El escritor guatemalteco César Yumán nos comparte un relato de su playlist personal «Melancolía: playlist I». El Norte, tema que dialoga con la canción homónima de Ricardo Andrade y Los Últimos Adictos, es una historia sobre migración, amor y desarraigo
César Yumán | Narrador y docente
Un año bizarro y el que siguió también. Ninguno de nosotros supo claramente qué pasó con los demás. A veces me dormía y despertaba gritando como lo hice aquella tarde en aquel salón luminoso. ¿Qué me hizo gritar?, me preguntaba. ¿Realmente pasó algo?, ¿realmente pasó? Esas eran mis preguntas, pero no me dejaba pensar más allá de eso.
Los meses fueron muriendo y me topé con una chica que estudió con nosotros. Se llamaba Estela, aunque yo le decía Stella como la novela de Ramón Arístides Salazar. El saludo fue escueto. Sin embargo, tras hablar unos minutos, al bajar del autobús, me invitó a su casa. La calle se retorcía como serpiente. No estaba muy lejos. Al cerrar la puerta me tomó de la mano y temblorosamente me jaló hasta la sala, había visto esa escena en una película, pero no fue igual, ella no deseaba acostarse conmigo.
Al estar frente al sofá se puso a llorar. Me contó que su hermano estaba perdido. Que tenía dos días de no aparecer y en el tercer mundo eso es casi una certeza de estar muerto. Balbuceé algunas palabras para animarla, palabras sin mucho sentido ni éxito. Intenté desviar la conversación. A pesar de no ser íntimos amigos, sentí la necesidad de consolarla y ella se dejó abrazar. Tenía un olor a melón agrio, me gustó mucho; sin embargo, antes de embriagarme, la solté y nos pusimos hablar de cómo el café internet que ella administraba quebró. Cerró porque no había mucha clientela y empezaban a extorsionar en la zona. No supe qué decir al respecto, así que una vez más forcé la conversación y pregunté por algún conocido nuestro, cualquiera, y me contó que casi no veía a nadie, pero que se enteró que el padre de Winston murió, le dispararon en un autobús. Ambos enmudecimos unos instantes. De pronto, recordé que Stella salía con un sujeto llamado Ricardo que se había ido a los Estados Unidos y que ella no era tan dulce conmigo años atrás.
Cuando la conocí yo tenía catorce y ella diecisiete. Ricardo, quien me vendía yerba, tendría unos veintitantos. Una noche que fui a su casa para comprar, me dijo que entrara rápido porque ella llegaría pronto, que no debía verme en la puerta. Me dejó en una especie de sala y se fue a buscar mi mercancía. La casa estaba vacía y la música sonaba a todo volumen. Stella llamó a la puerta mientras yo esperaba. Entonces, regreso mañana, dije. No quería ser un intruso, pero él me empujó y me mandó a esconderme en el baño, porque ella no quería que alguien la descubriera en esa casa. Después de que venga al cuarto, te vas. Asentí. Entonces, me encerré a esperar. Me vi en el espejo manchado, la luz no era mucha, solo la que entraba del poste de la esquina. Me hallé con ojeras porque a veces no dormía, pasaba las noches dibujando.
Él bajó el volumen de la música, seguramente para conversar. Aun así, me costó descifrar si ya estaban en la habitación. Los sonidos eran confusos. Salí lo más callado posible y estaba por irme, cuando los mismos sonidos me detuvieron. El susurro de las bocinas me dejó escuchar cómo se partían la ropa. Ella, al principio, parecía indecisa, pero la música la arrastró al mar quizás y sus gemidos se escapaban por la madera delgada de la puerta. No sabía si marcharme o seguir escuchándola. Era como si él hubiera desaparecido; no existía. Solo ella y su cabello rojo. Desde ese día no pude dejar de recordar sus gemidos cuando la veía. La imaginaba muchas veces sonriendo dentro de la habitación como si sospechara mi presencia. Jamás estaría seguro, pero recuerdo que mi bicicleta estaba a la par de la puerta y que Stella me había visto varias veces pedaleando, así que probablemente sabía o suponía que alguien, yo, estaba en la misma casa donde gemía tan suelta, donde tal vez también gemía para mí.
Su cabello caía revuelto por su oreja, y ahí estaba frente a mí, llorando a pausas, abriendo una botella de whisky, contándome más detalles de la muerte del padre de Winston. Después me habló de las sombras que por la noche rondaban su casa, y me dijo que tenía un arma y que no dudaría en disparar. Enseguida me llevó a su cuarto y me la mostró. Era gris y se veía que tenía mucho uso. Su cañón apestaba a cadáveres. Ella parecía no notarlo. El viento suelto raspó el anochecer. Miró hacia el techo y me aseguró que cualquiera que se acercara recibiría un tiro. El reloj soltaba gotas de agua. Me preguntó si aún hablaba con Ricardo. Contesté que no, que desde que se había ido a El Norte, no. Ella se acercó a un cajón, metió la mano y sacó una tolva, se rio y la lanzó a mis manos. Pesaba. Estaba llena. La dejé en la cama. Mientras, Stella encontró un anillo en el mismo sitio y me lo enseñó. Estaba muy lejos de ser un diamante, pero me explicó que él se lo dejó como muestra de que volvería. Seguí en silencio y se sirvió más licor. Ese era el aroma que tenía, whisky, que en su boca se hacía melón; no me había dado cuenta. Me ofreció su vaso y le di un sorbo, más por acompañarla que por beber algo. Enseguida, me dijo que desde la partida de Ricardo estaba muy sola y que no quería decepcionarme, pero no se iría a la cama conmigo.
Fue un cruce de palabras extraño. Ella me parecía atractiva y Ricardo había sido solo mi dealer. Sin embargo, no me hubiera sentido cómodo acostándome con la chica a la que le dejó un anillo. Se puso a llorar de nuevo. Por su hermano, pensé. Estaba equivocado. Tras otros tragos de whisky, me contó que desde hacía algún tiempo estaba viendo a alguien más. No me dio su nombre, pero imaginé a un tipo alto y fornido. Le dije que era algo normal. Luego, alternando con sollozos, me soltó que, aunque ese sujeto no era igual que Ricardo, aunque no hacía el amor como Ricardo, sentía que era una manera de alejarse de su ausencia, pues no sabía nada de él desde la medianoche en que se marchó hacía meses. Nos vimos a los ojos. Sus manos recorrieron sus brazos. Mis manos acariciaron sus mejillas. Sonreí, sonrió, se levantó y me besó. Fue un beso lleno de lágrimas y alcohol. Luego se metió en mi cuello. La dejé llorar un rato. Cuando me levanté, le hice un café y se lo bebió lentamente mientras observaba su cabello rojo. Esperé un rato para ver si aparecían las sombras alrededor de la casa, pero solo encontré silencio. Me fui de ahí con la media luna que acariciaba el cielo. Tenía una idea de lo que había sucedido y no quería pensar en ello.
En los días siguientes alguien me contó que, tras una semana, el hermano de Stella volvió muy ebrio y, dos meses después, tal vez dos meses después, me enteré que Ricardo nunca llegó a El Norte. Al parecer, murió encerrado en un furgón. El coyote, por alguna razón, los abandonó, y todos los que iban en ese ataúd de metal se asfixiaron. Pasó bastante tiempo antes de que los identificaran. Su cuerpo jamás regresó al istmo. Stella se enteró por algún medio amarillista, y siempre que nos topábamos, me sonreía, me sonreía tristemente, y movía los ojos, tal vez al olvido.
No puedo culparla, jamás he sido la mejor persona para hablar.

César Yumán (Guatemala, 1988) Magíster en Literatura Hispanoamericana y Licenciado en Letras. También posee un Bachelor en Arte y un profesorado en Lengua y Literatura. Catedrático en distintas instituciones de Guatemala. Sus obras han tenido distintos galardones, entre ellos el Certamen Permanente Centroamericano «15 de Septiembre de 1921» por su obra Baila Playlist II y el primer lugar del Certamen Latinoamericano de Editorial Paroxismo (Estados Unidos) en 2013, sello que publicó su antología Retóri-K, Introducción a trapos y figuras o schemas de Latinoamérica. Publicaciones: Infinito (2015), D4rkn3355 (2017) y Playlist (2018), así como las novelas Me dicen Zombie (2018) y Anbu (2019). Sus textos han sido incluidos en antologías de Guatemala, Estados Unidos, México, El Salvador, España y Argentina.
