría el cuerpo. En la mesa, las velas se encendieron de un chasquido.

El hombre, comenzó a descender de la escalera.

—Ya lo sé —dijo—. Parece una película de terror. Pero no. Hay un mecanismo eléctrico que conecta estas velas con un interruptor en la cocina.   

—Pero dígame —continuó el hombre. —¿A qué debo su grata visita?

—Yo quería pedirle, con su permiso claro —contestó Valladares—, ¿Qué si era posible que me acompañase?

—¿Acompañarlo dice usted caballero? ¿Adonde? Si se puede saber.

—Pues a la cárcel, creo yo.

—Pues me temo que eso no será posible —contestó el hombre. Se metió una mano al bolsillo de su pantalón y extrayendo un pequeño talonario se dirigió a Valladares:

—Todos ustedes tienen un precio —dijo lacónico— ¿Cuánto vale usted mi Cabo?

—¿Qué quiere decir? —dijo Valladares— ¿Acaso piensa que me voy a dejar corromper? ¿Cree que no tengo valores?

—¿Valores dice? No parecía tener valores el otro día. 

Aquel día, convencido de que su tentativa de desagravio hacía el calor infernal de la tarde era inútil, y que lejos quedaban ya los sueños del heroísmo forzadamente inculcado en sus años de juventud; sintió el peso de sus botas aplastando el césped del patio. El cosquilleo de una gota de sudor bajando lenta por su cara y la grasa del cabello derritiéndose en su nuca, lo obligó, involuntariamente, a decidirse por entrar. Vio la puerta, cansado, derrotado, sin más gloria que la repetida farsa de continuar transitando el mismo camino de la desesperanza:

—¿No me diga? —dijo el hombre esta vez—. Viene a arrestarme. 

—Claro que no —contestó Valladares—. Solo vengo a vender enciclopedias. 

Walter Meléndez. (La Unión, 1983). Graduado de Informática y tiene estudios en Estética e Historia del Arte. Escribe cuento y ensayo. Dirigió la revista literaria Ocaso. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas digitales, como Grafomaníacos, y en antologías como Monstrurum Artifex (2021) y Daños colaterales: antología narrativa (Abrojo editores, 2024). Actualmente vive en Boston, Massachussets, y escribe ocasionalmente en su blog personal en Medium, donde objetiva sus ideas acerca de libros y la literatura.

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