Los libros pueden salvar a las personas, a sus lectores. Krisma Mancía nos describe cómo el encuentro con el libro «La casa de vidrio», de Claudia Lars, fue uno de los detonantes que influyeron para que decidiera ser escritora
Krisma Mancía | Escritora y diseñadora artesanal
¿En verdad soy ahora esta curiosa
Diana de largas trenzas,
que olvida todo lo que fue su infancia
para sentir un mundo
alucinante y nuevo?
Del fino amanecer, Claudia Lars.
La poesía siempre formó parte de mi casa. Revoloteaba y dejaba su polvillo de colores en los discos de vinilo de mi padre, descansaba sobre los cojines tejidos en crochet y pinchaba los dedos de mi madre para que declamara poemas en voz alta. A veces, mi padre notaba que yo estaba triste y recitaba los alejandrinos perfectos de Rubén Darío: La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa. Solo ese gesto, me devolvía el buen humor. También la poesía andaba suelta en la única y desnutrida librera donde, entre libros esotéricos y de teología, descansaba una selección de poemas de Federico García Lorca que mi padre había adquirido en sus años mozos; la edición del libro era horrible, pero los poemas me rompieron el alma desde la primera vez que toqué sus páginas amarillas y quebradizas.
Soy de la generación que creció en la guerra civil y que saltó en la adolescencia a otro tipo de guerra donde la lucha y el hambre se decían con otros nombres. Era una época de “paz” y todo estaba en construcción, pero los ánimos de los adolescentes y de los jóvenes de la posguerra estaban por los suelos. Muchos habían quedado huérfanos de afectos, otros sobrevivimos al dolor, pero todos habíamos perdido algo y, para colmo, la patria nos impuso en los hombros la pesada tarea de construir un futuro mejor. Y entre los escombros, mientras los adultos les daban un nuevo significado a las palabras “futuro y paz, perdón y olvido”, recibíamos herramientas insólitas para levantar ese lugar que, entre todos, aprenderíamos a llamar país, hogar, casa, hoguera, familia o simplemente retorno. La herramienta que yo recibí fue un libro.
Corría el año 1996 y la Dirección de Publicaciones e Impresos, DPI, lanzó la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña como si anunciara que había sobrevivido a los bombardeos y al abandono del Estado. Yo era una adolescente y no sé cómo llegó a mis manos un ejemplar de La casa de vidrio, de nuestra queridísima Claudia Lars. Digo que “no sé” porque yo no estudiaba en el sistema educativo público donde los libros se entregaron de forma gratuita. Tal vez llegó a casa de rebote o por un intercambio de lectura entre mis amiguitas, quizá fue rescatado de la basura como otros tantos libros que rescaté, quizá mi padre lo compró… No lo sé, el libro llegó como llegaron los otros volúmenes de esa colección: misteriosamente.
Cuando hojeé el libro, me maravillé y emocioné. Ese tesoro no solo era un objeto con hojas de papel y letras impresas. Era mucho más: ¡una mujer había escrito un poemario! ¡Una mujer salvadoreña! Todo lo que antes había leído con cierto respeto estaba escrito por hombres y el tono masculino empezaba a molestarme. Había algo que no encajaba, temas que ninguno tocaba, un vacío extraño que me dejaba un sinsabor inexplicable.
La casa de vidrio no solo fue importante para mi formación como escritora, también fue el inicio fundamental para mis conocimientos de la plástica salvadoreña, ya que en la ilustración de su portada mostraba un óleo sobre lienzo de Rosa Mena Valenzuela, una obra que pertenece a la Colección Nacional de Pintura. Otra vez exclamé: ¡una mujer en la plástica! ¡Una pintora salvadoreña! El color y otras formas de expresión se apoderaron de los volúmenes que conformaron la Biblioteca Básica. Creo que, al ver esa pintura en la tapa del libro, fue el momento preciso donde la belleza del arte se abrió ante mis ojos, como se abre el botón de una rosa, y no tuve otra opción que dejarme tocar por la luz.
Comencé a leer con lentitud los textos que componen el libro y no tardé en encontrar el poema que se convertiría en mi favorito: Del fino amanecer. Decidí memorizarlo como un deporte externo que practiqué junto a mi madre. Ella leía y yo declamaba los versos. Mi madre me seguía la cuerda, no por placer, sino para averiguar el motivo de mi terquedad por memorizarme un poema larguísimo a una velocidad vertiginosa. Aunque parezca ridículo, lo que me llamó la atención fueron los elementos femeninos de la obra: metáforas e imágenes que retratan la labor doméstica de las mujeres, la inocencia de la niñez, el horror del hambre, el miedo de ver la Muerte al pie de la cama, la gracia de la naturaleza, el don de crecer y en medio de toda esa belleza cotidiana estaba Claudia −o mejor dicho: Carmen− mostrándome con naturalidad asombrosa el mundo filtrado a través de sus ojos, reafirmando que ella era tan única, tan necesaria, tan poeta y tan mujer como para escribir: Nadie proyecte el rumbo de mi voz,/ ni crea que podrá/ dirigir y enjaular/ mi encendido lenguaje. Lejos estaba de entender conceptos técnicos para la construcción de un poema, pero paré mi obsesión memorística cuando desarmé el mecanismo del poema, cuando entendí el milagro que lo hacía palpitar, cuando supe el modo de devorarme la poesía haciéndola mía, cuando absorbí el alma de los versos y los acomodé en un lugar privilegiado de mi cabeza; entonces, y solo entonces, descubrí que quería ser escritora, que quería ser poeta y que ese era mi camino.
La casa de vidrio fue la guía para encontrarme conmigo misma y decirme que todo era posible. Alguien me envió un libro. Un libro como una herramienta. Un libro. No recuerdo cómo llegó a casa, pero estoy segura de que fue para salvarme.
Krisma Mancía
8-12-2025

Krisma Mancía. (San Salvador, 1980). Escritora y diseñadora artesanal. Estudió letras en la Universidad de El Salvador (UES), teatro en La Escuela Arte del Actor, escultura y cerámica en el Centro Nacional de Arte (CENAR) y perteneció al taller de talentos de La Casa del Escritor. Ganadora del I Premio de Poesía Joven La Garúa, 2005. Ha publicado 5 libros de poesía y varios de sus textos han sido recogidos en periódicos, antologías y revistas de América Latina y Europa. Ha participado en festivales, conferencias y recitales a nivel nacional e internacional. Fue la primera directora de la Casa de la Cultura de la Mujer en Ciudad Mujer. Es creadora de la marca Krismática, especializada en joyería con materiales alternativos como el papel. Trabajó por 14 años en el Ministerio de Cultura y fue la coordinadora de los premios literarios de los Juegos Florales de El Salvador.
