El llamado del desierto (A propósito del libro «Pantera del tiempo» de Raúl Arias)

El escritor ecuatoriano, Agustín Guambo, nos acerca a la vanguardia literaria de su país. Y lo hace a partir del testimonio de uno de sus representantes: Raúl Arias, poeta, dramaturgo y periodista nacido en Quito, en la década de los 40, y uno de los fundadores del Grupo literario Tzántzicos, quien, recientemente, relató su historia en el libro «Pantera del tiempo»

Agustín Guambo | Escritor ecuatoriano

Es interesante notar cómo, en la actualidad, los escritores, o quizás mejor usar el calificativo bolañesco de escribidores, han aprendido a no incomodar. A funcionar. A encajar. A volverse, poco a poco, una forma más de administración del lenguaje en tiempos donde todo —incluso la sensibilidad— parece exigir rendimiento. Y es en ese paisaje donde este nuevo libro de Raúl Arias (Pantera del tiempo, 2026) aparece, no como una excepción decorativa, sino como un gesto de desvío. Un intento —deliberado o no, pero efectivo— de recuperar algo que la literatura contemporánea ha ido perdiendo: su capacidad de exponernos. Porque cuando el lenguaje se domestica, es el cuerpo el que termina buscando la intemperie.

Cansados de una literatura —y de un arte, si se quiere tensar más el término— cada vez más capturados por la promesa del Progreso (ese sofisticado adormecimiento que el sueño americano-europeo ha sabido administrar con eficacia), Raúl, y quienes lo acompañaban en los 60’s, se lanzaron a los caminos en busca de un territorio menos conciliador. Los Tzántzicos irrumpen en un momento donde una parte importante de la poesía ecuatoriana adolecía en su producción y circulación de un aura conventual, romántica y sacerdotal[3]. Para este grupo, el poeta, se había convertido en una voz retirada del mundo, que se protegía en la interioridad de lo sensible, mientras afuera el desarrollo y sus promesas reorganizaban silenciosamente la vida social[4].

La literatura, para Los Tzántzicos, pasa de ser un ejercicio de refinamiento subjetivo a concebirse como una práctica situada, colectiva y conflictiva. Y en ese gesto existe una desacralización decisiva: se desplaza la figura tradicional “del poeta ecuatoriano”—intimista, contemplativo, bucólico— por la de un sujeto atravesado por las contradicciones políticas y culturales de su tiempo.

A primera vista, este podría interpretarse como un ejercicio de nostalgia; sin embargo, no es así. Más que una idealización del pasado, el libro trata de una exploración de la memoria, de sus huellas y de las formas en que estas configuran desde el presente. Aquí es importante señalar que, como toda exploración del pasado, esta que propone Raúl se ve atravesada por un aire de nostalgia. Pero no se trata, ojo, de la forma en que hoy se la reduce a depresión, fácilmente nombrable, administrable y medicable; hablo de una melancolía en clave estética, sostenida por el pulso de aquel que entiende que no puede volverse prosaica ni funcional.

Para entender cómo opera esta melancolía en el libro, me es conveniente una distinción previa. En tiempos medievales, los monjes nombraron una enfermedad terrible del espíritu: la acedía[5]. No era simple tristeza, era una forma de agotamiento que vaciaba de sentido toda acción, virtud y ánimo por la vida. Llevando a quien la padecía a una sequedad interior que suspendía la voluntad; un proceso casi imperceptible, donde la vida no desaparecía de golpe, pero dejaba de tener impulso. Era como ver a un vegetal podrirse en nuestras neveras, lento, agónico y casi siempre inadvertido por los otros hasta que es muy tarde. Y es esto lo que la vuelve fácilmente confundible con la melancolía —o melaina cholé—, pero la diferencia es decisiva. La acedía, bien vista puede ser fácil de identificar en el pesimista, pues clausura cualquier horizonte: vuelve el mundo plano, sin caminos. La melancolía, en cambio, incluso en posible oscuridad, todavía empuja. Y es esta forma de melancolía —no clausurada, sino en movimiento— la que atraviesa el libro de Raúl.

Pues, incluso, cuando el camino se presenta como agotador, insiste en seguir el “llamado del desierto”. Un llamado que parte de asumir la melancolía como un acto radical: no como repliegue, más bien como una forma de avanzar, aun cuando el trayecto se nos muestra inútil. Aquí la diferencia es decisiva. Si, como sugieren ciertas lecturas contemporáneas —pienso en Mark Fisher—, como diagnóstico de época, el presente tiende a capturar la subjetividad en una sensación de clausura, donde todo parece ya dado y sin salida, frente a ese cierre, en Raúl la melancolía no se traduce en parálisis. Es ahí donde se vuelve posible otra lectura. Si seguimos a Byung-Chul Han (2023), el gesto de recordar implica recuperar una relación distinta con el tiempo: una disposición que no responde a la exigencia de producir y se abre a la posibilidad de sostener una experiencia. El desierto, entonces, no se asume como simple metáfora del vacío, se lo posiciona como una prueba. Un espacio donde el olvido, la sed y el silencio dejan de ser amenazas y se convierten en condiciones de la travesía del destino. Lo radical no está en resistirlos; está en aprender a habitar su intemperie. En atreverse a dar el siguiente paso; a no recular. Algo que me resulta vital recalcar es que, en el libro, el movimiento no se juega en el inicio; se juega en su confirmación. Es ahí donde aparece lo que he señalado previamente, ese atreverse a dar un segundo paso: el acto que compromete. Este segundo paso se percibe en esos momentos donde el personaje deja de pensar el viaje y lo ejecuta, incluso sin garantías, sin promesas. No hay épica en la salida; hay decisión.

El deseo (con Freud de por medio) empuja, pero no basta; puede encontrar refugio en la fantasía sin llegar a traducirse en acto. Ese segundo paso, en cambio, compromete al sujeto con las consecuencias de su deseo; lo reta a sostener lo que ha comenzado. Es allí en esa insistencia —más que en cualquier gesto inaugural— donde el libro encuentra su verdadera intensidad.

Otra dimensión, que conviene no perder de vista como lector, tiene que ver con que el viaje no se agota en el desplazamiento físico, aun cuando es el tema central de este texto. No se trata únicamente de salir de un lugar, implica, además atravesar una serie de estaciones íntimas —la niñez, la amistad, los espacios de formación. Cada una de estas instancias parecen funcionar como “pequeños desiertos”: momentos donde algo se pone en juego, donde lo familiar deja de sostener y obliga a una reconfiguración. Crecer, bajo esta lógica, no es otra cosa que aprender a reconocer esos llamados y decidir, una y otra vez, si se responde o no a ellos.

El libro propone que viajar no se reduce a acumular experiencias que aseguren transmutación. Implica algo que para algunos puede sonar incomodo: enamorarse de la intemperie, de esa forma de melancolía que surge al alejarse de lo seguro. De ahí que, este viaje que presenta Raúl se inscribe en una tradición mayor. Pienso entonces en Don Quijote; Ulises; incluso en el narrador de Moby Dick, Ismael, ellos no son otra cosa que variaciones de una de las tantas preguntas que cargamos desde hace mucho como especie: ¿Qué hace que una vida valga la pena?

Si lo llevamos a un esquema más clásico —más cercano, digamos, a cierta sensibilidad homérica, donde el destino todavía conservaba un espesor trágico y no había sido degradado, como en estos tiempos, a simple narrativa de autoayuda contemporánea—, podría decir que aquello que solemos llamar “nuestros destinos”[6] tiende a responder, al menos imaginariamente, de dos formas distintas. Por un lado, tenemos lo dionisiaco: el héroe, que al encontrar su muerte afirma su vida y consuma su gloria, una narrativa, sin duda, coherente, que transforma la vida en una especie de fulgor. La segunda —más próxima a lo apolíneo, aunque atravesada por una melancolía doméstica— se organiza alrededor de la errancia, del retorno insistente a ciertos lugares, pérdidas y personas que parecen jamás terminan por clausurarse del todo. Aquí el sentido no aparece condensado en un gran gesto heroico, lo podemos encontrar disperso en pequeñas confirmaciones de haber estado realmente vivo. Es hacia esta segunda forma —menos interesada en la gloria que en la persistencia casi neurótica de la memoria— que el libro me parece se inclina de forma constante.

Esta vía propuesta por Raúl, debo decirlo, ha sido históricamente desplazada hacia la vergüenza… Como bien apunta el poeta peruano Rodolfo Hinostroza, en uno de sus poemas, en nuestros países, la gente huye más del melancólico que del apestado. Y en esa huida —como lo advertía Agustín Cueva (2008)— se configura una maquinaria —que no es solo afectiva sino también política y cultural— obsesionada más con producir “héroes”, “santos” o “ídolos”. Figuras que, muy a menudo, terminan siendo apenas hombres de paja.  

Raúl comprende pronto —a partir de un episodio en el que se ve envuelto su compañero Zamacuco— que escribir tiene consecuencias que pueden volverse materiales. Ya no se trata solo de un “juego literario” o una pose, escribir es una intervención concreta en la vida. En ese punto, el recorrido que narra Raúl puede leerse, siempre con reservas, en clave de una Bildungsroman. No entendido como un proceso armónico de formación, sino como una práctica de fricción donde cada encuentro altera. El sujeto al desplazarse no sale enriquecido en el sentido complaciente del término; sale intervenido, incluso —arriesgando la palabra— contaminado. Cada experiencia que llega deja una marca que no termina de ordenarse en relato cerrado.

El libro finalmente, sitúa al que viaja muy cerca de una figura antropófaga[7]. El viajero, entonces, no se define por lo que acumula, sino por lo que logra incorporar y digerir mientras avanza; en aquello que incorpora sin terminar de asimilar. Es allí donde viajar deja de ser un desplazamiento por paisajes bucólicos y se vuelve una experiencia que marca el cuerpo: voces, gestos, lenguajes, pequeñas violencias.

Si en algún momento la sociedad parecía empujarnos fuera del oikos —entiéndase ese espacio doméstico, limitado— hacia una exterioridad que prometía experiencia, hoy ese movimiento ha sido capturado. El capitalismo no solo regula la producción del tiempo y el dinero, también, más que nunca, administra el acceso a la realidad.

Hoy, la tecnología disponible ha hecho del viaje una acción sin desplazamiento. Ya no hace falta atravesar el calor ni la incomodidad de un territorio; basta con consumir su imagen. El problema no es técnico, es sensible: lo que se pierde es la duración. Y si lo pensamos, hay algo profundamente perverso en esto: el capitalismo no solo nos quiere hiperactivos, sino profundamente separados de la intemperie y, en esa misma operación, separados unos de otros. Porque si algo enseña el viaje, y el libro lo recuerda con insistencia, es que la libertad no ocurre en la comodidad ni en soledad sino en ese desplazamiento casi imperceptible de una vida contemplativa junto a los demás. La capacidad de sostener un tiempo que no se consuma de inmediato. De activar, si se quiere decir así, un pathos de la acción que no responda a la urgencia, y se oriente a buscar una intensidad que nos conecte a esos momentos cuando la noche cae en picada sobre nuestras cabezas en medio de la nada y el cielo nos aplasta el corazón con su silencio. 

El viaje, los amigos, los amores, el periodismo, aparecen en la obra como una fuga, no de la Moira, sino de su caricatura contemporánea. Porque, hoy por hoy, advierte Raúl desde su propia experiencia regada en estas páginas, el destino ya no se impone como necesidad trágica; se diluye. Se vuelve frágil, escurridizo, intercambiable o quizás impermeable. Como si nos quisiera recordar que lo que menos podemos prometerle a nuestra propia sombra es duración.

El escritor se juega, hoy más que nunca, no solo la afirmación de un sentido pleno, sino la persistencia de una forma de experiencia que la lógica del rendimiento no logra absorber del todo. En el libro, escribir, no genera avance ni conquista, sino una resistencia tenue a la conversión total de la vida en circulación funcional. En ese sentido, Raúl vuelve a hacer visible un gesto de vanguardia, pues insiste en mostrar que no todo en la literatura debería someterse a la gramática del progreso y la productividad. Por el contrario, y como lo formula Enrique Lihn en uno de sus poemas, también, es válido sentarse y decir: “no pude ser feliz, ello me fue negado, pero escribí”.  

***

[1]Esta expresión viene del cuento de Julio Ramón Ribeyro, «La casa en la playa», publicado en 1992 en el libro La palabra del mudo, tomo IV. En este cuento se narra cómo el retorno a Lima de dos amigos —movidos por la melancolía— no conduce a ningún paraíso, sino a la constatación de que la memoria también traiciona: lo que se busca ya no existe, o nunca existió de ese modo.
[2] Texto preparado para la presentación del libro del poeta tzántzico, Raúl Arias, el 22 de abril de 2026. Libro disponible en: https://www.amazon.in/Pantera-del-Tiempo-Tz%C3%A1ntzicos-Spanish-ebook/dp/B0G2CTLMGW.
[3] Se debe evaluar este gesto desde la propuesta de Mariátegui (1990), quien señala que una vanguardia, más allá de lo estético, propone una ruptura con las formas agotadas de la sensibilidad burguesa para dar paso a una producción artística en un espacio de intervención política directa y pública.
[4] Se debe tomar en cuenta que este proceso se inscribe en la conflictividad latinoamericana de los años sesenta y setenta —época marcada por modernizaciones desiguales, radicalización política, dictaduras y una persistente conciencia de dependencia cultural—, donde la formación estética y artística comienzan a aparecer atravesadas por la experiencia de lo periférico.
[5] Para más detalles consultar: https://www.laciviltacattolica.es/2024/01/05/la-acedia/
[6] Un materialista histórico es muy poco probable que piense que el “destino” existe como una especie de arquitectura metafísica suspendida sobre las personas —una mano invisible, cósmica y algo teatral moviendo piezas humanas hacia finales predeterminado como en la película Clash of the Titans de 1981—, sino más bien que aquello que los otros llaman destino, emerge de un conjunto obscenamente concreto de condiciones materiales: la clase social en la que uno nace, las relaciones de producción que organizan nuestros tiempos y cuerpos, el acceso (o no) a recursos, educación, estabilidad, instituciones; incluso las ideologías que más de uno termina confundiendo con “pensamiento propio” cuando, en realidad, llevan décadas instaladas ahí como la humedad en las paredes de una casa olvidada.
[7] Esto no implica, sin embargo, una adhesión directa a la lógica de la “devoración” en el sentido de Oswald de Andrade. Más bien, percibo una cercanía con Rivera Cusicanqui y lo ch’ixi, la identidad no se presenta como unidad, sino como una superficie en tensión. El gesto, en el caso del libro, no es simplemente viajar para devorar, sino habitar una zona más inestable: una relación de fricción y coexistencia, donde la incorporación nunca es total. Con esto no trato de negar la “digestión cultural”, sino de complejizarla: preguntarse quién devora a quién, bajo qué condiciones, y qué restos resisten a esa incorporación.

Bibliografía

Cueva, Agustín. Entre la ira y la esperanza. Quito: Campaña de Lectura Eugenio Espejo, 2008.
Fisher, Mark. Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra, 2017.
Han, Byung-Chul. Vida contemplativa. Barcelona: Random House, 2023.
Mariátegui, José Carlos. El artista y la época. Lima: Empresa Editora Amauta, 1990.


Agustín Guambo (Ciudad Páramo). Poeta, editor e investigador andino. Una de las voces más destacadas del Futurismo Andino.
Autor de POPEYE’s Sea (La Apacheta Cartonera, Lima, 2014), Ceniza de Rinoceronte (La Caída, Buenos Aires, 2015), Primavera Nuclear Andina (Ediciones A/terna, Buenos Aires, 2017; Quito, 2025), Cuando fuimos punks (Kikuyo Ediciones, Quito, 2019; Los Zopilotes, Antigua Guatemala, 2023), Nuclear Andean Spring (Ugly Duckling Press, Nueva York, 2019) y Machine Head (Sol Negro, Lima, 2023; Grafrografxs, Ciudad de México, 2024).
Ha recibido el Premio Hispanoamericano de Poesía Rubén Bonifaz Nuño (México, 2014), fue ganador de la convocatoria Poetry in Translation de Ugly Duckling Press (Nueva York, 2019) y del Premio Mahmud Darwish, otorgado por el Festival de Poesía de Medellín (2025).

Deja una respuesta

Your email address will not be published.