«A Francisco Alejandro Méndez se le valoró por muchas cosas: por su obra, por su amistad, por sus enseñanzas, por su sacerdocio al servicio de José José, por sus aportes como crítico, pero quizá no lo hemos valorado suficiente como ese puente entre la guerra y la paz», afirma el escritor guatemalteco, Mario Cordero Ávila, en este ensayo en el que mira hacia principios de los años 90, cuando el fin del Conflicto Armado estaba a la puerta, y Méndez escribía acerca de los habitantes de la cotidianidad guatemalteca en «Graga y otros cuentos»
Mario Cordero Ávila | Escritor guatemalteco
No me queda duda de que fue mi amigo, José Andrés Morales, quien me prestó, a principios de los noventa, un libro llamado Graga y otros cuentos, indicándome que esos textos eran bien chileros, y me pedía —más bien me exigía— que los leyera para que los pudiéramos comentar, ya que eran lo mejor que había leído, de lo escrito en Guatemala durante los últimos años.

Para entender lo que significó ese libro para nosotros, hay que sacudirse la nostalgia barata y mirar de frente el escombro que era la Guatemala de esos últimos años. En 1986, el país ensayaba una «apertura democrática», que se sentía más como un cambio de guardia que como una verdadera primavera. Los militares salían de la Presidencia, pero no del poder. Sus botas seguían resonando a tamborazos por las calles.
Y si bien la violencia había aminorado, la actividad artística e intelectual de Guatemala aún se estaba reconstruyendo. Muchos escritores y pensadores guatemaltecos vivían en el exilio, como Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, Mario Monteforte Toledo, Carlos Solórzano, Otto Raúl González, entre otros, y las clases altas se esforzaban por ocultarlos y mantenerlos fuera del país.
Y, por otro lado, estaban los que se quedaron, con miedo (¡pero se quedaron!), para comprender que ser un literato en la Guatemala de esos años era una profesión de riesgo, y fueron condenados a compartir sus obras en fotocopias a las que se le caía la tinta cada vez que la mano pasaba sobre las letras.
***
(No faltará el sabiondo que diga: «Yo sí leía libros guatemaltecos». Bueno, esa no era mi realidad de adolescente en los noventa, donde lo único que teníamos autorizado por el Mineduc era Pepe Milla y Rodríguez Macal.)
La literatura interna estaba atrapada en el trauma. Se escribía para denunciar, para testificar, para que el horror no se olvidara, para que doliera. Era una literatura necesaria, de guerra, pero que a menudo sacrificaba la estética en el altar del mensaje.
Las utopías revolucionarias todavía dictaban el deber ser del escritor, pero para la juventud que empezábamos a asomar la cabeza para respirar en los noventa, esos textos no hablaban sobre nosotros. No creíamos en banderas, creíamos, si acaso, en sobrevivir a la siguiente cuadra. Para un adolescente que caminaba por la Sexta Avenida esquivando ventas informales y nubes de diésel, esa literatura de guerra —aunque magistral— se sentía como un traje elegante que nos quedaba demasiado antiguo.
La institucionalidad cultural era un recién nacido con hambre. La Editorial Cultura, creada en 1987, nació con una «fila de espera de impresión» que se remontaba a tres décadas de censura. Había que dar a luz lo que no se había podido publicar en los sesenta y setenta. Y a los autores jóvenes les pedían tomar turno, formarse en la cola.
Es en este escenario de «tierra de nadie», en 1991, donde aparece un artefacto comprimido, pero de una potencia radioactiva: Graga y otros cuentos. Francisco Alejandro Méndez no entró a la literatura por la puerta de la academia (como lo haría posteriormente), sino por la puerta de atrás, por la del observador que se queda parado en la esquina, junto a un chiclero, viendo qué hace la gente. Con apenas veintitantos años, Paco le quitó el filtro del idealismo a la marginalidad.
El libro era pequeño, en tamaño y en número de páginas. La carátula era poco más gruesa que una cartulina. Las hojas interiores parecían fotocopiadas desteñidas por el sol, con ilustraciones de un artista quizá anónimo. Eran ocho cuentos que hablaban de viajar en el transporte público del país, sufriendo los abusos de los «brochas» (ayudantes de los pilotos) que exigían correrse al fondo del autobús para que pudieran meter más gente, y que hasta atrás uno se encontrara con el amor de su vida o con un niño sordo que se llamaba Ludwing van Beethoven. O sobre platicar en la calle con un hombre que hoy día sería capturado por acoso sexual y que se llamaba Ignacio Lovelviento.
***

Él rompió el binomio tradicional de la narrativa guatemalteca: ya no era la Tierrapaulita onírica de Asturias ni la Guatemala colonial de alcurnia y modales de Pepe Milla. Paco nos presentó la Guatemala de la perimetría. Sus personajes no eran héroes trágicos ni villanos de caricatura; eran los estudiantes universitarios que perdían el tiempo en cafeterías de mala muerte, los amantes que se buscaban entre el humo y el ruido de una ciudad que se negaba a ser moderna, pero que ya no era un pueblo. A Graga, Ignacio Lovelviento y los otros personajes de Paco Méndez sí los conocía; me los topaba en la calle, convivía con ellos a diario y, quizá, alguno de ellos me representaba a mí. Paco tenía esa capacidad de convertir lo cotidiano en literatura.
Graga fue una bofetada de realidad, porque hablaba de nosotros sin condescendencia. Francisco tenía ese ojo clínico para detectar la belleza en lo sórdido. No intentaba redimir a sus personajes ni convertirlos en símbolos de la lucha de clases; simplemente los dejaba ser. En sus cuentos, la ciudad de Guatemala por fin se veía en un espejo que no era de feria.
Para quienes éramos adolescentes en esa época, ese libro fue una validación. De pronto, no era necesario identificarnos con Raskólnikov ni buscarnos en otras novelas de Dostoievsky (que forrábamos con cartulina gruesa negra para que la Policía Nacional no viera que leíamos literatura rusa. Méndez nos demostró que para hacer literatura no se necesitaba estar en París ni haber estado en la montaña; se necesitaba tener el valor de caminar por la zona 1 sin parpadear.
Esa fue la irrupción. No fue un cambio de estilo, fue un cambio de paradigma. Paco Méndez limpió la mesa de los fantasmas del pasado y de las urgencias del panfleto. Sin saberlo, estaba preparando el terreno para lo que vendría años después. Estaba tendiendo el primer cable del puente hacia la Generación X de finales del siglo XX, demostrando que el desencanto también podía ser una forma de arte.
Si la publicación de Graga, en 1991, fue el primer sismo, el periodo que va desde mediados de los noventa hasta la irrupción definitiva de la Generación X en 1998 fue el proceso de sedimentación de una nueva sensibilidad.
Hay que entender que hacia 1996, el país estaba eufórico y agotado a la vez. La Firma de la Paz prometía un lienzo en blanco, pero los escritores que empezaban a publicar no sabían muy bien qué colores usar. Por un lado, estaba la generación de la guerra, esa que había vivido en el ostracismo o el silencio, y que de pronto veía cómo sus obras, guardadas en cajones durante décadas, por fin veían la luz gracias a la apertura democrática. Y, por el otro lado, venía empujando una «camada» de escritores criados viendo MTV, el rock en español, Café Oro, Casa Bizarra y el escepticismo post-utópico. Esta sería la Generación X. Para ellos, la guerra era un recuerdo difuso de infancia, un «ruido de fondo», pero su realidad inmediata era la violencia urbana, la globalización y la sensación de que el futuro era un centro comercial en construcción sobre una fosa común.
A Francisco Méndez se le valoró por muchas cosas: por su obra, por su amistad, por sus enseñanzas, por su sacerdocio al servicio de José José, por sus aportes como crítico, pero quizá no lo hemos valorado suficiente como ese puente entre la guerra y la paz.
Los «otros» Paco Méndez
Fue en esta época, a principios del siglo XXI, cuando Méndez empezó a demostrar que su talento no era solo narrativo, sino también crítico. Empezó a mapear el territorio. Su labor no se limitaba a escribir sus propios cuentos; se trataba de entender qué estaba pasando con los demás. Era común verlo en presentaciones de libros de autores noveles, comentando con la misma seriedad un fanzine fotocopiado que una novela premiada. Francisco entendió antes que nadie que la literatura guatemalteca necesitaba una estructura, un «nosotros» que incluyera tanto al que venía del exilio como al que acababa de salir de un concierto de Bohemia Suburbana.
Lo fascinante es que Méndez nunca perdió su esencia de observador. Mientras se convertía en una figura central de la gestión cultural y la academia, seguía siendo el tipo que encontraba la historia en el detalle mínimo. Su influencia en estas nuevas generaciones es palpable en la temática urbana y en el uso del cinismo como herramienta de defensa ante una realidad que seguía siendo violenta, aunque ya no fuera por razones ideológicas.
Francisco Alejandro Méndez permitió que la transición literaria en Guatemala no fuera un parricidio, sino un diálogo. Él fue el traductor que les explicó a los antiguos que la irreverencia era una forma de honestidad, y a los jóvenes que la memoria era la única forma de no repetir los errores de siempre. Sin su presencia en esos años críticos (1994-1997), la literatura de posguerra habría sido mucho más huérfana y, posiblemente, mucho más sorda.
Y si Graga fue el mapa de la calle, la incursión de Francisco Alejandro Méndez en el género negro fue la autopsia del sistema. A medida que avanzaban los años noventa y nos adentrábamos en el nuevo milenio, Francisco comprendió que para narrar la Guatemala profunda —esa que no sale en los discursos de la Firma de la Paz— necesitaba una estructura que aguantara el peso de la corrupción, la impunidad y el desencanto. Pero no lo hizo importando modelos agotados; lo hizo reinventando el género negro desde el trópico.
Paco sabía que la novela policiaca clásica, la de la deducción lógica y el orden restaurado al final del libro, era un insulto a la inteligencia del centroamericano. En un país donde la justicia es un laberinto diseñado para perderse, el detective no puede ser un caballero andante. Así nació su propuesta del Noir Tropical. En sus obras, el crimen no es una anomalía que debe ser resuelta, sino el estado natural de las cosas.
Aquí, el detective —o el antihéroe de turno— no busca la verdad para meter a alguien tras las rejas; busca la verdad para sobrevivir un día más. Francisco transformó el suspenso en una crítica sociológica feroz. Sus personajes caminan por una Ciudad de Guatemala que se siente como una morgue a cielo abierto, bajo un sol canicular que no deja sombra donde esconderse. Esta visión fue pionera: Méndez vio la configuración del «Narcoestado» y la degradación institucional en la ficción mucho antes de que se convirtieran en los titulares diarios que hoy nos agobian.
Lo que hacía a Méndez un narrador excepcional en esta etapa era su negativa a caer en el morbo fácil. Podía describir lo más sórdido del ser humano, pero siempre con una pátina de humanidad, de comprensión por el derrotado. Sus novelas son crónicas de una sociedad que se devora a sí misma, pero narradas con una precisión técnica envidiable. Logró que el noir guatemalteco dejara de ser un ejercicio de imitación para convertirse en una voz propia, cínica, eléctrica y necesaria.
Incluso cuando se adentraba en los territorios del microrrelato o lo bizarro, esa esencia del observador de lo oscuro permanecía intacta. Francisco Alejandro Méndez nos enseñó que la literatura no solo sirve para soñar, sino para despertar en medio de la pesadilla y tener el valor de describirla. Fue el pionero que nos entregó las herramientas para narrar nuestra propia sombra, y en ese proceso, consolidó una de las obras más coherentes y valientes de la Centroamérica contemporánea.
El pasado 28 de marzo de 2026, Francisco Alejandro Méndez falleció, luego de ser intervenido quirúrgicamente, como él mismo había anunciado a sus contactos en Facebook. La penúltima vez que lo vi, fue de forma virtual, fue en abril del año pasado, en una conferencia del Seminario de Narrativa Centroamericana Contemporánea, en el que había compartido con los participantes de ese seminario la colección de relatos: Bestias que nos habitan, que según entendí recién había terminado de escribir y lo compartió como regalo. Según busco ahora, ese libro aún no ha visto la luz (quizá ya está en dentro de la agenda de alguna editorial).
Y, la última vez, fue en el Palacio Nacional, cuando presentaron la más reciente edición de los poemarios de Miguel Ángel Asturias, él como comentarista.
Volviendo a Graga, si no estoy mal, se volvió a reeditar, con mejor calidad, y siempre con Serviprensa. Pese a ello, me temo que actualmente hay muy pocos ejemplares en buen estado de esas ediciones de 1991, 1994 y 1997, porque habrán sufrido el desgaste de circular de mano en mano.
Yo, por supuesto, que habré devuelto esa edición de Graga, de 1991, a mi amigo, y quizá la comentamos con mucho qué decir y con un café. Disculpen si cito a Graga de memoria. Tuve que recurrir al índice de una edición de 1994 que alguien vende a 6 euros y que probablemente nadie compró.


Mario Cordero Ávila (Guatemala, 1978), licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos. Ganador del Primer Lugar del Certamen Nacional de Narrativa (AZCCA), con el libro de cuentos Manual para vender el alma, y del VIII Premio Nacional de Ensayo Francisco Albizúrez Palma con el texto «Eduardo Halfon y la poética del fragmento: autoficción, recuerdo y constelación narrativa». También obtuvo la mención honorífica de la IV edición del Concurso de Cuento de la Biblioteca de la CFCE Antigua, con el cuento «Las trenzas de la abuela Milagros».
