El escritor guatemalteco Rafael Romero es un lector de narrativa norteamericana y, hoy, nos regala un panorama del gótico sureño. Desde Faulkner hasta la «grit lit», literatura cruda o visceral. Una serie de autores y títulos para quienes se atrevan a explorar las orillas y el fondo del imperio
Rafael Romero | Escritor guatemalteco
Es probable que quienes no conozcan el término se sorprendan e intenten descifrar la relación entre «gótico» y «sureño». ¿Acaso evocamos historias de vampiros en castillos tenebrosos o gárgolas en catedrales sombrías del sur? Es posible. Pero ¿a qué sur nos referimos exactamente? Comprendo que estas dudas surjan, y que este comentario no sea baladí (yo mismo lo externé en su momento y lo he escuchado decenas de veces cuando lo nombro en círculos sociales y hay alguien que ignora a qué me refiero), ya que suelen estar influidas por lo que sabemos de las novelas góticas, por lo que hemos visto en el cine y por la estética de ciertas expresiones de la subcultura contemporánea.
Como es sabido, lo «gótico» engloba diversas definiciones, acepciones y etiquetas, todas derivadas de ese gran movimiento artístico medieval (arquitectura, escultura y pintura) que retomó elementos románicos y bizantinos, y centró su hacer en la luz (Dios), la verticalidad (ascenso al cielo) y el realismo/naturalismo (emoción humana). Todo muy divino, luminoso y colorido. ¿De dónde, surge, pues, esa idea de lo lúgubre y lo oscuro; es decir, totalmente lo opuesto, cuando pensamos en lo gótico?
Cinco siglos después, durante el Romanticismo, renació el interés por lo medieval, pero con una postura melancólica. La mirada de muchos poetas respecto de las catedrales distaba de la que habían tenido los artistas del medioevo y las veían abandonadas, cubiertas de hiedra y erosionadas; más que arquitectura de la luz, ruinas. Para ellos, el gótico representaba el paso del tiempo, la muerte y el misterio. La novela gótica, por ejemplo, se ambientó en castillos y abadías medievales porque su arquitectura (arcos puntiagudos, pasadizos, gárgolas) encajaba con motivos sobrenaturales y de terror.
Y es así como a partir de ese cambio de filtro de una época entera, se empieza a utilizar el término como un «engendro útil» de la ficción romántica al servicio de distintas expresiones artísticas y literarias. Para el caso que nos atañe, a diferencia del gótico tradicional europeo, el «gótico sureño» traslada el horror a los paisajes decadentes (deprimidos, rurales, aislados), el calor sofocante y las tensiones sociales del sur de Estados Unidos. Este será el escenario matriz y transversal; allí cobrará vida este género artístico (narrativa, poesía, teatro, cine, televisión, música y fotografía), el cual, gracias a la globalización, acabó siendo un referente mundial de la literatura y la cultura «gringas».
Tierras baldías y asfixiantes, aunque fértiles para la gestación de la «trinidad del sur profundo»
En realidad, si partimos de su mismo nombre —Southern Ghotic— más que el sur propiamente dicho, debemos situarnos más bien en el sureste estadounidense. Por un lado, el llamado Deep South («sur profundo»), considerado el corazón de la región, donde se encuentran los estados de Georgia, Carolina del Sur, Alabama, Misisipi y Luisiana. Y por otro, los denominados «estados sureños», una definición más amplia; es decir, Arkansas, Tennessee, Florida, Carolina del Norte, Virginia, así como partes de Texas, Oklahoma, Kentucky y Virginia Occidental. No obstante, los lindes de ese «sur» acabarán ampliándose a zonas montañosas y rurales del centro y medio oeste, como Misuri, Ohio o, incluso, Michigan.

El sur profundo y los estados sureños.
Estas precisiones geográficas son relevantes para entender la esencia, el desarrollo y la proyección del gótico sureño. Siendo riguroso con mis gustos literarios, una de las razones por las que valoro las historias que nacen del «sur» es porque las han contado (y las siguen contando) hijos e hijas predilectos del sur; así de sencillo. Su condición de nativos los legitima. Write about what you know.
De manera muy sucinta, cabe afirmar que el gótico sureño surge como una respuesta a la derrota de la Confederación (el sur) en la guerra de Secesión (American Civil War 1861-1865) y la posterior decadencia económica y moral de toda la región. Mientras que el romanticismo sureño intentaba idealizar y ensalzar los símbolos del país —las grandes plantaciones y el honor de la aristocracia, por ejemplo— el gótico sureño (a partir de la segunda década del nuevo siglo) se encargó de quitar la máscara a esa nostalgia, mostrando la pobreza, el racismo sistémico y la violencia que quedaba bajo la superficie. Con reminiscencias anteriores de autores como Mark Twain y Edgar Allan Poe, esa nueva forma de retratar y exponer la realidad empieza a manifestarse en voces locales de la talla de William Faulkner (Misisipi, 1849), Carson McCullers (Georgia, 1917) y Flannery O’Connor (Georgia, 1925), entre otros.

Faulkner, McCullers, O’Connor: la trinidad del sur profundo.
Basta abordar algunas de las obras de esta suerte de «trinidad del sur profundo» para hacernos una idea fiel e ilustrativa del folclor local y su inigualable patente de desabrimiento y fatalidad. En caso de que no se sepa por dónde iniciar el recorrido narrativo, yo recomendaría, como primer acercamiento: Cuentos reunidos (Debolsillo), de Faulkner; Novelas (Debolsillo), de O’Connor; El corazón es un cazador solitario (Seix Barral) o La balada del café triste (Seix Barral), de McCullers. Personajes como Emily Grierson, mujer aristócrata que se niega a aceptar el paso del tiempo y el progreso de su pueblo (envenena a su pareja y lo mantiene en el lecho nupcial durante años); Hazel Motes, tipo atormentado que pretende encontrar la paz espiritual a través de una religión creada por él (una iglesia sin Cristo); o Miss Amelia, mujer solitaria, poco femenina y conflictiva que resulta enamorada de su supuesto primo (un enano jorobado), quien a su vez acaba obsesionado con el exmarido de ella (exconvicto)… pueden funcionar como anfitriones en ese momento de inmersión iniciática en el que uno, como lector o lectora, exclama para sí mismo: «¡Ah, por ahí va la cosa!», minutos después de la bienvenida.
Más allá de diferencias estilísticas y narrativas, el contexto —que también es un personaje, y vaya si no—, los personajes y sus acciones son emblemáticos del gótico sureño y se mantendrán, con carácter casi medular, en la mayoría de los autores/as desde entonces hasta la eclosión de nuevas variantes, híbridas y/o contemporáneas conforme vaya avanzando el siglo XX: nobles arruinados, orgullosos y locos que se aferran a un pasado que ya no existe; predicadores violentos, falsos profetas o criminales que buscan (o huyen de) la redención; personajes menesterosos, con deformidades físicas o taras emocionales… habitando casas victorianas que se caen a pedazos, granjas aisladas a duras penas conectadas por caminos polvorientos y peligrosos, fábricas en ciudades yermas en donde lo único que pervive en las calles es la calorina y el bochorno.
Dicha recomendación, claro está, adolece de una carga subjetiva y, en el caso de Faulkner —un verdadero monstruo literario— se queda corta. Por otro lado, el mapa de voces autóctonas se podría completar perfectamente con otras, ergo: Harper Lee (Matar a un ruiseñor), oriunda de Alabama; Eudora Welty (La red grande) y Tennessee Williams (Un tranvía llamado Deseo), ambos nacidos en Misisipi. En cuanto a Erskine Caldwell otro hijo predilecto de Georgia (1903) y de quien hablaré más adelante, debo reconocer que me sorprende que no siempre aparezca mencionado en artículos, reseñas o columnas acerca de los cimientos del gótico sureño cuando, para mí, come en la misma mesa que Faulkner, O’Connor y McCullers, sin duda alguna. En cuanto a autores/as no nacidos en el sur profundo, aunque sí en pueblos de estados sureños, me atrevería a incluir a William Goyen (Texas, 1915), con La misma sangre y otros cuentos (La compañía) y a Katherine Anne Porter (Texas, 1890), con Pálido caballo, pálido jinete (Palmeras salvajes).

Fotograma de El camino del tabaco (John Ford, 1941), película basada en la novela de Erskine Caldwell, aparecida en 1932.
Desde mi punto de vista, el alma del gótico sureño se construye sobre dos pilares fundamentales: por un lado, el realismo, con acercamientos a lo mágico (sobrenatural), a lo religioso y a lo social; y, por otro, el naturalismo; repellada con el humor vernáculo que provee el costumbrismo y el carácter tosco y timorato de los pueblos de la llamada «América profunda», hervidero de conservadurismo, miserias humanas, fanatismo, chaladuras e ignorancia. La mayoría de los personajes no tienen el control de su destino; siempre aparecen dominados o a merced de sus circunstancias (ambiente, vicios, clase social, instintos, naturaleza), presentados con esa visión sombría en donde la debilidad humana conduce a la decadencia y al deterioro. Van cabalgando en un viejo carrusel de corceles deformes y desdentados en el que, como se puede esperar, no hay escapatoria, por más que se quiera. Y no, no se trata de una sensación, sino de la propia realidad y del destino, de la maldición divina y de la culpa: buscar la redención supone huir o alejarse de ella.
La idea de Dios, a través de la religión en su versión Antiguo Testamento/ fundamentalismo protestante, misticismo doméstico y rituales de salvación; de la familia, con asuntos vertebrales como el linaje y la pureza de la sangre (endogamia incluida); del racismo como fantasma de la esclavitud ahora abolida; de la pobreza y la violencia de una región derrotada y rezagada de todo atisbo de civilización; del ocaso moral y físico de la aristocracia terrateniente que será incapaz de adaptarse a la transición hacia la era moderna… son, intentando concretar, las temáticas recurrentes de la narrativa gótica sureña.
Cuando el pasado dejó de ser fantasma
Para el final de la primera mitad del siglo XX, se empiezan a producir transformaciones y posteriores rupturas con el gótico sureño. Elementos sustanciales de la literatura pulp, la novela negra, la novela policiaca, el hardboiled, el western y la llamada «ficción de explotación» sirven para que la narrativa del sur tome otros rumbos e incluya patrones que podrán ser explotados a nivel cinematográfico, como el misterio, el terror, los viajes por carretera y la carga psicológica de los personajes. Es el caso de James Dickey (Georgia, 1923) con Liberación (Impedimenta), Jim Thompson (Oklahoma, 1906) con 1280 almas, El asesino dentro de mí, Los timadores y La huida (RBA), James Crumley (Texas, 1939) con El último buen beso (RBA), Charles Portis (Arkansas, 1933), con Valor de ley (Debolsillo) y El perro del sur (Dirty Works), Charles Willeford (Arkansas, 1919) con Miami Blues (RBA) y Gallo de pelea (Sajalín) y Michael McDowell (Alabama, 1950), considerado el pope del terror gótico sureño, con The Amulet; Cold Moon Over Babylon (Valacourt Books) y Los elementales (La bestia equilátera).

Portada de Gallo de pelea, de Charles Willeford (Editorial Sajalín).
La circulación de todas estas obras no solo supone un alejamiento del género «clásico» como tal, sino también una nutrida muestra de exploración formal y estilística que desemboca en dos vertientes cada vez más de moda en los tiempos que corren: por un lado, el llamado country noir —novela negra sureña— y, por otro, la grit lit—literatura redneck, lumpen o proletaria, lo que se podría considerar «realismo sucio sureño»— con sus respectivas variantes —hillbilly noir, por ejemplo— según el nivel de «ruralidad» en el que se desarrollen las historias: zonas remotas y montañosas, concretamente en la región de los Apalaches (Alabama) y los Ozarks (Misuri y Arkansas).
Terminología, clasificaciones y etiquetas aparte, la esencia del gótico sureño permanece latente, aunque ahora despojada de varios de sus elementos insignia y arropado por una parafernalia más «moderna» sin que por ello sea menos trágica: continuamos en el sur y alrededores (ese desventurado hábitat de tipos duros, exmarines, exboxeadores, entrenadores de animales, empleados de decenas de trabajos de toda índole, vagabundos temporales con un talento palmario para contar historias), pero ya hemos dejado atrás los fantasmas del pasado y ahora nos volcamos en la violencia, la crudeza y la brutalidad del presente, como si se tratara de las consecuencias de todo aquello que se fraguó a partir de la derrota civil, de un ADN condenado a la degradación y a seguirse reproduciendo bajo el flujo de una cotidianidad enfermiza y abocada a las turbulencias.
Sombras, pólvora y muertes con acento rural
A partir los ochenta, se consolida el country noir (rural noir, Southern noir, rural crime); es decir, la versión sureña de la novela negra o policiaca: crímenes, policías, agentes federales y sheriffs corruptos, laboratorios de drogas, deudas de juego, ajustes de cuentas, delincuentes de diversa calaña, mafias, alcoholismo, sexo, armas, prostitutas, cárceles, poblados que con el paso de los años acabarán convertidos en pueblos fantasmas, etc., con un lenguaje más seco, descarnado y directo, nada de florituras ni frases kilométricas. Figuras como James Lee Burke (Texas, 1936; aunque se crio en Luisiana), con la serie de libros protagonizados por el investigador de homicidios Dave Robicheaux que arranca con Lluvia de neón (RBA), Prisioneros del cielo (Ediciones B), Black Cherry Blues (Ediciones B), etc.; Daniel Woodrell (Misuri, 1953), acuñador del término «country noir», con Los huesos del invierno (Alba) y la denominada «trilogía de los pantanos»: Bajo la dura luz, Los matones del ala y Sin reproches (Sajalín); y David Joy (Carolina del Norte, 1983), con Montañas en llamas y Ojo por ojo (RBA) consolidan esta vertiente.

Fotograma de la serie True Detective (HBO, 2014), creada y escrita por Nic Pizzolato.
De la misma manera que Nic Pizzolato (criado entre New Orleans y Luisiana) escribió la primera temporada de True Detective (2014) y logró crear una atmósfera gótica sureña con una trama country noir y destellos grit lit, otros autores, en su trayectoria, exploran las debilidades y las sombras de la condición humana más allá de crímenes, corrupción y conflictos coyunturales. Para ello, recurren a sus propias experiencias de vida en el mismo entorno en el que sitúan sus historias, echando mano de distintos registros. Hablo aquí, por ejemplo, de Larry Brown (Misisipi, 1951) que se estrena con dos libros de cuentos de realismo sucio —Dar la cara (Dirty Works) y Amor malo y feroz (Bartleby)—, una novela country noir con tintes bélicos —Trabajo sucio (Dirty Works)— y continúa en la línea grit lit con novelas como Joe y Padre e hijo (Dirty Works), entre otras. Chris Offutt (Kentucky, 1958), por su parte, aparece en la escena con dos libros de relatos en versión grit lit con elementos autobiográficos —Kentucky seco y Lejos del bosque (Sajalín)—, dos novelas con atmósfera hillbilly noir —El buen hermano y Noche cerrada (Sajalín)— y una serie de novelas country noir protagonizadas por Mick Hardin, veterano de guerra e investigador criminal del Ejército: Los cerros de la muerte, Los hijos de Shifty, La ley de los cerros (Sajalín).
El caso de Tom Franklin (Alabama, 1963) es particular, puesto que da la sensación de que vuelve al mundo de Faulkner y retoma elementos de época pasadas; es decir, usa la estructura del género«negro»para canalizar de una manera ágil y equilibrada tales influencias góticas. Su prosa es muy elaborada, por momentos poética —hay allí pedigrí— y sus descripciones acerca de la naturaleza son realmente oro. Inicia su recorrido con Furtivos (Dirty Works), relatos con ecos a McCarthy; La recámara del infierno (Dirty Works), novela «histórica» con esencia western que retrata una guerra privada entre una banda de forajidos y la justicia rural tras un asesinato accidental; Smonk (Dirty Works), parodia salvaje del western, la grit lit y el gótico sureño; y Letra torcida, letra torcida (Dirty Works), novela indiscutiblemente country noir en la que vuelve a surgir el tema del racismo. Asimismo, Mark Richard (Luisiana, 1955), con El hielo en el fin del mundo, Caridad, Niño pez y Casa de oración No. 2 (Dirty Works), no opta por la vertiente noir ni por la grit lit, sino que se posiciona en una zona propia desde lo estilístico: eleva el gótico sureño al nivel de lo onírico y revela que el sur también es un estado mental alucinado, donde la religión, la pobreza y la fantasía se mezclan en un sola voz.
La épica de la grava, el sudor y las mandíbulas apretadas
El término grit lit proviene de «gritty literature», que se podría traducir como literatura cruda o visceral. Esta otra vertiente prescinde de la atmósfera criminal y policial del country noir y, por supuesto, ya no tiene nada de gótico, social, mágico o sobrenatural. Hiperrealismo, marginalidad y crudeza: el diverso y deplorable territorio de la «basura blanca» yanqui en toda su plenitud y de la clase baja trabajadora que intenta sobrevivir como «malamente» puede, con sus caravanas y tráileres oxidados próximos a hondonadas, pantanos y arroyos contaminados; casuchas en las que conviven familias blancas apresadas por la miseria y la monotonía crónicas de una existencia estéril, carente de aspiraciones y éxitos de ninguna índole; algún que otro bar de mala muerte como escenario de peleas, chanchullos y actividades licenciosas; desguaces, astilleros y alambiques refundidos entre la maleza; fábricas industriales en la que los hombres, alienados y embrutecidos, se desloman día a día para tratar de mantener a sus familias a flote; olor a gasolina en el ambiente, peleas de gallos y caza furtiva. En una atmósfera así —antihigiénica y tumefacta— imposible que se pueda hallar algo que encaje con los sambenitos de «normal», «agradable» o «positivo».
La grit lit, en efecto, no es para cualquiera. En la mayoría de las historias la violencia deja de ser un recurso narrativo más y se convierte en un estilo de vida; es algo que está en el aire, que puede ocurrir en cualquier momento; y los personajes involucrados ni siquiera rechistan, es una cuestión que han dado por sentado. Padres, madres, esposos, esposas, hijos, hijas, novios, novias, vecinos, vecinas, amigos, conocidos… todo el mundo respirando, con aparente naturalidad, esos aires de calamidad y sordidez, convirtiendo el uso de opioides, whisky casero y cerveza barata —como para sobrellevar la situación— en algo tan cotidiano como echarse a dormir por las noches y abandonar la cama por la mañana; tal cual.
Los protagonistas aquí son, pues, ni más ni menos que lo más variado que se pueda pensar —aunque siempre hay sorpresas, siempre— del submundo pueblerino de los parias y desposeídos: zoquetes, babosos, violadores, maltratadores domésticos, borrachos, fumadores empedernidos, freaks, falsos predicadores pederastas, madres solteras reincidentes con hijos de distintos progenitores, adolescentes de naturaleza delincuencial que circulan por las mismas calles (o en pueblos vecinos) con miradas catatónicas esperando encontrarse con algo que los saque de su modorra, psicópatas y serios candidatos a serial killers… en fin, la lista es extensa, y yo solo puedo resumirla en «gente que jamás ha salido de su hábitat, que decide o se ve obligada a ignorar que hay un mundo afuera, que ni siquiera intenta abandonar su nido y que, en cuanto lo intenta, acaba seducido por la idea de darse por vencido».

Harry Crews con la señal de tráfico de Enigma, el pueblo en el que se desarrolla su primera novela El cantante de góspel (Acuarela & Machado).
Sin lugar a duda, las obras de Harry Crews (Georgia, 1935) y Donald Ray Pollock (Ohio, 1954) retratan con pelos y señales el grotesco universo de la grit lit. No hay manera de entender esta vertiente literaria sin haber leído, al menos, un par de sus libros, cuya riqueza abarca registros que van desde la violencia explícita, el humor paródico con tintes oscuros, el fanatismo religioso, la evidencia de todo catálogo de rarezas made in el «sur», los tatuajes mal hechos y la esencia que se obtiene al exprimir décadas de experiencias inauditas bajo el yugo de la naturaleza, el clima húmedo, la gente con conductas primitivas y las carreteras que siempre acaban en ninguna parte. Por si nadie se cree lo que cuentan, Dennis Covington (Alabama, 1948) está allí, como notario de lo increíble y cronista de lo esperpéntico, para decir: «Sí, lo he vivido; es eso, y más». En Salvación en Sand Mountain (Dirty Works) él mismo, en calidad de periodista, va a cubrir el juicio de un predicador acusado de intentar asesinar a su mujer con serpientes de cascabel; sin embargo, lo que empieza como un reportaje termina con el propio Covington integrado en la congregación, manipulando serpientes y conectándose con su propia herencia sureña. En Riviera redneck (Dirty Works), colección de crónicas y perfiles que funcionan como un escáner de la realidad sureña, hace referencia a la franja costera del Golfo de México (entre Florida, Alabama y Misisipi), territorio de contrastes: resorts de lujo frente a parques de caravanas, y yates frente a barcos pesqueros destartalados: el patio de recreo de la clase trabajadora blanca del sur.

Portada de Salvación en Sand Mountain (Dirty Works),de Dennis Covington.
Los relatos de Breece DJ Pancake (Virginia, 1952) reunidos en Trilobites(Alpha Decay) no creo que dejen indiferente a nadie: escritos con maestría absoluta, además de dar fe de la realidad y las costumbres de la working class de su pueblo natal, consiguen condesar una verdad trágica: sus personajes se sienten como fósiles vivientes atrapados en una tierra que los devora: «si naces en el valle, mueres en el valle». En uno de sus cuentos («Una y otra vez») un tipo que cría cerdos se dedica a salir de paseo por las calles circundantes durante el invierno a recoger jóvenes autostopistas a quienes acaba llevando a su casa, asesinando y usándolos para cebar a sus animales. Lo hermoso de todo es que ni siquiera lo cuenta, ni siquiera lo describe: simplemente lo sugiere. Brutal.

RAFAEL ROMERO (Guatemala, 1978). Licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Creador de la revista digital Te prometo anarquía.Sus textos han aparecido en revistas de Latinoamérica y España, así como en algunas antologías: Ni hermosa ni maldita - Literatura guatemalteca actual (Alfaguara, 2012) El futuro empezó ayer - Apuesta por las nuevas escrituras de Guatemala (Catafixia - UNESCO, 2013) o Las vueltas abiertas de América Latina - Sospechosos en tránsito (Demipage, 2017), entre otras. Ha publicado: Distensión del ansia (Alambique, 2011), El convoy en el que habito se desplaza entre tinieblas (Ultramarina, 2013), Orgánica palabra (Sin Tecomates, 2014), Nadie advirtió el rencor de las precipitaciones (Círculo Cultural, 2015), Génesis y encierro (Cultura, 2011), Entelequias (E/x, 2015), Epifanía doméstica de la nostalgia pura (Tregolam, 2019), la trilogía de novelas El elegido, Chichicaste y Zánganos (Alas de Barrilete, 2012-2014), Grises (Nomenclatura, 2026) y Ratario (Nomenclatura, 2026). Actualmente, reside en Madrid y trabaja como responsable del departamento de corrección profesional de Tregolam y Correctores.es.
