Juan Carlos Olivas (Costa Rica)

Poesía de Juan Carlos Olivas
  • Del libro El señor Pound (Premio Internacional de Poesía «Rubén Darío», 2013)

VIII

Porque la juventud no duró para siempre,
el señor Pound inventa en su cabeza
esas gaviotas que en el aire se alejan.
Trata de recordar acaso un verso de Petrarca
o de Horacio, de Homero o de Virgilio,
y mientras golpea un soportal del balcón dice:
Amanece, y la flor de la juventud
se dirige a las puertas.
Sin embargo, siente en sus ojos el eterno presente
y alguna vaguedad estruja con sorna sus manos.
La cruz del amor propio
lágrima a lágrima
constituye para sí el viacrucis.
La juventud, cumplidos sus prodigios,
es como ese Dios que un día se fue
como gaviota en el aire,
y prometió volver
a aquel que un día la hubo conocido.

IX

En el sanatorio se lo habían dejado muy claro:
Si el cielo existe, es un nido de cuervos.
Do you want another blanket, Mr. Pound?
It’s getting pretty cold in here…
El Señor Pound se ciñe al cuerpo la sábana blanca
a manera de toga,
y con el brazo extendido concluye que:
Nietzsche aprendió la dialéctica de los caballos.
Hitler era un pintor frustrado.
Mahoma perdió su anillo de oro en una apuesta con
ladrones persas.
Jesucristo consideraba que la niñez era la única
alabanza posible.
Cuando un borracho baila destruye la torre de Babel.
Los pacientes todos aplaudían
como seres mitológicos
y después retornaban a sus cavernas interiores.
El termómetro marcaba 3 grados bajo cero
en el cielo de Washington,
Do you want another blanket, Mr. Pound?
Y por él contestaba un cuervo en la nieve.

  • Del libro En honor del delirio (Premio Internacional de Poesía «Paralelo Cero», 2017)

Variaciones de un tema
de William Blake

Pity would be no more
if we don´t make somebody poor.
WILLIAM BLAKE

Si bien es cierto, la piedad no sería
si no hacemos a alguien miserable,
tampoco la maldad está exenta de dicha.

O ¿cómo explicar el placer
que siente el niño
ante la piedra arrojada al pájaro,
o al contemplar su plato de leche
con hormigas naufragando
hacia sus costas,
o ya de viejo
cómo poder explicar esa obsesión
de ser uno con la noche y defenderla?

El tiempo perdura
como un gusano vivo en el anzuelo,
y el pez, tarde o temprano,
navegará las ociosas aguas del hambre.

La maldad es otro tipo de inocencia;
pero cómo responde al mar
la voz del muerto,
cómo se extiende al sol
la entraña impúdica,
cómo hay belleza en lo que vale una vida
que sólo vio la luz en la miseria,
qué suaves son al tacto
las puertas de la oscuridad.

Donde nace la niebla

Uno sale de casa cada mañana
con la certeza de que va a morir.

Atraviesa la ciudad,
saluda a duras penas,
esquiva el sol
porque es algo indecente,
compra el primer periódico y lee:
Una vez los poetas
poseyeron cualidades sagradas
y entre los suyos eran considerados profetas.

Y entonces empieza el mal de estómago,
cierras el periódico y lo tiras,
tratas de no hacer ruido
pero el asco es enorme.

Llegas tarde a trabajar
y siempre la misma frase inútil,
buenos días, qué tal, ahora almorzamos.
Y recuerdas el sonido de la máquina de escribir
de aquel vecino retirado
que le dio por escribir poemas.

Piensas en las teclas,
en el humilde orificio de un disparo en la sien,
en ese pensamiento,
en esa mísera unión de sílabas
que escaparía de los sesos y la sangre.

Quizás ahí está la salvación
                        pero desistes,
y almuerzas píldoras y tragos de estricnina
y sonríes a las muchachas
que pasan despeinadas;
llueve, miras tu reflejo amorfo
en la gasolina que arrastra el pavimento,
una flor podrida en el caño,
un zapato de niño en la basura.

Piensas que no hay verso que redima
la invención del mundo
(un poema no es un manual de instrucciones)
y pasa la vida, tu propia vida
como una página fermentada por el fuego.

Sabes que todo puede acabar
de un momento al otro
y aun así olvidas toda luz,
tomas un taxi
y cuando el chofer te pregunta
¿A dónde vamos? le dices:
Llévame al lugar
donde nace la niebla.

  • Del libro El año de la necesidad (Premio Internacional de Poesía «Pilar Fernández Labrador», 2018)

La bala

Esto es una bala.
Mírala bien.
Ponla en medio de tus labios.
Puede defenderte o matarte en un segundo.

Cierra los ojos y piensa
en los días que se acaban
como una bandada de águilas ciegas.

Piensa en los ritos ahogados por la luz,
en los besos que fueron dardos en tu infancia,
en la morfología de árboles fantasmas,
en las palabras que no entiende la piedad,
en los dibujos de diesel
que se agrandan en los charcos
como un pequeño Apocalipsis.
Piensa en tu país como en un nido de avispas,
en la casa en la que te tocó vivir, la que no tienes,
en tu trabajo que apenas da para vivir una vida
y no esas otras, las que pasan por tu cabeza
justo después de un accidente.
Piensa en los muchos perros que murieron
a la orilla de la carretera,
en los aviones que miras cruzar de un lado
al otro del cielo, hasta que no los ves
ni los escuchas, porque sabes que algo de ti se ha ido con
ellos.

Piensa en quien espera,
en quien se rompe y cuelga de un árbol
como una fruta que no acaba nunca de caer.
Piensa en tu nombre, borrado de repente
aunque lo vuelvas a escribir en las paredes, en los cristales,
en las esquelas de un mundo que no te pertenece.

Ahí está la lluvia, piensa en ella;
siéntela como un aluvión de peces luminosos,
como una fila de ángeles dormidos
por su propia música.

Aquí está Dios, en tus manos lodosas de repente;
piensa en Él como un anciano, o como un feto
en el vientre de la galaxia umbría
donde mueve sus brazos para decirte algo
que no acabarás de comprender.

Piensa en el trigo que nadie irá a recoger este verano,
en los mundos silentes de la desesperación,
en las puertas que se abren una vez para siempre
y vuelven a cerrarse en un golpe de alas.

Aquí están las fechas del día que naciste
y ese incierto día en el que tienes que partir;
piensa en el tiempo, en el aliento que te queda,
y abre los ojos para sentir aún más
                                   esa bala entre tus labios.
Ha llegado la hora.
Al frente tuyo hay un espejo con forma de papel.
Escupe ahora lo que tengas que decir,
hazte fuego,
              hazte herida,
                        no lo pienses,
                                              dispara.

JUAN CARLOS OLIVAS (Turrialba, Costa Rica, 1986). Estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica (UCR). Se desempeña como docente. Ha publicado los poemarios La sed que nos llama (Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2009); Bitácora de los hechos consumados (Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2011), por el cual obtuvo el Premio Nacional «Aquileo J. Echeverría» de poesía, 2011, y el Premio «Academia Costarricense de la Lengua», 2012; Mientras arden las cumbres (Editorial Universidad Nacional, 2012), libro que le valió al autor el Premio de Poesía «UNA-Palabra», 2011; El señor Pound (Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2015; Instituto Nicaragüense de Cultura, Nicaragua, 2015), libro acreedor del Premio Internacional de Poesía «Rubén Darío», 2013; Los seres desterrados (Uruk Editores, 2014); Autorretrato de un hombre invisible (antología personal) (Editorial EquiZZero, El Salvador, 2015); El manuscrito (Editorial Costa Rica, 2016), Premio de Poesía «Eunice Odio», 2016; En honor del delirio (El Ángel Editor, 2017), Premio Internacional de Poesía «Paralelo Cero», 2017 en Ecuador; La hija del agua (Amargord Ediciones; Madrid, 2018); y El año de la necesidad (Ediciones Diputación de Salamanca, 2018), Premio Internacional de Poesía «Pilar Fernández Labrador», 2018.

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