Los doce escuderos del rey Trump

El único rasgo común a los doce «escuderos» americanos es su vasallaje a Trump, escribe Federico Hernández Aguilar refiriéndose a los doce presidentes que conformaron la iniciativa «Escudo de las Américas», del presidente estadounidense

Federico Hernández Aguilar | Escritor salvadoreño

Como todo aspirante a autócrata, Donald Trump ha elegido ya a su propio séquito de escuderos. De momento tiene doce, gobernantes todos ellos de sus respectivos países, pero ahora suscritos a una extraña alianza regional cuyo propósito principal es hacer frente, en teoría, al crimen organizado y al narcotráfico. ¡Vaya tarea compleja! ¡Y vaya personalidad al mando!

Desde tiempos bíblicos, los reyes y los grandes líderes militares eran seguidos de cerca por hombres que cargaban las armas adicionales que pudieran requerir durante el combate. Incluso de vez en cuando, si el soberano hería a un adversario, el escudero tenía la responsabilidad de rematarlo, cuidando así la reputación de su jefe como alguien valiente al que no le temblaba el pulso. Por estas razones, hallarse a cargo de la escudería de un monarca o general se consideraba un alto honor, pues denotaba un alto grado de confianza.

Durante la Edad Media, los escuderos eran jóvenes (nobles casi siempre, pero también los había plebeyos) que asistían en todas sus actividades a los caballeros, apercibiéndolos de armas para la guerra. Estos muchachos, postulantes ellos a un rango superior, portaban el escudo o estandarte de sus amos, cuidaban de sus caballos y espadas, les ayudaban a vestirse antes de cada batalla y hasta curaban sus heridas después de la refriega. De ahí proviene, hasta nuestros días, esa idea del escudero como un criado leal y eficiente del que incluso se esperaba, de ser necesario, la ofrenda de la propia vida con tal de defender la de su señor.

Precisamente con el pomposo nombre de “Escudo de las Américas” ha bautizado el presidente Donald Trump, hace unos días, esta “nueva gran coalición militar letal para erradicar los carteles criminales” en el continente, iniciativa firmada obsequiosamente por esa docena de “escuderos” que logró reunir en uno de los elegantes clubes de golf que posee en la ciudad de Doral, estado de La Florida.

Sin embargo, por bien dispuestos que se hallen los gobernantes de estas naciones, aún no queda muy claro cómo diablos los ejércitos y armamentos de Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay, Trinidad y Tobago y Guyana —incluso combinados— podrían llegar a conformar una “gran alianza militar letal” contra las bandas delincuenciales más temidas y organizadas del hemisferio occidental. Costa Rica, por ejemplo, ni siquiera tiene ejército nacional: un visionario estadista, don Pepe Figueres Ferrer, lo abolió en 1948, en un acto simbólico desarrollado en el antiguo cuartel Bellavista, hoy sede del Museo Nacional costarricense.

Lo que sí llama la atención es que las fuerzas armadas y policiales de Brasil, Colombia, Canadá y México se encuentren fuera del proyecto de Trump, siendo que entre los cuatro países conseguirían sumar una fuerza equivalente a 1.170 millones de efectivos. Por consiguiente, si creemos que el objetivo del presidente norteamericano es conformar —en serio— una gran alianza militar para poner freno a la criminalidad y el narcotráfico en el continente, la deliberada exclusión de México y Colombia es una imperdonable incongruencia de origen.

La causa evidente de este despropósito no es otro que el capricho ideológico. La Casa Blanca ha llamado solo a los gobernantes que considera afines al pensamiento de Trump; al resto, sencillamente, los ha hecho a un lado, con el problema de que así desbarata, de entrada, la funcionalidad práctica del “Escudo”.

Por su parte, la prensa internacional, ganada por el simplismo, ha convertido en consenso el calificativo de “derecha” para endilgarlo sin más a la exclusiva lista de líderes asistentes, como si todos ellos representaran exactamente lo mismo. Lo cierto es que el único rasgo común a los doce “escuderos” americanos es su vasallaje a Trump. Nada más. Liberales dignos de llamarse así —es decir, democráticos, justos, ecuánimes, amantes de las libertades individuales, respetuosos de los derechos ciudadanos— en ese grupo podrían contarse con los dedos de una mano.

Se trata, en todo caso, de una nítida foto “de familia”. Quienes aparecen allí sonriendo no tienen el carácter suficiente para negarle algo a su señor, cuya escudería cargan por diversas y no siempre confesables razones: unos porque le deben a Washington su propia continuidad en el poder; otros porque esperan obtener algo a cambio de su obediencia; todos porque saben que mostrar cierto grado de dignidad e independencia ante Trump es, cuando menos, peligroso.

Por eso ninguno de estos doce “escuderos” se atrevió a replicar nada al presidente de Estados Unidos cuando insultó, con lujo de desvergüenza, a nuestra lengua hispana, diciéndoles que carecía del más mínimo interés para aprenderla. Javier Milei, mandatario argentino, hasta hizo el encomiable esfuerzo de escupir algunas palabras en inglés, convirtiéndose en meme viral además de torpe adulador. El resto de convocados se limitó a reír de buena gana, como si el desprecio a su propio idioma fuera motivo de chiste. (Hemos de agregar, eso sí, que la docena de convocados no destaca precisamente por su capacidad oratoria o por haber pulido la lengua de Cervantes. Todos los presentes en Doral entienden la comunicación más o menos como la entiende Trump: las formas son lo de menos. Lo que vale es la teatralidad, el espectáculo, la apelación directa y sin filtros a los más básicos sentimientos de la audiencia. Y en ese oficio tan elemental no existe espacio para la retórica fina ni el empleo elegante de las palabras).

Por eso tampoco ninguno de ellos salió en defensa de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, cuando la misoginia del anfitrión le llevó a parodiarla ridículamente, como si la mandataria vecina fuera una chiquilla llorona y miedosa. El patético remedo fue seguido de las sonrisas y los aplausos que suelen esperarse entre colegas machistas y autocomplacientes. Implícita o diagnosticada, la sociopatía compartida es terreno fértil para la fanfarronada y la vulgaridad.

Por favor, no se me malentienda. Estoy claro del extremo coraje que habría requerido, de parte de cualquiera de los asistentes, comportarse como todo un caballero para resguardar la honra de una mujer. Pero es absurdo exigir peras a los olmos. En el club de golf de Donald Trump, mientras las dulcineas del mundo deben soportar mofas y humillaciones, escasean los quijotes. Solo había un amo en esa reunión; los demás, no se olvide, eran pajes, segundones, servidores, criados… ¡Escuderos, pues!


Federico Hernández Aguilar. Poeta, escritor, analista político y gestor cultural. Su formación incluye estudios en Ciencias Políticas y Ciencias de la Comunicación. Tiene una especialización en Logoterapia y junto a su esposa dirige una empresa de formación integral, dirigida a familias y corporaciones. Tiene 16 libros publicados y es un reconocido articulista nacional e internacional. Entre los más recientes galardones que ha ganado se encuentra el "Business Leader of the Year" (edición 2020), entregado durante la 28a. edición del World HRD Congress en la ciudad de Mumbai, India. Esta distinción mundial reconoce el aporte histórico de empresarios o intelectuales que se hayan destacado en la defensa de las libertades individuales y la democracia. Ha sido asesor presidencial, diputado y ministro de cultura, todo antes de cumplir 30 años de edad. Durante más de 12 años fue Director Ejecutivo de la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador. Forma parte de Índole Editores y es columnista permanente del periódico disidente 14 y medio .

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