A propósito de un nuevo aniversario de la muerte de Carlos Martínez Rivas, Humberto Avilés Bermúdez revisita la vida y la obra del autor de La insurrección solitaria para reflexionar sobre la soledad, la muerte y el poder de la poesía como forma de conocimiento y resistencia
Humberto Avilés Bermúdez | Poeta, ensayista y jurista
Hablar de Carlos Martínez Rivas es acercarse a una de las experiencias más intensas y exigentes de la poesía nicaragüense del siglo XX. Nacido en Guatemala en 1924 y fallecido en Managua en 1998 un 16 de junio como hoy, 28 años hace, su vida estuvo marcada por una relación casi absoluta con la literatura, entendida no como oficio decorativo sino como forma de conocimiento y confrontación.
Aunque su obra publicada no es extensa, pocos autores han ejercido una influencia tan profunda en varias generaciones de escritores. Su libro emblemático, La insurrección solitaria, -LIS-, publicado inicialmente en 1953, continúa siendo uno de los hitos de la poesía hispanoamericana contemporánea. En sus páginas confluyen la tradición clásica, la modernidad poética, la conciencia religiosa, el erotismo, la culpa, la rebeldía y una incesante interrogación sobre el sentido de la existencia.
Carlos Martínez Rivas fue un poeta de contrastes. Su escritura puede alcanzar la más alta elaboración intelectual y, al mismo tiempo, descender a los territorios más vulnerables de la experiencia humana. En él conviven la lucidez y el desgarro, la ironía y la plegaria, la erudición y la intemperie.
Quizás por eso resulta difícil reducirlo a una escuela o a una tendencia. Su voz permanece sola, insobornablemente sola, como si hubiera elegido habitar los márgenes para preservar la autenticidad de la palabra. La poesía, para Martínez Rivas, no era una forma de prestigio, sino una prueba de verdad.
Quisiera detenerme en un verso suyo que siempre me ha parecido revelador: “tu muerte solamente tú te la sabes”. Además de ser el lema de este homenaje, pocas veces se ha expresado con tanta sencillez una verdad tan profunda. Cada ser humano comparte la certeza de la muerte, pero nadie puede experimentar la muerte ajena desde dentro. La muerte es la región última de la soledad. Podemos acompañar, llorar, recordar o imaginar, pero el tránsito final pertenece exclusivamente a quien lo vive.
Ese verso contiene una intuición que atraviesa toda la obra de Carlos Martínez Rivas: la condición irreductiblemente singular de la existencia humana. Hay experiencias que ninguna comunidad, ninguna ideología y ninguna fe pueden asumir completamente por nosotros. Entre ellas están el sufrimiento, la conciencia y la muerte.
Pero el poeta no se instala en el pesimismo. Su escritura transforma esa conciencia de finitud en una búsqueda incesante de significado. La palabra poética aparece entonces como un acto de resistencia frente al vacío. Nombrar es una forma de permanecer. Escribir es una forma de responder.
En una época que con frecuencia privilegia la velocidad y la superficialidad, la obra de Carlos Martínez Rivas continúa exigiendo una lectura lenta. Sus poemas no buscan agradar inmediatamente; buscan interpelar. Nos obligan a detenernos, a pensar y a mirar de nuevo aquello que creíamos conocer.
Su legado no reside únicamente en los textos que dejó escritos. Reside también en una actitud ética frente a la literatura. Nos enseñó que la poesía puede ser una forma de rigor espiritual; que la belleza no excluye la verdad; y que la palabra, cuando alcanza su máxima intensidad, puede convertirse en una forma de conocimiento.
A más de un cuarto de siglo de su muerte, Carlos Martínez Rivas sigue siendo contemporáneo. No porque haya anticipado nuestro tiempo, sino porque continúa formulando preguntas que todavía no hemos terminado de responder. La soledad, el deseo, la culpa, la trascendencia, la muerte y la esperanza siguen habitando sus versos con una vigencia sorprendente.
Por eso volver a leerlo no es un ejercicio de nostalgia literaria. Es una manera de volver a interrogarnos. Y quizás sea esa la misión más alta de toda gran poesía: no ofrecer respuestas definitivas, sino acompañarnos en la búsqueda.
Carlos Martínez Rivas pertenece a esa rara estirpe de escritores cuya obra no envejece porque está hecha de preguntas esenciales. Mientras existan seres humanos preguntándose por el sentido de la vida y por el misterio de la muerte, su voz seguirá acompañándonos.
Y acaso entonces, al recordar aquel verso inolvidable —“tu muerte solamente tú te la sabes”— comprendamos que el poeta no hablaba únicamente del final de la vida, sino del misterio irrepetible de cada existencia humana.
CANTO FÚNEBRE A LA MUERTE
DE JOAQUÍN PASOS
I
Con el redoble de un tambor
en el centro de una pequeña Plaza de Armas,
como si de los funerales de un Héroe se tratara;
así querría comenzar. Y lo mismo
que es ley en el Rito de la Muerte,
de su muerte olvidarme y a su vida,
y a de los otros héroes apagados
que igual que él ardieron aquí abajo, volverme.
Porque son muchos los poetas jóvenes que antaño han
(muerto.
A través de los siglos se saludan y oímos
encenderse sus voces como gallos remotos
que desde el fondo de la noche se llaman y responden.
Poco sabemos de ellos: que fueron jóvenes y hollaron
con sus pies esta tierra. Que supieron tocar algún
(instrumento.
Que sintieron sobre sus cabezas el aire del mar
y contemplaron las colinas. Que amaron a una muchacha
y a este amor se aferraron al extremo de olvidarse de ellas.
Que todo esto lo escribían hasta muy tarde, corrigiéndolo
(mucho,
pero un día murieron. Y ya sus voces se encienden en la
noche.)
II
Sin embargo nosotros, Joaquín, sabemos
tanto de ti. Sé tanto… Retrocedo
hasta el día aquel en brazos de tu aya
en que, de pronto, te diste cuenta de que existías.
Y ante ese percatarse fuiste y fueron tus ojos
y el ver más puro fue que hasta entonces sobre
los seres se posara. No obstante, los mirabas
sólo con una boba pupila sin destino,
sin retenerlos para el amor o el odio.
(Aún tus mismas manitas sabían ser más hábiles
en eso de coger un objeto y no soltarlo).
Una mañana te llevaron a una peluquería, en donde
te sentaron muy serio, y todo el tiempo
te portaste como un caballerito
y bromearon contigo los clientes. Todo esto
mientras te cortaban los bucles y te hacían
parecer tan distinto.
A la calle saliste después. A la otra calle
y a la otra edad, en la que se le pintan
bigotes a la Gioconda de Leonardo
y se es greñudo y cruel…
Mas luminosa irrumpe pronto la juventud.
Después, todos sabemos lo demás: el impuesto
que las cosas te cobraban. El fluir de los seres
que a tu encuentro acudían por turno, cada uno
con su pregunta
a la que tú debías responder con un nombre
claro, que en sus oídos resonara distinto
entre todos los otros, y poder ser sí mismos;
como sabemos que a Iaokanann llegaban
los hombres más oscuros, a recibir un nombre
con el que desde entonces
pudieran ser llamados por Dios en el desierto.
Y ese fue en adelante tu destino. Por el que no podrías
ya nunca más mirar libremente la tierra.
Un mal negocio, Joaquín. Por él supiste
que ante todas las cosas en que te detuvieras
el tiempo mandado, temblarías. Que bastaba mirarlas
con los ojos que se te dieron un tiempo decoroso
para que se tornaran atroces:
el fulgor de un limón.
El peso sordo de una manzana.
El rostro pensativo del hombre.
Los dos senos jadeantes, pálidos, respirando
debajo de la blusa de una muchacha que ha corrido;
la mano que la alcanza. Hasta las mismas palabras…
Todo tenía una esencia dentro de sí. Un sentido
sentado en su centro, inmóvil, repitiéndose
sin menguar ni crecer,
siempre lleno de sí, como un número.
Y esa lista de nombres y esa suma total tú la tendrías
que hacer para el día de la ira o el premio.
Y al hacerla, pasar tú a ser ella misma.
Porque también te dieron a ti un nombre. Para
que de todo eso lo llenaras como un vaso precioso.
Que de tal modo dentro de ti lo incluyeras
—las noches estrelladas, las flores,
los tejados de las aldeas vistos desde el camino—
que al nombrarlos te nombraras
tú suma total de cuanto vieras.
Y para todo eso sólo se te dieron palabras,
verbos y algunas vagas reglas. Nada tangible.
Ni un solo utensilio de esos que el refriegue
ha vuelto tan lustrosos. Por eso pienso que
quizás –como a mí a veces—te hubiese gustado más
(pintar.
Los pintores al menos tienen cosas. Pinceles
que limpian todos los días y que guardan en jarros
de loza y barro que ellos compran.
Cacharros muy pintados y de todas las formas
que ideó para su propio consuelo el hombre simple.
O ser de aquellos otros que tallan la madera;
los que en un mueble esculpen una ninfa que danza
y cuya veste el aire realmente agita.
Pero es cierto que nunca
rigió el hombre su propio destino. Y a la dura
tarea mandada te entregaste del modo
más honorable que he conocido. Eso sí,
tú sabías bien en qué te habías metido.
A los obreros viste cuando van a la tienda. Observaste
cómo examinan ellos las herramientas y palpan el filo
y entre todas eligen una, la única: la esposa
para el alto lecho de los andamios.
De este modo elegías tú el adjetivo,
la palabra, y el verso cuyos rítmicos
pasos como los de un enemigo acechabas.
Hacer un poema era planear un crimen perfecto.
Era urdir una mentira sin mácula
hecha verdad a fuerza de pureza.
III
Pero ahora te has muerto. Y el chorro de la gracia
(contigo.
Mas dicho está, que nunca permitió Dios que aquello
que entre los mortales noblemente ardiera
se perdiese. De esto vive nuestra esperanza.
Difícil es y duro el luchar contra el Olimpo
acuoso de las ranas. Desde muy niños son
entrenados con gran maestría para el ejercicio de la Nada.
Mucho hay que afanarse porque lo otro
sea advertido. Y aun así, pocos son
los que entre el humo y la burla lo reconocen.
Pero, con todo perseveramos, Joaquinillo. Descuida.
Redoblaremos nuestro rencor ritual, el de la cítara.
Nuestro alegre odio con saltitos.
Nuestra víbora de los gorjeos.
Y el amor ganará.
Tú deja que tu sueño mane tranquilo.
Y si es que a algo has hecho traición muriendo,
allá tú.
No seré yo quien vaya a juzgarte. Yo, que tantas
veces he traicionado.
Por eso
no levanto mi voz tampoco contra la Muerte.
La pobre, como siempre, asustada de su propio poder
y de tantos ayes en torno al muerto, enrojece.
Tu muerte solamente tú te la sabes.
No atañe a los vivos su enigma, sino el de la vida.
Mientras vivamos sea ella olvidada como si eternos
(fuéramos,
y esforcémonos.
Tú, desde el Orco, gallo, despiértanos.
IV
Y de igual manera que las abejas de Tebas
–conforme el viejo Eliano cuenta—iban
a libar miel en labios del joven Píndaro;
llegue este canto hasta la pálida cabeza.
En tu pecho se pose y tu pico su pico hiera
sorbiendo fuego. En torno de tu frente aletee
tejiendo sobre ella una invisible corona.
Sus alas bata con más fuerza y hiendan
un espacio más alto sus nobles giros.
El esfuerzo repita. Y otra vez. Y otra… Y su vuelo
por el cielo se extienda en anchos círculos.
Madrid, febrero de 1947.
Permítanme volver sobre el verso: «Tu muerte solamente tú te la sabes»
Detengámonos unos minutos en él, porque contiene una de las intuiciones más profundas de toda la poesía nicaragüense.
No dice:
«tu muerte solamente tú la sufres»
Ni «tu muerte solamente tú la vives»
Dice:
«tu muerte solamente tú te la sabes».
El verbo es decisivo.
Martínez Rivas traslada la muerte del ámbito biológico al ámbito del conocimiento.
Como si nos dijera que la muerte es un saber inaccesible para los demás.
Podemos conocer la muerte ajena desde afuera; pero la propia muerte pertenece a una región donde nadie puede acompañarnos.
Hay en ese verso una intuición que dialoga con la filosofía existencial y, al mismo tiempo, con la tradición mística: la experiencia última es incomunicable.
Carlos Martínez Rivas escribió algunos de los versos más memorables de la lengua española, pero pocos tan hondos como aquel que dedicó a Joaquín Pasos: «Tu muerte solamente tú te la sabes». No habla únicamente de la muerte. Habla también de la condición humana. Cada existencia posee un núcleo inaccesible, una región que nadie comparte del todo. Allí radica la soledad esencial del hombre y, acaso también, la razón última de la poesía: intentar decir aquello que sabemos sin poder explicarlo completamente. Carlos pasó la vida acercándose a ese misterio. Por eso continúa siendo nuestro contemporáneo. Porque todavía seguimos intentando comprender lo que él apenas entrevió en la frontera entre la palabra y el silencio.

Humberto José Avilés Bermúdez (Granada, Nicaragua, 1953) es poeta, ensayista y jurista nicaragüense. Licenciado en Derecho por las Universidades de Salamanca y Málaga, realizó estudios doctorales en Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid. Obtuvo en 1979 el Primer Premio del VIII Concurso de Poesía de la Universidad de Navarra por su poemario Hipótesis del amor y recibió en 2018 el Premio Internacional Andrés Bello por el conjunto de su obra. Es académico numerario de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras, miembro honorario del Clan Intelectual de Chontales y coordinador del Festival Latinoamericano de Poesía Gregorio Aguilar Barea desde su fundación en 2021. Ha integrado jurados de importantes certámenes poéticos en Nicaragua y otros países de América Latina.
Su obra poética incluye títulos como Perfil del olvido, Estigmas de silencio, Poética de la simpleza, Escritos de la Sirena, Color de luz, Otredades y El corazón de mis palabras busca un nombre, además de una amplia presencia en revistas literarias de España, América Latina y Estados Unidos. Como ensayista ha publicado Escritos Constitucionales 1999-2010. Su trayectoria ha sido reconocida por diversas instituciones culturales por su contribución a la literatura, la poesía y la educación nicaragüenses.
