Juguemos

El azar y la fortuna son protagonistas en esta historia del narrador salvadoreño Antonio Cruz Alas. Este cuento forma parte de la «Antología Narrativa de Oriente» editada recientemente por S&R editores

Antonio Cruz |  Docente y narrador

A Ester viuda de Salazar siempre le dijeron que tenía suerte. De niña le gustaba jugar al naipe, al dominó y otros juegos de mesa con sus compañeros de clases, y siempre ganaba. Por envidia o por orgullo, sus derrotados oponentes aseguraban que la habían dejado ganar o la acusaban de hacer trampa. Si había apuestas, la excluían de las partidas, pues tenían por seguro que perderían su dinero. A Ester no le importaban las monedas. Se divertía con ver las caras de enfado de unos y de admiración de otros. En todo lo demás, no era tan afortunada. No era particularmente bella ni inteligente, aunque nunca le faltó la declaración de algún pretendiente ni la felicitación de sus profesores. Su vida no tuvo un pasaje digno de mención hasta muchos años después. 

Comenzó con la pérdida de su trabajo. El banco en el que se desempeñaba como contadora cerró, luego de que se revelara un fraude millonario que llevó a la cárcel a sus dueños. Ester compareció en un juzgado. No se le comprobó participación en el fraude y la liberaron, pero su reputación se vio afectada y no pudo conseguir otro empleo. Durante la investigación, perdió la hipoteca de su casa, sus bienes fueron incautados y nunca pudo recuperarlos completamente. La crisis de su economía afectó también su estabilidad emocional. Una serie de hábitos autodestructivos minó seriamente su salud. Quiso hablar de esto con su marido —a quien apodaban Rey de Corazones—, pero su muerte se le adelantó: él y su hijo fallecieron en un accidente automovilístico, y la dejaron con la insoportable impresión de que debió haber muerto con ellos.

En víspera del embargo, Ester revolvía toda su ropa, eligiendo qué ponerse, aunque no tuviera un lugar adónde ir, pero prefería no estar en casa cuando llegaran para echarla a la calle. Actuaba como por inercia, sin pensar. Acabó de alborotar sus cajones y continuó con los de sus difuntos marido e hijo. Al fondo de uno de ellos encontró un mazo de cartas con imágenes de mujeres desnudas. La primera impresión quedó opacada de inmediato por la segunda: el recuerdo de sus juveniles juegos de mesa. Su semblante cambió por completo. De inmediato se arregló como si fuera a salir a una fiesta. Por primera vez en mucho tiempo, se calzó tacones de aguja y se enfundó en un vestido provocador y estrecho, aunque su cuerpo ya no se ajustaba como antes.

A la noche, llegó al Casino Mágico, cambió todos sus ahorros por fichas de juego y se sentó en la mesa del póker. Había decidido el juego por puro azar y le resultó perfecto: su rostro abofeteado tan fuertemente por la vida era duro e insondable. Los jugadores se retiraban al ver que ella no paraba en sus apuestas, sino que las doblaba con indiferencia. Luego de desbancar a varios de los clientes más acérrimos y habituales del casino, nadie quiso jugar en su mesa, de modo que Ester se dirigió a la ruleta. Tenía tantas fichas que un empleado se ofreció a cambiárselas por otras de mayor valor y se quedó con una de ellas sin que Ester se diera cuenta ni le importara. Para entonces había multiplicado nueve veces la cantidad con la que empezó la noche.

En el nuevo juego, actuó como lo había hecho en la mesa del póker, apostándolo todo desde el principio y duplicando su ganancia en cada ronda. Las apuestas eran alarmantes, aún más cuando el dinero que obtenía ya no pertenecía a otros jugadores sino a los fondos mismos del casino. Su dueño, don Francisco Barajas, se encontraba esa noche en un concierto acompañado por la reina de las fiestas patronales de la capital. Tuvo que abandonar la fiesta luego de que le informaran del fenómeno de suerte que estaba a punto de quebrar al casino. En su desesperación casi choca dos veces. Entró al gran salón y detuvo la partida justo cuando Ester apostaba una cantidad equivalente a la mitad de los fondos absolutos de la casa de juego. Los empleados habían intentado detenerla cambiando varias veces al encargado de la ruleta, pues sospechaban que se trataba de un acuerdo secreto. Los jugadores protestaban para que las apuestas siguieran su curso, pues habían aprendido a apostar por el número que Ester dijera, y la emoción de la victoria fácil apenas se comparaba con la dicha de ver que saldrían del casino, por primera vez, con más dinero que con el que habían entrado.

Don Francisco acusó a la viuda de Salazar de tramposa, ladrona, defraudadora y la amenazó con llamar a la policía si no se retiraba. Ester lo oía como quien oye llover, desplazando una de sus fichas entre los dedos, con cara de tedio. La policía se presentó. El dueño pidió que la arrestaran, pero los jugadores intervinieron de nuevo en favor de ella. Los oficiales analizaron la situación y llamaron a sus superiores. El informe llegó hasta el Ministerio de Seguridad. Cuando terminaron de hablar con el ministro, se acercaron a don Francisco:

—Señor Barajas —le dijeron—, por todo lo que hemos escuchado de parte de los testigos, no encontramos ningún delito para arrestar a la dama. Le recomendamos que discuta con ella una solución. Además, para la próxima ronda, el señor ministro quiere apostar al mismo número que apueste la señora. Serán cincuenta mil dólares. Nosotros nos quedaremos como testigos del resultado.

—No habrá ninguna próxima ronda —replicó el señor Barajas—. ¡El casino se cierra! Y usted, señora mía, ¡aténgase a la demanda que recibirá mañana a primera hora!

—Mañana a primera hora no me encontrará con vida —dijo ecuánime la viuda de Salazar—, pero esta noche me iré con la mitad del dinero de todo el casino.

Pese a que el dueño no deseaba ver ni un minuto más a la viuda de Salazar, tampoco quería dejarla ir con su dinero. Los empleados, los jugadores y los agentes policiales los rodeaban, aguardando su respuesta. La única que no parecía esperar nada era la propia Ester, quien había llegado con la intención de aprovechar los pocos fondos que le quedaban y ahora estaba a punto de convertirse en dueña del casino.

—Mire, don Francisco —dijo —, le propongo una manita de póker, a todo o nada. Si me gana, le devuelvo todo lo que gané y se queda además con mi dinero; si le gano, me quedo con el casino. ¿Está de acuerdo?

El hombre miró a todos a su alrededor. Estaba mareado. No podía pensar. Un millar de ojos aguardaban la respuesta. Si se negaba, el casino quebraría, ya Ester había anunciado que desaparecería al final de la noche. Si aceptaba, podía recuperarlo o perderlo todo.

—Juguemos —resolvió, contradiciendo el viejo adagio de que el dueño del negocio no consume su producto.

Los empleados prepararon la mesa y sacaron un mazo nuevo, pues don Francisco sospechaba que la viuda de Salazar reconocía patrones en el anterior. Un trabajador de confianza barajó, otro cortó y repartió. Al hombre le faltaban dos cartas para hacer color y Ester obtuvo un par de ases. Se reveló la penúltima carta, que era el rey de corazones. A don Francisco sólo le faltaba una pieza para lograr su combinación. Las manos le temblaban y la saliva se le desbordaba por la boca; pero el naipe tuvo un efecto mayor en Ester, quien hasta ese momento parecía adormecida. La carta le recordó a su marido y lo imaginó esperándola con su hijo en casa, planeando la salida del fin de semana.

Una lágrima le brotó, se oscureció con el delineador de ojos y rodó, dejando un rastro negro que le atravesó la mejilla, para luego desprenderse y caer sobre el dorso de la carta que cubría con sus manos.


Antonio Cruz. (San Salvador, 1989). Narrador y docente. Premio Hugo Lindo de Novela (2021). Obra publicada: Piedras y quimeras (minificción. Proyecto Editorial La Chifurnia, 2022). Colaboración en antologías: Y nada más (Proyecto Editorial La Chifurnia, 2022), Cuentos indispensables Vol. I y II (Pantógrafo Editores, 2022-2023), Daños colaterales (Abrojo Editores, 2024).

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