Dos cuentos de  «Los Encordelados y otros asuntos de aficionados [La Saga]»

Manuel Barrera Ibarra nos comparte en exclusiva dos cuentos de su más reciente publicación

Manuel Barrera Ibarra | Poeta y narrador

Sí, Colosso

Había llegado a supuestamente destronar a Montaña Santana. Eso, en el hablar de la gente asidua, de la afición que esperaba nuevas emociones. Esa era la sorpresa que tenían don Anselmo y Relámpago azul para su compañero y amigo. Hacía varias semanas que pusieron a los presentadores a hacer la previa de este acontecimiento. Se habían puesto empapelados con engrudo en los alrededores de la arena y el gimnasio donde se mostraba la silueta de Montaña y del versus, a la derecha del ídolo, una silueta en blanco con los signos de interrogación dentro. Todo, con la venia del promotor y el enmascarado. La afición empezó a hablar de este nuevo asunto, de este nuevo Kayfabe. Algunos guardaron dinero para esta próxima contienda. A Santana lo enteraron mes y medio antes y frente a un papel membretado y legal que firmó con una estilográfica Paper Mate que el dueño de la arena le prestó. Las bases jurídicas de dicha batalla afirmaban que sería la pelea estelar, que sería a una caída con espaldas planas, con conteo de tres o de rendición. Una jugosa recompensa para el máximo ídolo y un seguro por daños físicos. También se daban las prebendas para el contrincante incógnito, pero eso no le importó a Santana. Casi en la previa olvidó esta lucha, pues entre entrenos, entrevistas, estrenos en Tik Tok y la alimentación de su recién estrenado sitio de Youtube, se le pasó por alto.

El día esperado lo halló frente a una multitud que vitoreaba su nombre y una lluvia de papelitos plateados y dorados que caían de una bola que se abrió por abajo, llenando la musculatura del gladiador en su torso, espaldas, piernas y brazos. En una esquina del cuadrilátero estaba el enmascarado incógnito, corpulento en su 1:93 metros, casi un nefilim bíblico, contrastando con los 1:84 metros de Santana Montaña. Los grandes ventiladores empotrados entre las láminas del techo y los pilares de hierro hacían que la melena rizada del ídolo del lugar se moviera casi al compás de su intro musical. El contrincante sorpresa lucía una máscara amarilla con una espiral negra en toda la faz de cuero y tela. Un homenaje a un luchador mejicano de los 80´s: El Psicodélico, remataba su imponente apariencia con unos ajustados pantaloncillos de cuero color amarillo y unas botas blancas. El viento artificial de los sendos ventiladores meneaba la melena negra crespa de Montaña Santana. También daba frescor a los aficionados. Era noviembre, el sol era con sus rayos implacable, pues caía vertical, por la posición del planeta y mordía la piel como perro con rabia. El árbitro, después que revisó suelas y rodilleras, los conminó a que se acercaran al centro del cuadrilátero para el apretón de mano respectivo. El debutante rechazó la mano llena de pelillos en su dorso del campeón. El veterano gladiador dio la espalda a su contrincante para saludar con brazos alzados a los que se le entregaban y vitoreaban por enésima vez su estampa, a lo cual aprovechó el novato para descontárselo entre espalda y pecho con puño cerrado y raquetazos a mano abierta. Santana cayó como principiante a la lona, presa de un dolor inmenso. El nuevo rudo enmascarado atacó rodillas y manos con pisotones y patadas. Un buen machetazo con pierna cayó pleno en el abdomen del luchador querido. Sendas manos pegadas a colosales brazos lo levantaron de la cabellera para despabilarlo con un látigo al cuello, que hizo aterrizar al campeón del pueblo en la lona por segunda vez. El plexo solar ya lucía escarlata. El psicodélico homenajeante se le fue en tijera sobre la cara e hizo que este saliera entre la segunda y tercera cuerda y fuera a parar a las primeras sillas plegables donde posicionaban sus culos la noble afición, y quienes lo recibieron con gusto, sobándolo con ungüentos fantasmas, pecho y espalda. El nefilim no desaprovechó el momento, bajó y le aplicó piquete a los ojos, dejando confundido y con una ceguera momentánea al supermán del barrio. El club de fans del gladiador amado empezó a preocuparse, más que todo las féminas de este grupo apoyador, pues nunca habían visto que el campeón tuviera tantos tropiezos dentro del pancracio. Era la primera vez que, en casi nueve minutos, Santana no respondiera a la agresión. El enmascarado con su espiral en la cara no daba tregua. Le arrebató una cubeta con hielo a un vendedor que se dirigía a la cabina de ventas y con eso le dio al adversario. La frente del paladín apreciado estrenó abertura y emanación de sangre. El fan club le gritaba al réferi para que hiciera algo. Estaban seguras que el nuevo hacía fraude tras fraude abajo del ring. Una impotencia y un colosal llanto empezó a apoderarse de ellas. El árbitro detuvo con sus dos manos huesudas una silla que el enmascarado amañador levantó, no sin antes mandar a volar al que ocupaba dicho asiento con sus posaderas calientes y delirantes. Montaña ya vislumbraba en todo su cuerpo sangre y sudor a granel. El regalito marrullero de don Anselmo y el enmascarado azul ya lo estaba enervando. No fue nada el amaño que se hizo cuando Relámpago azul con trampas le arrebató el campeonato de cuatro esquinas y que tuvo lleno hasta las banderas. Esa vez la muchedumbre fiel gritó la trampa hasta el paroxismo, pero nada se pudo hacer. La picardía prevaleció. El cinturón pasó a manos del otro idolatrado. Y ahora bonita sorpresa la que le estaban dando con este incipiente Heel. Ya parecía que él era un Jobber para el recién llegado. Pensando estaba esto, cuando el vehemente le pegó un rodillazo en el abdomen que hizo saltar las alarmas en la fisiología interna del luchador madreado. Las mujeres se desgañitaban con buus y mentadas de madres. Lanzaban latas de refresco al traidor cochino. En un chance que el juez luchístico se interpuso entre los dos, Montaña volvió al cuadrilátero. Iba subiendo el enmascarado incipiente cuando el veterano lo recibió con patada voladora, yendo a parar a las primeras filas, botando a unos ocho aficionados por su exagerada musculatura búfala. La maniobra fue celebrada por todos, aplaudiendo dicha hazaña del face, del limpio. Poniendo un pie sobre el mástil y el otro en la tercera cuerda, Montaña Santana se tiró en Moonsault o voltereta invertida sobre el traidor, haciendo que los ocho aficionados más otros tres, volvieran al suelo junto con el castigado. La arena aullaba con la pirueta estrenada. Empezaba el espectáculo de el de cabello largo y ensortijado, estaban seguro que su enojo era mayúsculo por tanta infamia. El héroe hizo regresar al nuevo al ring. Este subió aturdido. Eso dio pie al veterano para aplicarle una hurracarrana y después una doble Nelson que casi desmaya al contrincante sucio. Lo venció aplicándole un francotirador, como homenaje a su querido Bret Hart. Esa llave hizo que el nuevo no resistiera más y el réferi verificó que se rendía al agitar las manos en señal de derrota. El lugar esperaba más del glorioso, pero al final comprendieron que ya no daba más por el cansancio y la perdida de líquido rojo, estallando en aplausos y vítores. Muchos se subieron a la lona a cargar en hombros al ganador fiel. Las muchachas daban besos como pomada sobre la frente sudorosa y roja del soldado de los encordelados. Hubo algunas que no desaprovecharon la ocasión para agasajarse al tocamiento del abdomen de lavadero del luchador. Los hombres lo levantaron, como ya se anotó, y le dieron un recorrido por todo el Ring Side. Montaña se dejaba querer, se dejaba mimar. Las féminas le agarraban la cara para besarlo, otras le pellizcaban nalgas y muslos, hubo unas que pasaban sus manos sutiles por el plexo solar para llenarse de sudor y sangre y untárselo en las caras.

Todavía chorreando gotas de agua de su cuerpo semi desnudo y cubierto por una toalla blanca en la cadera, el ganador vio cómo el vapuleado le extendía la mano derecha en señal de respeto, la izquierda tenia la máscara amarilla con el espiral negro. Éste le dijo su Gimmick o apodo luchístico, y al cual se lo habían asignado, gerente y enmascarado azul.

—¡Fue un placer haber luchado contra usted! ¡Soy un ferviente admirador! —. Don Anselmo y el Azul conminaron a que Montaña Santana le diera la mano. Lo del rechazar la mano en la batalla fue idea de los dos, para poner chilosa la refriega.

El vencedor mojado y semi desnudo estrechó la mano del gladiador efebo.

—¡Pegás duro, cipote! —. El nuevo extendió por toda su cara una vergüenza franca.

—¿Cómo me dijiste que te han bautizado estos dos rufianes?

—¡Colosso, señor. Colosso!     

***

Medianoche y colección

“Dos veces con ésta, GasolinaRenderos”, le ha dicho al sujeto que no quiere firmar autógrafos ni tomarse selfis con nadie. Tampoco quiere invitaciones pagadas por adelantado a baldes cerveceros. Solo quiere beberse sus tres cervezas e irse en el más completo anonimato. Que aquí no es la arena luchística y que solo quiere paz y silencio, descabellado esto, pues en ese berenjenal de ruidos, choques de vasos y botellas para brindis, gritos estrafalarios y mitómanos, ¿dónde se alcanzaría el silencio?
El beodo insistió y casi le cae encima al de los encordelados. Gasolina se levantó con su metro ochenta y seis centímetros, contuvo al borrachín por los brazos, pero no lo lastimó; trató de sentarlo en una silla adyacente, pero éste necio volvía a la carga. El camarero de su zona llegó a ayudar. El dipsómano se le prendió del grueso cuello, casi roble. En una maniobra casi mecanizada y rauda el gladiador se quitó la llave anémica del pseudo admirador. Hizo palanca al brazo por sobre la espalda y lo inmovilizó. Los amigos del reacio llegaron a rogarle que lo perdonara y lo soltara para, entre todos, sacarlo de ese lugar. El de los brebajes exaltados gritaba y con el otro brazo manoteaba por detrás tratando de alcanzar la faz del castigador profesional. Todos los parroquianos dejaron los vasos y los brindis y se concentraron en la zona donde se torcía al necio.
   Gasolina lo levantó por sobre su cabeza y lo dejó ir como tronco al agua a los peticionarios. Éstos lo recibieron y le sirvieron de colchón entre suelo y sillas metálicas. Pidió la cuenta al mesero de la zona y rápido pagó en la caja. No paró de correr hasta que una suave lluvia se le coló en los géneros de su capucha deportiva. Sus brazos de bronce y al desnudo dejaban patinar gotas de la garúa al suelo. “¿Vas a cenar?”, preguntó la vieja progenitora que hizo con la boca un fruncido de desapruebo cuando el portazo de la puerta de la calle expiró. Él, desde la cama y ya sin pantalones mojados, masculló un: “No tengo hambre”.
   No hubo replica de la vieja.
   Echó llave a la puerta de su cuarto. Después, sacó, contempló y acarició la colección de barbies y kenes que tenía en un estante de cristal de un metro con setenta de alto por setenta centímetros de ancho. La cama recibió a la mayoría y él con un trapo húmedo les fue pasando el cariño y respeto por sobre la superficie plástica hasta llegar a la escarificada marca Mattel, que tenían en una de las plantas del pie dúctil.
La medianoche lo encontró dormido y sujetando contra su pecho recio dos Barbies: de temática decall center, una; la otra, de secretaria ejecutiva


Manuel Barrera Ibarra. (Usulután, El Salvador, 1969). Licenciado en Letras por la Universidad de El Salvador. Perteneció al reconocido Taller Literario “Xibalbá”, 1990-1994. Obras publicadas en poesía: “Memorias del Paleolítico” (Editorial Amada Libertad, 1999) “Mitómano suelto” (Dirección de Publicaciones e Impresos de El Salvador, 2004), “Ganar la niebla” y “Tattoo” (Proyecto Editorial La Chifurnia, 2015 y 2018) y “Estro” (Estro Ediciones, 2022), Los Encordelados y otros asuntos de aficionados [La Saga]» 2026 . Premios: Primer Lugar Radio Francia Internacional, Alianza Francesa de El Salvador; Homenaje a “René Char”, 2007. Seleccionado para publicar en la Dirección de Publicaciones e Impresos de El Salvador por su libro “Mitómano suelto”, en la Colección Nueva Palabra, 2004. Invitado a festivales de poesía nacionales e internacionales en Centroamérica y Cuba (Uneac, La Habana, 2014). Fundador de Estro Ediciones y Falena Editores.

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