El joven poeta Marco Flores Chávez nos ofrece una reflexión acerca del canon literario salvadoreño y sobre aquellas voces que de algún modo u otro no forman parte del mismo
Marco Flores Chávez | Poeta salvadoreño
Desde que asistimos a la escuela, se nos presenta la poesía nacional desde un canon determinado y desde puntos de vista limitados. Se destacan los autores más reconocidos y “eternizados” dentro de la historiografía salvadoreña, pero hay muchos que se entierran a propósito en las capas más profundas del mapa literario.
Los hallazgos del doctor santaneco Mauricio Aguilar Ciciliano (2013) en su investigación Canon literario escolar y enseñanza de la literatura en la educación media: Un análisis crítico de los programas de enseñanza secundaria en El Salvador sugieren que “la enseñanza de la literatura se realiza con base en un enfoque historicista, europeizante y masculino; entre las consecuencias de este tipo de enseñanza, se encuentran la progresiva invisibilización de la mujer escritora y el estatus marginal que ocupa la literatura salvadoreña, pese al discurso reformista que postula la equidad de género y el fortalecimiento de la identidad nacional como políticas centrales del actual proyecto educativo”.
Se conocen los poemas relacionados al mundo bucólico o romántico, como los de Francisco Gavidia y José Napoleón Rodríguez Ruiz, es decir, poemas de paisajes, introspecciones y expresiones cívicas con tonos idealistas en torno a la patria, a los valores nacionales y demás. Por ejemplo, el poema “El nido” de Alfredo Espino, que es una belleza per se muy conocida, repetida y aprendida, o el propio himno nacional escrito por el poeta Juan José Cañas.
Pero nuestra poesía tiene mucho más que decir porque, si esta es la expresión de un país y de las situaciones de su gente, es más que paisajes, árboles e himnos. Por ello, en nuestro linaje también existen Salarrué, Roque Dalton, Lilian Serpas, Liliam Jiménez, Lil Milagro Ramírez y otros autores que complejizan el paisaje y la condición humana.
- Olvidar la poesía nacional es olvidar partes de nosotros
Hay algo que Vladimir Amaya, en su libro “Perdidos y delirantes: Poetas salvadoreños olvidados” (2012), llama “cesación de memoria colectiva” y se refiere a ese proceso en el que nombres, personajes históricos y escritores se dejan de reiterar en el tiempo. Esto puede ser debido a diversas causas, como la publicación póstuma de su obra, que solo hayan publicado un libro en toda su vida o que no se dedicaran profesionalmente a la escritura. Amaya menciona que para todos hay un lugar en el olvido.
Esto es algo grave porque olvidar a buena parte de nuestros poetas es dejar de lado que ellos, en el fondo, también tienen algo de la memoria que vale la pena conocer. Que algo haya caído en esa cesación de memoria colectiva no lo hace perder su relevancia. Podríamos hallar en eso un entendimiento o fragmentos de memoria e historia que nos hacen ser, entendernos, fortalecer nuestra identidad y memoria colectiva.
Todo escritor escribe desde su momento histórico, describiendo sus realidades de manera literal o poética, difundiendo algún hecho nacional o de su propia existencia, a través del verso o la prosa. Es interesante constatar cómo lo que escribieron nuestros escritores hace más de un siglo sigue vigente al día de hoy. Por ejemplo, las causas estructurales que provocaron la guerra civil de 1980 a 1992: pobreza, desigualdad, falta de salud y educación dignas.
- La poesía no es sólo paisaje, es expresión ciudadana
Amaya sostiene que, al enseñarnos la poesía concentrada en una o dos figuras específicas del país, se eclipsa también la visión del lector, impidiéndole conocer otros hechos poéticos de los distintos periodos de la poesía salvadoreña.
Podríamos deducir que no hay un genuino interés por parte de las autoridades educativas y culturales del país para que se eduque en el campo de la poesía, ni se preocupan por estimular los diálogos intergeneracionales, las expresiones artísticas y una poesía que nos pueda abonar al pensamiento crítico, al cuestionamiento y a las denuncias por injusticias, tan presentes en nuestro país desde siempre.
Así como la poeta de Santa Ana, Mercedes Quintero, expresaba en su bellísimo poema dedicado a los árboles: “Son seres que sufren sin una protesta”, y describe cómo estos daban sombra a los caminantes sin pedir nada a cambio, así la poesía también puede hablar de quienes los talan.
En la actualidad, esos seres siguen sufriendo en nombre de alguna construcción que significará un supuesto progreso para el país.
Podemos ver cómo la poesía salvadoreña se mantiene vigente a pesar de los años y nos enseña de nuestra propia realidad, de nuestro tiempo. Fácilmente, podríamos interpretar “seres” como algo más allá que los árboles, estos podrían ser las personas desplazadas, las personas que han fallecido injustamente, los propios autores y autoras de El Salvador que se olvidan y sufren ese olvido intencional sin una protesta, sin una bulla.
Vayamos un poco a los cimientos de nuestra poesía, aproximadamente a 1795, cuando nace Miguel Álvarez Castro, nuestro primer poeta conocido, nacido en San Miguel.
A inicios del siglo XIX, el país tenía una baja escolaridad y los intelectuales pertenecían a las élites. Muchos escritores tuvieron la oportunidad de laborar para la administración pública y tenían los recursos para publicaciones de gran tiraje.
Álvarez siempre tuvo cierta presencia en el centro de San Salvador. En el parque Simón Bolívar, allá por 1924, existía el “Quiosco de lectura Miguel Álvarez Castro”, nombrado en su honor.
Esta era una edificación mediana con espacios de estancias, un área techada central y el nombre del poeta en su fachada. Era un espacio de lectura relevante que rendía homenaje a ese poeta. Hoy en día, ese edificio está desaparecido, quizá pocos o nadie lo recuerden, al igual que al poeta. Hoy los espacios públicos son para otra cosa.
Es interesante ver cómo desde los inicios de nuestra poesía conocida, siempre tomando el ejemplo de Miguel Álvarez, ya había en nuestra expresión poética ese sentido no sólo romántico (como en su poema A Cintia) sino también la posibilidad de hablar de aquellas situaciones injustas y claras ante los ojos de los demás. Por ejemplo, en su poema, Oda al ciudadano José del Valle:
“gime la viuda, el hijo, el tierno esposo,
De miseria oprimidos
la doncella demanda
Socorro inútilmente al poderoso,
Allí expira angustioso
el honrado artesano
¡Contra un hermano allá, lidia otro hermano!”
Como se menciona en el libro Cien años de poesía en El Salvador 1800-1900 (1978), escrito por Tirso Canales y Rafael Góchez Sosa: “en los poemas de Miguel Álvarez se conduele al constatar cómo la ambición de poder llevó a los políticos infatuados y corruptos a sembrar el dolor, la división y la desgracia en los pueblos centroamericanos” y que su poesía “está impregnada de espíritu patriótico y se caracteriza por reflejar en grandes trazos aspectos de la realidad nacional”.
De igual manera, la poeta Mercedes Durand, nacida en San Salvador en 1933, expresa en su poema La granada la siguiente imagen:
Cuando llegue el buen tiempo,
cuando alumbre la paz en todas partes
cuando rebose el pan en las cocinas,
cuando en nuestros países
no se quemen excesos de explosivos,
entonces las granadas
serán de sol,
de miel,
de luna,
de cristal,
de rocío,
hermanas de los pájaros,
amigas de la lluvia
y ¡una fiesta de amor
para los niños!
Este es un fragmento pero, al leer el poema completo, descubriremos que se relata una historia donde la granada tiene dos significados: uno como imagen de un fruto, con piel de color naranja y sabrosa, rebosante de mieles para quien la descubra, y otro como una granada olvidada por un grupo de gente armada, la cual es hallada por un niño que recorría el cerro.
Es interesante ver esas dos realidades presentes en El Salvador a través de un mismo símbolo. Podemos aprender de ello también, de cómo las niñas y los niños terminan afectados de una u otra forma por el poder.
Hoy las granadas no necesariamente son físicas, pueden ser de pensamiento, ciertas ideas sin provecho o una vacua percepción de país, porque no es lo mismo que les ayuden a conocer al país y sus historias a que les cuenten una historia sesgada del país.
No imagino que en las escuelas de ahora les enseñen a los niños este tipo de poesía acerca de un hecho nacional.
Francisco Gavidia, poeta también migueleño, en su poema Los abuelos y los nietos donde describe cómo es un tirano y lo que hace un tirano según la red que tiene en su poder.
No imagino los versos de Mercedes Durand, de Miguel Álvarez o de Francisco Gavidia colocados en la fachada del mercado Hula Hula o como placa en algún edificio emblemático, imán de turistas.
Hay versos que son más enseñados, más expuestos, más memorizados, mientras que otros se desechan o se dejan de enseñar.
El país no solo tiene cielos de púrpura y de oro, también tiene calles de lodo y antologías enterradas en las catacumbas como, por ejemplo, la Poesía femenina de El Salvador, breve antología (1976), publicada por la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), institución actualmente cerrada y sustituida por una gris Editorial El Salvador. La mencionada antología es casi imposible de encontrar hoy en día. Ese valioso volumen contiene poetas como: Lydia Valiente, Ana Dolores Arias, Luz Arrué de Miranda, Lilian Serpas, Sonia Miriam Kury, Maya America Cortez, entre otras muchas poetas salvadoreñas que ya no se escuchan hoy día.
El país, esta tierra, está tejida, compuesta, construida de cientos de palabras que se unen y complementan entre sí, como un caligrama en el que caminamos todos los días. Viviendo en esta sábana de palabras, o esta piedra fría de palabras para otros, no podemos hacer caso a los que promueven el país con un diccionario unísono, porque eso es ver sólo un arroz de toda una olla de arroz y leche, porque es aceptar unos puntos, y negar y ningunear el resto.
Si el país se ve como un abecedario, es enriquecedor recordarlo como lo escribió Claribel Alegría, nacida en Nicaragua pero que vivió su infancia en El Salvador, en este fragmento de su poema Documental:
Desprende el café oro
reflejos de malaria,
de sangre,
de analfabetismo,
de tuberculosis,
de miseria.
Sale rugiendo
el camión
de la bodega.
Bramando cuesta arriba
sofoca la lección:
A de alcoholismo,
B de bohío,
C de cárcel,
D de dictadura,
E de ejército,
F de feudo de catorce familias
y etcétera, etcétera, etcétera.
País etcétera,
país llaga,
niño,
llanto,
obsesión.
Y podríamos seguir con ese abecedario salvadoreño, porque, como Gustavo Adolfo Becquer decía: “Habrá poesía mientras haya algo”. Nuestro himno nacional es un poema más cívico que didáctico, porque adquiere relevancia en septiembre o durante los encuentros deportivos. En lo personal, nunca me enseñaron que este poema tenía más que lo que se canta. Si bien cantamos la primera estrofa, hablando de conquistar un feliz porvenir, llenar un grandioso destino, en la segunda parte encontramos una estrofa interesante y con gran relevancia, la cual dice:
Libertad es su dogma, es su guía
Que mil veces logró defender;
Y otras tantas, de audaz tiranía
Rechazar el odioso poder.
No imagino a los niños en las escuelas o en un evento de la plaza Barrios frente al Palacio Nacional cantando este fragmento. No imagino a la gente gritando a todo pulmón “Rechazar el odioso poder”. No encaja.
- Visitando algunos nichos de las catacumbas literarias
En alguno de los pasillos más profundos de estas catacumbas, y tapados con láminas para que no se perciba la existencia de un pasillo alternativo al establecido, se encuentran algunos nichos de diferentes formas. Unos son circulares, otros cuadrados, otros con forma de hoja, otros con forma de mango, y estos tienen muchos nombres tallados, escritos en paredes hasta con tile, como si fueran expresiones rupestres. Ahí hay un nombre. La poeta es B. González de Chávez, originaria de Santa Ana, que publicó un poemario en 1920 llamado Flora lírica.
Viaje nocturno
(Fantasía)
Quise viajar y abandoné mis lares
Con todos sus perfumes y sus flores,
Por buscar un alivio a mis dolores
Y un consuelo a mis íntimos pesares.
En blanca nave, atravesé los mares,
De la luna a los pálidos fulgores,
Y a mi paso encontré dulces amores
Y perfumes y rítmicos cantares.
Tanto, tanto gocé con la ventura
De aquella vida llena de dulzura,
Que bendije el amor con loco empeño;
Mas, la espléndida luz del nuevo día
Iluminó la realidad…. ¡Había
sido mi dicha en el amor, un sueño!
Hay otro nombre en un nicho, junto a hojas secas de ceiba, que habla de la ausencia de alguien. Un poema llamado Desde que te juistes aparece debajo de las hojas, escrito por Mercedes de Muñoz Ciudad Real, nacida en 1910.
Desde que te juiste
Desde que te juiste…
el cacaxtle de mi alma
está triste.
Los izotes ya no floreyan
aquellas candelitas
que alumbraban
el monte.
Desde que te juiste…
el Santu Sebastián
ya no hace milagros,
ni la ceiba da sombra.
Y el acordeón
está tan llorón,
que todito el rancho
se moja de quejas,
por eso mi alma
se llena de tristezas.
Desde que te juiste…
te vivo esperando
debajo e la sombra
morado-aceituna
y sólo veyo
la pereza del tiempo
a la luz de la luna.
Desde que te juiste…
Este es el poema más largo dedicado a una ceiba, y está dentro de un pueblo, como testigo de recuerdos, como generadora de sombras memorables, como punto de referencia en el tiempo. Ese poema La ceiba de mi pueblo de Rafael Cabrera, nacido en 1860 en Cojutepeque:
(Fragmento)
¡Quien pudiera escalarte y coger nidos
en infantil dulcísima algazara,
o cortar los capullos y las flores
con que te adornan miles de parásitas!
¡Quién recorrer pudiera uno por uno
tanto nido de amor donde dejaran,
el corazón sus poemas de alegría,
y sus tristezas pálidas el alma!
¡Y aparecerse a ver en el paisaje
la de mi madre sombra veneranda,
y hablarle en el idioma de los niños,
y esperar y morir al escucharla!
Y quien, en fin, ¡oh ceiba de mi pueblo!,
escuchar el sollozo de sus ramas,
formar con ellas una cruz mortuoria
¡y en la fosa dormir bajo tus plantas!
Y así podríamos seguir escarbando en más nichos y más cuevas, poemas, expresiones, testimonios de salvadoreños y salvadoreñas hace décadas o siglos, que algo tendrán que enseñarnos, comunicarnos, o conmovernos. Después de todo, también fueron salvadoreños como nosotros. Escribieron sobre su tierra amada, la misma tierra que habitamos ahora, y descubrirlos a ellos es descubrirnos a nosotros mismos.

Marco Flores Chávez, poeta salvadoreño. Vive en San Salvador. Estudiante de Arquitectura en la Universidad José Matías Delgado (UJMD). Miembro del Taller de Escritura Creativa de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Ganador del concurso centroamericano de cuento 2026 convocado por la Editorial Etérea. Su deseo es seguir escribiendo poesía, compartiendo con el mundo lo que el mundo le inspiró
