Javier Alvarado (Panamá)

Poesía de Javier Alvarado
Javier Alvarado leyendo sus versos en en Teatro Liceo de Salamanca. Fotografía original de Jacqueline Alencar.
  • Del libro Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (Premio Internacional de Poesía «Nicolás Guillén», 2012)

Los huesos del tren

Acaso, dijiste,
haya travesías por realizar en soledad
Hans van de Waarsenburg


Ese es el final, soltar el cordel y dar paso a las otras vidas,
Rayar en los espejos esos soplos de felicidad, esas lenguas que conjuran al rocío,
Esa agua que cambia, ese espejo disonante, ese bosque
Que bosteza y se marcha y abre los manglares
Con sus dotes; ese mar que desdibujamos con la tentación de las islas
Y que ya no volverá a existir, ahora que nadamos en exceso.

Ya podrás recordar ese Camino Real y ese Camino de Cruces
Cuando tomes un tren en suelo extranjero, cuando colmes las hojas
Y haya una nostalgia de árbol trepando un sueño dentro de otro sueño
Donde te sentirás más lejos, donde titubearás ante ese núcleo solitario
Ante esa desbandada de los que se conceden la automiseria,
La humillación de la música.
¿A dónde fueron a parar los huesos?
¿A dónde están los cráneos de aquellos obreros que excavaron Panamá
Y hallaron esa vez los minerales de la muerte?
¿A dónde están sus cadáveres y esqueletos conservados
Que nadie reclamó y que fueron a dar a la punta del escalpelo, a los recuerdos deforestados
de la casa
A las escuelas de medicina donde las autopsias son un recuerdo monorrimo?
¿A dónde todo el dolor y la aventura de ese tren retórico?  Yo tomo una tibia y me voy a acurrucar
en las piernas de mi madre y en las piernas de mi madre hay ese mismo sonido, esa misma
música del hueso,  ese hueso maternal y paternal de los rieles y de los durmientes que salen a acosarme,
ese llanto del guayacán  a oscuras, del tren que intermedia la noche, donde encontramos esa estación
del miedo y del trópico bisbiseante;  ese jadeo de los astros y de la ropa como letreros ahogados:
Gorgona, Gamboa y Bas Obispo,
La Línea, Ahorca Lagarto, Gatún, Bujio, Barbacoas, Bailamonos, Matachin, y Summit,
Donde aún perduran la majestuosidad del hueso y la prontitud ajena del cardumen,
¿A dónde está el llanto de los personajes y personajas de los pueblos perdidos?
¿A dónde este rayo de ser y el lugar que deconstruye?
Es inmediata la tarea de recolectar los huesos, esos huesos que principian
Los demonios y los ángeles que amamos,
Esos huesos carcomidos por el amor y el sexo
Y por las sandias que roemos con furia (aproximándonos a una temporada de marcha,
a un fuego de  estación).
Mientras mordemos la sandía con José Manuel Luna y escupimos las semillas
A Jack Oliver (que cae por el exceso de la bebida y vuelve a ser una soga más abandonada
en el puerto)
Y la historia sigue sedienta
Como esa interminable tajada de sandía
Que sigue engordando,
Como la muerte en los huesos.

  • Del libro Epopeya de las comarcas (Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, 2017)

Y aquí estamos

Con nuestros eclipses y nuestros números,
Vestidos para la paz, para la guerra, para el amor,
Con un carbón acústico dentro del puño,
En un tubérculo seco
Hervido con lágrimas.
En una ofrenda de canoas  (bateas y viandantes)
                    (frutas y flores),

Con poemas en tinta verde,
En tinta azul, Como el mar, como los peces y las aves; retornando a
nuestra patria a la selva del color, A esa puerta que es nuestra puerta,
Que conduce a nuestro hogar, a nuestra casa.
El corazón es un sonido
Que poco a poco aprendemos a reconocer en el pecho del amante;
En la nube primeriza color de algodón, color de hollín
como las hojas quemadas del tabaco.
La felicidad entra en nosotros como las guacamayas
            que emigran hacia un bosque conocido;
Collares de garzas que se adentran en nuestras conciencias,
Como un dominio para nuestros pies que sangran
Que fueron libres, llevaron cadenas y ahora llevan otras libertades,
otros confinamientos,             
Otros destellos de una bahía enfebrecida, otras
        acechanzas, una raíz iluminándose.

Epopeya de las comarcas

Ya la luz se habrá posado sobre los árboles hundidos como una temible dehesa.
No recuerdes esos pasos que se abrieron y se agigantaron para reconocer a la montaña.
Escaparíamos de los metales y de las piedras preciosas,
Mientras nuestras leyendas duermen sin importar la canción y el precipicio,
Esa agitación que nos devuelve a la tempestad sangrienta,
Un rayo que destierre la enfermedad de otros visitantes,
Un fuego plano que atraviese el cañaveral y las aguas.
Así estarás tú, ahora que hay verano, ahora que hay invierno y no llueve;
Que se ha ido para siempre la congoja que hincha los lirios,
Que nos hemos puesto a llorar y que el río ha decidido salir de nuestros ojos
Y de nuestros ojos sale abundante leche de sapo,
Una leche de sapo
Que enceguece a las estrellas, a la voluntad de las membranas, a los caminos donde nos perdemos
Al cuartearse nuestro sollozo sobre el barro implacable.  Ya no hay río.
Ya no hay tierra.  No hay sentimiento ni melcocha.   Acampemos y durmamos
Cerca de mi casa.  Mi casa está bajo el agua.  Allí crecí.
No tengo a donde ir, a donde morar, a donde emigrar,
Ya no somos aborígenes, ya no somos indígenas,
Ya no somos cholos,
Ya no somos amerindios   isleños   norteamericanos    centroamericanos o sudacas.
No hay visita a nuestros muertos, cuando ha quedado el cementerio bajo el agua,
Las moradas familiares junto al delirio de no tocar las piedras
Dimensionadas por nuestros ancestros.  Así hemos venido en marcha todos,
Descalzos con la tierra, el agua a las rodillas
A ver como se inunda el cementerio comarcal y dejar en esa caminata
Algunos versos   algunas ofrendas   que deleiten y despidan     al Tata y a la Mama
A los hermanos
A los pájaros terráqueos, a las iguanas del aire, confundiendo algún reloj
O alguna pavana en marcha.
Bajo mis pies
Están los restos mojados de mis padres.  Ya no podré tocar nada que nos retraiga
Como la tierra o el recuerdo del lodo y las hierbas silvestres.
Más pequeños nos hacemos
Cuando el proyecto de la hidroeléctrica inundó nuestras chozas
Y el tributo a los que habitan el otro plano, la pradera de otra realidad.   Ahogados todos.
Ahogada mi historia.  Ahogada tu historia.  Ahogada nuestra historia.
Ahogado el sol.

(Del Himno de las desapariciones)

La agonía del gallo

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?
Virgilio Piñera

Quédate aquí en la tierra
Y observa la danza sanguinolenta del gallo.

Nuestros niños y mujeres
Aprenderán los rituales
De montería.

Bailarán como animales
Bajo los efectos
De la crianza
Y el cultivo.

Nos esperarán
Como el bosque
A la tormenta
De su amante.

Nuestro será el alcor desesperado de los ciervos
Su congoja por la bala enemiga
Pronunciando ese silbato
(Ese
Forzar
Del
Salto
Hacia la muerte).

No hay ser más desvalido
Ante la caza
Que el propio ciervo
(Su salto contiene la ternura total del paroxismo)
Pero el ciervo no le ganará su lugar al gallo
Criado por nosotros,
Que se demistifica cada día
Supurando cantos
En el coro de sus plumas
En ese silencio oscuro e iluminado
Que trasciende la mocedad de las mañanas.

Mi vida es otro sol
En la superficie continental y también lo es
En el laudatorio de las islas. 

En los diversos idiomas
El gallo revela su secreto:
Es un guerrero para anunciar la luz
Esgrimiendo su cresta a la penumbra
Para llevar su continuidad
Sin ser héroe
En la fecundación
De la gallina,
Género madre,
Género lucidez
Del huevo
Áureo, claro, seminal,
Fecundo.
Bárbaro su inútil aletear
Cuando nuestra mano que lo crió
Ejecuta
El rito criminal de su degüello.

JAVIER ALVARADO (Panamá, 1982). Es poeta y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá. Ha obtenido numerosos premios, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá «Gustavo Batista Cedeño», 2000; el Premio de Poesía «Pablo Neruda», 2004; Premio de Poesía «Stella Sierra», 2007; Premio Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán», 2011; Premio Internacional de Poesía «Nicolás Guillén», 2012; Premio Internacional de Poesía «Rubén Darío» de Nicaragua, 2013; Premio «Medardo Ángel Silva», 2014; Premio Nacional de Poesía «Ricardo Miró», de Panamá, 2015; Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, 2017. Tiene publicados los libros Tiempos de vida y muerte (2001), Caminos errabundos y otras ciudades (2002); Poemas para caminar bajo un paraguas (2003); Aquí, todo tu cuerpo escrito (2005); Por ti no pasa nunca el tiempo (y otros poemas al espejo) (2005); No me cubre de edad la Primavera (2008); Soy mi desconocido (2008); Carta Natal al País de los Locos(2011); Ojos parlantes para estaciones de ceguera (2011); Balada sin ovejas para un pastor de huesos (2011); Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (2013); El mar que me habita (2013); La vida en mi plato de pobre (2015); Epopeya de las comarcas (2017).

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