Adiós al Indio

«Lírico impresionante, el Indio supo aunar en un tono coloquial el espíritu beat y el gótico para expresar los dramas de la urbe contemporánea», escribe Alberto Quiñonez Castro, en este sentido homenaje a el Indio Solari, líder de la banda Patricio Rey y sus redonditos de ricota, recientemente fallecido

Alberto Quiñonez Castro | Investigador social, poeta y ensayista

De Patricio Rey hasta el trópico centroamericano subieron pocos acordes: una o dos canciones, quizás, sepultadas por éxitos de bandas más asequibles –no quiero decir comerciales. Pero era más la incomprensión, la desconfianza, el telón que siempre se me interpuso para oír a Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Esto lo escribo un viernes 5 de junio, a horas del fallecimiento del Indio Solari, líder indiscutible de la banda.

Lírico impresionante, el Indio supo aunar en un tono coloquial el espíritu beat y el gótico para expresar los dramas de la urbe contemporánea, los avatares de la política y la hipocresía social. A diferencia de una lírica estilizada (como en Serú Girán o en Almendra), las letras del Indio siempre fueron callejeras y sucias, preñadas de lunfardo y hermetismo. Precisamente, parte de la efectividad de sus letras se basa en su ambigüedad y en cómo ésta da paso a lo que Ernesto Laclau denominó como significantes vacíos: nodos en los que diferentes sujetos ven manifiesta su identidad y sus exigencias.

En mis primeras semanas en Barracas me aficioné a visitar el barrio de La Boca. Una tarde me acerqué a una venta callejera de choris, entre un altar a San La Muerte y un mural al Gauchito Gil. En una bocina sonaban Los redondos: quemando la turbina, te escapás ¿vas a volver a herirme, otra vez? Fue un cortocircuito inmediato.

Un poco hablamos con el parrillero y pregunté de quién era esa música. Dijo: “es una música nuestra… rock del nuestro, Los Redondos papá”. Supe que ese “nuestro” no significaba “nacional” o “argentino”, era algo más profundo, concreto: una simbiosis entre el misticismo del Indio, la guitarra de Skay Beilinson y la condición existencial de esos vendedores callejeros, es decir, el tuétano del conurbano profundo, las luces y las sombras de la esquiva Buenos Aires.

Los Redondos encarnaron como ninguna otra banda el fenómeno del rock de masas en Argentina. Las intricadas letras del Indio, el misticismo de una banda que nunca se vendió al mundo de las disqueras, el sonido siempre duro y cuidado, la cercanía con grupos de izquierdas y una imagen visual sin pretensiones, les dotó de un aura de autenticidad que nunca los abandonó. Por eso, sus conciertos pasaron a ser llamados “misas” –las misas ricoteras- que convocaban a cientos de miles y que registraron los pogos más multitudinarios de las últimas décadas.

Y hoy, un viernes de junio, después de casi diez años de padecer un párkinson que él mismo dio a conocer sin dramatismo, el Indio Solari partió en un último bondi a Finisterre. Además de la música, influyó en la poesía y en la literatura reciente de la Argentina, además de dar el aliento a una de las tribus urbanas más grandes y movilizadas de ese país: la tribu ricotera.

Aquella tarde, bajo el sol menguante de la primavera porteña y su brisa, recordé la patria como una daga. El Indio cantaba: yo voy en trenes, no tengo donde ir, algo me late y no es mi corazón. Desde una terraza frente al riachuelo yo miraba más al Sur, hacia Isla Maciel, hacia el Dock Sud.


Alberto Quiñónez Castro. Investigador social. Economista por la Universidad de El Salvador (UES), maestro en derechos humanos por la Universidad de San Martín (UNSAM) y doctor en filosofía por la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). Poeta y ensayista. Ha publicado: Hierro y abril (Editorial Equizzero, 2014); Del imposible retorno (DPI, 2018) y Poemas del hombre incompleto (DPI, 2019).

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