«Ratario» es el libro de poesía más reciente del escritor guatemalteco Rafael Romero. Un diario que, en la medida en que nos adentramos en su cronología, nos devela la fuerza y la fascinación de un impetuoso monólogo interior
Rafael Romero | Escritor guatemalteco

Hace algunos años, en medio de una crisis emocional que me llegaba al cuello, un amigo me leyó las primeras páginas del Trópico de Capricornio de Henry Miller. Lo escuché con atención y salí de donde nos habíamos reunido con la intención de conseguirlo. Lo leí con hambre, me sentí aliviada. Un libro sin estructura fija, una narrativa llena de imágenes poéticas, que más que describir, conformaban un estado de ánimo, una incomodidad arrebatada, que lanzaba las palabras con la intención de golpear. Lo recordé ahora, mientras leía el Ratario de Rafael Romero: un diario que, en la medida en que nos adentramos en su cronología, nos devela la fuerza y la fascinación de un impetuoso monólogo interior en la recta hacia el fin del mundo. Ese del cambio de siglo, en el que la vida, para nuestra generación, era una promesa que sonreía provocativa allá afuera; la literatura, un reciente descubrimiento, y el mundo, tanto el interno como el externo, una maraña que se empezaba a enunciar.
Era 1999, y estas las memorias poéticas de un joven R, que escribía a mano, en cuadernos de cuadrícula o en la máquina que le pertenecía a su papá; el muchacho que empezaba a estudiar Literatura y que, con la espontaneidad y el ardor de la juventud temprana, estaba armando, sin saberlo, un texto de iniciación, onírico y oscuro. Estaba protagonizando una excavación solitaria sin mayores herramientas, porque era la edad en la que se usaba lo que se tenía a mano: una piedra, un lápiz o las uñas. No había manuales, la ruta la marcaba el propio fuego, la observación, la intuición. Y el resultado iba a ser encontrar, en el fondo, el brillo de la semilla inicial. Ese que sería reconocible, como tal, solo a través del paso de los años y de esas estaciones intencionales desde donde se trata de medir el camino que va quedando atrás.
A más de veinte años de ese punto de partida, un día, de regreso en la casa familiar, Rafael Romero abrió un archivo digitalizado mucho tiempo atrás y se encontró con la fuerza del muchacho lúcido y delirante, que le inventó el presente desde el parcial encierro voluntario en el que se guarecía durante aquellos años tempranos. Y que desde allí parecía seguir hablándole directamente, con el mismo arrastre y desenfado que, aunque pase el tiempo, se queda habitando en el fondo de algunas miradas, y en la fuerza que sigue empujando haciala soledad y los encierros, a estados casi monacales desde donde el escritor disecciona el mundo, inquiere en sí mismo, escapa y se salva.
Hay fuerza en sus bloques de pensamiento, hay concisión y la lucidez del recién iluminado. Hay una preocupación por decir, por expulsar eso que pareciera correr en su interior, con el mismo ímpetu con el que corre la sangre, y con la profundidad que delata lo que no deja de caer. Hay un deseo de «contar para vivirlo», proceso inverso que proponen los demiurgos. Hay una preocupación por el lenguaje y la manera en que nombra, en que crea, en que delinea e inventa. Hay poesía.
Leo el Ratario de Rafael Romero y pienso que, tal vez, una vez en la vida logramos ver el abismo y nombrarlo con osadía. De allí en adelante todo es literatura.
Vania Vargas
* * *
12 de junio
Lo sublime, lo terrenal, lo sanguíneo. Imaginar territorios.
Materializarlos. Pero también machetear la maleza, doblegar
matorrales para que nuevos caminos sean trazados. Lo venial,
lo profundo, lo subterráneo. Ese miedo a coincidir en secreto,
bajo el amparo de las sombras, ese temblor corporal innecesario.
Mi alter ego y yo deambulando entre cafetales; silencio
a medias, cuchicheo de insectos, crujir de ramas. La necesidad
de revisitar lugares cruciales, plataformas afines a la niñez y
a la crianza; esa premura por seguir indagando en el extenso
cuerpo de lo aparente (muchas capas al fondo, hasta allá, sé
que hay vestigios de tristeza, de vida extinta, de vocablos nacarados).
Lo maternal, lo arraigado, lo óseo. Todas esas tardes
que nunca quiero que se hagan noches, la desnudez del vuelo
de las aves, la delicadeza con que la luna se va asomando en
las alturas, el humo del cigarrillo a escondidas. Jocotenango,
vos, yo. Siento que en mi corazón, infestado de gorgojos y
estramonio, se celebran aquelarres.
18 de septiembre
R, ¿por qué no te levantas y sales un poco de tu madriguera?
El sol ya está tiñendo el patio de fulgores leonados, de brillos
del color del sarro, de destellos sepia que parece que han
emergido desde un sueño, desde un sueño en el que el llanto
no te pudo eximir de la onda expansiva de las zarzas, del cálido
aliento de las sombras, del perfume inodoro de la sospecha
que acarrea lo indecible. El reloj marca las seis menos cuarto
de la mañana. Es sábado, el día en que el tiempo se detiene
exactamente siete punto cinco segundos a lo largo de todo el
día. Tus padres duermen. Tus hermanas duermen. Tu hermano
duerme. Dormir, según los astros y su influencia, a veces
podría resultar innecesario. En tu patio ya habrán empezado a
ocurrir sucesos, minuciosidades, pequeños artificios. Habrán
partido ya todas esas luciérnagas y habrán tomado su lugar
los chiquirines. Sal, asómate en silencio y otea. Esa porción de
tierra seca te reclama. ¿Cuántas veces a lo largo de los siglos
que llevas viviendo lo has regado y barrido? Desde aquellos
años en los que había covachas, ¿te acuerdas? Cuando te acurrucas
en tu madriguera, como un animal exhausto de cazar,
las tripas llenas y el gaznate fresco y saciado, el patio parece
mutar en una deidad con poderes maternales y pone en marcha
todo un dispositivo de custodia. Nadie más que tú para
entender esa suerte de simbiosis entre el espacio en donde
jugaron tus antepasados y en donde te revolcaste de niño, entre
el polvo, el monte de los arriates, el apazote y las naranjas
botadas por el viento. Sal, asómate en silencio y otea. Repara
en las palomas cantoras, en los zanates, en las chorchas, en los
clarineros que son como recuerdos suspendidos en el tiempo
desde los años de Tatalapo, repara en la purpurina onírica que
ha permanecido luego de una larga noche, repara en los insectos
que suelen incrustarse en las paredes, como buscando
fosilizarse, como buscando hacerse uno con el concreto, acto
no exento de una valentía y de un simbolismo sin precedentes.
Afuera no necesitas lecturas ni interpretaciones, afuera
no necesitas inmundos papeles para acumular palabras como
ese enclenque amanuense desprovisto de futuro que eres, que
crees que eres. El patio te posee, tú eres ese patio. Sal, pues, y
túmbate en el centro mientras todos duermen. La atmósfera
derramará un halo dulzón sobre tu cuerpo y sentirás cosquillas
en tu ombligo.
2 de octubre
Supongo que un día de estos me habré ido de aquí. Atrás,
lejos, quedará todo aquello que constituyó mi imprecisa existencia
de barro oscuro con el que fue alzándose mi figura
hasta convertirse en esto. Costaladas de cieno autóctono, con
trazas de ramitas fermentadas, cadáveres de mariposas nocturnas
y esperanzas, restos de mulitas y escarabajos, aserrín,
ripio y cáscaras de naranja. Mis oídos se atiborrarán de otros
vocablos, de otros giros, de otras expresiones. ¿Volveré a escuchar
palabras como «alferecía», «gracejo» o «mudenco»? Me
viene a la mente Luis Cardoza y Aragón, escuálido profeta de
hondas profundidades como catacumbas y sus recuerdos del
futuro. Me viene a la mente Luis de Lión, ese monumento
telúrico que cierne cerros y montañas repletas de milpa, que
construye el aparato nervioso de las palabras rescatadas de la
tierra. Me viene a la mente un señorón de apellido Asturias,
comandante vitalicio de una galaxia en la que flotan planetas
de jade y amatista, en la que conviven satélites de procedencia
maya que parecen orbitar gracias a fluidos de quetzales. Por
momentos me asumo fantasma y me pierdo en una narrativa
inerte que parece seducir como prostituta a mi cerebro. Mi
espíritu se desplaza bruscamente hacia regiones que sé que no
conoceré —me habré ido antes—, hacia épocas a duras penas
imaginadas en las que mi cuerpo será poco menos que ceniza.
Mi espíritu se explaya, abarcando planos imaginarios, para
luego contraerse o enrollarse en espiral como lo haría una
cochinilla. Minutos después, acaba condensando en sí mismo
como un universo caótico, mi Atlántida personal, siempre a
punto de ebullición, siempre a punto de un viaje agitado y sin
retorno. Imagino el sutil tamborileo de la muerte, el sonido
de la saliva fermentándose en su boca, su estrategia de apoderarse
de todos los sonidos vitales y de las noches de vela
y estreñimiento completamente voluntarios. Laberintos que
exudan láudano, popurrí de sombras protozoarias, jaculatorias
que parecen incendiar las telarañas cual recuerdos infantiles
escondidos en rincones. Y, ante todo ello, soy un animal
incapaz de defenderse. Me rindo al ritual que el tiempo y el espacio
han dictaminado y simplemente espero. A veces tengo
visiones y allá, en el horizonte, diviso movimientos extraños
que traduzco como un llamamiento. Sospecho que allende las
alturas se gesta una invitación canicular que aceptaré en cuanto
la eternidad me parezca insuficiente.
5 de noviembre
Al final, sea como sea, acabo inspirándome en lo más precario.
Parto de allí y establezco parámetros y relaciones en
donde la decadencia, la desolación y la postrimería resultan
poco más que temas literarios. A lo mejor me critiquen ahora,
o en un futuro que desconozco, por mi rudo afán de retratar
lados oscuros y porciones escondidas de la naturaleza humana.
Y sí, tampoco creo que sea nada para llevarse las manos
a la cabeza: soy uno más de los que descorren el telón, de
los que destrozan caparazones y exquisitos escaparates para
hallar realidades adversas y poco agradables, aunque sin duda
profundas, luminosas, esclarecedoras… ¿por qué no habrían
de interesarme? Para mí, la verdad está allí. Una de tantas verdades,
como mínimo, está allí. Es una cuestión casi palpable,
difícilmente cuestionable, en cuanto nos acerca a aquello que
no queremos ver, a aquello que ignoramos, consciente o inconscientemente.
Yo, por ejemplo, vivo en un estanque, su
color ya no sé si es verduzco o castaño, ya no sé si es azul
oscuro o gris azulado. Me da igual; ni siquiera soy capaz de
distinguir los colores. Aquí, desde aquí, escribo como si no
hubiese mañana. Si redundo en el agua tranquila es porque
estoy destinando a esa rutina; escapar (intentarlo) sería desafiar
a mi propia naturaleza y ya sé que esto sólo acarrearía más
conflictos de los que ya tengo. Escribo porque al hacerlo me
acomodo al delirio. Permanezco flotando en mi estanque personal,
como un cadáver rodeado de libélulas y mojarras. Aquí,
pequeñas burbujas revientan cerca de mi rostro y me hacen
cosquillas. Coqueto, quiero verlas como caricias. Confieso
que me procuran alucinaciones mínimas, retazos de historias
en las que me veo narrador, protagonista y antagonista. Hay
ratos, no obstante, en los que prefiero un poco la profundidad,
asumiendo que soy un pez raro, una especie en peligro
de extinción. Desde el fondo, si veo al cielo, la realidad se ve
distorsionada y es ésa la pauta que hace que mis devaneos
sean válidos; al menos, para mí mismo. Sustentar que algo
tan perfectamente construido pueda desconfigurarse según
el ojo de quien lo vea, según el contexto, según las circunstancias.
La realidad es una y muchas a la vez. Detrás de esa
pantalla supuestamente diáfana, se va sucediendo una serie,
quizás infinita, de múltiples pantallas casi todas más grisáceas,
incongruentes, siniestras, podridas. Pero también observo las
nubes y su transitar perenne y su metamorfosis a lo largo del
día, y de la noche. Las nubes son mi sangre desde el día en que
fui investido «vampiro celestial» y me interné en las andanzas
léxicas para invertir mi tiempo en algo que siempre he considerado
trascendental. La densidad en la hondura de mi estanque
es lo único que se asemeja a la densidad de las alturas; por
primera vez acepto que los extremos sean más o menos similares
(y beneficiosos). A pesar de lo que aquí quede registrado
y de lo poco que he escrito (que bien podría servir como una
burda confesión de lo que soy y lo que hago), sé que me llevaré
a la tumba la certeza de que nadie habrá podido conocer
a cabalidad mi interior, mi universo, mi cuckoo land. Para los
demás siempre estaré estancado, casi como si me estuviera
fermentando, aunque en realidad siempre estaré en constante
fuga: vivo, atrayendo cosas sólo con el pensamiento.
23 de noviembre
Y he aquí más palabras, montones de palabras de hombre
viejo, palabras que contienen intentos de suicidios naturales,
destruida luz que insiste en seducir al polvo y filtrarse con
temor por la ventana, entrañas a punto de secarse, jirones de
ecos y retumbos lacerantes. He aquí más palabras, de aquellas
que parecen empeñarse en asistirme en esta soledad que
no permite arraigos, de aquellas que parece que han pactado
refugiarse en el ardor de los años, donde regurgita esta jovial
memoria envuelta en una bruma de dolor seco, de pesar
translúcido y reincidente. Todas las palabras, al igual que las
ofrendas, permanecen en la intención y en el tiempo. No así
en los sueños, donde no son más que proyecciones que respiran
a través de bocas y de muecas fonomímicas. He aquí
más palabras en calidad de losas para construir caminos que
ya estaban antes de que yo naciera, esperando, casualmente,
la presencia de mis pasos. Respiro la niebla de las nubes bajas
imaginando que el mundo desaparecerá en cuanto abandone
las palabras. Quedarán acaso tranquilas cenizas que el aire
mecerá con ritmo espasmódico, restos del aliento vital con el
que naturaleza impregna las cosas, diseños de sombras que
abrazaron presencias cercanas y circundantes. Atardezco y
anochezco emocionado con el silencio, entusiasmado con la
nada. Todo es como debe ser y no de otra manera.
3 de enero
Cítricos aunque famélicos. Así los avatares de estas tempranas
horas, de estos nuevos días que se salvaron de no ser, de
no volver a transcurrir. No ha habido reformas ni cambios
viscerales. Ningún cumplimiento de mesiánicas profecías ni
chaladuras modernas. Nada de desgracias sobrenaturales, ni
siquiera naturales. Mi sombra, todo lo que parasita en mi interior
y yo seguimos aquí con los pies ateridos y las muelas
destempladas. Los gallos siguen cantando, los perros de las
vecindades ladran y los gatos siguen haciendo relajo en las
láminas a determinadas horas de la noche, antes de que la luna
se pierda en el espacio a encargarse de sus asuntos propios.
Conozco ese soundtrack a la perfección; es casi una homilía sonora
de pasajes posdiluvianos que me sé de memoria; aunque
también simboliza esa especie de cordón umbilical que me ata
a esta casa. La tierra, esta tierra, continúa estremeciéndose de
vez en cuando. A lo lejos, alguna callada madrugada se ve alterada
por dos o tres disparos al aire; lo mismo sucede con todos
esos amaneceres que acaban escocidos por culpa de una
seguidilla de bombas de iglesia. Sinfonías de mi Jocotenango
profundo. Invocación mística-doméstica a la cotidianidad y
al horror vacui más vernáculo. Aquí seguimos, todos los R. reunidos
en uno solo, en un cuerpo que se resiste a abandonar
la delgadez, lejos del sacrilegio que supondría inmolarse obedeciendo
a relatos supuestamente irreverentes, aunque más
bien son trasnochados. Pase lo que pase, voy a sobrevivir por
el simple hecho de que esta casa, mi casa, condensa (y custodia)
mi esencia. Yo soy todo este suave polvo, estos huesos
que reposan sobre mis pocos muebles, estos grillos que me
visitan de vez en cuando, esta peligrosa paz que me empuja
a pintarrajear las frías paredes, aunque no lo hago. En la cara
más amable de mi cerebro, que brilla como la hoja afiladísima
de una navaja, se sigue leyendo la frase: «No descanses si no
quieres, pero sigue siendo tú mismo».
10 de enero
Resguardado en un hangar bucólico doméstico astringente
Repaso, con la voz temprana, el diagnóstico de mi fugaz encuentro con tus ojos
Aunque haya sido aproximación tanteo acercamiento, ha sido
Y si escuchamos, vos y yo, con atención, advertiremos ecos de la infancia
Todo lo irresuelto, lo endulzado, lo que nos dijimos siendo fuego
Fragmentos de luz buscando integrarse en el espacio abierto
El viento zarandea la memoria y de repente sólo somos animales
Apáticas criaturas expectantes que repiten letanías mientras duermen
¿Qué fue de aquella sintonía? ¿Qué fue de aquel chispazo?
En el atrio de la iglesia nuestros cuerpos son reliquias que se exhiben
Delgadas pieles que parecen reclamar la presencia de moscones
La sangre supuestamente compartida, la saliva seca, el hedor perenne
13 de enero
Sensor de taltuza. Activo. Sobrevivo entre montañas de papeles,
libros, escrituras, testamentos. Escarbo. No existe el desorden.
No, hasta que uno se sumerge y lo comprueba. Rastreo.
Día a día manoseo silogismos que provienen de entidades ancestrales
que requieren de un intérprete. Intervengo. Me apropio
de la esencia y con ello me acerco al comal para tortear
pequeñas realidades. Me debo a la quietud y a la paciencia,
aunque la inquietud también acecha. Hurgo. Mi calor corporal
se mantiene estable siempre y cuando no me esfuerce en querer
llegar a la raíz de las cosas. Exploro. No sé qué significa ritmo
circadiano, pero se me da muy bien descifrar y esclarecer
melodías tétricas; aquellas, en especial, en donde protagonizo
parte del relato. Prolifero. Convertido en filoso catéter atravieso
mamparas donde han ido a estrellarse grafías y símbolos,
donde, como un acto de soberanía, han querido resistir y permanecer
ante los ojos que alguna vez los ignoraron. Expando.
Entre el azar y el drama, anido con la falsa seguridad que da la
seguridad de creer saberlo todo y no saber nada. Aspiro a ser
mi propia poesía completa. Claudico.
15 de enero
La realidad suspira, me atrevo a pensar, por el miedo a ser delatada,
por el temor a ser comprendida. Lo perceptible revela
todas sus capas y, a partir de allí, uno es capaz de apuntar su
procedencia, su significado. La realidad, nada torpe, lo presiente.
Por eso se disfraza de crueldad para salvaguardar su
ternura, a sabiendas de la reticencia que padecemos hacia las
verdades, de lo proclives que somos al escapismo.
Yo también he cultivado un perfil de maldad encubierta,
en especial cuando propongo soluciones y promesas
casi siempre infectadas de utopía, cuando me aferro al
progreso de la turbulencia y no consigo establecer puentes,
cuando me dejo chinear por la dinámica de los altibajos que
impiden apearme en un lugar concreto y prodigar coherencia,
cuando soy la demostración de un ciclo intenso que se repite
cada cierto tiempo.
La realidad encandila mi mirada, me empuja a una
suerte de animosidad. No tengo más alternativas que apegarme
a ella (¿si no puedes con tu enemigo, únetele?), aunque
prefiero hacerlo desde el lado de lo absurdo, para evitar así
todos esos oleajes que golpean el sentido común, que desbaratan
la razón, que desajustan el estado de ceguera con el que
decido afrontar hechos y acciones que me sobrepasan.
A la realidad le importa poco la tonta elocuencia que
pretende forjar entendimientos, esperanzas, concesiones; su
misión es simplemente estamparse en nuestras caras y escupirnos
chorritos de crueldad o de concupiscencia. En lo que
a mí respecta, aspiro a salir inmune, a seguir con mi sarcasmo,
a que nada de esto se convierta en prohibitivo. Si por mera
casualidad, tú, lector, te cruzas en mi camino, avisado quedas:
dudo mucho que regreses siendo el mismo al confort de tu
palacio.

Rafael Romero (Guatemala, 1978). Licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Creador de la revista digital Te prometo anarquía.Sus textos han aparecido en revistas de Latinoamérica y España, así como en algunas antologías: Ni hermosa ni maldita - Literatura guatemalteca actual (Alfaguara, 2012) El futuro empezó ayer - Apuesta por las nuevas escrituras de Guatemala (Catafixia - UNESCO, 2013) o Las vueltas abiertas de América Latina - Sospechosos en tránsito (Demipage, 2017), entre otras. Ha publicado: Distensión del ansia (Alambique, 2011), El convoy en el que habito se desplaza entre tinieblas (Ultramarina, 2013), Orgánica palabra (Sin Tecomates, 2014), Nadie advirtió el rencor de las precipitaciones (Círculo Cultural, 2015), Génesis y encierro (Cultura, 2011), Entelequias (E/x, 2015), Epifanía doméstica de la nostalgia pura (Tregolam, 2019), la trilogía de novelas El elegido, Chichicaste y Zánganos (Alas de Barrilete, 2012-2014), Grises (Nomenclatura, 2026) y Ratario (Nomenclatura, 2026). Actualmente, reside en Madrid y trabaja como responsable del departamento de corrección profesional de Tregolam y Correctores.es.
