El escritor mexicano Carlos R. Sumuano nos comparte una reflexión sobre el oficio de escribir y sobre los falsos sueños de quienes pretenden ser reconocidos como escritores
Carlos R. Sumuano / Escritor
Hay muchísimas personas que no son literatas precisamente, pero que sí se ostentan como escritores, algunos de ellos ya en edad madura, pero que apenas han escrito no más de diez cuartillas. Otros escritores sueñan con publicar sus libros y que, por arte de magia, se conviertan en bestsellers y, por ende, ganar mucho dinero. Por principio de cuentas, la mayoría de ellos tienen mala sintaxis y peor ortografía. Lo que muy pocos saben, o no gustan darse cuenta, es que el escritor, sobre todo si es poeta, tiene que leer muchísimo para que pueda escribir con los años sus propios trabajos con ciertos valores literarios.
Tengo el honor de conocer a unos quince escritores de la región, cuyos textos son casi impecables en lo que a gramática se refiere. Pero hay muchos, incluyendo catedráticos y jóvenes universitarios, por ejemplo, cuya ortografía deja mucho que desear.
En otro punto, muchos hay que se dicen escritores y desean publicar sus notas y memorias, pero quieren que otro les arregle sus líneas; les pase en limpio los textos y les corrija sus escritos sin querer pagar ni un peso.
Conocí a un tipo acaudalado y matón, pues siempre portaba algo disimulada una pistola al cinto, de esos individuos que se sienten muy inteligentes y no son más que tipos vulgares que al tener dinero quieren que los demás les rindamos pleitesía. Cierta vez que yo caminaba por una avenida muy transitada, dicho ricachón alcanzó mi paso, me tomó del brazo para decirme algo así:
-Carlos, sé bien que andas con necesidades, y según supe tienes algunas de tus trabajos que no puedes publicar por falta de “pisto”. Por qué no me das uno de tus libros, que se publique con mi nombre, que se vea que yo soy el autor, y te doy una buena paga.
Cogido por la sorpresa tardé buenos segundos para responderle algo así:
-Humm, creo que no, ningún escritor quiere vender su obra para que cambie de autor, porque lo escrito allí es como pensamientos y a veces son anhelos del propio autor y otras son gritos de su alma.
Atusándose el recortado bigote el hombre insistió socarronamente:
-Bueno, resulta que hace días pagué un ganado y ando bajo, pero bien podría darte 4 mil pesos por cualquiera de tus libros, pero que quede a mi nombre.
Después de negarme rotundamente y ver la irrisoria cantidad que me ofrecía, tuve que hacer esfuerzos para no responderle con ciertas groserías.
En otra ocasión, recibí el ofrecimiento de otro señor que, según él, escribía mucho, pero que yo nunca le he leído línea alguna. Me invitó un refresco en los portales del parque Hidalgo, solo para decirme algo así: “Mira Carlos, tengo ya preparado como unas cien páginas, se trata de la historia de mi vida que ha sido muy interesante y quiero que lo veas y lo arregles, la publicamos y ahí vamos a la mitad de las ganancias”. Le respondí que yo, desde luego, podía arreglarlo, pero tendría que pagarme cierta cantidad por reescribir y corregir los textos, y ya después que él mismo lo editara, lo vendiera y le quedaran todas las ganancias. Se despidió de mí muy enojado.
Y luego otro que más o menos me dijo así: “Fíjate amigo, que tengo un chingo de escritos muy buenos, los voy a juntar todos, te los doy para que tú los compongas y lo corrijas, tú ya sabes como publicarlo y ahí vamos mita’ y mita’, ganaremos mucho dinero, vas a ver”; cuando le aclaré lo difícil que resulta editar un libro, también quedó muy enojado.
Cierta vez, una joven de 26 años, que era compañera de mi segundo grupo poético, me invitó un café en los portales. Por supuesto, como un varón muy coqueto yo me sentí muy halagado, mas ella iba en otro plan: la chica me mostró su dizque poemario, pues tal cosa constaba de un largo prólogo y de siete poemas bastante insulsos; o sea que, todo el libro con ciertos rellenos apenas constaba de veinte y tantas páginas. Entornado los ojos, ella me dijo algo así: “Fíjese don Carlos que quiero pubicar este mi poemario, pero según me han dicho necesitaría más paginas de poemas y parece que ya se me fue la inspiración; y pues… no sé si usted pueda donarme algunos poemitas que le sobren”. Como yo no esperaba semejante petición, tardé un poco en reaccionar solo para indicarle, que no podría ser muy efectiva esa “donación” pues los lectores se darían cuenta pronto del cambio de estilo. Por supuesto, esa linda chica ya no me invitó ni un vaso de agua. Días después cuando le platiqué el tema a una amiga que sí es escritora me indicó
-¡Ay, Carlos!, te falta colmillo, le hubiera dicho que sí, pero de a dos mil pesos cada poemita”
Otro hombre calvo y bastante maduro se me acercó para decirme que tenía tres libros terminados, pero necesitaba quién lo apoyara, le respondí lo que a todos, que soy un escritor de pocos recursos y sin ninguna influencia con nadie para las ediciones. Mas, como él ya me había entregado el libro que llevaba en la mano, yo apenas le miré la primera página y noté con rapidez que en unas cuantas líneas tenía algunas fallas ortográficas, cuestión que le hice saber. Y, francamente no esperaba una reacción tan mala, ese hombre me arrebató el libro de mis manos al tiempo que se dirigió a la salida vociferando algunas palabras, y gracias a un amigo que estaba a unos metros logré descifrar su palabrería: “Yo no soy profesional como usted, yo lo creí buena gente, pero me equivoqué”. Quedé destanteado por muchos días preguntándome de qué era yo profesional y por qué ya no soy buena gente.
Otro caso muy curioso, de un señor ya septuagenario que me anduvo buscando por mucho tiempo , pues unos meses antes un vendedor de libros usados me había hablado de él; dicho señor siempre andaba con un grueso legajo de papeles bajo el brazo, cuando al fin me encontró en el parque Bicentenario, me invitó un café en una tienda y me dijo: “Señor Carlos, me dijeron que usted es bien chingón para hacer y vender libros, fíjese que aquí llevo una novela de aventuras que escribí y está ¡a toda madre!, pero antes de entregársela tenemos que hacer un contrato y me tiene que dar un adelanto de dinerito”.
A punto estuve de carcajearme de la ingenuidad literaria de ese señor, no tardé en responderle que, “ese tema de que un editor le de un adelanto por la obra de alguien resulta un mito entre literatos pobres: claro que sí sucede, pero en escritores de mucha fama reconocidos internacionalmente, los cuales suelen ser pocos… muy pocos individuos”. De manera directa proseguí aclarándole “lo que usted necesita es un editor o impresor y dinero para pagar esa edición, yo no podría ayudarlo porque soy un escritor de poca fama y magros recursos”.
Por esta vez si me costó sacarme de encima a tal escrtor, pues mucho insistió diciendo que ya tenía unos seis meses buscándome. Y a saber de dónde sacó la idea para decirme que, yo era el “manager indicado” para publicar su “fantástica” obra.
Como se puede ver, existen escritores mucho más soñadores que un servidor.

Carlos R. Sumuano. (Chiapas, México, 1948). Escritor. Autor de Rayos y violetas (cuento), Senda de nadie (novela), Céfiro de ensueños (Poesía) y su más reciente novela publicada por CONACULTA, Jaguar. Fue amigo personal de Eraclio Zepeda, quien a su vez es conocido en El Salvador por su entrañable amistad con Roque Dalton.
