Los cuidados de una mujer son el centro de esta emotiva remembranza de la escritora salvadoreña Claudia Denisse Navas
Claudia Denisse Navas / Escritora
Recuerdo que la conocí en la casa de uno de sus hijos, llevando el eterno delantal. Fumaba. La siguiente vez que la vi, usaba medias y un vestido ocre, muy formal. Había llegado a conocer a mi hijo recién nacido. Se sentó en la silla junto a mi cama, puso al bebé sobre sus piernas y, mientras le acariciaba suavemente el tabique nasal, dijo que parecía un murciélago.
Recuerdo que se trasladó a mi casa, que cerró con llave la puerta del cuarto que se le asignó y desplegó, ese día y en los once mil subsiguientes, una minuciosa y exasperante tarea de orden y limpieza por esa casa y por las que habitamos en años posteriores. Lijas, escobas, paños, recipientes para basura, palas, corvos, machetes y plumeros fueron su arsenal; todo reluciente y listo para ser usado de nuevo. Donde ella estaba debía haber agua caliente, lejía, abundante jabón y líquidos desinfectantes.
Recuerdo que hacía desaparecer las cosas que le gustaban. En realidad, entraban al reino de Narnia que había tras la puerta de su habitación, y no volvían a salir. Así se perdieron de nuestra vista algunos termos para comida, encajes, juguetes, cortaúñas, joyas, llaveros, libros, monedas de otros países y varios objetos rescatados de las cajas destinadas a la basura. Cuando ella murió y pudimos acceder a su cuarto, todas esas cosas estaban ahí, esperándonos para recordarnos retazos de nuestra propia historia.
Recuerdo que le gustaba llegar a nosotros a través de la comida. Pasaba pelando, picando y cocinando desde la madrugada hasta medianoche. Planeaba los menús de la semana y, si iba a preparar algo que ameritara mucho cocimiento —como las carnes o los caldos de hueso—, colocaba las ollas sobre el fuego con dos o tres días de anticipación. Además de la comida, en la refrigeradora siempre había refresco, cualquier tipo de dulce, fruta, crema y queso. Ella traducía la mitad de nuestros salarios en comida.
Recuerdo que quiso mucho a mis hijos, a cada uno en su individualidad. Y aunque era estricta, regañona y habladora, nunca llegó a golpearlos. Les arreglaba la casa y el entorno en función de su bienestar, aunque ello significara sacrificar la elegancia; había almohadones y hamacas en plena sala, cortinas y sábanas de todos los diseños y colores, enanos y garzas de cemento en el jardín. Cuando nos mudamos a lo que sería nuestra casa definitiva, ella adornó los cuartos de mis hijos con cuadros y decoraciones de pared de segunda mano que salieron de su cuarto y que nos llevaron a preguntarnos a quién se le habrían perdido.
Recuerdo que era alegre y chabacana. Se burlaba de familiares, vecinos y desconocidos tanto como de sí misma. Tenía un ingenio agudo que le permitía comparar la fisonomía y el carácter de la gente con lo más descabellado y disímil. No quedaba más remedio que reírse, siempre que no se tratara de uno. También tenía una historia para cada situación, fábulas donde ella siempre era la vencedora y donde la gente que la afrontaba terminaba en desgracia.
Recuerdo que mantuvimos una elástica tensión, a veces sin lubricantes. Quizás nos admirábamos, pero también competíamos. Era mandona, confrontativa y directa con sus argumentos; a mí no me costó responderle al mismo nivel. Me exasperaba sus obsesiones y su afán por pretender que el planeta girara a su ritmo. Decía que no conocía la pereza y era cierto. Pero tampoco conocía la discreción; su vida y la de la familia era del manejo público gracias a su habilidad de hablar hasta con las piedras.
Recuerdo que un día empezó a toser. No tuvieron resultado ni las infusiones ni los ungüentos caseros, tampoco las pastillas y los jarabes antitusivos. Las placas de los pulmones dibujaron un tejido que empezaba a endurecerse por su trabajo en ambientes de continua combustión. Abandonó la cocina. Un par de años después empezó con artrosis cervical. Los analgésicos la mantenían sedada y con mareos. Casi al final de su vida, a raíz de una caída, se hizo una fisura en el fémur derecho que la sujetó a la cama durante tres meses. Se pudo levantar todavía para sentarse frente al televisor a reírse con las comedias mejicanas y a pedir que le sirvieran su comida a tiempo.
Recuerdo que durante más de treinta años nos amenazó con «irse a la mierda». Luego de la efervescencia, se calmaba. Pero aprovechó un fin de semana en que yo no estaba en casa para dejar de respirar y marcharse sin despedidas ni sentimentalismos inútiles. Se fue y nos dejó en un silencio inevitable y desastroso, como si las aves hubieran caído muertas en todas las selvas y bosques del mundo.

Claudia Denisse Navas (1963). Psicóloga y Máster en Comunicación. Escribe ensayo, poesía y narrativa. Sus textos aparecen en antologías y revistas de México, Centroamérica, Argentina e Italia. Obras publicadas: Criaturas de polvo y sal (2021), Vaivén y declive (2022), Caminata sobre el fuego (2024) y Despacio hacia la ausencia (2025).
