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La poesía de David Morales: Muerte que vence a la muerte

La poesía de David Morales

El poeta Otoniel Guevara nos comparte una selección de David Morales, uno de los integrantes del Taller literario Xibalbá, de los años 80


Otoniel Guevara | Poeta salvadoreño y director de Chifurnia Libros


Estar al frente de uno de los casos más controversiales de las últimas décadas en El Salvador le ha ocasionado a David Morales (San Salvador, 1966) persecución política y amenazas permanentes de casi todos los sectores del espectro ideológico del país. Se trata de la masacre de El Mozote, que produjo alrededor de 1000 víctimas mortales en varios cantones del norte de Morazán en 1981, perpetrada por el ejército salvadoreño con apoyo de los Estados Unidos. La Fuerza Armada de El Salvador se ha negado sistemáticamente a entregar los archivos que hacen referencia a esta masacre, pero ha sido el actual mandatario, Nayib Bukele, quien ha dado a David un trato abierto de enemigo público, lo que ha provocado una lluvia de amenazas y acosos contra su integridad.

David, que ha dedicado su vida profesional a la defensa de los derechos humanos, camino que lo llevó a ser Procurador de esta institución gubernamental, es un magnífico poeta. Incursionó a la vida cultural del país junto a sus compañeros del Taller Literario Xibalbá, a mitad de la década de los ochentas, en plena guerra, siendo uno de los poetas más sobresalientes por su temprana lucidez y la fineza de su poesía, emparentada al inicio con una vertiente más clásica que luego desembocaría en formas definitivamente vanguardistas, descarnadamente viscerales.

Esta primera etapa bien podría tomarse como un desolado cementerio si uno sólo la contempla desde su literalidad sin asumir el coraje para escudriñar dentro de sus luminosas tumbas: ahí descubriremos corazones pulsantes movilizando aún la sangre, respirando profundo. De esa fosa común puede uno desenterrar esta sentencia, dolorosa y fértil en su certidumbre:

No sé cómo hablarte de la muerte
porque el amor crecerá desde ese fango

—Versos de Alba—

Lapidario. La frase que dedica a su amada se convierte en profecía infeliz para su pueblo. Habrá amor, y habrá paz, incluso, pero estarán maculados por una historia desgarradora, por un pasado de muerte y desamparo, tal la historia del poeta, que, al sepultar a su madre también pone término a esa vida donde los juegos son posibles porque están coronados por la inocencia y el amor desmesurado, y de esa manera iniciar una marcha donde por siempre sus hombros asombrados rechinarán bajo el peso de un copioso ataúd.

Será la presencia de la muerte la que lo acompañará inclemente, cuando ejerza su oficio de justicia y el tenor de su voz sea menos melodioso:

Nacimiento de esta muerte
que iré regando
por el resto de los días.

—Al final—

Luego, la presencia devastadora de la madre muerta copará hasta sus pocas palabras de esperanza. Las más sensuales también correrán por esa vertiente, ese túnel inútil para dialogar, bueno ya sólo para el adiós y un luto sin final previsible. Casi naturalmente, sucederá la dura experiencia de procurar justicia para los martirizados, que en El Salvador constituyen legión, y que se encarnan ferozmente en el martirio de Monseñor Romero y en el sacrificio de niños y mujeres en diversas masacres; ese romper de nuevo la caricia protectora que nos unifica en la cotidianidad, pero también en el devenir. David asumió esa responsabilidad jurídica, tanto en el caso de el Mozote como en el de Romero, devenido en santo de los pobres.

En la masacre de El Mozote la relación Madre-Hijo vuelve a ser incendiada:

el vientre con una tumba
metida por la fuerza.

—Rufina Amaya—

Se rompe el ciclo natural de la vida al parir un cadáver, al ser los padres los que entierren a sus hijos. Ya no sólo debemos cargar con la pesada carga de ser huérfanos, sino que dejamos de ser, o si logramos ser es ya desbaratados y pervertidos por el dolor, y nos limitamos a hablar con satisfacción de la túnica que llevaremos el último día, como señalara Roque Dalton en su poema «El Hijo pródigo».

Los primeros poemas de David datan de más de 30 años atrás. Fueron publicados con el nombre de «A la hora de las sombras» en la Revista «Ars», que tan sabiamente dirigió el poeta Ricardo Lindo. Luego podremos leer de él un natural tono demencial en «Verdor de sangres», donde el poeta se expone con las venas vaciadas y le comparte a Dios que ya no asusta por ser Dios sino por no ser: Ante el rostro divino hierven los corazones arrancados por la jauría, ante su rostro impotente fluye un río muerto. Ya no hay nada que pedirle, ni por la muerte de los verdugos del pan, ni por la venganza del pobre y del bombardeado, ni por el odio del grito y del torturado, ni por la libertad de la luz y de la tierra desolada. Nada que esperar ni del hombre ni de Dios. Pero esta controversial desesperanza acuna un fuego íntimo que nos permite, todavía, vislumbrar un hueco de luz:

¡Ay, Dios, Dolor,
Centuria Maldita!
¿te amo? ¿te destruyo?

—Sin sangre—

Amar o destruir, ¿acaso son opciones en este paraje infernal? ¿Qué fue la lucha armada popular de los setenta y ochenta sino una destrucción fundamentada en el amor a los prójimos? ¿Qué fue esa guerra sino la reacción lógica ante el abrazo ensordecedor del exterminio? Todos los movimientos emancipatorios de la maldita centuria vigésima, ¿acaso no fueron la natural respuesta de un pueblo colapsado por el dolor, la opresión y la impunidad?

Finalmente, en la lúcida y visceral escritura de David Morales, la lucha por el amor exige desterrar todo miedo, toda claudicación, todo inútil afán victimizante, y es además la conclusión que conquista cuando en el poema «Muerte detenida» exclama:

…estoy aquí para recoger
las luces que cayeron de tu boca.
…no quiero ni una sola lágrima para mis sombras.
Pero amor, sin ojos para estas horas solitarias,
desde las sombras cada paso es un encontrarte
y vengo, voy, viajo siempre, labrador que busca tu vientre…

Y a pesar de que el tiempo es demasiado malo para seguir jugando, dentro de estas tumbas todavía palpitan muchos secretos para quienes logren sobreponerse al horror de las muertes y hagan de este particular cementerio su más cara sementera.



Selección de Poemas de David Morales

Hijos de la tumba

Nacimos a la luz de la muerte,
al filo del rostro podrido que dejaría
la mesa vacía para siempre.
Para vivir sembramos nuestros huesos
sobre la tumba amarilla de los montes,
lavamos las heridas y la agonía
con el agua sepultada de la sangre,
cargamos con la noche como con un cementerio.

Hijos de la cruz y la tiniebla,
hijos perseguidos del horror,
perdiendo carne por carne
hora por hora los segundos del corazón.

Cementerio mío te odio, cementerio mío
me debes tantos muertos.
Cementerio mío eres mi madre,
vientre profundo, patria moribunda.
Cementerio mío, todavía con hambre hemos venido,
a sembrar por última vez
el hacha que te dé la sangre de la vida,
abono para el nacimiento de tu corazón:
por nuestros muertos,
sólo por nuestros muertos.

A la memoria del poeta Alfonso Hernández,
16 de diciembre de 1998.



Madre

De paso quiero decirte
que yo también voy a morirme en esta lluvia.
Y ese cuento bastará para dormir
por esta noche.
Pero ahora, madre, va de verdad el asunto.
Tira del frío y arrópame, por última vez,
sin inventar un solo gesto.
Apaga la luz, que no tendré miedo de todos modos.
Dame la mano (si lloro será nada más por despedirme)
y abre la puerta para salir despacio:
¿no sientes la lluvia más pesada?
Mira, no tenemos adelante sino sólo recuerdos,
córtalos, deja ya ese anteayer tan vivo,
el tiempo es demasiado malo
para seguir jugando.



Versos del alba

I

Sabes, de la tormenta oscura desde donde vengo
es la lluvia de los hombres,
es la muerte persiguiéndonos,
es la respiración escondida.
Todo tiempo fue una peregrinación hacia la sangre.
En ese lugar, mi amor, entre los demás,
tus ojos solo fueron otra sombra.
Nuestros labios, no solo los tuyos, no solo los míos,
se rompieron contra el río de los cuerpos incendiados.
Ahora conmigo, náufrago del silencio,
no sé cómo explicarte la historia de los corceles negros,
esos que nos convirtieron en fantasmas.
No sé cómo hablarte de la muerte
porque el amor crecerá desde ese fango:
irrupción de la noche sobre tus ojos,
piel de la luna retenida,
viento de sombras de la cual saldrás limpia y blanca
y sola, quizá, sin llevar mi muerte escondida bajo el corazón.


II

No estás. Sé que no estás.
Que tras toda esa niebla de fuego
no tiembla un cuerpo ni una piel se mueve.
Con la noche terminada, entre cada hoja inmóvil,
has comenzado el andar que teje la ausencia.
Ya no vuelvas la cabeza,
alba del amor, muerte del camino,
déjame en la tierra donde la sangre se mueve,
suéltame en el río donde revientan las palabras,
sácale piel a nuestra historia,
siembra otras manos para el que venga.
Abandóname que no voy a seguirte.
Al fin de cuentas ya no importa en esta madrugada,
cuando todos los ojos que dejaste
servirán para esperarte hasta la muerte.


III

No me habrás besado el catorce de octubre.
Yo estaré sentado alejándome,
pasajero en la corriente de la sangre.
Hace tiempo, cuando niño, amé tus ojos,
cuando no esperabas ni una gota de amor
desde la tumba o la palabra,
desde la vida o la sombra.
Aún no estabas, incorpórea,
Pero me empezaba a sufrir la muerte como una lluvia.
Tú probablemente eras feliz entonces.
Pero yo esperaba ya tu adiós sin una lágrima.



Al final

Se junta y se rejunta el cielo negro
hasta tu vientre.
Donde yo nací.
Carne querida que se desgarra
bajo el sótano de la vida.
Se muere y se remuere el grito
entre tus piernas.
Criatura de sombra que se viene
sollozando en el camino.
Vas llorando así. Quieta.
Hermanada con la tierra
bajo el aire turbio.
Vas bajando así.
Nacimiento de esta muerte
que iré regando
por el resto de los días.



A lo lejos

Divago la razón.
Esta noche soy la negrura;
MS, soy la carne.
La sangre
debe correr
como diré:


Así me llamarás

Ríe, Sacrificado.
¿Ves ese río muerto?
Somos él.
No me asustas
por ser Dios.
Me asustas por no ser.
Mira bien en el caldo,
descubrirás estos corazones.
Hirvientes ciegos,
borbollantes ruines
               de ojos rodantes.
Dime polvo,
Dios.
rojo,
tambor,
corazón,
intensidad.
¿Existe el diluir?
Corro desde
hace tiempos…
existo porque
la muerte
se llamó David.
Amo porque,
en verdad,
a lo lejos,
el sol ilumina sombras…



Rufina Amaya

Corazón de ceniza y
hueso calcinado sobre el alma;
pie de muerte,
piel de llanto
pulso precios para
vivir temblando.
Desnuda corre por el magueyal
la madre:
la hora detenida
en el fuego inmenso,
el paso en la sangre
resbalosa,
el vientre con una tumba
metida por la fuerza.
Sangre llama a sangre,
muerte a muerte,
entrega total de las sombras.
La vida tiene un nombre
y la luz un alma por romper:
una sangre eterna los caminos.


Sin sangre

No tengo sangre,
pero tengo un rumor
terrible
que no queréis mirar.
Primero invade las pupilas,
luego la garganta,
después la vida.
El corazón es un trapo
con que me masturbé.
Me río de la existencia
como la muerte se rió.
Desmorónate.
Derrúyete.
¡Hemos llegado al pie de mi carcajada!
¡Ay, Dios, Dolor,
Centuria Maldita!
¿te amo? ¿te destruyo?



DAVID MORALES (San Salvador, El Salvador, 1966).Poeta y abogado. Miembro fundador del Taller Literario Xibalbá. Licenciado en Leyes por la UCA. Participó en el IV Encuentro Internacional de Poesía «El turno del ofendido». Fue Procurador para la Defensa de los Derechos Humanos de El Salvador. No ha publicado libro.

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